Crónica 44: del 24 diciembre al 26 de enero 2010 (1ª)

Australia





Navidad en el hemisferio sur. Calor. Cerca de la playa. No podía imaginar lo que me esperaba. He ido bajando por la costa este, desde Cairns a Brisbane. He pasado por ciudades y pueblos costeros de Queensland, preparados para recibir turismo, tranquilos, con escaso tránsito de vehículos, redes anti medusas en las playas… De repente, autopista, paralela a la costa, que me lleva al centro de largas playas de arena dorada, donde se reciben anualmente cinco millones de visitantes. La entrada en Surfers Paradise, después de 15.000 kms recorridos por las solitarias carreteras del oeste, norte, centro del país, es impactante. Rascacielos en un lugar de veraneo. Benidorm. Tráfico denso. Muchos hoteles, la mayoría con el cartelito de “Completo”. Para las familias, playa y parques infantiles. Para los jóvenes, discotecas y atracciones especiales, que producen fuertes descargas de adrenalina. En el mundo globalizado que nos toca vivir, se repiten las mismas diversiones, al igual que los formatos de los programas “reality show” de televisión. Sigo la carretera. Los edificios de los hoteles de los pueblecitos costeros ocultan la visión del mar, que se deja entrever en algunos tramos. A unos 15 kilómetros de Surfers Paradise, en Burleigh Heads, encuentro un “Caravan Park” con buen aspecto. Me informan que tengo suerte. Tienen una plaza libre, por no haberse presentado quienes la habían reservado. Se dirigen a mí por mi nombre. Sorpresa. Me aclaran que han leído la dirección de mi web, que llevo adherida en la carrocería. Internet ofrece toda la información. Tengo suerte, me repiten. Es Nochebuena. No encontraré otro lugar para pasar la noche. El precio para un día tan especial es también extraordinario. 30 € por dormir en el interior del coche y poder utilizar los servicios del camping, entre los que se incluye una conexión gratuita a Internet por dos horas. Sonrío, para demostrarles mi gran felicidad por ser una persona “afortunada”. Al llegar a la parcela, los “vecinos” me saludan deseándome una feliz Nochebuena. Correspondo al saludo, sin rogarles que dejen libre el enchufe de electricidad que me corresponde. No lo necesito como ellos. Alucino con el montaje de sus grandes tiendas. Desde luego deben pasar ahí una larga temporada, porque algunos, para sentirse como en casa, han dotado su vivienda temporal con grandes neveras, micro ondas, lavadoras, cocina, televisor, aire acondicionado, mesas, sillas, bicicletas… Aporto prueba documental de lo que digo con una foto. También se han adornado, con motivos navideños, algunas caravanas y bungalows. Como todos disponen de lo necesario para ser autosuficientes, el espacio destinado a cocina-comedor del camping, está a mi entera disposición. Esta nevera para mí. Cuando anochece, un barbudo y orondo Papa Noel, sentado frente a su caravana, despojado de la indumentaria habitual, conservando únicamente el gorrito, pantalón corto y camiseta, rodeado de bombillitas de colores, que se encienden intermitentemente, junto a la imitación de un árbol de Navidad, brinda a mi salud con una cerveza. Paso en varias ocasiones por el mismo lugar. Siempre me saluda, con el mismo gesto. En la mesa, junto a la que se sienta, filas de botellas vacías. Primero una, luego otra, otra, otra… Celebro la Nochebuena comiendo una ensalada y un plato de macarrones que me preparo. No estoy solo. Comparto unas cervezas y tragos de ron, a los que he soy invitado por una familia numerosa de Samoa, quince personas. Los hombres tocan instrumentos de cuerda, las mujeres cantan y las más jóvenes, entre 13 y 18 años, bailan, contoneando las caderas. Calor y espectáculo privado. Una Nochebuena "distinta".
Las vacaciones escolares finalizan el 31 de enero. He de abandonar la costa. Tal vez en el interior, en las montañas, reencuentre la soledad en la que, salvo en contadas ocasiones, me encuentro más a gusto. Amanece el día de Navidad con pueblos desiertos y calzadas sin apenas tránsito. Me he puesto en marcha a las nueve de la mañana, hora temprana para quienes se recuperan de los excesos nocturnos.
Hace 50 millones de años, la actual Australia estaba cubierta de frondosa selva húmeda subtropical. 25 millones de años después, sequía, calor y gran actividad volcánica transformaron el ecosistema. Hoy en día únicamente se conserva un 0,3 % de aquellos grandes bosques, entre los que vivían los dinosaurios. Cerca de la “Gold Coast”, se ubica el Springbrook National Park, un gran volcán en el que la lluvia y el tiempo terminaron por hacer desaparecer una de las paredes de su enorme caldera. Los ricos nutrientes de la tierra volcánica y la lluvia fueron suficientes aquí para conservar restos de aquella gran selva, en la que las frondosas cúpulas de los altos árboles preservan la humedad de la tierra. Pasearme solo, por los bien acondicionados caminos del bosque, vuelve a estimularme. Riachuelos entre la exuberante vegetación, sin miedo de que aparezcan los temibles “salties”, los cocodrilos de agua salada, habituales en las tierras del norte. Nubes bajas rodean la montaña. La bruma en el bosque crea un ambiente misterioso. Canto de pájaros que no logro ver ni identificar. Hay varios caminos y miradores señalizados. Carretera excelente que, en algunos tramos, se estrecha hasta permitir únicamente el paso de un vehículo. Puentes de madera. Empieza a llover torrencialmente. Cuando llego frente a donde se inicia el sendero hasta el “Best Lookout”, el mejor mirador, la lluvia ha cesado para dar paso a jirones de niebla. Espero dos horas, con la vana esperanza de que las nubes desaparezcan y luzca el sol. Paraguas y camino. Cuando llego al mirador, una baranda de madera, un cartel en el que se indican, picos, valles y ríos. No puedo ver nada, sólo una pared blanca de niebla que termina por rodearme. Tengo la misma sensación que la que experimenté, hace años, en Zanzibar, cuando tuve que caminar por una playa, en noche de luna nueva, cielo cubierto de nubes, sin ninguna luz. Entonces no podía ver ni tan siquiera mis manos o pies. Todo negro. Ahora todo blanco. Permanezco unos minutos en la misma posición. Súbitamente, la niebla se disipa. Vuelvo a ver mi entorno. Desaparece el encanto. Regreso al coche e inicio el descenso. Vuelve a arreciar la lluvia. Cuando llego al primer cruce, opto por otra dirección. Desaparece la lluvia, sube la temperatura, bajo el cristal de mi ventana. Llego a un valle, entre montañas con nubes. Granjas de ganado. Caballos que corretean sobre césped uniforme.


A partir de la una de la tarde, empiezo a encontrarme con otros visitantes. Suelen ser extranjeros, asiáticos en su mayoría. Como en las cercanías del parque volcánico de Undara, que menciono en el relato 042, los ríos de lava formaron túneles de basalto que en algunos lugares todavía se conservan. En su interior encuentran cobijo los murciélagos. Hay una zona, acondicionada para su visita, “Natural Bridge”, en donde puede contemplarse los restos de uno de esos túneles, que ofrece una especial particularidad, una cascada se vierte en el interior. El bosque primigenio se mantiene sin grandes cambios. Está prohibido salir de los caminos. Los árboles caídos o quemados permanecen en su lugar. El itinerario, sugerido con flechas, lleva a la cascada por el camino más corto, escaleras descendentes, con barandilla para ayudarse. Las hojas caídas y la lluvia conforman una amalgama deslizante peligrosa. Es una pena que esté prohibido salir del camino, porque la cascada dentro del túnel debe ser una tentación muy fuerte los días soleados, calurosos. El regreso hasta la puerta de entrada transcurre por una rampa cementada que suaviza la subida. Llego el día de Navidad a Lismore, un pueblo de 28.000 habitantes, con universidad. Sería el escenario natural ideal para una de esas películas que nos auguran un futuro pleno de desgracias. Ciudad desierta. Todo cerrado, nadie en las calles. Doy una vuelta, llegando a los dos caravans park con que cuenta Lismore. Cancela cerrada. Nadie en la oficina. El pueblo, como ya es habitual, se extiende sobre llano y colinas. Casas unifamiliares, algunas construidas con ladrillo, muchas de madera, sobre base de obra. Jardines abiertos. Nadie. Paso por la zona comercial. Porches vacíos. En una gasolinera, lo único abierto, lleno depósitos. Busco un lugar donde pasar la noche. Podría ser en cualquier sitio, pero me decido por el aparcamiento de un centro comercial. Es céntrico, cuenta con servicios públicos. Cuando se hace de noche, unas campanas rompen el silencio de la ciudad desierta. Atraso una hora todos los relojes. He llegado a New South Wales. La diferencia horaria con España, ahora, es de diez horas. Duermo como un bendito. Me despierta el calor. Había calculado bien el lugar donde aparqué anoche. Me protegía un edificio de los rayos solares, pero son las ocho y media, el sol ya ha superado el tejado. ¿A dónde voy? Opto por un itinerario que me llevará, por el interior, camino de Sydney, pasando por algunos lugares que se presumen interesantes. Para empezar, más parques, el nombre del primero me suena, “Gibraltar Range”. Más de lo mismo. Lluvia, caminos y escaleras por el tupido bosque, cascadas. En la zona habilitada para dejar los coches, correspondo al saludo de dos parejas. Luego, cuando vuelvo a encontrarlas, junto a los paneles, con fotos, en los que se narra la historia del parque, una de las mujeres, de unos 50 años, me señala una de la fotos, diciéndome –“Mi padre. El es mi padre”. No debió ser fácil la vida en Australia en aquella época. Después de la segunda guerra mundial, cuando se abrió el país a la inmigración, se cuadriplicó la población. Ellos contribuyeron a la modernización de este país. Sus descendientes suelen sentirse orgullosos. En Glen Innes, otro pueblo “desierto”, encuentro un Camping muy agradable. Poca gente, no hay nada que ver. Me paseo, bajo la lluvia, hasta el club más concurrido del pueblo. Apuestas. Siempre me ha llamado la atención, la afición de ingleses, estadounidenses, y ahora australianos, por las carreras de caballos. En todos los pueblos, por pequeños que sean, hay una casa de apuestas. Aquí, en este club, una gran barra con variada oferta de cerveza, licores. Una sala específica para las carreras de caballos. En el gran salón, a la izquierda una pantalla de plasma en la que se ofrece, en directo, un importante partido de cricket. En frente, distintos televisores, retransmitiendo varias carreras. A la derecha, otra gran pantalla, en la que se puede ver un partido de futbol de la liga inglesa. Algo alejada otra pantalla ofreciendo clips musicales. En una tercera sala, grande, multitud de personas enganchadas a las máquinas tragaperras. Esa es la mayor diversión que puede encontrarse en Glen Innes. No me sorprende que los jóvenes prefieran pasar los fines de semana en Surfers Paradise.

Sigo dirigiéndome a Sydney, dando un gran rodeo. Paso por pueblos que no despiertan mi interés. En determinado momento, por fin, puedo ver, allá en la lejanía, un cielo azul, libre de nubes. Aún me encuentro lejos de la ciudad más grande de Australia, cuatro millones de personas. Uno de cada cinco australianos reside en Sydney. Busco un lugar para pasar la noche. Encuentro una zona apropiada cerca de Wellington, donde se oferta la visita a una mina y cuevas. En cuanto bajo del coche, escucho –“¿Desde España has venido en coche”?. Una pareja, Jessica y David, disfrutando de unas largas vacaciones. Son escasos los españoles que me he encontrado en Australia. Supongo que no ayuda a decidirse la lejanía y la falta de acuerdos entre ambos gobiernos para permitir trabajar, aunque sea parcialmente, a jóvenes españoles. Varios países americanos y europeos sí han firmado esos acuerdos. Me he encontrado a brasileños, lituanos, polacos con permisos de trabajo. Anteriormente ya he dicho que he coincidido en algunos lugares con ingleses, escoceses, irlandeses, alemanes, italianos, franceses, holandeses, suizos… Muchos de ellos, se quedan un año en Australia. Estudian, trabajan, recorren el país, normalmente durante tres meses. ¿Por qué no los españoles? He de enterarme. Cuando sepa la causa, os la cuento. Jessica y David viajan en una furgoneta alquilada, acondicionada con cama, cocina y nevera. Es la mejor opción. Seguirán hacia el norte, luego volarán al sudeste asiático. Tailandia, Camboya, Laos, Vietnam… mientras quede algo del dinero ahorrado. Luego… volver a trabajar. Eso queda lejos todavía. Estén viviendo un momento especial en sus vidas. Son conscientes. Su sonrisa es prueba evidente. Cenamos, compartiendo algo de lo que guardamos en nuestras despensas. Bajo la noche estrellada, alargamos la sobremesa. Una vez más, encuentro fugaz con personas que tal vez no vuelva a ver. Nos despedimos al día siguiente, después de llenar depósitos y desayunar. Paso por pueblos a los que regresaré. Cruzo las Blue Mountains, un conjunto montañoso, con cascadas, gargantas, valles cubiertos por grandes bosques de eucaliptos que crean una bruma azulada que da nombre al macizo. Autopista de peaje hasta la gran ciudad. Ignoro donde pasaré la noche. Me desvío, al ver una salida que conduce al parque Olímpico. En 1.992, Barcelona, 1.996 Atlanta, 2.000 Sydney. Recuerdo la final de fútbol que se jugó en el estadio que se levanta ante mí. Nos gano Camerún, en la tanda de penales. En su delantera Etó. En nuestra línea media Xavi. Han pasado nueve años. Hoy, nubes blancas en un cielo azul. Calor. Los niños se refrescan en distintos puntos del parque, una opción para muchas familias que buscan zonas despejadas, seguras, lejos del congestionado centro de Sydney. Sigo por la autopista de entrada. Cambio a la que me lleva hasta un camping que me han recomendado varios australianos. –“Está cerca del centro, en mitad de un bosque, es la mejor opción”. Tal vez lo sea para aquellos que reservaron plaza hace varias semanas. Lleno. Sigo por la misma autopista, continuando hacia el norte. Todo lleno. En un camping me aconsejan que me dirija a un parque público en el que se puede acampar. No está cerrado, pero es seguro. Está controlado por Rangers. Hay servicios, duchas con agua caliente, enchufes eléctricos… 6 euros por día, si aparece el Ranger para cobrar. El parque es muy grande. Hipódromo y escuela de montar. En el centro de la pista de carreras, césped, con porterías, para practicar fútbol, rugby o cricket. Varias áreas de picnic. Entre ellas, tiendas, auto caravanas, furgonetas y 4x4. Mesas, sillas, antenas parabólicas de tv, ropa colgada, secándose. Un campamento improvisado que se ha montado estos días, en los que es imposible encontrar una habitación de hotel o una plaza de camping cerrado. Todos quieren presenciar los fuegos artificiales con los que Sydney recibe el año nuevo. Cuando se celebre ese instante, en Europa serán las dos de la tarde. En España, se sentará la gente a la mesa para almorzar. La mayoría espera el fin de año. Nuevas apuestas, propósitos de enmienda, esperanza que en el futuro inmediato seremos capaces de lograr lo que más anhelamos. ¿Qué más da un día antes o después? ¿Por qué necesitamos fijar un segundo para iniciar algo? Cualquier momento es el apropiado, siempre que sea posible. Fijarse metas inalcanzables es seguir el camino más corto hacia la frustración. ¿Es lo más importante para mí? ¿Quiero? ¿Puedo? Voy a por ello. Después, ya sabemos. Esfuerzo, perseverancia, no perder el rumbo, no escuchar los cantos de sirenas. Aunque a veces se aleje nuestro objetivo, nos sentiremos más fuertes y seguros de nosotros mismos al comprobar que, si no abandonamos entonces, lograremos lo que nos proponíamos. Lo que acabo de escribir parece sacado de un Power Point llegado por Internet, dando buenos consejos. En realidad no nos hacen falta, todos sabemos, si queremos, qué es lo que debemos hacer. Comprendedme, me he alejado de la zona donde nos hemos instalado varios coches, estoy paseando por un bosque solitario rodeado de animalitos. Cae la noche. Estoy solo. Miro la Cruz del Sur. Mañana será fin de año.
Mi primera toma de contacto con el centro de Sidney transcurre bajo un cielo cubierto de nubes que, a ratos, descarga lluvia. He dejado el coche. Para llegar al centro, me he servido de un tren de cercanías que enlaza con todos los medios de transporte posibles en la ciudad. Bajo una parada antes del puente metálico del puerto de Sydney. Quiero cruzarlo andando. Desde lo alto puedo ver ante mí el edificio de la Opera, el símbolo de Sydney. Lo había visto en múltiples ocasiones en reportajes, fotos, bajo los fuegos artificiales en la entrada del año 2.000… pero ahora lo tengo ahí delante, a unos 500 metros. Bien. No me decepciona. Sus cúpulas, como caparazones de tortugas, alcanzan, en su punto más elevado, la altura de 67 metros. Sé que voy a fotografiarlo desde distintos ángulos, con diferente luz, pero esta primera toma tiene el valor del encuentro. Cuando desciendo del puente me acerco al puerto del que salen numerosos ferrys hacia destinos cercanos. Autobuses marítimos. La ciudad, cómo no en Australia, se extiende por colinas y valles frondosos. Los únicos edificios altos se encuentran en el centro. A algunos pueblos próximos, se accede cómodamente en estos barcos. Un gran paquebote, el “Diamond Princess”, 116.000 toneladas, 290 metros de largo, 38 de altura, 17 cubiertas, está amarrado en un muelle cercano. Es un edificio más que no desentona cerca de la primera línea de rascacielos. Particularmente me gustaban más los antiguos trasatlánticos, con sus grandes chimeneas. Colas ante las taquillas donde se expenden los billetes para los distintos ferrys. Antiguos, modernos, incluso los de aventura. Grupo pequeño de pasajeros, con chalecos salvavidas, que saltan sobre el agua a gran velocidad. Precios para todos los bolsillos. Se puede comprar un pase, valedero para todo el día, con el que se tiene acceso, sin límite, dentro del área del Gran Sydney, a trenes de cercanías, autobuses y ferrys. Unos diez euros. En ese lugar, donde coinciden ciudadanos y turistas, grupos aborígenes vendiendo cd’s de música autóctona. Percusión y didgeridoo, ese raro instrumento musical australiano. La combinación es marchosa, pero algo monótona. Mi paseo sigue por la parte más antigua de la ciudad, que conserva pocos edificios originales. Luego un largo paseo por el Jardín Botánico Real. Sorprende, al entrar, un cartel en el que, en vez del habitual “No pisar el césped”, puede leerse “Por favor, camine sobre la yerba”. Se cumple con la petición. Es más, hoy que no abrasa el sol, la gente se sienta en el césped, en vez de utilizar los bancos de madera, bien dispuestos bajo árboles. Al salir del parque, camino por las calles centrales, en busca de otro puerto muy animado, “Darling”. Hasta ahí puede llegarse en el tren monorraíl, elevado, entre edificios. Centros de ocio, cines, restaurantes, bares, tiendas, alrededor del puerto. Y, por supuesto, varios servicios públicos, gratuitos, limpios, para resolver cualquier necesidad fisiológica habitual. No todos son como el que he retratado, en cuanto a diseño. Pero el nivel es similar en lo referente a limpieza y mantenimiento. Nunca falta jabón ni papel. Hay que reconocerlo. Es la única manera de resolver determinados problemas que no se afrontan en ninguna ciudad española, que yo sepa. Harto estoy, en mi país, de tomar un café, que no me apetece, para poder ir al servicio.


 

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