Crónica 45: del 27 enero al 4 de marzo 2010 (1ª)

Australia




Cómo pasa el tiempo, por lo menos para mí. El último relato, enviado desde Sídney, el 26 de enero, finalizaba anunciando una pausa. Avisaba que reemprendería mis narraciones dos meses más tarde. Mi silencio se ha alargado más de lo previsto, lo siento. ¿Razones? Varias. En un principio, porque compartió viaje conmigo, durante dos meses, Rosa María. Ya he explicado en otra ocasión que cuando viajo con algún acompañante temporal no empleo las últimas horas del día en escribir el resumen de la jornada, algo que me entretiene, viajando solo, cuando se oculta el sol. Después, cuando ella volvió a España, porque el ordenador principal, pesado, viajaba en el interior del Toyota rumbo a Chile y el pequeño, liviano, se negaba a funcionar. Tengo que formatear el disco duro y volver a instalar el sistema y programas, pero –error mío- los discos de recuperación se encontraban también en el coche. ¿Consecuencias?. Resumiré. He olvidado pequeños incidentes. Sólo recuerdo lo que me sorprendió, descubrí o se mantiene, por una u otra razón, en mi limitada memoria temporal de un pasado reciente.
De Sídney, fuimos, para mí una vez más, a las Blue Mountains. Luego Canberra. A partir de allí seguimos un itinerario que me llevaría a completar la gran vuelta a Australia. Puedo asegurar que, después de seis meses y 32.126 kilómetros, conozco el país, geográficamente, mejor que la mayoría de australianos.
Intentaré transmitir las sensaciones y experiencias que he vivido durante los cuatro últimos meses.
Desde Canberra, en el interior, nos encaminamos hacia la costa. Estamos en época de lluvias. Cielos nublados, chubascos ocasionales, calor. Hasta Melbourne, unos 1.300 kilómetros, nos vamos deteniendo en varios pueblecitos, junto al mar o entre las montañas cercanas, que conservan las antiguas casas de madera. La mayoría convertidas en tiendas, restaurantes, hoteles. Zona turística, bien mantenida, respetando el entorno natural. En Mogo, se ha respetado el ambiente que se creó alrededor de una mina de oro. Cabañas, cementerio, iglesia, almacenes. Se han incorporado algunos detalles que ayudan a recrear el pasado. Esta costa es uno de los lugares preferidos para los residentes de Canberra o Melbourne. Largas playas de arena, entre acantilados y zonas rocosas, con un mar bravo. Aquí no hay cocodrilos, ni medusas venenosas, ni tiburones, el agua es más fría. En algunas áreas se advierte del peligro que pueden crear fuertes corrientes y altas olas. Se suceden los parques naturales, con caminos señalizados, para quienes amen las caminatas por los bosques. Desvíos al interior conducen a algunos valles en los que se mantiene el entorno que contemplaron los primeros colonos que llegaron hasta aquí. En Eden, un pueblecito costero, muy cerca de la frontera entre el estado de Nueva Gales del Sur y Victoria, hay un pequeño museo dedicado a los balleneros. Su principal atractivo es el esqueleto del “Viejo Tom”, una orca muy especial. Nos encontramos muy cerca de uno de los mejores lugares de Australia para contemplar ballenas, en su anual migración a la Antártida. Un lugar ideal, por consiguiente, para cazar los grandes cetáceos. Desde tiempos ancestrales los aborígenes establecieron “acuerdos” con las orcas. Ellas separaban una presa, la acercaban a la playa, se comían los labios y la lengua y dejaban el resto para sus “socios”. Los balleneros del Reino Unido, establecidos en Eden, siguieron contando con la ayuda de aborígenes y orcas para conducir las ballenas hasta los arponeros. La orca más célebre fue el “Viejo Tom”. Hoy sus restos se exhiben como homenaje a esa “curiosa” colaboración entre seres de distinta especie. Orbost es un ejemplo de la inquebrantable voluntad de mantener un emplazamiento en contra de la adversidad. Los desbordamientos esporádicos del río Snowy, no impidieron el desarrollo de las granjas cercanas. En su parque central pueden verse los niveles de las inundaciones. En 1.971 el agua llegó a los diez metros. Aun queda en pie, de forma testimonial una vía de tren, elevada, con soportes de madera. En Sale se conserva un puente que podía girarse manualmente para permitir el paso de grandes barcazas. Nombro estos dos lugares –hay muchos en todo el país- para que se comprenda cómo los australianos conservan esas obras, realizadas con gran esfuerzo, como piezas de un museo al aire libre que recuerden a posteriores generaciones el ímprobo trabajo que exigió el asentamiento en ese nuevo mundo. Estamos en la zona donde se encuentran tres grandes lagunas conectadas, separadas del mar por una estrecha cinta de tierra. Rodeándolas, una extensa área de humedales por la que se puede caminar, gracias a pasos elevados de madera. Las tranquilas aguas de las lagunas ofrecen una alternativa a quienes evitan las grandes olas de las playas cercanas. Ya cerca de Melbourne, se encuentra la isla Phillip, con distintas ofertas. La principal, el desfile de pingüinos que todas las noches regresan a sus moradas, después de pasar el día en el mar alimentándose. Organización australiana. Gran aparcamiento, edificio central con restaurantes, bares, venta de recuerdos, servicios. Una playa, con pronunciada pendiente, en la que se asientan las tribunas para los numerosos espectadores que acuden a diario a presenciar este singular espectáculo. Los VIPS, billete de entrada más caro, están situados en la parte baja, resguardados del viento helado que sufren las gradas más altas. Además se encuentran cerca del lugar por donde llegan los pingüinos. Cuando desparece el sol en el horizonte llegan los primeros. Se ilumina el área con una luz suave que permite verlos, pero no los incomoda. Uno… dos… tres… se entretienen, entrando y saliendo del mar. Esperan hasta formar grupos de diez o doce. Luego inician un penoso ascenso por la pronunciada cuesta. Es sorprendente que todos los días varíe el número total de los que llegan. Ayer fueron ciento setenta y cinco, hoy se han contabilizado ya más de trescientos. Algunos parecen reconocer fácilmente el camino a sus madrigueras, otros en cambio deambulan en busca de un hueco no ocupado. Hay algunos enfrentamientos entre los que han llegado tarde y los que defienden la entrada de sus guaridas. La temperatura sigue bajando, es noche cerrada, han transcurrido cerca de noventa minutos desde la llegada de los primeros. No puedo ofreceros fotografías del evento. Han desaparecido de mis tres discos duros en los que las guardaba. ¿Por qué? Pregunta con respuesta inútil, “Lo ignoro”. En la misma isla Phillip, se encuentra un centro de conservación de koalas. Viven libres, relativamente. No están enjaulados, pero como son territoriales necesitan disponer de un gran espacio para no tener que enfrentarse a los intrusos. Dentro de varios extensos recintos cercados, unas pasarelas elevadas de madera permiten observarlos y fotografiarlos cómodamente. Solos, dormitando sobre las ramas de los árboles que les ofrecen su alimento exclusivo, hojas de eucaliptos, y protección contra posibles depredadores. Al contrario totalmente que las focas que podemos observar en una isla cercana. Amontonadas sobre las rocas, saltando al agua en busca de peces o llegando hasta muy cerca del barco en el que hemos llegado, para satisfacer su curiosidad, mirándonos. La isla ofrece al turista más opciones, la visita a una antigua granja, sobre otra pequeña isla, a la que se accede por un puente. Los granjeros obtienen unos ingresos suplementarios con el precio de las entradas. Ganado, agricultura, acceso al interior de la primera vivienda, cobertizos. Se recomienda un itinerario, en un mapa que se obtiene al entrar. Luego te paseas por donde quieras, el tiempo que desees. Antiguos carruajes, caballerizas, establos, jardín cuidado, con umbrosos espacios, rodeados de flores, en los que es posible hacer una pausa, para gozar de una bucólica vista, mientras te tomas un refresco. En el interior de la vivienda de los primeros colonos, todo está dispuesto igual que cuando se utilizaba. La mesa servida, ropa extendida sobre la cama. El pueblo, con todos los servicios de una localidad de veraneo. Al igual que en el resto del país, sin aglomeraciones, conservando el entorno, ofreciendo placidez. Precios y ofertas para todos los presupuestos. Antes de llegar a Melbourne, pasamos por el cabo Schank, otro parque natural, con un faro en lo alto del macizo rocoso. Extraordinarias vistas de la costa y el mar… cuando luce el sol. Hoy hay que conformarse con lo que la niebla deja ver. Largas escaleras descendentes de madera permiten llegar hasta el agua. Damos media vuelta cuando empieza a atacarnos un agresivo enjambre de punzantes insectos que no logramos identificar. Pasamos por Sorrento, enclave elegido por los millonarios australianos para edificar suntuosas villas. Incluso se ofrece la opción de una ruta en autobús para ver de lejos esas mansiones. Una última parada para visitar otra antigua casa de los primeros colonos. Se mantiene gracias a los fondos de una fundación. Visita guiada, personalizada, sin grupo. Una voluntaria nos explica detalladamente todas las vicisitudes de la familia que se afincó aquí. Cuenta detalladamente la interesante personalidad del matrimonio, cómo construían y decoraban, por aquel entonces, las viviendas. El único material utilizado era la madera. Nos muestra los soportes entre los que se encajaban las tablas que formarían las paredes. El interior, en algunas habitaciones, mantiene aún las hojas de periódico, con las que se empapelaban los tabiques. Muebles, libros, utensilios, aperos de labranza, objetos para el entretenimiento, todo bien conservado, ordenado… agradable, enriquecedor.

En Melbourne, contactamos con el agente de fletes que tramitará el envío del Toyota a Chile. Había conseguido su nombre y dirección gracias a Vicente Plédel y Marián Ocaña, los dos viajeros que, gracias a su web “La Ruta de los Imperios”, me impulsaron a iniciar esta vuelta al mundo. Ha cambiado de teléfono y dirección, se dedica a otro tipo de envíos marítimos. Ha costado dar con él, pero gracias a Internet y una paciente búsqueda, logramos localizarlo. Hará una excepción. Nos ayudará.
-“No os preocupéis. Buscaré un barco que transporte vuestro coche a Valparaíso. ¿Cuándo caduca tu visado? ¿El 26 de marzo? Dadme copia de los documentos. Podéis seguir vuestro viaje tranquilos. Deberíais regresar a Melbourne tres o cuatro días antes.”
En los días que permanecemos en la segunda ciudad más poblada de Australia, nos acercamos a los barrios más interesantes. Usamos los transportes públicos y caminamos… mucho. El gran Melbourne cubre una extensa área. En el centro, para localizar los edificios o particularidades más destacadas, el ayuntamiento ha incrustado en el pavimento de las aceras unas plaquitas metálicas, cada 10 metros. Basta localizarlas para seguir el itinerario propuesto. “La Milla de Oro” permite descubrir los singulares edificios de los primeros tiempos, rincones encantadores, pubs tradicionales, entre los modernos bloques de oficinas o galerías comerciales. El corazón de Melbourne está ocupado por un cuadriculado diseño, cubierto en todas las direcciones por las líneas de autobuses y tranvías, entre los que circulan calesas tiradas por caballos. Eso comporta un tráfico denso, con grandes atascos en las horas punta, aumentados cuando llueve. A pesar de ello, todos los conductores de automóviles evitan utilizar el despejado carril de los rieles del tranvía y detenerse en un cruce. Supongo que, al igual que en el Reino Unido, además de un ejemplar sentido cívico, aquellos que se pasaban de “listos” han aprendido a fuerza de pagar de multas. Un tranvía turístico gratuito recorre el perímetro del centro. Es agradable pasear por los cuidados parques públicos que aprovechan en cualquier momento los ciudadanos para echar una cabezadita, sobre la hierba, a la sombra de un árbol. O para caminar descalzos. En los jardines Fitzroy se levanta la casa del capitán Cook, en la que residía cundo no viajaba. Por supuesto, se ubicaba en Inglaterra, pero en 1.934 con motivo del primer centenario del Estado de Victoria, del que Melbourne es capital, fue donada, desmontada piedra a piedra y trasladada hasta aquí. Junto al río Yarra, que cruza la ciudad, se levanta uno de los barrios más modernos, con un complejo, The Crown, con casino, hoteles, cines, tiendas, restaurantes y bares. Todo el mundo puede encontrar el ambiente que más le plazca. Únicamente hay que acercarse al barrio preferido. Puerto deportivo, antigüedades, parques, museos, mercados, centro de atracciones, paseos junto al mar, animadas calles de ambiente desenfadado con llamativos reclamos publicitarios, tranquilas áreas con grandes mansiones, abiertas al público, en las que se muestra cómo vivían los adinerados comerciantes de finales del siglo XIX… hay para elegir. Curiosidades: una tienda, en la que partiendo de una fotografía, modelan unos muñequitos con la cara de la pareja, recuerdos de boda; un edificio, el de la Aduana, la fachada reproduce un efecto óptico, observadla bien; una tienda con el nombre abreviado, en catalán, del Club de Fútbol Barcelona; una sala del museo de Melbourne, en domingo por la mañana –lleno a rebosar-, dedicada a la sociedad maorí, vacía. A pesar de que hay un canal de TV maorí, de que el gobierno australiano actual intenta, no ya integrar, sino que todo el mundo asuma que la historia de Australia ha de enriquecerse con la aportación de todos aquellos que ostentan la misma nacionalidad, la mayoría de la gente parece poco interesada por la ancestral cultura de aquellos que durante más de 40.000 años fueron los únicos habitantes de la gran isla.

 

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