Crónica 48: del 1 de junio al 14 de julio 2010 (1ª)

Argentina, Paraguay y Brasil




Inicio camino, desde Mendoza, hacia el norte de Argentina. Sigo por la carretera nacional 40, que une norte y sur del país. No siempre es la vía principal. En ocasiones es una pista de “ripio”, grava y tierra prensada. Los tramos que he recorrido ofrecen un abanico amplio de diferencias. Desde largas rectas asfaltadas, hasta pasos estrechos entre formaciones rocosas, con curvas sin visibilidad. En ocasiones suelo ondulado, baches, roderas, antiguos puentes que únicamente permiten el paso de un vehículo. Lo mejor y lo peor de esa carretera alternativa es el poco tránsito que soporta. Siguiéndola, se alcanzan lugares poco habitados con un entorno espectacular. Hay tramos de ripio poco dañados que permiten circular a 90 kilómetros por hora. Pero… hay que mantener la atención constante. Pueden cruzar la calzada súbitamente animales. Después de un recta, curva ciega y camión de frente. Una vez más el coche se cubre de polvo rojizo. Saliendo de Mendoza vuelvo a circular entre grandes extensiones de viñedos.
Antes de llegar a Valle Fértil, desde donde me dirigiré al Parque Natural de Ischigualasto, me detengo en Vallecito, donde nació una leyenda en la segunda mitad del siglo XIX. Por aquellos azarosos tiempos, Deolinda Correa, una mujer joven “bellísima” –según me cuenta un profesor, que imparte clases a sus alumnos en un desvencijado cobertizo, a la espera de que finalicen las obras del nuevo colegio- vio partir a su marido con el ejército. Acababa de ser madre. Temía sufrir el acoso de los hombres que conocían su situación. Tomó a su bebé entre los brazos, cargó un zurrón con algo de alimento y agua y siguió, mientras fue capaz, la nube de polvo que dejaba tras de sí el escuadrón de caballería en el que militaba su esposo. Tuvo que atravesar una zona de sabana, desértica. Falleció de sed, al llegar al lugar donde hoy se ubica Vallecito. Encontraron su cuerpo dos días después. Su hijo sobrevivió. Se mantenía agarrado al pecho de su madre. Deolinda fue enterrada en el mismo lugar en el que murió. Era un lugar de paso para pastores con rebaños. Todos los días, al amanecer, tenían que reagrupar las reses. Un trabajo arduo. Sorprendentemente, un día, años después, afloró agua alrededor de la tumba. Creció yerba, el rebaño no se dispersó. Los pastores relacionaron agua con Deolinda. Nació la leyenda de “La difunta Correa”. Primero propagaron la noticia los pastores, después los camioneros. Se levantó una primera capilla, más tarde la rodearon otras. En paredes y altares, exvotos, placas, fotografías de personas agradeciendo peticiones atendidas. Un lugar curioso, en mitad de la zona desértica.
No sonrío al contemplar los ingenuos agradecimientos. He visto muchos lugares semejantes en mi vida, dedicados a dioses e intermediarios. Contra toda razón y análisis científico, he comprobado que hay vías ocultas de ayuda que no consigo descifrar. Ya he comentado, en anteriores relatos, que incluso yo, moderadamente escéptico, creo en mis “ángeles protectores”. Es comprensible que todos aquellos que viven o transitan por lugares alejados de grandes concentraciones urbanas, contemplando por la noche un cielo cuajado de estrellas, enfrentándose a poderosas e incontrolables fuerzas de la naturaleza, contemplen la posibilidad de que algo o alguien se preocupa por ellos.
Salva, esforzado ciclista que lleva seis años dando la vuelta al mundo, me ha enviado una noticia que constata la existencia de estos hechos inexplicables… por ahora. Cuando coincidí con él en Teherán, me habló de Sabine, una joven suiza que se dirigía, en bicicleta, a Laos. Al salir de la capital iraní, fue arrollada por un conductor que circulaba a gran velocidad. Fue evacuada a su país, sometiéndose a varias operaciones para reconstruir su rostro que había sido desfigurado por varias roturas. Un año después, una vez recuperada, siguió el viaje dolorosamente interrumpido. Bajó a Damasco y siguió por Asia Central. Quiere pedalear por las estepas del Pamir, antes de llegar a Laos. Estando en Osh, Kirguistán, estalló la confrontación entre uzbekos y kirguises que ha causado centenares de muertos. Tuvo que abandonar la ciudad en un taxi, a toda velocidad, huyendo de los enfrentamientos. Bicicleta y material quedaron en el hotel. Su embajada insistía en que abandonara el país. Eso significaría frustrar sus ilusiones por segunda vez. Con otro ciclista, en su misma situación, intentaron recuperar lo que habían tenido que dejar, antes de que el hotel fuera destruido. A pesar de que estaban dispuestos a pagar en dólares a quien les devolviera bicicletas y alforjas no lograron encontrar a nadie dispuesto a asumir el riesgo. Mientras esperaba el visado para entrar en China, haciendo senderismo por los alrededores de un lago alejado de la capital, cerca de un solitario restaurante, encontró un bolso lleno de dinero. Por supuesto buscó y localizó al dueño. ¡Un kirguís propietario de una compañía de transportes, que cubre servicio con Osh! Sabine sigue camino, con el equipo recuperado, dirigiéndose hacia el Pamir. Según Salva, “Queridos, tal vez penséis que es una locura, pero ese monedero cayó al suelo para que Sabine pudiese encontrarlo, conocer a ese tipo y recuperar su bici de una maldita vez. No me cabe duda alguna. Este mundo es una gran conspiración, y cuesta meterse dentro de la confabulación, pero una vez dentro, estás protegido”. He de añadir que a pesar de haber escrito el párrafo anterior, Salva “todavía” no cree en la existencia de ángeles protectores.
En Valle Fértil, siguiendo una pista denominada “Huellas Ancestrales”, intento alcanzar un lugar marcado en el mapa como “Piedra Pintada”, una roca con petroglifos de la cultura Yacampi que habitó esta zona. Hace calor. El área está cercada por una alambrada. Sigo un camino flanqueado por piedras blancas. En determinado momento desaparecen. Se me ofrecen varias alternativas. ¿Por dónde sigo? Ladera cubierta de cactus y árboles espinosos. ¿Esto es un sendero o un torrente? Pruebo. No. Otro. Tampoco. Tal vez por esos peñascos. Diez minutos. Sudor, sed. Desisto. Ascender por la fuerte pendiente, entre espinos, caminando sobre piedras sueltas, sin tener claro a dónde voy, sin camino marcado ni huellas que seguir, supera mi interés por una “piedra pintada”.
Regreso al coche y sacio la sed con una limonada caliente. Tengo que extremar la atención cuando circule por pista. Además de animales, baches, huecos, puede haber ramas espinosas, duras como el acero. Trampa oculta para los neumáticos. Cuando regreso al pueblo, me detengo cerca de una vivienda solitaria con gran espacio vallado alrededor. Converso con una señora que me ofrece caballo para pasear por el entorno. Me comenta que únicamente puede verse la “piedra pintada” si te acompaña un guía local. Gran diferencia con Australia y Nueva Zelanda, donde todo camino está señalizado, indicando distancia, tiempo necesario para llegar a un lugar determinado, nivel de dificultad, consejos preventivos y dónde está situado el inmaculado y bien acondicionado servicio público. Se completa la información con carteles explicativos del lugar. No me quejo ni comparo. Es un dato.
El Parque de Ischigualasto es un conjunto de extrañas formaciones geológicas. Un museo al aire libre. Entre dos cadenas montañosas volcánicas un gran valle en el que puede verse toda la evolución del período Triásico. Una pista de cuarenta kilómetros permite acercarse a algunos lugares especialmente destacados. Se circula en convoy –cuatro coches en mi caso-, con un guía que controla a los visitantes para que no se salgan de las áreas permitidas. Hemos hecho cinco o seis paradas. En cada una de ellas el guía, antes de dejarnos a nuestro libre albedrío, nos da una clase de geología que permite valorar lo que estamos contemplando. El recorrido dura unas cuatro horas que pueden incrementarse si se visita el museo con reproducción de dinosaurios, mapas del parque, fotografías y paneles explicativos. He llegado justo para añadirme al primer grupo. Cuatro horas deliciosas, ante una paisaje extraño, roca volcánica, arenisca compactada, formaciones que desafían la ley de la gravedad, manteniéndose, por un tiempo, en el límite de la estabilidad. 630 kilómetros cuadrados que muestran, a quien sabe verlo, los cambios que sufrió este espacio entre 250 y 231 millones de años atrás.
Hay viajes alternativos por el parque, pero no me entretengo. Me he levantado al amanecer y llegaré al lugar donde quiero pernoctar cuando ya se haya puesto el sol. De Ischigualasto a Talampaya, otro parque excepcional, separados por una cadena montañosa. Ambos fueron declarados por la UNESCO, en el 2000, Patrimonio Nacional de la Humanidad. En Talampaya se ofrecen dos itinerarios. Ambos en autobuses del Parque. Llego a mediodía. No tengo opción. El trayecto al lugar más lejano se cubre únicamente por la mañana. Me apunto al “corto”, tres horas. Mientras espero la hora de partir, un zorro, habituado a que los turistas lo alimenten, posa indiferente a la expectación que produce.
En el desplazamiento por la pista arenosa veo guanacos y maras, liebres de la pampa. En un determinado lugar varias rocas muestran petroglifos, algunos representan animales, otros, tal vez direcciones. Piedras, que con el tiempo se fragmentaron, cual hojas desgajadas de un libro, muestran grabados crípticos, geométricos. Hay más rastros humanos que los petroglifos. En una roca particular, hondos huecos, utilizados como morteros para moler grano. Lo más impresionante de este lugar son las paredes del cañón, 150 metros de altura, con grandes canalones. Un conjunto de formaciones pétreas de diferente colorido, muestra la agresión continua de viento y agua que han moldeado ininterrumpidamente las rocas. Un trabajo constante, cortando, moldeando, suavizando bordes, rebajando alturas hasta lograr igualar niveles. Sólo es cuestión de tiempo.


Los días son cortos. Se acaba el otoño y empieza el invierno austral. La temperatura experimenta cambios bruscos. Noches y amaneceres fríos que se transforman en agradables mediodías y atardeceres cálidos. Sigo dirección norte, entre altas sierras en la lejanía. Encuentro varias capillas dedicadas a “La Difunta Correa”. Muchos de quienes confían en ella, dejan como presente botellas con agua. En una capilla puedo leer que ha sido ofrendada por “El que se yo”. Transcurren los kilómetros por largas llanuras. En Cafayate me quedo unos días. Se encuentra en el corazón de los valles Calchaquíes. Sus edificios mantienen un estilo entre colonial y barroco de finales del siglo XIX. Una ciudad muy agradable, 12.000 habitantes, que ha desarrollado una excelente oferta turística. Además de hoteles y restaurantes para cualquier presupuesto, permite varios itinerarios interesantes en un radio de 200 kilómetros. Todo ello se ha añadido a su bien más preciado, el vino. El enclave está rodeado de extensos viñedos, con tradicionales bodegas que pueden visitarse, terminando en una cata de los diferentes caldos que se elaboran.
Mientras ceno, me conecto por wifi a Internet, para abrir el correo y enterarme de las inquietudes mundiales de las que me encuentro tan lejano. Uno de los días inicio una vuelta de 430 kms, que me lleva, por la nacional 40, hasta pueblos coloniales, en las cercanías del río Humanao. La sinuosa pista de ripio pasa cercana a pequeños emplazamientos de viviendas, solitarias haciendas, iglesias. Un lugar impactante es la Quebrada de las Flechas, un estrecho paso por un desfiladero con paredes de gran altura. Los pueblos importantes suelen extenderse con calles paralelas que nacen en la plaza central, donde suelen encontrase los edificios principales, iglesia y ayuntamiento. En los Molinos, con edificios coloniales bien conservados, se alza la Iglesia de San Pedro de Nolasco, muestra de la arquitectura Cuzqueña. Sigo por el valle hasta Cachi, un emplazamiento precolombino, entre los ríos Cachi y Calchaquí. Pasear por las solitarias calles empedradas, junto a las encaladas paredes de antiguas casonas coloniales, sentarme en una mesa exterior, a la sombra, mientras sorbo un café cargado, entablar conversación –primero sobre fútbol, por descontado, luego sobre la lejanía, no sólo física, de Buenos Aires- con un paisano que se ha sentado en una mesa cercana, son los pequeños placeres que ofrece el viaje que estoy realizando.
Dejando Cachi reencuentro el asfalto. Lo agradezco, porque para volver a la carretera principal entre Salta y Cafayate que me devolverá al punto de partida, tengo que superar un puerto a 3.348 metros de altitud. En el punto más alto, se acaba el buen firme y aparece la pista de nuevo. Veinte kilómetros de descenso por la Cuesta del Obispo, curvas y contra curvas cerradas, barrancos y precipicios. Paisaje montañoso impresionante bajo un cielo azul, limpio de nubes. En el último tramo, calzada estrecha, puentes de un solo carril y curvas cerradas sin visibilidad. Llego al asfalto antes de que anochezca. Alcanzo Cafayate a las ocho de la tarde, noche cerrada. Al llegar al hotelito donde me alojo, la dueña, Doña Mirta, se interesa por saber cómo he pasado el día. Me cuenta sus tribulaciones por ser honrada, paga religiosamente impuestos y tributos. Tiene que hacer malabarismos para no perder dinero.

De Cafayate a Jujuy. Retomo la carretera a Salta. En esa ruta paso por otro de los atractivos de la zona, la Quebrada de las Conchas. 83 kms. de extrañas formaciones rocosas moldeadas por viento y agua. No pude verlas el día anterior, ya que pasé de noche. La erosión eólica e hídrica ha esculpido las altas paredes de color terracota. Apenas se encuentran algunas indicaciones. Dos entradas señalizadas, junto a la carretera, permiten el acercamiento a unos cañones. Es aconsejable dejarse llevar por la intuición y seguir alguna pista que conduzca al mundo mágico de la Quebrada de las Conchas. Altos farallones, estrechos cañones, paredes cortadas, silencio. No tengo prisa. Dejo el coche y me paseo por ese escenario natural que me recuerda lugares y tiempos lejanos. Aquí, al igual que en los parques naturales que visité hace unos días, crecen varios arbustos que al carecer de hojas se valen de la corteza para desarrollar el proceso de fotosíntesis. Tronco y ramas son verdes. Así satisfizo mi curiosidad el guía de Ischigualasto cuando le pregunté por esa, para mí, extraña particularidad.
Pasando por el pueblo de El Carmen, me llama la atención un monumento. Leo que es un homenaje a Jorge Cafrune, el gaucho cantor, en el veinticinco aniversario de su fallecimiento, 1978. Su recuerdo me transporta al pasado. Jorge Cafrune. Vivió durante unos años en España. Fue un personaje singular. Se consideraba cantor del pueblo. Para que no cayera en el olvido la canción tradicional, realizó una gira por todo el país, costeada por sus propios medios, actuando ante campesinos y gauchos, en pequeños pueblos que contaban con limitados recursos económicos. En ocasiones solo recibía como compensación alojamiento, un buen asado, vino y horas de alegría compartida. El dinero no era lo que más le importaba ni el fin de su gira, por lo que puede afirmarse, en contra de la actual tendencia a primar beneficios económicos, que fue verdaderamente exitosa. Su canción más conocida es “Zambra de la Esperanza”, prohibida por la dictadura militar. Ante una segunda canción reivindicativa, “El Orejano”, la popularidad creciente y el desafío constante –no se negaba a cantar su obra censurada, si se lo pedía insistentemente su público-, un militar de alta graduación llegó a comentar que sería mejor eliminar a un elemento tan perturbador, que se negaba a acatar el orden establecido, era un mal ejemplo. A los pocos días, murió atropellado por un coche. El suceso no mereció investigación. Accidente. Desapareció “El Turco”, apodo por el que se le conocía, pero no su “Zambra de la Esperanza” que, afortunadamente años después, pudo volver a escucharse libremente.
Jujuy es la provincia situada más al norte de Argentina, la mitad superior se encuentra sobre el Trópico de Capricornio. San Salvador, la capital es un cruce de caminos. Al norte Bolivia, al este el desierto de Atacama, Chile. Mi primera sorpresa la recibo al intentar cenar en un restaurante que ofrece especialidades locales. Desde la hora del desayuno no he comido nada. Cerrado hasta las ocho de la noche. Bien. Adaptación. Humitas, tamales, llama al vino y dulce de leche serán bien recibidos dos horas más tarde. Me paseo por el centro, calles paralelas, cuadriculadas, que nacen en la plaza principal, muy animada.
Permanezco dos noches en la ciudad. Al igual que en Cafayate, determino un itinerario, con el mismo punto de salida y llegada, que me permite acceder a algunos lugares destacados de la provincia. En esta ocasión no es circular. Sigo hacia el norte hasta el cruce donde se encuentran las dos alternativas, Chile o Bolivia. Primero a la izquierda, hasta Purmamarca, un pueblecito de menos de 2.000 habitantes. Por fin desparece la niebla que me ha rodeado desde que he salido de San Salvador de Jujuy. Al ganar altura he superado el manto brumoso. Desconecto la calefacción, abro ventanas y disfruto del cielo azul y la luz que me permite contemplar las montañas que me rodean. Al aparcar y acercarme a la plaza central, donde hay numerosos puestos de artesanía, tengo la sensación de haber cambiado de país. Podría ser un mercado boliviano. Vendedores indígenas, descendientes de aquellos que habían elegido este lugar para vivir, mucho antes de que llegaran los colonizadores españoles. Mantienen hábitos y tradiciones legadas por sus antepasados. Aunque son católicos en su mayoría, siguen rindiendo culto a “Pachamama”, la Madre Tierra.
El atractivo de este poblado, además del mercado, son los cerros cercanos que encajonan el asentamiento. Destaca el Cerro de los Siete Colores. Me indican que puedo llegar con el coche, siguiendo una pista que sale del pueblo, cerca del cementerio. Son las once de la mañana, brilla el sol, hace calor y puedo ver la cuesta que tengo por delante. Mejor coche y luego paseo por entre los matojos que crecen dispersos en el terreno pedregoso sobre el que se levantan los cerros. Según los minerales que se amalgaman en las rocas, cambian los colores, por capas. Verde, anaranjado, púrpura, ocre, rosado, corresponden a cobre, hierro, azufre, cal o plomo. En la gran vuelta, alrededor del pueblo, paso cerca de varios hotelitos encantadores que se han edificado respetando el entorno. Ninguno destaca por su altura. Cabañas. Adobe blanco, con tejados de ramas o paredes rojizas como las laderas cercanas, con techos de tejas.
Sigo en dirección al desierto de Atacama que espero visitar en Marzo o Abril del año que viene. En estas zonas hay numerosas salinas. A la espera de llegar al gran Salar de Uyuni, en Bolivia, hito destacado en mi itinerario por Sudamérica, quiero acercarme a Salinas Grandes, 12.000 hectáreas, a 65 kilómetros de Purmamarca. Para ello he de superar la cuesta de Lipan y los Altos del Morado a 4.170 metros de altitud. Carretera excelente, curvas y contra curvas, paciencia y respetar el paso de grandes camiones con remolque que al maniobrar ocupan toda la calzada. En mitad de la subida encuentro a un ciclista austriaco. Está recorriendo el continente, se dirige a Chile. Antes de llegar a San Pedro de Atacama, se encontrará otro puerto de 4.425 metros. Esta empapado de sudor. Sonríe, mientras compartimos la limonada que le ofrezco, mirando el tramo que ha ascendido. No le preocupa lo que le falta por llegar al alto. Llegará. Luego un recuperador descenso hasta Salinas Grandes. La carretera parte el salar en dos. Me acerco a la zona de explotación. Rectángulos excavados por esforzados trabajadores que llegan hasta aquí en motocicletas. ¿Útiles y maquinaria? Pico y pala. Cabeza y rostro cubiertos para proteger la piel de los abrasadores rayos solares que se reflejan, como en un espejo, en la blanca superficie del salar. Cobran diez euros por tonelada. Sin vacaciones, festivos pagados, seguro médico o pagas dobles. En una de las fotos que ajunto, puede verse el Toyota sobre las placas de sal. En la misma foto, a la izquierda, abajo, un pequeño agujero. En otra fotografía, el detalle del hueco. Es una capa de sal, no un bloque compacto. Si se quiebra, el coche queda clavado. Confío en que la corteza de sal soporte el peso del Toyota. Para regresar a la carretera asfaltada sigo las marcas de unas ruedas que acortan recorrido.
Saludo al ciclista austriaco que ha coronado el puerto y se ha detenido para gozar del extraordinario paisaje. Cuando llego al cruce, cambio de dirección. Vengo del este y sigo la calzada hacia el norte. Vuelvo a cruzar el Trópico de Capricornio. Cuando llego a Tilcara, parada obligatoria para todos los grupos turísticos, que viajan por esta zona, deambulo algo perdido entre sus callejuelas de sentido único, hasta que doy con el camino que conduce hasta el sitio arqueológico de Pucará, estratégicamente situado sobre una colina, que controlaba el paso por el valle del Río Grande. Un fortín incaico, cuando llegaron los españoles. Entro en el recinto dos horas antes del cierre. El mejor momento. El sol ha empezado a descender, estoy solo para pasearme entre las casas reconstruidas de los antiguos pucarás. Construcciones en piedra, con techos de tierra y paja prensadas, sostenidos por troncos. Paredes sin ventanas. Puertas estrechas. Caminos señalizados con piedras blancas recorren la colina en la que crecen altos cactus. Disponían de agua, tierras en las que cultivaban maíz, patatas, garbanzos. Rebaños de llamas que proporcionaban carne, leche, piel y lana. Modelaban la cerámica para construir sus objetos de uso diario, ollas, cántaros, vasijas. Lograron conservar su tranquila existencia durante quinientos años. Luego se rompió el equilibrio. Primero los incas y luego los españoles alteraron su sistema social.
Para llegar a Asunción, Paraguay, desde San Salvador de Jujuy, he de atravesar el Chaco argentino. Rectas interminables sobre una gran llanura. De vez en cuando, un puesto militar. Cada 150 o 200 kilómetros, un pequeño poblado, con gasolinera, restaurante y hotel básico. Como grandes alicientes a destacar en esa travesía, un frenazo para no atropellar una larga serpiente que cruza lentamente la negra cinta asfáltica y la aparición, entre los árboles de los márgenes, de… ¡baobabs!. Bueno, en realidad no son baobabs pero pertenecen a la misma familia. El “Palo Borracho” es menos alto y ancho. El tronco tiene forma de botella, de ahí su nombre. Antes de abandonar Argentina, gasto todos mis pesos llenando los depósitos de gasoil.

 

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