Crónica 41: del 27 septiembre al 27 de octubre 2009 (1ª)

Australia



 

Hace un mes que llegué a Australia. Es otro mundo. No tengo más remedio que aportar algunos datos que servirán para comprender mejor cómo es el país.
“¿Australia?. Es muy grande… está lejos de todo… no sé cuanta gente puede vivir allí… es una república, creo… fue colonia inglesa… los australianos son los descendientes de los convictos que el imperio británico envió allí… ¿en el siglo XVII?... destacan en muchos deportes… la lana australiana está considerada la mejor del mundo…hay muchos cocodrilos… están muy unidos al Reino Unido… lucharon junto a los ingleses en las dos guerras mundiales… han enviado tropas a Irak, Timor…”
¿Qué sabemos de Australia? Yo, personalmente, antes de venir, muy poco. Esa era una de las principales razones para acercarme hasta este “continente”, según los ingleses, “isla, perteneciente al continente de Oceanía”, según había estudiado en el bachillerato español. ¿Isla o continente? Qué más da. Lo cierto es que es el sexto país más grande del mundo, con una superficie equivalente a quince veces España, más o menos. Lo más sorprendente, para mí, es que el conjunto de personas que habitan ese país no llega a los… 22 millones.
Iré aportando otros datos más adelante. ¿Lejos? Claro que está lejos. El avión de Quantas que me transportó desde Singapur hasta Perth, la ciudad más cercana, empleó cinco horas. Compré tabaco en el avión. Primera llamada de atención, “Sólo se permite la entrada de un cartón”. Los oficiales de aduanas amables, pero rigurosos. Salvo los bolsillos, me inspeccionaron todo lo que transportaba.
Ya estoy en Australia. Sala de llegadas internacionales. Giro la cabeza de izquierda a derecha, intentando analizar esos mil detalles que se me ofrecen. Una evaluación rápida, inconsciente, a la que se suman olores, temperatura, movimiento de personas, me prepara para introducirme en la sociedad que me espera. Esa primera impresión al llegar a un aeropuerto, en cualquier lugar del mundo, es muy valiosa, nunca me ha engañado. Busco un banco, cambio. El aeropuerto está en las cercanías de Perth, la capital de Australia Occidental. El Toyota llegará a Fremantle, el puerto de Perth, que se encuentra a unos 25 kms al sur. Un microbús me deja delante del hotel que había reservado en Singapur. Aclaremos. Hotel de “backpackers (término australiano), mochileros. Habitaciones, baños, duchas… compartidas. Amplias zonas de bar, salas de tv, lavandería, cocina, neveras, conexión a internet, piscina. Habitación para cuatro, que ocupamos tres. Armario con candado. Me fastidia, pero no tengo otra opción. El precio de una habitación, con baño, en un hotel medio, cuesta 90 euros. He llegado un viernes, el barco atracará el lunes. Mientras venía he observado que la ciudad se extiende a lo ancho y no a lo alto. Las viviendas habituales, en zonas urbanizadas, son unifamiliares con jardín. Fremantle es una ciudad agradable, con numeroso turismo interior, lugar elegido como residencia por numerosos artistas, clima mediterráneo, playas, buenos restaurantes de pescado.
He de pasar, como mínimo, cinco días. ¿Qué hago? ¿Qué puedo ver? Todo lo posible. Desde el mercado turístico al de venta directa de agricultores, pasando por el puerto deportivo, el comercial, calles centrales, cementerio… todo. Me acerco al museo de la prisión. O sea, una prisión convertida en museo. Parece ser que los primeros europeos en divisar la actual Australia fueron los españoles y portugueses, aunque ocultaron su descubrimiento por razones estratégicas. Luego llegaron holandeses, franceses, a la costa occidental. Los ingleses se establecieron en la oriental, con mejores tierras. Allí llegaron los primeros reclusos que abarrotaban las cárceles del imperio para trabajar en los campos. En 1829, hace nada, los ingleses se establecieron en Fremantle. Llegaron 25 barcos cargados de aventureros e inversores. Se creó Australia Occidental. Se repartieron tierras, arrebatándoselas a los nativos. El intento de estos últimos por resistir usando la fuerza, fue contestado con demoledora eficacia. Finalizó el conflicto. Los nuevos colonos habían desechado el emplear penados en sus campos, por considerarlo vergonzante, pero después de 20 años, al ver los buenos resultados obtenidos en Australia del Este, debieron acallar sus conciencias, diciéndose “Vamos a darles una oportunidad para que rehagan sus vidas. Que vengan.” Y empezaron a llegar convictos a Fremantle. Por descontado, lo primero que construyeron fue la prisión que estoy viendo. Estuvo operativa hasta 1.991. Se ofrecen varios itinerarios a los visitantes. Hay uno que sigue los caminos utilizados por los presos que intentaron fugarse, túneles, conducciones de agua… Hay que estar en buena forma física, vestirse mono impermeable, calzarse botas y resguardarse con guantes y casco con linterna. Opto por el clásico. Paseo por las galerías, visitas de celdas, iglesia, patios, comedores, calabozos de castigo, sala de ajusticiamiento. El guía va contando minuciosamente cómo transcurría la vida en la prisión. Junto al poste al que se ataba al condenado a recibir una tanda de latigazos por haber infringido alguna norma, nos cuenta que si al reo se le había impuesto una pena de 100 latigazos y, al llegar a 70, el médico ordenaba detener la pena porque la víctima estaba a punto de morir, se le llevaba a la enfermería, se recuperaba en unas semanas y se le terminaba de aplicar la tanda de latigazos. 100 son 100. Antes de salir, leo en un cartelito que la restauración de la prisión, que se encontraba en lastimoso estado de abandono, ha proporcionado 80 puestos de trabajo estable, que justifican sobradamente la cantidad que se empleó en su reconstrucción. Algo muy australiano que luego he comprobado en otros lugares: explicar al contribuyente en qué se gasta el dinero de los impuestos.
Durante el día, Fremantle, en las calles centrales, está animado. A partir de las seis de la tarde, los comercios cierran y se convierte en una ciudad fantasma. En mi hotel se hace vida comunal. No se puede fumar en el interior, así que el patio trasero, junto a la piscinita, es lugar de encuentro. Conozco a un chileno y a un brasileño que han elegido esta ciudad para estudiar inglés. Van a quedarse un año. Llevan cuatro meses y hablan por los codos con todo el mundo. Eligieron Australia porque les resulta mucho más barato. Además aquí pueden trabajar tiempo parcial. Lola, una joven francesa, que aprendió español en Barcelona, me recomienda varios lugares destacados de la costa. Se ha quedado un año en el país. Compró una furgoneta preparada para camping, ha trabajado tres meses en un bar, ha recorrido todo el litoral. Al vender de nuevo la furgoneta al mismo que se la compró, no sólo ha recuperado el dinero que pagó, ha ganado 6 euros. Todo el mundo fuma tabaco de liar. Comprendo por qué, cuando voy a comprar cigarrillos, una vez terminado el cartón que compré en el avión. Un paquete de Marlboro cuesta 7 euros. Claro, por eso sólo permiten comprar un cartón libre de impuestos. No hay mal que por bien no venga. Yo puedo fumar dos paquetes al día. O nada. Soy muy vago para ponerme a liar cigarrillos, eso pertenece a un tiempo pasado. He dejado de fumar. Ya veremos cuando llegue a América. Desde luego, aquí, ni un cigarrillo.
Fremantle, donde desemboca el río Swan, fue la puerta de entrada de la colonización inglesa en Australia occidental. Su museo marítimo me permite comprobar la vocación marinera de la ciudad. Motivo de orgullo es el barco que ganó la Copa de América. Por primera vez en su historia, las regatas tuvieron que disputarse lejos de EEUU. También se muestra el velero de Jon Sanders que dio tres vueltas al mundo, como navegante solitario, sin detenerse, sin ayuda, en 657 días, 21 horas, 18 minutos. Concluyó su viaje el 13 de marzo de 1.988. Recuerdos de los primeros barcos que trajeron a los nuevos australianos. Un submarino, 90 metros de largo, de la segunda guerra mundial, en perfecto estado, que permite comprobar, durante su recorrido interior, el máximo aprovechamiento del espacio. Un paseo no recomendable para quienes sientan claustrofobia. Fremantle fue durante la segunda guerra mundial el más importante puerto de submarinos de la zona austral, llegando a prestar asistencia a más de 160. Fue después de la toma de Singapur por los japoneses, cuando se incrementaron las relaciones con EEUU.
Los primeros días he desayunado y cenado en cafeterías y restaurantes. Cuando el agente de la compañía que ha transportado el barco me ha hecho comprender que mi estancia en Fremantle puede alargarse durante unos días más, sin especificar, he comprendido que mi integración al nuevo ambiente tiene que ser total. Compra en el supermercado y preparar la comida en las cocinas del hotel. Después de cenar, antes de ver alguna película, en la gran pantalla de la sala de TV, unos minutos en el patio. Buen ambiente. Grupo improvisado que se compenetra inmediatamente, francesa con violín, inglés con guitarra, belga con didgeridoo, el instrumento musical de viento de los aborígenes australianos. En el cielo, la estrella del Sur.



He retrocedido 50 años en el tiempo. He vuelto a compartir habitación, con dos desconocidos. Lo que hace una semana me pareció una prueba más a superar me ha servido para comprobar que puedo adaptarme rápidamente a cualquier situación. Es más, me siento muy a gusto. Las únicas personas que he encontrado con ganas de ayudarme realmente has sido las del hotel. He comprado un número de teléfono australiano. En la tienda me han dicho que ellos no podían activarlo, tenía que ser yo. Lo he intentado, pero es completamente imposible. Operadora automática que ofrece alternativas entre las que tienes que elegir, luego otras. No entiendo todo lo que me cuenta. Desisto. En la tienda se niegan. En el bar del hotel, sonriendo, un joven me pide el teléfono. Pulsa números, escucha, pulsa. Mueve la cabeza. Llama a otro número, habla con la operadora, me pregunta cosas extrañas, el nombre de mi madre, por ejemplo, se ríe. Veinte minutos. Me lo entrega, diciéndome que en un cuarto de hora estará operativo. Así es. Al día siguiente, vuelvo a él. Puedo recibir llamadas pero no efectuarlas. Sonríe. Habla con la operadora de nuevo. Esta vez se soluciona el problema, espero que definitivamente, en 6 minutos. En general, en las tiendas, restaurantes, bares, la gente es correcta, sin más. En los lugares oficiales, la norma es sagrada. Ante cualquier duda, se consulta la normativa actualizada. Es como la Biblia. Las normas están redactadas sin dejar la mínima posibilidad de duda, sin comas. Antes de contar algo sobre Perth, paso a explicar, brevemente, el trámite que he debido seguir para poder circular con mi coche por las carreteras australianas. En mi primera visita al agente de la compañía naviera comprendo que se avecinan días difíciles. Sin proporcionarme ninguna razón convincente me dice que, con suerte, cuatro días después me entregarán el coche. El día indicado, viernes, me dice que se retrasa al lunes. Me lleva hasta un almacén de aduanas, a las afueras de Fremantle. Por fin veo el Toyota. Han abierto el contenedor, sin estar yo presente. Me piden las llaves. Me niego a dárselas. Saco el coche, que arranca sin problemas. Lo sitúo donde me indican. Tres funcionarias del departamento de cuarentena, con guantes sensibles de goma, empiezan a registrar el interior. Aunque limpié el coche lo mejor que pude, para ellas no está suficientemente limpio. Bajos y motor tienen restos de tierra. Me hacen mostrarles zapatos y sandalias. Una de ellas, como si hubiera descubierto un cargamento de heroína me pregunta, señalando con la mano la caja de los medicamentos, “¿Qué es esto?”. Le explico que son las medicinas que he tomar diariamente, según las recetas que le muestro. No le gusta nada. Hablan con el agente de la compañía. Este me explica que la inspección se interrumpe porque hay que lavar el coche. No puede ser en Fremantle, porque, dado que hay muchos camiones delante del mío, se retrasaría una semana. Tiene que hacerse cerca del aeropuerto. Eso significa transportar el coche en un camión. Hay que pagarlo. No puedo ir yo. Tengo que entregar las llaves. No me gusta nada el cariz que está tomando el asunto. Es lunes. La próxima inspección se hará el miércoles. Esa mañana, a primera hora, el agente me asegura que no empezarán la inspección sin estar yo presente. Me cita a las cuatro en su despacho. No es lógico. Desconfío. Son las ocho. Regreso al primer almacén, andando. Está lejos, pero recuerdo el camino que seguimos. Los alrededores de Fremantle son zonas urbanizadas, residenciales. En unas carreteras principales, zonas de tiendas, almacenes, supermercado, servicios. Encuentro el lugar. Se sorprenden al verme. Me dicen que la inspección se llevará a cabo en el lugar al que han transportado el vehículo. Me proporcionan la dirección. Autobús hasta la estación de tren. Tren. Perth, Tren al pueblo. Cuando dejo la estación, en un taller, me indican la dirección a seguir, advirtiéndome que está alejado. Camino ocho kilómetros. Llego en el preciso momento en que van a empezar la inspección. Han abierto todos los armarios. Un oficial de aduanas está debajo del coche, escudriñando con una linterna los recovecos que se encuentran entre las placas de protección de bajos. Del departamento de comida, únicamente le llama la atención un bote de leche en polvo. Aunque la marca es Nestlé, como está escrito en árabe, no le gusta y pasa al cajón de elementos a destruir. Cuando llega a los medicamentos le muestro mis recetas. Afortunadamente a este funcionario le parecen suficientes. Dos horas y media después de haber iniciado la inspección, la da por finalizada, diciendo que el coche puede salir de la zona aduanera. Pido un taxi por teléfono. En esta zona no hay autobuses. Regreso a la oficina, pago una cantidad que me parece elevada. En total, sumando lo que he pagado en Singapur y aquí, el traslado del coche, listo para circular, ha subido a 2.600 euros. Menos mal que no me he fiado del agente de la compañía, de haberlo hecho y no estar presente en la inspección, tendría que reponer todo mi botiquín, con el costo e inconvenientes que ello comporta. ¿Está todo resuelto? ¿Puedo retirar el coche? Sí, pero… necesito un seguro. En el Real Automóvil Club de Perth pueden proporcionármelo, pero… primero tengo que pasar la ITV que comprobará si el coche puede circular por Australia. ¿Cómo lo llevo hasta el lugar de la inspección? En una oficina dedicada a matrículas, me proporcionan un seguro a terceros, previo pago, que me permitirá circular durante dos días. Suficiente. Con todas estas idas y venidas empiezo a moverme bien por Fremantle, Perth, zonas industriales y residenciales. Paso la inspección sin problemas. Es menos severa que en España, aunque aquí un operario conduce el coche por carreteras cercanas para comprobar cómo responde. Regreso al RAC, me hago con el seguro a terceros por un año y… a volar. Dos semanas detenido en Fremantle esperando este momento.
Perth, la capital, es la ciudad más poblada de Australia Occidental. Millón y medio de personas de los dos que ocupan el mayor estado del país. El nombre completo es Mancomunidad de Australia. No es una República. Es una Monarquía Constitucional. La Reina de Australia es la Reina Isabel II. La representa un Gobernador General. En realidad el poder recae en el Primer Ministro que es elegido democráticamente. Su superficie está divida en seis estados y dos territorios. Si contemplamos el mapa y lo dividimos mentalmente en tres partes, izquierda, centro y derecha, la izquierda está ocupada por el estado de Australia Occidental, el centro, en su parte superior es Territorios del Norte, en la inferior el estado de Australia del Sur, en la derecha, en su parte superior se encuentra el estado de Queensland, debajo, el estado de Nueva Gales del Sur, con Sidney, y debajo el estado de Victoria, con Melbourne. Entre estas dos ciudades, el territorio de la capital de Australia, Canberra. El sexto estado es la isla de Tasmania. Mi intención es rodear, dentro de lo posible, la gran isla, saliendo de Perth, hasta Darwin, en los Territorios del Norte, seguir hacia Queensland, continuar por Nueva Gales del Sur, Victoria, Australia del Sur y regresar a Perth. En Febrero, Tasmania. Ya veremos. Mi primera visita a Perth es en domingo. Las calles peatonales del centro están desiertas. Tres días festivos que, en esta época, permiten una salida hacia alguna playa del norte. Para quienes han decidido quedarse nada mejor que acudir al Kings Park, una zona de esparcimiento desde la que se disfrutan las mejores vistas de Perth y alrededores. La fotografía del centro de la ciudad puede engañar. Son los únicos edificios altos en todo el estado. En el centro hay oficinas, comercios. La ciudad se extiende radialmente. Sus barrios están bien comunicados por cuidadas calzadas. Voy andando hasta el parque. Está algo alejado, pero me gusta caminar por las ciudades, en las que se puede, para descubrir detalles que me perdería si utilizase algún medio de transporte. Por ejemplo, las placas insertadas en las aceras de St. Georges Terrace, que recuerdan personajes destacados de la sociedad de Perth, un aviador, una luchadora por los derechos de la mujer, un hombre que intentó que se alcanzaran acuerdos justos con los aborígenes… Más adelante esculturas en bronce. Pueden estar dedicadas a una persona en concreto, como por ejemplo, al primer Obispo de Perth, o a personajes tipo, el inmigrante, el pescador…
Repito una vez más, todo está limpio, cuidado, bien conservado. Monumentos y placas recordando a los caídos en guerras en las que participaron los australianos. Al entrar en el Kings Park, árboles plantados en recuerdo de combatientes, con placa, junto a las raíces, en la que consta nombre, edad y fecha. Bancos de teca, con una plaquita en la que figura el nombre de la persona que donó ese banco para disfrute público. La primera vez que vi un banco similar fue en Londres. Ya entonces me pareció una lección de civismo, no sólo la donación, si no el buen estado de un banco de madera en el parque abierto al público día y noche. El parque celebra la primavera con actuaciones, exposiciones, concursos. En el centro de visitantes, una señora me explica el camino a seguir, en un mapa muy esquemático, para acercarme a todos los lugares con algo destacado que ver. Paso unas horas muy agradables recorriendo caminos entre frondosos bosques, hasta… que me pierdo. No llego a todos los lugares que me proponía pero descubro muchos más. Empieza a refrescar, regreso al centro y descubro, entre las calles peatonales, un callejón “sacado” del viejo Londres.


 

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