Crónica 48: del 1 de junio al 14 de julio 2010 (3ª)

Argentina, Paraguay, Brasil






En este largo viaje que estoy llevando a cabo, procuro acercarme a los lugares turísticos más destacados de las regiones que cruzo. En Mato Grosso destacan dos enclaves importantes, La Chapada dos Guimaraes y el Pantanal. Se encuentran relativamente cerca de Rondonópolis, a unos 300 kilómetros. Cuando llego al primero de ellos, antes de ponerse el sol, me acerco a una pequeña oficina de turismo. ¿Qué hay y qué puedo ver aquí?
Hace millones de años toda la zona estaba cubierta por un mar. En el periodo Cretáceo, los dinosaurios poblaban estos valles y montañas. La “Chapada” es una meseta con impresionantes despeñaderos. Un parque natural preserva el ecosistema natural. Cañones, cascadas, saltos de agua, entre frondosa vegetación. Hay varias ofertas de viajes guiados para conocer el atractivo entorno del pueblo. Además coincido con la celebración del Festival de Invierno. Diversas actividades lúdicas con actuación de populares cantantes. Puede estar bien. Consigo un plano y ofertas de visitas guiadas. Lo estudio detenidamente en la pousada en la que me alojo, en las afueras del pueblo.
En verdad, únicamente es obligatorio el acompañamiento de un guía oficial para visitar unas cuevas, un itinerario que pasa por varias cascadas y el ascenso a una montaña que ofrece un punto de vista óptimo sobre la “chapada”. A todos los demás lugares puedo acercarme, en coche, sin guía. Me parece excesivo pagar el equivalente a 75 euros a alguien que se limita a indicar el camino. Unos carteles serían suficientes para que la gente no se perdiera en el bosque. En la oficina oficial de turismo me dicen que es para evitar que los visitantes sufran algún accidente. –“Algunos quieren subir por piedras resbaladizas y tirarse al agua desde la altura, eso es muy peligroso”. Por supuesto, igual que cruzar una calle con mucho tránsito de vehículos, sin mirar antes a derecha e izquierda. Veré lo que pueda ver… sin guía.
Me acerco al centro geodésico de Sudamérica. Una explanada, solitaria, sobre un acantilado, desde la que se divisa una gran planicie cultivada. En un gran cartel, un recuerdo al sueño que tuvo, en 1883, Don Bosco, fundador de los Salesianos. En ese sueño se situaban con precisión ciudades y lugares de gran riqueza, entre los paralelos Sur 15º y 20º. Unos triángulos marcan puntos destacados: Nazca, Machu Pichu, Cuzco, Titicaca al oeste, Chapada dos Guimaraes en el centro, Chapada dos Veadeiros, Brasilia al este.
Siguiendo los consejos de un brasileño con quien he conversado mientras tomamos el café que me ha ofrecido, recorro cuarenta kilómetros para llegarme a la “cachueira” (cascada) Martinha. Hace años, muchos, el principal atractivo del enclave era una casa de “profesionales del sexo”. Acudían numerosos clientes, algunos desde lugares alejados, intentando tener un encuentro con Martinha, la más bella, fogosa, experta y complaciente de las mujeres que allí podían encontrase. Tal fue su fama que todos la recordaron dando su nombre a la cascada. Es un lugar precioso, tranquilo, con varios lugares aptos para bañarse. No hay nadie. Julio, invierno, 32 grados.
No necesito ver todos los saltos de agua. Llevo unos meses, sobre todo en Australia y Nueva Zelanda, que he disfrutado en diversas ocasiones de esas maravillas naturales. Aquí la más espectacular es la Veu de Noiva, de 106 metros de caída. La más acogedora, la Cachuerinha, 15 metros, orilla de arena blanca, rodeada de tupida vegetación. Para completar la decoración, grupos de mariposas que revolotean por los alrededores. Qué mejor lugar para disfrutar de un sabroso y contundente almuerzo, en el restaurante bien ubicado. Ensalada, arroz (imprescindible), feijao, plátano frito, pescado a la brasa. Zumo de maracuyá, café bien cargado.
He estado tres días en Chapada dos Guimaraes. Por las noches he paseado por la zona preparada para el Festival de Invierno. Casetas, animación, sin estridencia. Las actuaciones más esperadas se reservan para el fin de semana. Estas agradables calles y plazas se llenarán de gente. Es el momento para dirigirme al Pantanal, el humedal más extenso del mundo. 200.000 kilómetros cuadrados, algo así como Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha, juntas. Como el Delta del Okavango en África, diez veces menor, es el hábitat ideal para numerosas especies de flora y fauna. Llego en la estación seca. Entre diciembre y mayo, el nivel de agua llega a alcanzar los tres metros, inundando un 80% del territorio.
En Poconé, capital del Pantanal, deambulo con el coche por las calles sin saber bien a dónde dirigirme. Llego hasta la oficina de atención al turista. Cerrada. En el pequeño, básico, bar que se encuentra delante, el propietario me dice que probablemente no se abrirá hasta el lunes, es viernes. Brasil ha perdido frente a Holanda. Espero durante una hora. Hace calor. Abandono Poconé y enfilo la carretera “transpantaneira”, una pista de 150 kilómetros que llega hasta Porto Jofre. Estoy un poco cansado. He tenido que atravesar la capital de Mato Grosso, Cuiabá, y conducir 100 kilómetros extras por una señalización defectuosa de carreteras. Algunos paneles advierten del paso de distintos animales por la calzada. Veo la entrada a una granja-pousada. Golpe de volante a la izquierda y sigo la pista que me conduce a un lugar encantador. Posada Puvial, Paraíso ecológico. 110 euros, desayuno, comida, cena y paseo en barca por la laguna. Siempre lo mejor que se pueda. Es una hacienda con 130 años de antigüedad, dedicada a la ganadería. Desde 1989 amplió sus perspectivas ofreciendo acomodo y distintas actividades.
Mi primera sorpresa me la proporciona un yacaré que se detiene delante de mí en la pista que estoy siguiendo. Hace oídos sordos a bocina, gritos y golpes en la carrocería. Bajo del coche y a prudente distancia muevo una rama con hojas. Por fin, lentamente, sigue su camino hacia un charco de agua en el que se sumerge. Después de atravesar una zona boscosa llegó al embarcadero. Gran vuelta por la laguna, viendo algunos de los ejemplares que comparten el espacio. MI acompañante me va nombrando los árboles, plantas, aves y resto de animales que podemos ver. Un capibara, roedor gigante, pasa rápidamente ante nosotros escondiéndose entre unos arbustos. Una larga pasarela, sobre la zona encharcada, permite el acceso a una torre de madera que ofrece, en su plataforma más elevada, un punto de observación inmejorable. Nos mantenemos en la gran laguna hasta que se pone el sol. Al llegar a la pousada veo, en una foto colgada en la pared, una anaconda zampándose un yacaré y a un guía con una serpiente menor en sus manos.


Al regresar a Rondonópolis comprendo por qué me recomendaron una carretera secundaria para llegar a Poconé. La principal, con intenso tráfico de camiones, ha de superar varias zonas montañosas, con firme en mal estado, y escasas oportunidades para adelantar. Permanezco dos noches en casa de Messias. La travesía hasta Brasilia me lleva dos jornadas. Grandes extensiones cultivadas a ambos lados de la carretera. Algodón. Campos roturados. Como en el juego de la Oca, voy de casa a casa de amigos. En Brasilia me alojo en el piso de María y Alberto, brasileña y catalán, a quienes conocí en Argelia en 1978. Cuatro años más tarde nos fuimos en coche, ida y vuelta, desde Bogotá a Cuzco. Están de vacaciones en Calonge, Costa Brava, pero su primogénito, Sergi, ha permanecido en Brasilia, preparando oposiciones.
Vuelvo a Brasilia después de treinta y un años. En ese tiempo el plano piloto de la capital, con grandes avenidas, y anchas vías de circulación se mantiene fiel a su diseño original. No así el entorno. Han crecido ocho ciudades satélites a su alrededor, seis de ellas son consideradas las más peligrosas del país, por encima de Sao Paulo y Río, debido a la droga. Para llegar a donde me dirijo, me sirvo del GPS. He marcado las coordenadas, siguiendo la información que me proporciona Google. No es exacto, pero vale para aproximarme. Luego preguntando llego sin mayores problemas.
Dispongo de unos días antes de tomar el avión que me llevará a Barcelona. Logro encontrar un lugar seguro para dejar el Toyota durante los dos meses que voy a interrumpir el viaje. Sergi tiene tiempo libre el fin de semana. Perfecto. Nos vamos a la Chapada dos Veadeiros. Una región montañosa con varias áreas de conservación del entorno. El aislamiento impuesto por las características geológicas permitió la preservación de tradiciones culturales. La ocupación del territorio fue lenta. Primero llegaron los indios expulsados de las costas, luego los esclavos que habían logrado escapar en el siglo XVII, más tarde buscadores de oro y ganaderos en el siglo XIX. En 1945 buscadores de cristal de roca. Desde 1980 naturalistas y místicos. Cuando algunos preveían el fin del mundo al cumplirse el milenio, se trasladaron los fieles de algunas sectas europeas, ya que esta zona, según sus agoreras previsiones, sería el único lugar del mundo que no se vería afectado por la destrucción total. Otros menos pesimistas, con más visión de futuro, empezaron a abrir “pousadas”, necesarias para desarrollar el turismo en una zona tan especial. La región tiene el título de Patrimonio Natural de la Humanidad y está dentro de la Reserva de Biosfera del Cerrado (en portugués, denso), una región de sabana tropical.
Nos instalamos en un hotelito encantador en Sao Jorge, un pueblecito cercano al Parque Nacional. A unos 250 kilómetros de Brasilia. Los últimos diez sin asfaltar. Sao Jorge es pequeño. Algunas tiendas, donde puede encontrarse lo básico, restaurantes, bares, artesanía, personas especializadas en Tarot, Astrología y en diversas prácticas para resolver problemas físicos y espirituales.
La semana que viene tendrá lugar el X Encuentro de Culturas Tradicionales, un proyecto desarrollado por un joven local. Bailes, música, poesía que atraen a gran número de visitantes de la cercana capital. Menos mal que es la semana que viene. No hubiéramos encontrado alojamiento. Lleno completo.
El primer día lo dedicamos a visitar algunos lugares que se encuentran fuera del Parque. Haciendas privadas que permiten las visitas por un precio de cinco euros. Unas pistas permiten llegar en coche hasta algunas cascadas. Los últimos tramos, a pie, desde la zona de aparcamiento, exigen algo de esfuerzo y mucha atención para no resbalar. En los desniveles más pronunciados hay cadenas para sujetarse. No está mal, nos prepara para lo que nos espera el día siguiente. Antes de que se ponga el sol nos da tiempo de acercarnos hasta el Vale da Lua, un conjunto de formaciones rocosas, excavadas y pulidas por el rio Sao Miguel. Hay pequeños saltos de agua, en el estrecho cauce que transcurre por túneles y piscinas naturales. Nos comentan que es un lugar muy peligroso para bañarse durante la época de lluvias, por la súbita llegada de trombas de agua. Por la noche cenamos en un restaurante con bufet de comida local exquisita. Bueno, sabroso y barato. Todo cuanto te apetezca por seis euros. Esa noche juega España la final del mundial. En nuestro hotel no hay televisión, pero nos enteramos del resultado por internet. En la plaza, de Sao Jorge, una pantalla gigante ofrece cine al aire libre, en una noche cálida, estrellada.
Entramos en el Parque, como es obligatorio, acompañados por un guía. Nos cuenta la evolución de ese gran espacio, que con el tiempo ha visto reducida su extensión. Se estableció en 1961 con el nombre de Parque Nacional de Tocantins, 625.000 hectáreas. Con el paso del tiempo fue menguando, hasta llegar, en 1981, a las 60.000 actuales. Hasta 1990 el área era usada para cría de ganado, caza, búsqueda de cristales y recolección de flores. Todas esas actividades fueron prohibidas. Hoy en día los antiguos buscadores de cristal de roca son guías o posaderos. Viven de los turistas. Bien, sin hacerse ricos. Disfrutando de una calidad de vida envidiable, en un entorno único. Por esa razón Raquel y Sara, dos hermanas, gestionan la pousada que hemos elegido. Jóvenes, simpáticas, ilusionadas. Raquel, habla catalán (vivió un tiempo en Barcelona), español, italiano y un poquito de sueco. Sara inglés, trabajó para una compañía estadounidense. Sao Paulo las ahogaba. Este es un buen lugar. Dos días es poco tiempo para conocer todos los puntos interesantes que ofrece la Chapada dos Veadeiros, volveré en septiembre.

Enviado desde Brasilia el 14 de Julio 2010
Kilómetros recorridos 120.594

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