Crónica 46: del 5 al 25 de marzo 2010 (1ª)

Australia





El permiso para poder circular por la Great Central Road ha sido concedido, sin pagar nada. Según la previsión meteorológica, en los próximos días las condiciones serán excelentes, cielo despejado, temperatura entre 15 y 30 grados. Bien. Llenamos depósitos. Pasamos por “Las Olgas”, y abandonamos el Parque nacional, entrando en la pista. Aún quedan algunos charcos y zonas embarradas en los terrenos cercanos. Tal como nos habían informado otros viajeros, la ruta es excelente. Ancha, bien mantenida, pocas zonas onduladas. Velocidad de crucero, 90 a 100 kilómetros por hora. No nos cruzamos con ningún otro vehículo. Alcanzamos Warburton, después de recorrer 600 kilómetros. Un pequeño enclave con servicios, cafetería, mini supermercado y combustible. En las cercanías un poblado de aborígenes. Nadie nos ha exigido el permiso de circulación. La información al respecto es confusa. En algunas guías de viaje y en webs, en las que se puede encontrar información, se señala la obligación de conseguir una autorización que facilita la oficina de turismo de Alice Spring o Perth. La petición debe efectuarse dos semanas antes. En otras webs se aclara que no es necesario, si no se abandona la Great Central Road. La normativa general exige una autorización para cruzar tierras que pertenezcan a la comunidad aborigen. Otros conductores, con los que me había encontrado varios meses atrás, me habían dicho que no era necesario. Los ocupantes de un coche policial nos preguntan hacia donde nos dirigimos. Cuando se lo decimos, nos desean buen viaje, asegurándonos que la pista se encuentra en buenas condiciones, salvo un tramo en obras, que se supera sin mayores complicaciones. No me piden que les muestre ningún permiso. Algo que nos ha llamado la atención es la cantidad de coches abandonados que pueden verse a diez o veinte metros de la pista. ¿Cómo han llegado hasta ahí? Algunos tienen el aspecto de haber sufrido un vuelco, techo hundido. Otros, puertas abiertas, sin cristales, desguazados. Ninguno 4x4. El dependiente de la estación de servicio, surtidores protegidos con reja y candado, nos explica que los aborígenes se benefician de ayudas gubernamentales para adquirir vehículos. Luego alegan haber sufrido un accidente, los desmontan y venden las piezas como recambios para obtener dinero. Ignoro si es cierto, pero sí puedo asegurar que no es normal el número de coches abandonados, en esa pista. Estamos a mitad de camino. Mañana probablemente llegaremos a Laverton, donde reencontraremos el asfalto. Probablemente. Siempre hay que estar preparado para pasar un mal día. Hoy… poco después de abandonar Warbuton, pincho el neumático trasero izquierdo. Lo cambio por uno de los dos de repuesto. Seguimos. Cien kilómetros después el coche, en una zona ondulada, deriva hacia la derecha. Rotura del neumático delantero derecho. Destrozado. Quería cambiarlos, he circulado con ellos 40.000 kilómetros. Son los que compré en Bangkok. Entonces no encontré los que se ajustaban a mis llantas. Eran más anchos. La cubierta lateral no está reforzada con malla de acero interior. Bastante han aguantado. Monto el segundo neumático de repuesto. Estamos a unos 80 kms. del próximo punto habitado, en el que, según consta en la guía y en el permiso de circulación que nos han proporcionado en Yulara, no hay taller mecánico. Conduzco con cuidado, a sesenta kilómetros por hora. A los diez minutos, el coche se va a la izquierda. Rotura del neumático izquierdo delantero. Se acabó. Uno pinchado y dos inservibles. En una pista con poco tránsito. Menos mal que no llueve. Tenemos agua y comida. Alguno de mis ángeles protectores decide ayudarnos. A la media hora, vemos acercarse un todo terreno, en nuestra misma dirección. Un coche del gobierno. Una conductora, con dos mujeres aborígenes. Se hace cargo de la situación. Nos dice que primero ha de llevar a las dos mujeres a una aldea, luego podría llevar a uno de nosotros hasta el próximo pueblo donde hay teléfono. Para subir las ruedas al interior de su coche, abre la puerta trasera y coloca una pala contra el suelo, por la que puedo empujar las dos ruedas con menor esfuerzo. – “Compra, repara, haz lo que puedas”, le digo a Rosa María, antes que desaparezca entre la nube de polvo que levanta el todo terreno al alejarse. Podría, en caso de vida o muerte, haber reparado la cámara pinchada. Tengo herramientas para ello, pero no me encuentro con ánimo suficiente. Es una tarea agotadora, me falta práctica. Me dispongo a pasar tres días de espera. Me encuentro a 360 kilómetros del pueblo donde termina la pista. Coloco los triángulos reflectantes que advertirán, por la noche, que estoy estacionado. No pasa nadie, pero más vale prevenir. Sé que Rosa María resolverá. No me ha reprochado el no haber cambiado los neumáticos degradados antes de afrontar 1.200 kilómetros de pista. Tiene experiencia. Recuerdo inevitablemente nuestro primer viaje a África, trece meses, hace 37 años, con una furgoneta que no tenía tracción en las cuatro ruedas. Cubrimos el itinerario propuesto, pasando por desierto, sabana y selva. De Barcelona a El Cabo. Regreso en barco desde Walbis Bay, Namibia, a Vigo. Una buena escuela. Fue cuando me “enganché” al viaje-aventura. Me entretengo leyendo, dentro del Toyota. Las moscas, en los cristales, buscan un resquicio por donde entrar. En todo el día pasan dos 4x4. Los dos en dirección contraria. Un coche de la policía y otro con una pareja holandesa. Se detienen, preguntándome si necesito ayuda, agua o comida. Los agentes tampoco me han pedido que les enseñara el permiso para circular por la Great Central Road. Cuando anochece, puedo por fin salir al exterior. Las moscas han desaparecido. Ha refrescado. Preparo la cena, extiendo el saco de dormir sobre el colchón de goma espuma. Los arbustos cercanos parecen cobrar vida. El viento pasa entre sus ramas, rompiendo el silencio. Hay que aprovechar todos los momentos. Oscuridad total. El percance me permite gozar de un cielo estrellado, limpio, sin luz ni contaminación que lo perturbe. Allí, cerca del final de la Vía Láctea, localizo la Cruz del Sur. Mañana será otro día. Efectivamente lo es. Apenas he terminado de desayunar y asearme cuando aparece Rosa María en un Toyota. Ha logrado que un técnico de mantenimiento de una estación eléctrica, a cambio de una compensación económica razonable, rompa su sagrado descanso del fin de semana, repare la rueda pinchada y la traiga hasta donde me encuentro. Cambio la rueda y nos dirigimos al enclave cercano. 60 kilómetros que transcurren sin ningún incidente. Logro comprar un neumático nuevo del ancho correcto para mi llanta. No tienen más. -“Seguro que los encontrará, y a mejor precio, en Laverton. Allí hay de todo, aquí sólo tenemos alguno para resolver alguna emergencia”. Seguimos camino hasta Tjukayirla, a 190 kilómetros. Cuando llegamos, a las cuatro de la tarde, aún nos faltan 310. Preferimos salir mañana temprano. Hay un camping con cabinas, baño, cocina y aire acondicionado. El recinto está vallado. Me indican que cierre la cancela cada vez que salga. Unos perros advierten con sus ladridos la proximidad de cualquier extraño. El conjunto, camping, surtidor, bar-restaurante, taller y tienda, lo gestiona una pareja que lo ha arrendado. Llevan cinco años, en mitad del desierto. Cuando es época alta se detienen bastantes coches. Durante la época de lluvia, que justo acaba de finalizar, apenas tienen relación con alguien. Estamos solos. Bueno, no del todo. Un curioso emú se acerca, nos observa y se aleja, si acortamos la distancia. Por la noche, nos proporciona un sobresalto cuando nos lo encontramos de repente, de cara, saliendo de entre unos matorrales. Como con las avestruces, es mejor mantenerse alejado. En Laverton, “Donde hay de todo”, únicamente encuentro un neumático de segunda mano que nos permitirá seguir viaje, con dos ruedas de repuesto, hasta Kalgoorlie, a 370 kms. La carretera está asfaltada. Volvemos a ver, en los arcenes, numerosos restos de canguros atropellados. No hay suficientes cuervos para descarnarlos. Entramos en la zona donde se localizan las minas de oro del oeste del país. Pasamos por Gwalia, un asentamiento creado en 1896 que se convirtió, en horas, en un pueblo fantasma, el 21 de diciembre de 1963, cuando se cerró la mina que daba trabajo a todos los que allí vivían. Enviaron un tren para evacuar a los trabajadores y sus familias. Impusieron condiciones. Únicamente podían llevarse lo que lograran cargar. En tres semanas la población descendió de 1.500 personas (en su mayoría italianas) a 40. Como nota curiosa, la explotación, en los primeros años, fue dirigida por Hoover, que más tarde llegaría a convertirse en el trigésimo primer presidente de EEUU. Las casas, almacenes y tiendas mantienen el aspecto de un pueblo abandonado súbitamente. Es posible entrar en algunas casas.

La mina de Kalgoorlie, es la más grande de Australia. Se sigue explotando desde 1893. En los primeros años el principal problema fue la falta de agua, es una zona desértica. Un ingeniero propuso construir un embalse en Perth, a 556 kilómetros de distancia, y enviar el agua por una tubería. En aquella época, fue considerado una locura por los parlamentarios, que se negaron a aportar los fondos necesarios para la construcción. Argumentaron que era un proyecto irrealizable. Kalgoorlie se encuentra a 400 metros de altitud, Perth a nivel del mar. Diez años más tarde fue aprobado, aún sigue en funcionamiento. Su creador no llegó a verlo. Desesperado, ante la incomprensión de quienes dependía la puesta en marcha, se suicidó un año antes. Aprendamos. Todo tiene solución, … o no, salvo la muerte. La calle principal, con los edificios más singulares es Paddy Hannan, en honor y recuerdo al buscador de oro que encontró la primera pepita. Llegó gente de todo el mundo en busca del valioso metal. Años después se le erigió un monumento. Una fuente, con su estatua, portando una cantimplora, de donde sale el agua. Se recordaba así una norma establecida en los primeros tiempos, aceptada por todos: nadie podía negar agua a quien la solicitara, cuando su cantimplora estaba vacía. Por supuesto ha cambiado mucho la ciudad. Aunque todos, cerca de 30.000 habitantes, siguen viviendo de la mina. Empleos directos y empresas de servicios. Unos datos para dar idea de la magnitud. El pozo abierto, de donde se extraen las rocas que contienen oro, tiene una anchura de kilometro y medio, un largo de tres kilómetros y medio, y una profundidad de 450 metros. Los camiones, que en la fotografía que adjunto, por falta de una referencia comparativa, no parecen extraordinarios, pueden transportar 225 toneladas de roca, que al finalizar el proceso proporcionarán entre 450 y 500 gramos de oro. Las palas excavadoras -en una fotografía pueden verse las dimensiones, conmigo como referencia- pueden cargar 60 toneladas cada vez. Llenar el depósito de la excavadora requiere 14.000 litros. Grandes “juguetes” de gigantes utilizados por pequeños seres, con debilidades humanas. En Kalgoorlie, desde el principio, se han permitido ciertas licencias prohibidas en el resto del país. Alcohol y mujeres. En esta ciudad se dobla la media de consumo alcohólico. Está permitida la prostitución. Eso sí, regulada. En una calle paralela a la principal, se autorizó que se abrieran prostíbulos para satisfacer las necesidades sexuales de los mineros, solteros en su mayoría. Por supuesto todo cambia, pero los burdeles siguen funcionando. En una sociedad tan comprensiva, se ofrece la posibilidad de visitarlos, como un aliciente turístico más. De tres a cinco de la tarde, la madame de “Questa Casa”, recibe a los visitantes, les cuenta la evolución e historias del prostíbulo, mientras comparte té con pastas. No nos perdemos la ocasión. Una pareja australiana, sorprendida ante la narración, y nosotros, somos el auditorio que necesita la directora para mostrar sus dotes de actriz. Sesenta años cumplidos, maquillada, collar de perlas, falda y blusa. Luz tenue. Nos cuenta, reposada, en voz baja, que ahora las “señoritas” ya no están obligadas a vivir en la casa. Alquilan una vivienda y cumplen con un horario establecido. Antes, moral de doble faz, podía haber putas, pero no se les permitía abandonar su lugar de trabajo y residencia. Si se casaban, abandonaban su antigua profesión, cambiaban de barrio, se convertían en amas de casa, con hijos a quien cuidar. Nadie recordaba su denigrante trabajo, eran aceptadas en sociedad. A fin de cuentas, muchos descendían de convictos. Mejor olvidar el pasado. Con algo de nostalgia, rememora los tiempos de mayor esplendor, con chicas llegadas de Europa –ahora son australianas o neozelandesas-, hombres solicitando turno, grandes ganancias. Técnicas empleadas para ganar más dinero, empleando el menor tiempo posible. –“Algunas llegaban a complacer a seis hombres por hora. Salían satisfechos. Se convertían en clientes habituales, regresando dos o tres veces por semana”. También nos cuenta algunos problemas a los que tuvo que enfrentarse, borrachos, hombres agresivos… uno, casado, de Perth, que se murió. Para que en el acta de defunción no constara dónde había fallecido lo trasladó a un hotel. Cuando estaban a punto de llamar a la familia, el muerto revivió. Os lo resumo, porque la historia, tal como nos la cuenta, es muy larga. Perfecta. Disfruta. Hace inflexiones de voz, pausas, nos mira valorando nuestra reacción. Para terminar, un paseo por las diferentes habitaciones. Cada una de ellas un museo, con todos los artilugios que pueden encontrarse en un sex shop. –“Para satisfacer cualquier clase de fantasía”. Dos horas entretenidas. Aprovecho las diferentes tiendas de neumáticos para comprar y cambiar los que llevo. Un problema menos del que preocuparme, durante los próximos meses. Kalgoorlie es una ciudad agradable, con buenos servicios, pero… con fecha de caducidad. Las previsiones actuales, a la espera de cambios tecnológicos que permitan alguna variante, prevén que la actual explotación del gran pozo finalice en el 2017. ¿Se convertirá en una nueva Gwaila? El mundo cambia, evoluciona constantemente. ¿Qué se conservará aquí, dentro de… doscientos años, por ejemplo? Regresan a mi memoria imágenes de ciudades que llegaron a ser muy importantes, como Afrodisias, en Turquía. Allí se levantaba una de las siete maravillas del mundo antiguo, el templo de Afrodita. Hoy pueden verse sus ruinas, restauradas. ¿Y Kalggorlie?

Abandonamos otra vez el asfalto, ahora calzo neumáticos nuevos. Nos acercamos a una curiosa formación rocosa, cerca de Hyden, que ofrece una “gran ola”, como las buscadas por los surfistas veteranos, en roca. Ciento diez metros de larga por quince de alta. Granito esculpido por la acción conjunta de viento y agua. Llamativos colores decoran la gran pared. El agua al caer, en la época lluviosa, crea surcos y oxida partículas minerales que le confieren ese singular colorido. En una zona desértica, se levanta la colina pétrea. Un pequeño muro en lo alto conduce el agua de lluvia hasta un pequeño embalse. Desde lo alto puede verse un lago salado y más alejado, a 16 kilómetros, el lugar donde se encuentra una cueva con numerosas manos pintadas, por los aborígenes, en las paredes. Caminamos por la plataforma superior, pasando por una zona de grandes piedras redondeadas. Al descender, volvemos a pasar por delante de la “gran ola”, que se encuentra en la base. Antes de seguir viaje hacia Perth, nos acercamos hasta “El Hipopótamo”, una roca, con oquedad en su base, que recuerda la boca abierta de uno de esos paquidermos. La carretera nos lleva a través de un paisaje que se transforma. El desierto da paso a granjas con corderos o campos de trigo. Estas granjas no habrían podido desarrollarse sin la valla de protección que se levantó a principios de siglo XX para detener la expansión de los conejos. Se introdujeron 12 parejas en el país en 1859. Algunas lograron escapar, extendiéndose sin control, reproduciéndose a gran velocidad. La barrera fue un intento desesperado de impedir su acceso a las granjas. 1872 kilómetros de cerca, de mar a mar, en Australia Occidental. Luego, una segunda y una tercera valla. En total 3.250 kilómetros. A pesar del gran gasto y esfuerzo, no lograron impedir totalmente el paso de los conejos. Únicamente se detuvo la invasión, en 1950, introduciendo la mixomatosis. Lograron diezmarlos, pero no acabar con ellos. A partir de entonces se utiliza veneno. Vemos algunos, pocos, saltando entre las hierbas, o cruzando la carretera. Las vallas se mantienen porque evitan el paso de dingos, que atacarían los rebaños de corderos, o los desplazamientos masivos de emús. Estos últimos, según las condiciones atmosféricas, pueden poner un gran número de huevos. Si llega ese momento, se ponen en marcha buscando alimento. En fin, Australia es muy grande, pero la comida, corderos y campos sembrados, se localiza en determinadas áreas en el sur del país. De ahí el intento de impedir el acceso a esa zona, a dingos, conejos, zorros… vamos, las especies introducidas que alteraron el equilibrio ecológico. De camino a Perth, nos detenemos unos minutos para acercarnos a un cementerio canino. En una zona desértica, tumbas, con sencillas lápidas, en recuerdo de queridas mascotas, que seguramente fueron para algunos algo más que animales de compañía. Pasamos por Perth. Una rápida visita al King’s Park y al centro peatonal de la ciudad. Fremantle lo vemos durante la tarde y noche. A la mañana siguiente, temprano, iniciamos camino hacia el sur. La costa tiene fama de ofrecer largas playas de arena, con lugares excepcionales, de grandes olas, para surfistas experimentados. En el interior, bosque y viñedos. Nos quedan diez días y 4.000 kilómetros para llegar a Melbourne. Nos detenemos en Walpole, pueblo costero, en el sur de Australia Occidental, Famoso por las playas de su laguna y los árboles gigantescos del Parque Nacional. Se ha logrado conservar, virgen, una zona muy interesante. Caminamos 800 metros sobre pasarelas metálicas, oscilantes, a cuarenta metros de altura, entre gigantescos eucaliptus. Cuando bajamos, seguimos un camino que nos conduce al “Antiguo Imperio”, una zona con árboles monumentales, que resisten el paso del tiempo, mostrando sus heridas causadas por fuegos, insectos y parásitos. Algunos, de gran anchura, abiertos en la base, pueden pasarse por debajo. Ha desaparecido el interior del tronco, pero las raíces siguen conectadas a través de las paredes. Volvemos a la carretera costera, después de seguir un itinerario alternativo por una pista que atraviesa el bosque. Seis días antes nos encontrábamos rodeados de desierto deshabitado, con la línea del horizonte lejano sobre matojos. Hoy, una verde pared de frondosa vegetación impide ver más allá de cien metros. Saliendo del bosque, llegando a Denmark, lujosos restaurantes, viñedos, playas de agua transparente, calas con redondeadas rocas surgiendo del agua. ¿Lo mejor? Aquí no hay aglomeraciones. Tal vez transcurra demasiado tiempo entre el momento que se elige el menú y la llegada del primer plato –el servicio es caro, por consiguiente escaso-, pero… no es tiempo perdido. Un lugar agradable, sonrisas, una cerveza fría… Valorar, disfrutar, el buen momento que se está viviendo, es mejor que quejarse porque la cocinera no tiene las salsas preparadas y la dueña-camarera no te trae el plato que acabas de pedir. Antes de llegar a Albany, vemos en la lejanía, detrás de una montaña una columna de humo. ¿Chimeneas contaminantes de fábricas? Extraño. ¿Humo de un fuego controlado? Lo ignoro. Lo perdemos de vista al entrar en la ciudad, el primer asentamiento en Australia Occidental, anterior a Perth. Los primeros colonos llegaron aquí en 1826. Durante la primera guerra mundial fue el lugar de embarque para las tropas que se enviaron a Egipto y Gallipoli. En el verano austral pueden verse ballenas en su migración anual a la Antártida. Nos dirigimos a la ciudad antigua, junto al puerto natural, en una bahía. Entonces podemos ver el fuego en la montaña opuesta. Está ardiendo un bosque, cercano a unos edificios, parecen almacenes. Aviones y helicópteros descargan agua sobre las llamas. Al día siguiente logran apagar el incendio. No hay víctimas ni se producen daños materiales. Nos paseamos por una feria –una más-, ya que debemos olvidarnos de nuestra tentativa de conectarnos a internet. Es domingo.

 

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