Crónica 42: del 28 octubre al 26 de noviembre 2009 (1ª)

Australia





Estos días pasados en Darwin no han estado exentos de emociones añadidas. Una de las noches, note un pequeño bamboleo en el Toyota. Al día siguiente me dijeron que habíamos sufrido un terremoto, que se había originado a 700 kms. al norte de Darwin, en el mar. Los residentes del edificio más alto de la ciudad, 33 pisos, salieron a la calle aterrorizados. Algunos recordaron la Nochebuena de 1.974, en la que el ciclón Tracy destruyó el 95% de los edificios de Darwin. Han exigido a sus autoridades que instalen sirenas en las calles para avisar, con la debida antelación, la llegada de un tsunami. En esta ocasión, afortunadamente, todo ha quedado en un pequeño susto. Menos mal, porque yo seguí durmiendo.
Los territorios del Norte, con una superficie casi tres veces la de España, es la zona más despoblada del país, únicamente cuenta con 200.000 habitantes, de los que un 30% son aborígenes. Los principales ingresos los proporciona el turismo y la minería. En el centro, grandes fincas dedicadas a la cría de ganado. Zonas aisladas que pueden quedar incomunicadas por carreteras o pistas en la estación lluviosa. Se necesita inversión extranjera para desarrollar esa parte del país, en la que últimamente se han descubierto unas importantes reservas de uranio. China necesita ese material para alimentar las centrales nucleares que ha proyectado construir en los próximos diez años. Se han iniciado conversaciones que sin duda finalizaran en acuerdos satisfactorios para ambos países. Antes, deberán resolverse algunos “problemillas”. Para construir el puerto, cercano a la zona donde se ha localizado el mineral y para la extracción del mismo, se necesitan unos 10.000 operarios especializados que, por supuesto, no puede ofrecer el despoblado territorio norteño. Los chinos sí disponen de personal cualificado, pero los australianos se resisten a conceder los visados de entrada. Por otro lado China ha prohibido la importación de carne procedente de Australia porque se detectó en algunas reses el virus de la lengua azul. Se intenta que las limitaciones únicamente se apliquen a las reses procedentes de los estados que sufren la enfermedad, no a todo el país. Llegaran a acuerdos. Australia está donde está. Sus principales relaciones comerciales deben establecerse con los países más próximos. La presión de China cada año será mayor.
Me encuentro muy a gusto en el camping donde me alojo estos días que paso en Darwin. Incluso me llevo bien con los insectos. No me pican y yo les permito pasearse por la pantalla del ordenador, cuando oscurece. Aunque las predicciones meteorológicas no anuncian próximas lluvias, tengo que seguir viaje hacia el sur. No me gustaría verme atrapado por tormentas e inundaciones. Quedamos pocos en el camping. He leído que en el parque al que me dirijo, Kakadu, uno de los más grandes del país, los “rangers” ya han cortado el acceso a unas cataratas espectaculares, “Twin falls”, a las que se llega por un accidentado camino, apto sólo para vehículos con tracción en las cuatro ruedas. Puede empezar a diluviar en cualquier momento, prefieren no correr riesgos con visitantes imprudentes que queden inmovilizados por fango y arena en zona de cocodrilos.
Los aborígenes han vivido en el área de Kakadu durante los últimos 40.000 años. En 1.978 se les reconocieron títulos de propiedad de la tierra, en esta zona. Hoy en día, viven algo más de trescientas personas, en distintos emplazamientos, según distribución territorial de clanes. Una tercera parte de los “rangers” del parque, pertenecen a esas comunidades. Es fácil, cómodo, visitarlo. En numerosos lugares se te ofrece todo tipo de información. Diversos folletos, mapas, gratuitos, facilitan la selección de puntos interesantes, según las aficiones personales de cada visitante. Algo que me llama la atención al entrar en el parque, son los pequeños, pero numerosos incendios activos por los que paso. A ambos lados de la carretera pueden apreciarse los efectos de esos fuegos. Después me entero que es práctica común, desde la prehistoria, por parte de los aborígenes, quemar controladamente los bosques. Se ha hecho para cazar y para revitalizar el entorno arbóreo. Se han seleccionado plantas que sobreviven al fuego. Han logrado modificar el medio ambiente, sin causar un desastre ecológico, adaptándolo a sus necesidades. Queman una parte, manteniendo otra libre del fuego. Los animales pueden desplazarse hasta un lugar en el que se sienten a salvo. Se forma un mosaico de zona negra, quemada por el fuego, y zona verde, que no se ha visto afectada. Ciclos que se alternan siguiendo los cambios de estación. Las nuevas lluvias permiten una rápida recuperación de las zonas quemadas. Los beneficios que han aportado estos métodos tradicionales han sido reconocidos por las autoridades. Kakadu es el ejemplo perfecto.
Lo que más me atrae de este parque son las pinturas rupestres que se encuentran localizadas en conjuntos rocosos. Se han construido carreteras asfaltadas que han sustituido antiguas pistas de tierra. Pistas que mucho antes ensancharon trochas y senderos permitiendo llegar en automóvil hasta esas galerías de arte que se inauguraron hace miles de años. Aquí, en Territorios del Norte, a diferencia del Estado de Australia del Oeste, la entrada a algunos parques naturales es gratuita. Gozan de la misma atención, mantenimiento y servicios. Carteles indicando itinerarios a seguir, caminos despejados, bancos en lugares con sombra para efectuar un descanso, carteles explicativos de todo aquello que se muestra. El primer lugar al que me he dirigido es Ubirr. Sus pinturas muestran diferentes estilos. Se cree que las más antiguas son de hace 20.000 años y las últimas del siglo pasado. Unas flechas rojas, clavadas en las rocas, indican un camino para acceder hasta el punto más alto del promontorio pétreo, desde el que se disfruta del paisaje de esta zona del parque. A 73 kms, de excelente calzada asfaltada, se encuentra Nourlangie, otro conjunto con numerosas paredes pintadas. Una de las galerías fue repintada en 1.960 por un respetado artista local, pescador y cazador. Visitar estos lugares, en soledad, acompañado por el silencio, que rompe de vez en cuando el viento, al zarandear las ramas de los árboles, compensa ampliamente de las incomodidades inevitables que deben aceptarse. Calor, caminata, escaleras, senderos entre pedruscos, pendientes… moscas, molestas moscas que se empeñan en acompañarte, posándose en la cara. No siempre, en algunas zonas. También debieron soportarlas aquellos que, a lo largo de los siglos, pintaron estas rocas que ahora contemplo. Distintas formas, fines, símbolos. Los carteles explican algunos detalles que ayudan a comprender el significado de los dibujos. No hay firmas. Artistas desconocidos del pasado que, en ocasiones, personalizaron su obra dejando un sello inequívoco, sus manos.

Hay numerosos lugares para dormir en Kakadu, desde hoteles de gran lujo, hasta campings con bungalows, con aire acondicionado y televisión. También zonas de acampada con servicios y rejas de barbacoa, totalmente gratuitos. Me decido por un Hotel-camping cercano a “Yellow Water”, una zona pantanosa que se comunica con el “East Alligator”, uno de los principales ríos del parque. Ofrece la posibilidad de pasearse por sus aguas contemplando la variada flora y fauna del lugar. Cuando compro el billete, para el día siguiente, me dicen que el primer grupo está completo. El segundo sale a las nueve de la mañana. Perfecto. Tengo tiempo de desayunar copiosamente en el buffet del hotel. Desayuno a lo australiano. De todo y en cantidad. La travesía dura dos horas. Desde el hotel, un autobús nos acerca al embarcadero. El conductor-guía del bote conoce por supuesto muy bien todos los rincones donde se esconden los cocodrilos, los árboles en los que posan los pajaritos más difíciles de contemplar, los agrupamientos de ánades más espectaculares. Le encanta su trabajo o por lo menos, eso hace creer a todo el mundo. No para de hablar, de indicarnos con terminología militar aérea, la que yo conozco por películas norteamericanas de la segunda guerra mundial, la dirección a la que debemos dirigir nuestra mirada, para ver un reptil, un pájaro o una planta. “A las dos, un cocodrilo. Está sumergido.” “A las nueve, vemos el pájaro cazador de peces más pequeño del mundo. Sobre la rama, detrás de las hojas”. A continuación, cuando ya todos estamos mirando a donde él quiere, nos cuenta la historia, vida y milagros de todos los animalitos que nos va mostrando. Contesta con prontitud, sin dudar, cualquier pregunta que se le hace. Me aclara que en la época de lluvias, todo esto que estamos viendo queda inundado, muchos de los arbustos que nos rodean desparecerán bajo el agua. Viene menos gente, se reduce el número de salidas del barco, pero que se mantiene el servicio. El hace tres viajes al día, seis horas, y el resto del tiempo es el que emplea para comer en el hotel. Podemos ver cómo un cocodrilo atrapa y se traga un pez de buen tamaño. Otro tiene menos suerte y lo que pilla es un chaleco salvavidas que debe haberse caído de alguna barca de pescadores. Nuestro guía, en cuanto ve que el cocodrilo está intentando engullirse el chaleco, de rayas rojas y blancas, telefonea inmediatamente a un ranger para que acuda e impida que el animalito se trague algo que luego puede causarle problemas gástricos. El nombre de la zona, “Yellow wáter”, lo da una flor acuática blanca y amarilla. La región de Kakadu es variada. Alguna de sus áreas, inaccesible, como el altiplano de Arnhem, 500 kms hacia el este y sudeste del parque. Conjunto rocoso con desfiladeros, barrancos, paredes de 30 a 300 metros de altura. El mejor medio, para contemplar esa maravilla, ese impresionante conjunto de picos, cañadas, torrentes, ríos, es el helicóptero o la avioneta. Si estuviera avanzada la época de lluvias, no dudaría en subirme a un helicóptero para ver, desde ese punto de vista único que ofrecen esos aparatos, las cascadas, el aumento de caudal de los ríos que recorren e inundan la selva tropical. Pero no es el momento adecuado. No han empezado las grandes lluvias. Y mejor que salga corriendo de aquí antes de que se inicien.

Estos días ha tenido lugar la carrera de coches propulsados únicamente por energía solar. La prueba se celebró por primera vez en 1.987. En esta ocasión han participado 38 equipos, de 17 países. 3.000 kms. Australia de norte a sur. De Darwin a Adelaida. Aunque ya se ha descartado el uso comercial de un vehículo de estas características, la investigación y las mejoras continúan. El ganador de las últimas cuatro carreras había sido diseñado por una universidad holandesa. Este año el ganador ha sido un coche, muy superior al resto de competidores, presentado por la universidad japonesa de Tokai. En algunos tramos ha alcanzado velocidades superiores a los 140 kms. hora, aunque su velocidad de crucero ha sido de 110. La carretera que une las dos ciudades parece proyectada para esta competición. Rectas interminables, llano, curvas muy abiertas, poco tráfico y mucho sol. Hay que compadecer a los sufridos pilotos. En la minúscula cabina han debido soportar temperaturas superiores a los 50 grados. En el momento de darse la salida yo estaba en el parque de Kakadu, así que no pude tomar ninguna fotografía de ese instante. Jean Beliveau, el canadiense que está dando, a pie, la vuelta al mundo me ha dado unas cuantas, ya que coincidió con los participantes una noche. No adjunto ninguna ya que supongo que se han ofrecido suficientes imágenes por televisión. Bien. Esa es la carretera que debo seguir. No hay alternativas. Salvo el este de Australia, el país cuenta con pocas carreteras asfaltadas. Tampoco tengo un especial interés en seguir pistas solitarias que cruzan las grandes extensiones ocupadas por granjas. Me acercaré a algunos lugares destacados pero desecho la idea de llegar a Queensland siguiendo una de las antiguas rutas. Este eje central Darwin, Adelaida, que enlaza, en el sur, con la carretera que comunica el este con el oeste, sigue el recorrido que en 1.862, después de dos intentos anteriores fallidos, cubrió el explorador escocés John McDouall Stuart. En el mismo trayecto, se construyeron once estaciones telegráficas, repetidoras, que utilizando el sistema Morse, podían transmitir noticias y telegramas desde Australia al resto de mundo. El enlace Darwin-Singapur se logró gracias a la utilización de un cable submarino. El primer mensaje llegó desde Londres, en 1.872, a las pocas horas de haberse cursado. Antes de que funcionara el sistema de repetidores telegráficos las órdenes, noticias y mensajes llegaban en barco, empleando unos tres meses en el recorrido. Todo esto que os cuento lo estoy descubriendo. Podía haberlo leído antes de venir, pero no fue así. Veo todo lo relacionado con esa época como algo muy cercano. ¿Será porque el entorno no ha variado? ¿O tal vez porque los australianos conservan con especial cuidado ese pasado tan próximo? Junto a la carretera, piedras conmemorativas del paso de Stuart o restos de estaciones. Algunas especialmente bien conservadas, como las Alice Springs y Tennant Creek. En Daly Waters, el colmo, incluso se protege, con un cerco metálico, un trozo de tronco seco, en el que, según explica una placa al pie, “Se presume que el 23 de mayo de 1.862, el explorador Stuart grabó una “S”, inicial de su nombre, en este tronco”. Por supuesto es imposible descubrir una S en ese resto de árbol cortado, muerto. Las múltiples fotografías, de esa época, que se exhiben en muchos lugares, me ayudan a imaginarme como fue el entorno del lugar donde me encuentro, cien años atrás. Veo una fotografía, de la segunda guerra mundial, con numerosos camiones atrapados en el barro. Por aquel entonces, la carretera, sin asfaltar, entre Port Augusta y Darwin, era conocida como “la pista”. En esta parte Norte-Centro, se establecieron varios emplazamientos militares, aeródromos, campamentos, bases de avituallamiento. Paseo por antiguas pistas, hangares… con las fotografías de los aviones listos para despegar. En este lugar, Daly Waters, donde está el tronco de Stuart, restos de la estación repetidora, hangar y pista de aterrizaje, se conserva un pub que sigue funcionando desde 1.930. Sujetadores, calzoncillos, camisetas deportivas, sandalias, tarjetas de estudiante, gorras… cubren techos y paredes. Este pub, como otros que estoy encontrando en la ruta, me recuerda “Bagdad café”. Mucho calor, seco, polvo, soledad, billar, cerveza…, en mitad de la nada.
Tendría que haber encontrado ya a Jean. No le he visto pero en Kathrine y Daly Waters converso con conductores que se han cruzado con él. Decido detenerme en Dunmarra. Los que van hacia Darwin no lo han visto. Los que vienen de Darwin, sí, pero no recuerdan a qué distancia lo han pasado. No importa. Ya llegará. Me siento en una mesa del bar, conecto el ordenador, clasifico fotografías y escribo algo. Después de contemplar cómo alimentan con saltamontes unos lagartos, encerrados en jaulas de cristal, veo entrar a Jean por la puerta. Ya sabía que le estaba esperando gracias a una pareja checa. Le han dicho que nos hemos conocido en Dunmarra. Le han regalado una botella de vino para que nos la bebamos a su salud. Por la noche nos bebemos la botella y… muchas cervezas. Invitación del dueño, australiano, descendiente de convicto, casado con una mujer de Botswana. Formamos grupo con tres franceses, Vanesa, Mathieu y Robert. La furgoneta en la que viajan ha dicho basta. Calentón. Esperaran, siguiendo los consejos del dueño del bar-reaturante-gasolinera-camping, a que algún camión les acerque a Tennant Creek, 365 kms. Allí, tal vez, puedan arreglar el motor. Se temen lo peor, cambio de junta de culata. Me despido de Jean. Volveré a encontrarle cuando vaya hacia Queensland, dentro de dos semanas. Acerco a Robert a Ternnant Creek, tiene que encontrase con su familia. Por la noche toma un autobús que lo llevará hasta Alice Springs. Allí buscará avión, tren o autobús para llegar a Sidney. En el camino nos topamos con otra persona de la que nos hablaron ayer noche. Un australiano que está dando la vuelta al país, a pié, con parte de la carrocería de una furgoneta, utilizada como vivienda, tirada por dos dromedarios. Increíble. Mucha gente me ha llamado loco, imprudente, temerario, por pretender dar la vuelta al mundo en coche, solo. Vamos a ver. Soy un privilegiado. Coche, aire acondicionado, música. He encontrado a Álvaro y Salva, que están dando la vuelta al mundo, también en solitario, en bicicleta. Eso sí que es duro. Creo que llevan cada uno, entre cuatro y cinco años. Luego descubro a Jean, diez años dando la vuelta al mundo… andando. Y ahora a este australiano sonriente, a buen ritmo, que nos saluda al pasar por delante. Creo que lleva recorridos más de 6.000 kms.
En Tennant Creek me quedo un par de días. Esa misma tarde llegan Vanesa y Mathieu. Un camión que venía descargado los ha traído gratis. No era junta de culata. Es el radiador. Pero en Tennant Creek no encuentran el repuesto adecuado. Deben acercarse a Alice Springs, 500 kms. más. Pueden utilizar el coche, pero no el aire acondicionado. Circularan despacio, controlando la temperatura. Visito los alrededores de la ciudad -¿pueblo?, 3.000 habitantes. Creció rápidamente al descubrirse oro, en 1.932, en las cercanías. Jack Noble, 1.886-1.966, encontró y explotó la mina más rica de Australia. Un verdadero personaje. Incluyo una foto, bicicleta y rifle. Se decía que si le dabas una cantimplora con agua, podía ir a Australia del oeste y volver. Durante la segunda guerra mundial, llegaron a estar abiertas cerca de un centenar de minas. Una de ellas permite la visita guiada por el túnel del nivel superior. Un antiguo trabajador te muestra los distintos tipos de perforadoras empleadas para colocar los explosivos en la roca. Hace funcionar algunas maquinas. Explica todas las características de la mina, los diez niveles de profundidad, las medidas de seguridad. Entretenido. Más interesante, para mí, el pequeño museo que han montado con fotografías, objetos, cartas de antiguos trabajadores de las minas de Tennant Creek. Las condiciones en que vivían los que llegaron hasta aquí debían ser terribles. Chabolas con techos metálicos, sin servicios, ni ventanas. Escasez de agua. Compartían la habitación, dormitorio-comedor, tres o cuatro hombres, solteros. Moscas y mosquitos eran compañeros inseparables. Muchas horas de trabajo. En realidad, el mejor lugar, por temperatura y ausencia de insectos, era el interior de la mina.
He de tomar una decisión. ¿Me acerco a Alice Springs, cerca de Uluru, Ayers Rock o retrocedo 26 kms y sigo la ruta que me conduce a Queensland? Todavía no llueve en Alice Spring, mejor ir ahora. Por el camino paso por Devil’s Marbles, un singular conjunto de granito, que el paso del tiempo, con la ayuda del viento, agua y brusco descenso de temperatura, ha modelado caprichosamente, dejando esferas y grandes bloques en posiciones aparentemente inestables. De aquí a Alice Springs, línea en el horizonte. A ambos lados de la calzada, zona de sabana, ocupada por granjas de ganado. En uno de los pocos puentes sobre la vía del tren me detengo para fotografiar la línea férrea. Me acuerdo de Jean y el australiano de los dromedarios. Mal país éste, para recorrerlo caminando.

 

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