Crónica 47: del 26 marzo al 31 mayo 2010 (1ª)

Nueva Zelanda




El avión que me lleva a Nueva Zelanda aterriza en Christchurch a las diez de la noche. He reservado una habitación en un hotel cercano al aeropuerto. Mañana, con luz diurna, me cambiaré a otro en la ciudad. Elegir un hotel, barato, por internet, en un país desconocido, es arriesgado. La información es limitada, las fotografías… son fotografías. Pueden haber sido tomadas con un gran angular que sobredimensiona los espacios. Habitualmente es así. Imposible detectar olor, suciedad y ruido. Puede ofrecerse un receptor de televisión en la habitación, pero no se menciona que la señal llega en malas condiciones porque la antena no está bien orientada. ¿Qué se considera hotel barato? Depende del país. Los precios varían según el nivel de vida alcanzado y el valor del suelo. Nueva Zelanda tiene fama de ser un país barato. Claro, para un europeo, japonés, norteamericano o australiano… de clase media, en vacaciones. Para los que pertenecen a las clases pudientes, de cualquier país, el precio de un hotel no es motivo de preocupación. En fin, pasar la noche en ese hotel, utilizado por camioneros, me cuesta 30 euros. El bar está animado. En la entrada el horario de apertura y cierre. “La mayoría de los días abrimos de nueve a diez, ocasionalmente a las siete, pero a veces a las doce o a la una. Cerramos alrededor de las cinco o las seis, ocasionalmente a las cuatro o a las cinco, pero algunas veces a las once o a las doce de la noche. En ocasiones no estamos en todo el día, pero a veces no nos movemos de aquí.” Vale. Mejor que no falte sentido del humor. El taxista que me lleva al Backpackers elegido, es oriundo de Hong Kong. Se queja de la crisis, Cubre menos carreras, sus ganancias han descendido, pero le gusta el país. Intentará resistir a la espera de que la situación económica mejore. Una vez instalado, habitación individual, con servicios compartidos, me conecto a internet para establecer el plan definitivo de mi viaje por las dos islas de Nueva Zelanda. Viajaré en autobús. Una compañía, “Magic bus”, oferta la posibilidad, dependiendo del tiempo disponible, de elegir un itinerario entre 17 opciones. El más completo es un recorrido de 6.445 kms. Opto por uno intermedio, 2.850, que me permitirá conocer los principales lugares de las dos islas, norte y sur. En concreto, he comprado billete para 12 tramos, entre pueblos. Puedo quedarme el tiempo que quiera en cada unos de esos doce puntos. Reservo alojamiento también por internet. Siempre puedo alterar las fechas de “Magic”, con 24 horas de antelación. El autobús recoge a los pasajeros en determinados Backpackers, a una hora establecida. Si me alojo en uno ellos bien, sí no tengo que desplazarme, por mis medios, al lugar de encuentro. El primer trayecto será en tren, cruzando la cadena montañosa que separa el este del oeste, en la isla sur. La encargada del hotelito donde me encuentro, me indica que vendrán a recogerme a la puerta. Perfecto. Todo organizado. Puedo salir a descubrir Christchurch, la ciudad más poblada la de isla sur, 355.000 habitantes. Caminando llego a la catedral en un cuarto de hora. La ciudad ocupa una gran extensión, pero lo más destacado se encuentra en el centro, un área relativamente pequeña que se puede cubrir andando. Los antiguos edificios, la catedral, los parques, monumentos y torre con reloj, la han convertido en la “English City”, de Nueva Zelanda. A finales del siglo XIX empezó a prestar servicio una línea de tranvías. En 1954, se optó por su desaparición, pero hace quince años se restableció el servicio. Un itinerario circular, que pasa cerca de los lugares comúnmente visitados. Mi primera compra, al igual que en anteriores países, es un número de teléfono de alguna de las compañías que operan en Nueva Zelanda. La oficina de turismo, como en Australia, ofrece información y mapas de cualquier destino. Empiezo a modificar la ficha cerebral en la que se almacena todo lo referido a este país. Creía -ignoro la causa-, que hasta aquí llegaban pocos turistas. Que la gente era encantadora con los recién llegados porque no estaba maleada por el turismo masivo. Independientemente del buen carácter y amabilidad que caracteriza a los “kiwis”, término por el que se conoce a los neozelandeses, el trato dispensado a los turistas es ejemplar. Cómo no va a ser así. Proporciona el diez por ciento de los puestos de trabajo, representa el diez por ciento del PIB. A pesar de la crisis, el sector, cumpliendo las expectativas, ha seguido creciendo. ¿Menos dinero para pasar las vacaciones en un destino lejano? Los europeos no salen de la unión europea, los australianos se decantan por este país más cercano y aumenta el turismo interior. Inicio mi viaje por la isla sur, dirigiéndome a la costa oeste en el tren que, abandonando las llanuras que rodean Christchurch, supera la cadena montañosa con un recorrido espectacular por valles, gargantas, puentes y túneles. Greymouth es un pequeño pueblo costero. Su pasado está ligado a la explotación de minas de oro y a inundaciones, por crecidas del río que atraviesa el emplazamiento. El pueblo debió reconstruirse, prácticamente por completo. Hoy los barcos de pesca, cuando se dirigen hacia el mar abierto, pasan entre los altos taludes de piedras y arbustos que se crearon para poner fin a los desbordamientos. Me doy un largo paseo hasta la playa de Blaketown, para contemplar, desde la orilla de cantos rodados, el mar de Tasmania. Me alojo en otro backpackers. Todos son semejantes. Varían las condiciones de los servicios y el emplazamiento, más cercano o alejado del centro. Dormitorios compartidos de cuatro, seis u ocho camas, habitaciones de una o dos camas, con o sin baño, cocinas con todo lo necesario para preparar la comida, neveras, salones con televisión y posibilidad de conectarse a internet, pagando, por wifi o usando los ordenadores propiedad del establecimiento. Quienes comparten habitación tienen a su disposición armarios con candado para guardar maletas o mochilas. En estas semanas que he pasado en Nueva Zelanda me he alojado siempre en habitación individual con baño. He pagado por noche, de 24 a 43 euros. Como soy muy perezoso, desayuno y ceno en cafeterías y restaurantes. Dejo Greymouth en el autobús de Magic. Saludo al conductor. Nos presentamos. Durante toda mi estancia en la isla sur, vamos a seguir juntos. La rutina de viaje es siempre la misma. Se detiene en algún pueblo, a las diez de la mañana, durante media hora, para que los pasajeros puedan desayunar o darse una vuelta. Siempre que se pasa por algún lugar destacado, después de una breve explicación por los altavoces, se detiene para que podamos verlo. El tiempo de la parada depende del lugar. En un mirador, serán diez minutos, y en un poblado interesante o en una antigua explotación minera, con museo, pueden ser cuarenta. Depende. Antes de llegar al final del trayecto diario, el guía-conductor pasa unas hojas en las que todos anotamos el hotel en el que vamos a alojarnos, especificando si tenemos reserva y si al día siguiente continuaremos viaje o si hemos decidido hacerlo más adelante. Pasado ese primer trámite, llegan otras hojas ofreciendo visitas alternativas o prácticas de diversos deportes o excursiones, que hay que pagar aparte. El conductor gestionará esos servicios no comprendidos en la tarifa que hemos abonado, a un mejor precio que si se pagan directamente. El descuento sólo se aplica si se abona con tarjeta de crédito. En metálico no hay descuento. ¿Por qué? Lo ignoro, es así.
Cuando llegamos a Franz Joseph, me acerco por mi cuenta, en un microbús del ayuntamiento, al principal atractivo del pueblo: el glaciar Franz Joseph, nombrado así en honor al emperador austríaco, por el explorador de esa nacionalidad que lo recorrió en 1865. El glaciar avanza y retrocede, pero la tendencia es que está reduciéndose, según puedo observar en fotos antiguas y en un panel que señala el espacio que ocupaba en distintos años. Para llegar al punto más cercano al hielo hay que caminar un largo trecho por el valle. En las paredes rocosas, saltos de agua. Todavía no han llegado los meses más fríos, pero no me sobra el polar, los guantes y la cazadora forrada que me he puesto. He renunciado a formar parte de un grupo y caminar sobre el hielo. Varias compañías ofrecen guías y complementos necesarios, botas e indumentaria, para alcanzar lugares espectaculares. Llovizna, el cielo está encapotado.


Nuestro próximo destino es Queenstown, ciudad-pueblo de 8.500 habitantes, que viven casi exclusivamente del turismo. Antes nos detenemos en algunos miradores, desde los que puede contemplarse otro destacado glaciar, el Fox, con idénticas posibilidades que el de Franz Joseph. Es tentador un acercamiento al lago Matheson, -ocho kilómetros de caminata- en el que se refleja el Mt. Cook, el pico más alto de Australia y Nueva Zelanda, 3.755 metros. Eso con el cielo despejado, que por estas latitudes debe ser tan difícil como ganar en un casino. En una de las playas sin arena, del mar de Tasmania, un amontonamiento de pedruscos, con mensajes, creado por los miles de personas que se detienen anualmente en este punto. Algunos de mis compañeros del autobús contribuyen a que siga extendiéndose el apilamiento por la playa. Poco antes de arribar a Queenstown, una última parada, en el histórico puente de Kawarau, el primer lugar en el mundo en el que se practicó, comercialmente, el bungy, ese deporte… más bien experiencia, que consiste en saltar al vacío sujeto por los pies por una cuerda elástica. Aquí se inventó, por lo que es normal que también fuera aquí donde naciera la primera empresa dispuesta a satisfacer, a cambio de dinero, a todos aquellos necesitados de fuertes descargas de adrenalina. Nueva Zelanda es el país por excelencia para los deportes de riesgo y aventura. Descenso de cañones, rápidos, escalada, parapente, salto en paracaídas, quads, motos enduro, lanchas a toda velocidad, vehículos usados por los ejércitos norteamericanos, ingleses y australianos, ultima tecnología, para superar cualquier tipo de obstáculo, el 4x4 total, nada se le resiste, barro, pendientes pronunciadas, rocas, una locura. Además, esquí, cuevas, volcanes, glaciares… Desde este puente, la caída es sólo de 43 metros. Para quien necesite más, se ofrecen, en otros emplazamientos, alturas de hasta 150 metros. En Kawarau, donde se detienen todos los autobuses, la gente hace cola. El buen saltador llega a tocar el agua con las manos, antes de que el cabo elástico frene la caída y lo impulse de nuevo hacia arriba. Una lanchita en el río recoge, libra del arnés, deposita en tierra y se prepara para recibir al siguiente cliente. Por supuesto en el precio está incluida una serie fotográfica que le permitirá revivir, al que se ha lanzado al vacío, esa experiencia inolvidable en su país de residencia, cuando se sienta harto de la rutina. Al llegar a Queenstown, asciendo en una cabina hasta el monte cercano desde el que se goza de un paisaje extraordinario, el lago Wakatipu, entre montañas, con la ciudad a mis pies. Subo hasta el punto más alto posible en un telesilla. Una chica joven, salta en tándem con un parapente. Se le escapa un grito cuando sus pies dejan de tocar el suelo. Está volando sobre el abismo que se ha abierto bajo ella. Inicia una larga vuelta sobre el valle. Para bajar tengo escaleras o la alternativa de descender en un cochecito, sin motor, por una pendiente con curvas. Eludo el riesgo de vuelco. Al día siguiente, como la mayor parte todos los que hemos llegado hasta aquí, voy a Mildford Sound, el fiordo más accesible y espectacular de esta zona, el principal atractivo turístico de la isla sur. Diluvia, algo habitual. Visibilidad escasa. En contrapartida grandes saltos de agua que las cortadas paredes rocosas no pueden retener. Antes de acercarnos al embarcadero, hemos de esperar a que una máquina quitanieves limpie la calzada. Todavía no se han cubierto las montañas de nieve, pero han empezado a caer los primeros copos. En el invierno austral, se producen grandes avalanchas. Las negras paredes, sin árboles, hoy mojadas, medio ocultas por la niebla, enmarcan esta gran entrada del mar. Dos horas de navegación son suficientes para cubrir el área. El embarcadero parece una estación de metro en hora punta, luego compruebo que en este espacio inmenso tengo la sensación de haber embarcado en la única nave del entorno. Al siguiente día, de Queenstown a Dunedin, en la costa este. Sigue lloviendo, aunque con menos intensidad. En la cocina del backpackers, hojas de papel, pegadas en las paredes, con un texto recordatorio, en 50 o 60 idiomas, catalán y vascuence incluidos. “Mamá en huelga, por favor lava tus platos y utensilios, gracias”. La verdad es que todos los alojados respetan la norma. La gran cocina se muestra ordenada, limpia. Únicamente dispongo de la tarde para ver la ciudad. Turismo continuado. La lluvia es molesta pero no un impedimento. Los barrios residenciales se extienden sobre las colinas que rodean el centro. Pronunciadas pendientes. Como en el resto de concentraciones urbanas, en la parte más antigua, finales del siglo XIX, se mezclan edificios coloniales con últimas tendencias arquitectónicas. Destaca la estación de tren y su sala donde se expenden los billetes. Cerca, en el museo Otago –los museos son siempre un recurso los días lluviosos- , una sala mostrando los adelantos tecnológicos que aliviaron los quehaceres caseros y ayudaron a pasar los ratos de ocio: nevera, lavadora, plancha, molinillo, radio, teléfono, televisión. Electricidad. Esa fue la llave que abrió un nuevo mundo. Lo que andaban buscando los emigrantes ingleses que se atrevieron a embarcarse, en un viaje azaroso, intentando alcanzar un lugar lejano que les permitiera mejorar su vida. En el museo hay una zona dedicada a aquellos primeros colonos. Se ha reproducido el habitáculo en el que viajaban, añadiendo diarios de viaje originales, normas de comportamiento dentro del velero, material necesario para embarcarse, mapas, rutas, escalas…Antes de abandonar Dunedin, el autobús se detiene media hora, para que los viajeros que así lo deseen puedan acreditar, con una fotografía, que han estado en la calle más empinada del mundo, según reza el cartel de la calle.

 

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