Crónica 43: del 27 noviembre al 24 de diciembre 2009 (1ª)

Australia





Habituado ya a las largas distancias que he cubierto, por carretera, en Australia, acercarme a Cabo Tribulación se me ofrece como un paseo matinal, 150 kms. La carretera sigue paralela a la orilla. Me voy deteniendo en algunas playas. Fantásticas, solitarias, arena blanca, cocoteros… En Ellis Beach, me topo con los carteles informativos que advierten del peligro oculto que acecha a los insensatos que se les ocurra darse un chapuzón, fuera del área protegida por redes que impiden el paso de medusas. Pero es que, además de medusas, advierten que pueden llegar tiburones y cocodrilos. ¿Lograrán detener esas pequeñas redes que he visto a los monstruosos cocodrilos de agua salada o a los agresivos tiburones blancos? No soy el único que se plantea esas razonables preguntas. Hay pocos bañistas en el agua. Lo comprendo. Tampoco son muchos los que llegan hasta la playa para broncearse. Australia, por su situación geográfica, cerca, relativamente, de la Antártida, se encuentra bajo el gran agujero de ozono, lo que significa menor protección contra los rayos ultravioletas. El país ha registrado en los últimos años un aumento de cánceres de piel. En las playas más frecuentadas, siempre hay un panel indicando el nivel de radiación de UV. Hay tramos de carretera, entre montaña y mar, en los que es imposible aparcar. Pero cuando se ofrece un pequeño espacio donde detener el coche, cerca de una playa, siempre, siempre, he visto el cartel de prohibición de bañarse, advirtiendo los peligros que conlleva. Únicamente se encuentran redes de protección en las grandes playas. En las pequeñas, solitarias, franjas de arena que he ido pasando, únicamente hay carteles de advertencia y algo muy importante para aquellos que, haciendo caso omiso de las indicaciones, se bañen y sufran el desagradable encuentro con una medusa: vinagre. Una botella de vinagre, llena, en un lugar bien visible. En el camino a Cabo Tribulación, he pasado por Port Douglas, otro enclave turístico, más apacible que Cairns. Un pequeño pueblo, mil personas, con una larga y bellísima playa de arena blanca. Lujosos hoteles y restaurantes, para los más adinerados. Cruceros a la Gran Barrera de Coral. Doy una vuelta por el parque cercano a la playa. Asciendo una colina desde la que puedo observar, en toda su extensión, la línea costera. Hace mucho calor. Estoy empapado. En el alto, la brisa proveniente del mar me refresca. Uf. Qué suerte estar aquí, ahora, 27 de Noviembre, y no en la Costa Brava. Dejo Port Douglas, siguiendo hacia mi destino del día. No se ofrecen muchas alternativas. Alguna playa. Llego al transbordador que cruza el rio Daintree, que da nombre a un Parque Nacional. Tengo suerte, mi coche es el último. Acabo de frenar, estacionándome en el lugar que me indican, y ya nos alejamos de la orilla. No puedo dejar de recordar los transbordadores de Laos que cruzan el Mekong. En minutos se preparan comidas, se venden refrescos, frutas… la plataforma se convierte en un centro de animación. Aquí, motores apagados, puertas cerradas, nadie puede descender del vehículo, durante el trayecto. Apenas se detiene el lanchón, baja la plancha, iniciándose el desembarco. El asfalto sigue en dirección norte. Estoy dentro del Parque. Selva tropical. Entre mar y montaña. La playa a mi derecha. Algunas subidas y curvas pronunciadas. Esto es turístico, no hay duda. Muchos hoteles anunciados a izquierda y derecha, pero… no los veo. Caminos que se pierden entre los árboles. Algunos desembocan en playas, Cape Kimberley, Cow, Alexandra, Noah, Thornton, todas de postal, sin rastro alguno, sobre su arena, de “civilización”. Algas secas, conchas, alguna hoja de cocotero… ¿Qué corrientes llegan aquí? Las playas africanas del este, reciben zapatillas de goma o plástico provenientes de Asia. El camping que busco se encuentra cerca del Cabo, en un claro, rodeado de selva. Ya me he acostumbrado a los campings. Son cómodos, baños limpios, duchas con abundante, potente, chorro de agua, cocinas con quemadores y planchas de gas. Neveras para conservar refrescos, leche, carne, alimentos perecederos. Enchufes eléctricos para alimentar el ordenador. ¿Qué más necesito? En algunos, incluso, se dispone de acceso a Internet. Me he adaptado. Aparcado el Toyota bajo la protectora sombra de unos árboles, sigo el sendero que me lleva a la playa. Veo el Cabo Tribulación. El Capitán Cook lo denomino así porque su barco, el “Endeavour”, sufrió serias averías al chocar sus bajos con un arrecife sumergido. ¿Paraíso Perdido? Es lo más cercano que he visto. Podría serlo si sus aguas fueran transparentes y apropiadas para nadar. Una joven me dice que acaba de ver una ballena emergiendo a la superficie y unos segundos después ha vuelto a sumergirse. En esos dos o tres kilómetros de playa, me he encontrado con cuatro personas, dos de ellas, chicas, solas, tomando el suave sol de la tarde. Sí, es una playa preciosa, sin gente y –algo muy importante- totalmente segura. Sin riesgo de sufrir acosos o robos. Tal vez sea esto último lo que convierte Cabo Tribulación en un “Paraíso Perdido”.

En todos los folletos de la zona se recomienda a los conductores de vehículos 4x4 que, por lo menos una vez en su vida, cubran el recorrido entre Cabo Tribulación y Cooktown. 125 kms pasando, en su mayor parte, por el Parque Natural de Daintree. Esa pista se construyó en 1.968, con el fin de impulsar el turismo y dificultar el contrabando de mercancías y drogas. La población local está en contra. Se han aportado informes científicos demostrando el daño irreparable que causa el tránsito de vehículos a motor, sobre flora y fauna. Se han producido enfrentamientos, intentando paralizar las obras de pavimentación. Es más, he leído que probablemente esa ruta se cierre dentro de diez años. Con toda esta información, aumenta mi interés por llegar a Cooktown por la pista costera. Cuando se circula por una carretera que atraviesa selva, la visión se reduce. Sobre todo si el terreno, como en esta ocasión, no es llano. Subidas, bajadas, curvas, quedan encuadradas dentro de una monótona decoración: una pared verde, impenetrable. Encuentro algunos pasos de riachuelos. Pueden llegar a convertirse en un obstáculo infranqueable, después de lluvias torrenciales. No hoy, que luce el sol en el cielo despejado. Todas las pistas que he seguido, hasta ahora, en este país, muestran una gran e importante diferencia con las de países menos desarrollados. Los pasos de ríos, como estos que me estoy encontrando, son seguros, si no hay corriente fuerte. El fondo es uniforme, sin grandes agujeros o rocas. En África, por ejemplo, antes de vadear un río, lo paso a pie, intentando comprobar por dónde debo cruzarlo. Esta ruta que sigo no tiene ningún peligro. Aún en época de lluvias, bastará con esperar a que descienda el nivel de los torrentes para pasar. Hay fuertes pendientes, superables por cualquier coche, no son demasiado largas. El primer tramo, 35 kms. es el que encierra esas pequeñas dificultades. Luego se suceden tramos asfaltados y de tierra. A mediodía entro en Cooktown, junto al río Endeavour, elegido por el capitán Cook para reparar el barco de las averías sufridas cerca del Cabo Tribulación. Una roca, con una placa, señala el lugar exacto donde permaneció el buque, hasta que una vez reparado estuvo listo para navegar. Estas ciudades, pueblos, como Port Douglas, nacieron y se desarrollaron gracias a las minas de oro. En distintas épocas, en apartados lugares, alguien iluminaba su rostro contemplando el reflejo dorado de un pepita o de una porción de de ese polvo metálico. Se registraba la propiedad, corría la voz, llegaba gente de todo el mundo en busca de fortuna. Oro. En 1.874, estaban abiertos, en Cooktown, 94 pubs para saciar la sed de más de 30.000 personas. Muchos de esos trabajadores eran chinos. Se agotaron los filones, desaparecieron los mineros, se cerraron los pubs. Dos ciclones y una evacuación, durante la segunda guerra mundial, ralentizaron el ciclo de Cooktown. La energía necesaria para revitalizar el enclave llegó, a partir de 2.005, por la carretera recién asfaltada a Mareeba, en la meseta cercana a Cairns. Hoy la población de Cooktown se acerca a los 1.500 habitantes. El camping en el que me he alojado se encuentra en un bosque de eucaliptos. Todo está cerca. Cuatro o cinco calles que se cruzan. Me cerco al “Business Centre”, según la indicación de un cartel, en una rotonda. La calle principal, con algunas tiendas, una gasolinera, hoteles y varios pubs. Entro en uno de ellos. Puertas abiertas para que se establezca una refrescante corriente de aire. Encargo y pago –aquí se paga en el momento de pedir- un filete con patatas fritas y una pinta de cerveza. Salgo a una zona, cubierta, al aire libre. Una raya amarilla separa la zona de fumadores. En esa zona no se puede comer, ni chucherías. Un grupo de fumadores, bebe cerveza, comentando un partido de cricket. Al lado, un grupo de fumadoras, bebe cerveza, come patatas fritas y se ríe gracias a los chismes que cuenta una de ellas. Es sábado. Descanso sagrado. Salgo del pub dispuesto a ver todo aquello que ofrece Cooktown a un recién llegado. He establecido un itinerario, mientras tomaba café. Primero la montaña, para tener una visión general. Grassy Hill es un bloque de granito que obliga al rio Endeavour a describir una gran curva buscando su salida al mar. En lo alto un faro. Vista panorámica de costa, mar, interior y el pueblo, que no ha dejado de mejorar. Es muy agradable pasear por su parque cercano al río. Monumentos de distintas épocas recordando la arribada de Cook. Bancos, sombra, azulejos decorativos incrustados en un camino peatonal. Un calendario aborigen señalando, por meses, cuando y qué animales se deben cazar, para que no entren en peligro de extinción. Todo subvencionado por particulares. Un gran barco… musical. Para mayor regocijo de los niños, un barco con instrumentos musicales, micrófonos y amplificadores. El uso es gratis. Tiene limitaciones. Edad y horario. En un lugar destacado un cañón. Uno más, de los innumerables que se conservan en todo el mundo. Lo divertido es el cartel explicativo que cuenta que ante las insistentes peticiones del consejo de la ciudad, en 1.885, al premier de Brisbane, pidiendo armamento y oficiales para defenderse de un posible ataque ruso, les enviaron este cañón, construido en 1.803, tres balas, dos rifles y un oficial para disparar el cañón. Me he acercado al cementerio. Se divide en zonas por religiones. He obtenido un mapa, en el centro de visitantes, indicando las diferentes particularidades que pueden observarse. Nadie sabe por qué Elizabeth Cooper, de 26 años, que murió en 1.874 está enterrada en un lugar lejano, apartado. Otras preguntas sin respuesta se encuentran en la tumba de una mujer que falleció en 1.886. Nadie supo quién era ni de dónde venía. Era una mujer joven, europea, que vivía integrada en un grupo de aborígenes, a 60 kms. al sur de Cooktown. Se organizo una expedición para rescatarla. Hubo enfrentamiento. Se produjeron muertes. Ella fue herida. Fue trasladada por la fuerza al hospital. Se negó a tomar alimento alguno hasta morir. Una cruz, con un corazón. Flores.
Para regresar a Cairns opto por la gran distancia, una vuelta por pistas, pasando por otro parque nacional, Lakefield. Nada especial. Pista algo ondulada, paso por algunos cauces de riachuelos. Me detengo en un antiguo asentamiento, Laura. Quedan en pie algunos edificios de plancha metálica. El pueblo se trasladó unos veinticinco kms. al sur. Todo ha cambiado en Australia a gran velocidad. Descubrimientos, asentamientos, exploraciones, granjas, minas, ciudades, comunicación… Estoy recorriendo los espacios abiertos de la antigua Laura, situada junto a un riachuelo, con cocodrilos. Soledad absoluta. ¿Qué antigüedad tiene esto? Sigo camino, cruzando pequeños pueblos, que vivieron épocas de mayor actividad. Oro y cobre. Me detengo en Mt Molloy. Pido una hamburguesa mejicana en “Lobo Loco”, famoso por ofrecer las mayores hamburguesas del norte de Queensland. No exagero. La que me sirven, mide unos 35 ctms. de altura. Quince de ellos, pan, lechuga, tomate, pepino, se quedan en el plato. Tengo suficiente con los veinte de pan, lechuga, tomate, queso, huevos fritos, carne. Llego a Cairns a media tarde. La recepcionista del camping recuerda mi nombre. Es como volver a casa. Saludo a la pareja coreana que desayuna y cena viendo, vía internet, un programa de televisión, en directo, un concurso disparatado. La gente no deja de sorprenderme. Vacaciones en Australia, guardando fidelidad a su programa favorito. Bebo unas cervezas con Messias, dentista brasileño, a quien visitaré el próximo año, en su país. Observo que sigue en su tienda la pareja canadiense que vendió su coche a unos jóvenes alemanes. Todo sigue igual. Es hora de reemprender viaje. Dirección sur. Se acabaron los palizones de carreteras solitarias. Me iré deteniendo cada 200 o 300 kms. Ya veré.

Quiero descender por la carretera cercana a la costa. Salvo que se me ofrezca algo muy especial, no pienso visitar el interior. He agotado el cupo de paseos por la selva, cataratas, cañones y ríos. La primera opción se presenta pronto. Parque Paronella. He visto unas fotos, parece interesante, algo distinto a lo visto hasta ahora. Sigo las indicaciones. 25 kms. entre campos de caña de azúcar, plantaciones de mangos y plataneras. Sigo la visita guiada –formamos un grupo de seis personas-. Interesante. Paronella, apellido catalán, que ellos pronuncian mal, como si fuera italiano, Paronel-la. Venden una idea romántica. El sueño realizado de José Paronella, un emigrante catalán, nacido cerca de Port de la Selva. La historia contiene suficientes argumentos para realizar un interesante documental sobre los emigrantes que aceptaron la llamada de Australia, a principios del siglo pasado. Resumo. José Paronella intentaba abrirse paso en la vida. Quería casarse con su novia y formar familia. Estaba dispuesto a trabajar duro. Había vendimiado en Francia. Le hablaron de Australia, la tierra del futuro. Le atrajeron las posibilidades que se ofrecían a hombres como él. No dudó. Prometió a su novia que volvería para casarse con ella, cuando lograra situarse y ahorrar algo de dinero. Primero trabajó en las minas. Desierto, sequedad, moscas. Queensland le ofreció un clima más húmedo, soportable. Cortó caña de azúcar. Ahorró. Nada de alcohol o mujeres. Se mantenía fiel a la promesa hecha antes de abandonar su pueblo. Empleó bien el dinero ahorrado. Abandonó el duro trabajo de cortar caña, dedicándose a la compra-venta de terrenos con plantaciones. Había emigrado en 1.913. Regresó a su pueblo once años después. Demasiado tiempo. Su novia se había casado, tenía dos hijos. El debía regresar a Australia con su esposa. Vale. Pragmatismo catalán. Todo queda en casa. La ex novia se convirtió en cuñada. José se casó con Margarita, la hermana pequeña. El viaje de novios fue una larga travesía en barco hasta llegar a Queensland. Cinco años después, en 1.929, compró el terreno en el que se asienta el Parque Paronella. Durante años había ido planificando el proyecto. Sabía muy bien lo que quería. El terreno tiene tres niveles. En el superior, construyó la casa, en piedra, hoy museo. En el nivel intermedio, “El Castillo”, un edificio con un gran salón y escenario. Se utilizaba como sala de proyección de películas, representaciones teatrales, espacio para banquetes o como sala de baile. La iluminación variaba según el fin con que se utilizara. Ya por aquel entonces contaba con una esfera giratoria, recubierta de espejitos, que reflejaban luces de distintos colores. José incorporaba a su parque los avances tecnológicos a los que tenía acceso. En 1.933 compró una planta hidroeléctrica que cubría las necesidades del parque. La primera del norte de Queensland. Un río cruza el terreno. Un salto de agua entre niveles. La cascada fue bien aprovechada por José. En el nivel más bajo, jardines, pistas de tenis, zona de juegos para los niños, piscina natural junto a la cascada, mesas, bancos, fuentes, un edificio con cocina, bar y cabinas para que los bañistas pudieran cambiarse y dejar la ropa. Cuando termina la visita guiada, vuelvo sobre mis pasos, llegando a todos los rincones del parque. Escaleras, edificios, mesas, barandillas, jardineras, puentes, todo fue construido con cemento, reforzado con trozos de vía ferroviaria. Debió ser un lugar muy agradable. José ofrecía a todo el mundo aquello que a él le hubiera gustado encontrar en los años más duros de su existencia. Incorporó un “Túnel del Amor”, que podían atravesar las parejas para llegar a un escondido rincón del parque con un pequeño salto de agua. Es fácil imaginar cómo fue el parque. Al anochecer se activaba el sistema de iluminación. Luces, focos, bien situados y orientados, convertían el Parque Paronella en un lugar especial, fuera de este mundo, donde cualquier sueño podía convertirse en realidad. Paseo por todos los caminos, alcanzo la zona más apartada donde se encuentra el bosque de bambúes. El parque está muy degradado por un incendio, en 1.979, y varias inundaciones. José falleció en 1.948, Margarita en 1.967. Sus descendientes vendieron la propiedad en 1.977. Según leo, José plantó 7.000 árboles. Arces, pinos, nogales, robles y los espectaculares Kauri, formando un pasillo entre esos altos árboles que llegan a superar los 1.000 años. Cuando todo lo que resta del Parque Paronella sea finalmente arrastrado por una nueva, devastadora inundación, cuando el bosque que lo rodea recupere la posesión, José Paronella sobrevivirá, diez siglos, gracias a las ordenadas y sobresalientes copas de la avenida de los Kauri, que plantó en 1.933.

 

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