Crónica 49: del 13 de septiembre al 31 de octubre 2010 (1ª)

Brasil




Empieza a amanecer cuando llego al aeropuerto del Prat, de Barcelona, desde el que regreso a Brasil, para seguir viaje. Solucionar un imprevisto concentra toda mi atención, librándome de probables especulaciones sobre cuándo volveré a ver el Tibidabo. No pueden darme el billete de embarque hasta Brasilia porque no tengo pasaje de vuelta, algo imprescindible, según me aclara la empleada de TAP. Bueno, de acuerdo. Ya resolveré en Lisboa, punto de enlace entre los dos vuelos. Antes de llegar a la capital portuguesa decido, en caso de que me obliguen a tener el “dichoso” regreso comprado, adquirir uno y devolverlo sin usar al llegar a Brasilia. Una vez en Lisboa, recojo el equipaje, intento facturarlo, pero… he perdido la conexión. Inicio un camino de visitas a distintos mostradores, con sus correspondientes colas, hasta que logro tener en mis manos una tarjeta de embarque para el día siguiente, un cheque para un hotel cuatro estrellas, almuerzo, cena y desayuno incluidos, una nota para que un taxi cubra, hoy y mañana, la distancia que separa el aeropuerto del hotel. En ningún momento me exigen billete de vuelta. Perfecto. El meticuloso cumplimiento de normas exigidas en el mostrador de Barcelona, que a otros viajeros puede crear un gran problema, para mí, que dispongo de tiempo, es un regalo generoso de TAP. Un día pagado en Lisboa, preciosa ciudad, que me permite conversar unas horas con una amiga portuguesa, María, que conocí hace unos años durante mi estancia en El Cairo y pasear por lo encantadores barrios lisboetas. En ocasiones lo que parece a primera vista un problema es una puerta oculta a un placentero espacio.
En el vuelo, sin escalas, a Brasilia, tengo la suerte de ser el único pasajero que dispone de dos asientos. Abandono el hemisferio norte. Cambio otoño por primavera. Me alejo de Europa ignorando cuando volveré. Si todo transcurre como planeo, estaré de vuelta en Diciembre del 2.012. Los distintos chequeos realizados han confirmado que mi estado físico se mantiene aceptable para seguir viaje. Los médicos no quieren volver a verme en dos años… si no surge nada nuevo que me obligue a someterme a posteriores análisis. En mi pasaporte se ha añadido el visado turístico de EEUU que me facilitará la entrada en el país, permitiéndome permanecer hasta seis meses. He cargado a tope las baterías de afectos y relaciones con las personas importantes en mi vida. Todavía no ha llegado el momento de detenerme. ¿Por qué hay personas que sienten la necesidad de viajar y otras la de permanecer, rodeadas de familia y amigos? ¿Curiosidad insatisfecha por conocer nuevas gentes, formas de vida y diferentes entornos? ¿Huida de obligaciones, compromisos y rutina? ¿Sentirse libre para decidir en cada momento qué hacer? ¿Intento de evitar encontrarme ante la última puerta? Una mezcla de todo ello. ¿Hasta cuándo? No lo sé, aún queda mucho por experimentar. Incluso he añadido a mi archivo de futuro lejano una visita a las estepas y desiertos de Mongolia. Podría ser en el verano del 2013.
Después de cruzar la sala de llegadas del aeropuerto de Brasilia, encuentro a Sergi que ha venido a recogerme. Han pasado dos meses desde que me despedí de él. Parece que fue ayer. Sigue sin llover, la temperatura se mantiene sobre los treinta grados. En su casa encuentro a María y Carla, madre y hermana. Su padre, Alberto, permanecerá unos días más en Calonge, Costa Brava. Los días que me quedo en Brasilia, mientras recupero el Toyota y consigo ampliar el plazo de permanencia en Brasil, transcurren plácidos, gracias a la cálida acogida que me dispensa la familia Oller. En sus conversaciones se mezclan catalán, portugués y español. Una buena fusión que aprovecha lo mejor de las tres identidades. Después de cuatro días de visitas a diferentes despachos del Aeropuerto Internacional, consigo la ampliación de tres meses para el Toyota, Personas muy amables, que cumplen a rajatabla los complicados caminos establecidos por la farragosa burocracia brasileña.
Regreso a Sao Jorge, en la Chapada dos Veadeiros. Vuelvo a alojarme en la misma pousada. Me encuentro muy a gusto en este lugar. El pueblecito muestra poca actividad, algunos restaurantes han cerrado temporalmente. ¿Qué ha ocurrido? Nada especialmente desastroso, pero lamentable para quienes viven del turismo, que son la mayoría en Sao Jorge. Dos días antes de llegar yo, el parque nacional ha sufrido un gran incendio. Ha ardido un 40%. Está cerrado. Tendrán que transcurrir unas semanas hasta que vuelva a abrirse. Hace más de cinco meses que no llueve. Arbustos y matojos resecos han propiciado la extensión de las llamas. Cuando empiece a diluviar –en cualquier momento-, el agua arrastrará las cenizas y el bosque se regenerará. Ocurre habitualmente. Proceso natural. Nadie está preocupado. Esperan, mientras observan las nubes. Por la noche siguen escuchándose canciones del actual repertorio brasileño, mientras continúan las alegres charlas, alrededor de la mesa llena de cervezas.
A unos diez kilómetros de donde me encuentro, se está celebrando un Festival de Cultura Alternativa. Finaliza con la luna llena de septiembre. Una vuelta a la vida natural, en diversas facetas, arte, economía, educación, alimentación, salud, espiritualidad, conservación de la naturaleza… todo antisistema. Una búsqueda de comportamientos que faciliten el entendimiento y desarrollo de una nueva sociedad, sustentada por tres importantes pilares: paz, negación al beneficio económico basado en la explotación de personas y tierras, recuperación del entorno natural. Está bien. Pero… ¿cómo se compagina todo eso con la calidad de vida que ha logrado bastante gente? No sé, soy algo escéptico ante estos movimientos. La verdad, no me veo bailando, como en una sardana, unido por las manos a gente que no conozco, alrededor de una hoguera, contemplando la luna llena, después de haberme bañado en el río y haber cenado, tras ayuno limpiador, un menú vegetariano ecológico. No creo en la vuelta al pasado, es imposible. La especie humana ha progresado gracias a la investigación. En Rwanda dicen “Las gentes del mañana contarán con las cosas del mañana”. Ojalá las “cosas” por llegar, nuevos descubrimientos, tecnología, nos permitan un futuro más solidario, un reparto equitativo de desarrollo sostenible.
Camino de Recife me detengo unos días en la Chapada Diamantina, otro parque natural, en el estado de Bahía, con montañas, cascadas, caminos abiertos por antiguos “garimpeiros” que son utilizados hoy en día por aficionados al senderismo. Entre las varias posibilidades que se ofrecen, elijo cobijarme en el Vale do Capao, un pequeño asentamiento, entre montañas, que goza de un microclima especial, protegido de afluencia masiva de visitantes por la pista, con fuertes desniveles, que lo comunica con el pueblo de Palmeiras, cercano a una carretera nacional. Un oasis de paz, semejante a Sao Jorge. Algunas pousadas ofrecen distintos niveles de confort, entre el tupido bosque, rodeado de cerros. El pueblecito, se muestra desierto a mediodía. Los foráneos caminan hacia una cascada o descansan en el bar de su hotel. Los vecinos se refugian del sol en el interior de las viviendas o en los soportales de la plaza, jugando al dominó o compartiendo charla y cerveza.
Rastas, camisetas que recuerdan a Bob Marley, dos cibercafés, dos puestos callejeros de bisutería artesanal, dos pequeños supermercados, bar, cuatro o cinco restaurantes… ¿qué más? Pon color a las casas y llénalas de personas. Lo mejor del Vale do Capao es su gente. Puertas abiertas, sonrisas, saludos, Por la noche se llenan los espacios alrededor de la plaza. Los bordillos y escalones se utilizan como asiento. En el cielo se mezclan las estrellas con la explosión de cohetes –he coincidido con una celebración anual-. Las explosiones retumban entre las paredes de las montañas. Estoy conociendo un Brasil “distinto”, lejos de playas, capoeira y samba. He encontrado una pousada estupenda, “Pe no Mato”. Barata (23 €), confortable (casitas en un jardín tropical), con wi-fi, “café de manha” (desayuno incluido) copioso, piña, papaya, yogurt, “suco” (medio litro de fruta triturada), café, cereales con plátano, yuca, plátano frito, mantequilla, mermelada, queso, jamón dulce, tortilla… me riñen porque no me lo como todo. Soy el único huésped. He llegado al inicio de la temporada baja, va a empezar la época de lluvias.
El principal atractivo de la Chapada Diamantina es el senderismo. Largas caminatas hasta cañones y saltos de agua. El más impresionante, Cahoeira da Fumaça, 380 metros de caída. Pero… 15 kms, caminando, con una exigente y pesada ascensión. Paso. Opto por visitar los pueblos principales del área, con acceso por carretera asfaltada. La ciudad principal es Lençois, a unos setenta kilómetros de Vale do Capao. Como el lugar de donde vengo, calles desiertas, alguna persona caminando lentamente, buscando sombras protectoras. Dentro de unos días estos espacios vacíos se llenarán de gente llegada de todo el país. En octubre tiene lugar todos los años un gran Festival musical. Aquí sólo se necesitan motivos. Ganas de divertirse y pasarlo bien son signos reconocidos del carácter brasileño.



Dejo el Vale do Capao en busca del próximo destino, Recife. Para llegar a la capital de Pernambuco, en el nordeste del país, tengo varias alternativas. Las carreteras principales son más seguras, pero soportan mayor tránsito de vehículos. La distancia a recorrer varía entre 1.200 y 1.400 kilómetros, según la ruta elegida. El paisaje es monótono, llanuras, con algunas elevaciones del terreno, cubiertas de bosque bajo o grandes extensiones cultivadas. Los pueblos carecen de interés. La conservación y mejoramiento de las carreteras imponen largas detenciones, con la consiguiente acumulación de camiones, principal medio para el transporte de mercancías. Al abrirse el paso, una gran caravana. Poco a poco, con paciencia, voy adelantando, hasta recuperar la velocidad óptima, 100 kilómetros por hora. Las carreteras en su mayoría, disponen de una sola vía en cada dirección. En ocasiones, tengo que disminuir la velocidad y seguir por el arcén para permitir el paso de algún coche que viene de frente. No ha calculado bien espacio y velocidad necesaria para completar el adelantamiento. No toco la bocina ni hago luces. ¿Para qué? Lo importante es evitar el accidente. Me gradué en la India.
En mi mente, en un segundo nivel, imposible de olvidar, las advertencias recibidas. “Atención, hay muchos asaltos a los conductores cuando se detienen”. En una parada, un solo carril por obras, se acercan unos trabajadores a contemplar el coche. “Tenga cuidado, hay numerosos ladrones, Recife es muy peligroso”. Vale, me niego a vivir con miedo, pero tanta advertencia impide relajarme. En una de esas carreteras alternativas que me evitan la marcha entre grandes camiones, tengo que conducir sobre un tramo de grava. Un coche me adelanta a gran velocidad. Nube de polvo y lluvia de piedrecitas sobre el cristal delantero. No llega a romperse, pero quedan cinco marcas. He tenido suerte, no dificultan la visibilidad. Nuevas heridas leves para el Toyota.
Tengo la dirección de Albert en Recife. Nos conocimos en El Cairo hace siete años. Es profesor del “Instituto Cervantes”. Nos hemos visto este verano en Barcelona, espera mi llegada. Al entrar, como ya es habitual en toda ciudad desconocida, doy varias vueltas por diferentes barrios hasta encontrar el camino correcto para llegar a su casa. El área metropolitana tiene una población de cuatro millones de personas. Calles estrechas, casi desiertas, grandes avenidas, multitud de personas, tráfico intenso, puentes… el mar… una vía rápida, con tres carriles en cada dirección. Un cartel indicando “Boa Viagem”. ¿Estoy saliendo de Recife? No. Ese es el barrio al que tengo que llegar. No hay forma, cada vez me alejo más. Giro en un lugar prohibido y después de mucho preguntar encuentro el edificio que busco, “Torre de Madrid”.
Permanezco tres semanas en casa de Albert. Coincido con la celebración de la Semana de la Hispanidad en el Instituto. Festejos, cine, baile, charlas, recital de piano, degustación gastronómica… Una variada muestra de la cultura española. Éxito paralelo al logrado con la enseñanza de nuestra lengua. Desde su fundación, hace tres años, el Cervantes de Recife, ha aumentado rápidamente el número de alumnos. El español está de moda. Me he sentido a gusto en el Cervantes. Gracias a algunos de sus profesores he conocido los lugares de ocio que frecuentan. Buena sintonía compartiendo cervezas y “petiscos”, algo para picar.
Boa Viagem” es un barrio de clase media alta. Urbanización rectangular con varias calles de dirección única. Ahí se encuentra la playa preferida de la ciudad. Gran paseo, con kioscos que ofrecen refrescos y “petiscos”. Desde primeras horas de la mañana, amanece muy temprano, gente corriendo o caminando rápido. Los arrecifes cercanos dieron nombra a la ciudad. Cuando la marea está baja, queda una zona entre el arrecife y la orilla apta para el baño. Como en Australia, carteles que advierten del peligro oculto, tiburones. Aconsejan no internarse en “aguas profundas”. ¿Qué es agua profunda? La que llega a la cintura.
Hay más peligros en la playa de Boa Viagem, como en otras muchas de Brasil. Los descuideros. Se aconseja no llevar dinero, ni cámaras fotográficas, ni bolsas. A determinadas horas, a partir de las seis de la tarde, cuando se hace de noche, evitar lugares solitarios. En algunas esquinas, grupos de prostitutas. Es raro ver a alguien caminando. El que puede se desplaza en coche propio o taxi. En los días que he permanecido en Recife, no he sufrido ni he presenciado ningún incidente, pero… la tensión no desaparece. Los periódicos y noticiarios televisivos muestran a diario, en primera página, los más terribles sucesos. Un comerciante iraní recibe cuatro impactos de bala en la nuca, mientras lee el periódico en su apartamento de Boa Viagem. No se encuentran los 45.000 reales (veinte mil euros) que había sacado por la mañana del banco. Por cierto, se está planeando instalar inhibidores en los bancos para impedir el uso de los teléfonos móviles. De esa manera se impedirán las llamadas desde el interior del banco, alertando a secuaces en el exterior. Otro titular señala que Brasil es el segundo país del mundo, ligeramente por debajo de EEUU, productor de armas cortas. La información proviene del Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra. En el país hay 17 millones y medio de armas cortas. La policía cuenta con dos millones y los delincuentes con más de cinco. Las fábricas exportan legalmente las armas a Paraguay y reentran en Brasil fraudulentamente. ¿Más? Aproveché para cambiar filtros y aceite del coche. Dejé el Toyota en los talleres del concesionario. Tomé un autobús en que leí “Boa Viagem”. Me equivoqué. Venía de Boa Viagem. Como disponía de tiempo, me dejé llevar, una vuelta por barrios alejados. El Gran Recife. Una hora viendo lugares por los que nunca pasearía. Al día siguiente me entero que un grupo armado había secuestrado un autobús de la misma línea. El conductor fue obligado a desviarse de su ruta. Al llegar a un descampado, atracaron a todos los pasajeros, después, al descender, dispararon al conductor y se dieron a la fuga.
¿Por qué Brasil es tan violento? Podría mostrar varios datos que ayudasen a comprender las causas. Historia, esclavitud, terratenientes, migraciones, golpes militares, reciente democracia, corrupción política, drogas, armas, falta de perspectivas para una gran parte de la población… Resumo con todos los riesgos que eso puede aportar. 200 millones de habitantes. Quinto país del mundo en población y superficie (mayor que Australia). Grandes concentraciones cerca de la costa y baja densidad demográfica en el interior. En Brasil reside el mayor contingente de negros fuera de África, de japoneses fuera de Japón, de italianos y alemanes fuera de sus países de origen. Hasta 1930, en que se limitó la entrada de inmigrantes, llegaron de 60 países diferentes. O sea distintos padres, tradiciones y hábitos. Más o menos, 54% blancos, 43% negros y mestizos. Octava economía mundial. Gran desigualdad en el reparto de la riqueza. Muy ricos, ricos, clase media y pobres. La sanidad pública, escasa y pocos recursos. Sanidad privada, cara, últimos adelantos científicos. Educación pública, mal dotada. Educación privada cara, excelente. Ahora, el detalle. La universidad pública es de alto nivel, barata, pero para poder matricularse la nota mínima exigida es muy alta. Demasiado para aquellos que han cursado sus estudios preuniversitarios en la escuela pública. Estos últimos tienen que matricularse en la universidad privada que es muy cara y peor. Parece maquiavélico. Otro detalle que he observado en las calles de Recife. Hay pasos de peatones, con rayas blancas bien pintadas. En un cruce, cuando el semáforo cambia a verde hay que esperar a que ningún coche a los que se ha permitido el paso gire. Tienen prioridad los vehículos motorizados. ¿Por qué? ¿Quiénes van a pie y quiénes en coche?
En los últimos años, bajo la presidencia de Lula, se ha logrado bajar los datos de pobreza extrema gracias a la “Bolsa de familia”, una ayuda económica a aquellas familias que vacunen a sus hijos y los lleven a la escuela. La clase media se queja de que esa ayuda la pagan ellos. La oposición añade que es una vía para comprar votos. Lo que yo he visto es que hay una clase media alta que vive muy bien, mucho mejor que en Europa, ganando más dinero. La mano de obra es barata. Hoteles, centros comerciales, combustible, restaurantes son caros. Demasiado para la escala social baja integrada en el mercado laboral. Bueno, eso tampoco ha de resultar muy extraño, dado los tiempos que corren, ¿no? Grandes fortunas, corrupción política, salarios bajos, vivienda cara, enseñanza degradada, pensiones congeladas…
Estos días se están celebrando elecciones. El todavía presidente Lula no puede volver a presentarse por haber cumplido dos mandatos, apoya a Dilma Roussef, antigua secretaria de presidencia. Probablemente ganará en la segunda vuelta. Seguirá la política económica, iniciada en 1994 por el antecesor a Lula, que ha permitido a Brasil un desarrollo continuado. Fue uno de los últimos países en sufrir la actual crisis económica mundial. Entró en recesión en el 2008 y un año después salió de ella. El FMI pronostica un crecimiento del 7,5% para este año y más de un 4% para el 2011. Cifras de ensueño para la mayoría de países. ¿Quién se arriesga a cambiar?
Para salir a pasear y no atraer la atención de los amigos de lo ajeno, cuando fotografíe lo que vea, decido “camuflar” la cámara. Algo que lleve a pensar que está dañada y nadie va querer comprarla. Un esparadrapo blanco, que con el uso se ensuciará, me vale. Sandalias, pantalón, camiseta, poco dinero en la cartera, completan el atuendo. La cámara en una bolsa de lona, algo ajada, que compré en El Cairo. Paseo por la playa de Boa Viagem. Estamos en primavera. 32 grados, humedad alta. Para combatir el calor, agua de coco fría. La larga playa ofrece poco espacio sobre la arena, en día festivo. Llegan de todos los barrios. Juegan a voleibol, se sientan bajo las sombrillas que montan, alrededor de mesas cubiertas de botellas vacías de cerveza. A última hora de la tarde, las cinco, las sombras de los grandes edificios van dejando pocos espacios soleados. Para completar, el sonido estridente de algunos altavoces con música de moda. Cada uno la suya. Música a toda potencia, en todos los lugares. Puede venir de un coche que ocupa todo el portaequipajes con un juego de grandes altavoces o de una vivienda, o de un camión que pasa por la calle publicitando la candidatura de algún político. Es tremendo. Es igual aquí, en Boa Viagem, que en Tamandare o Maragogi, poblaciones al sur de Recife. Puede ser en una playa desierta o en una zona urbanizada. Casas de veraneo con familias y grupos de amigos cenando. Es igual, altavoces ensordecedores. ¿Hablan entre ellos o se aíslan con la música?
En Maragogi coincidimos con la celebración de la victoria de un candidato local. Un gran camión con músicos en directo, avanza lentamente, deteniéndose cada cincuenta metros. Delante y detrás gente bailando. Noche caliente, con música y cerveza. Diversión gratis, pagada seguramente con el dinero de los contribuyentes. Todo para mayor gloria del vencedor.
Delante de la “pousada” en la que nos alojamos, un coche de policía, con cuatro agentes alineados sobre la acera. Parecen salidos de un “comic”. Impresionan. Altos, fuertes, con chaleco antibalas. Ropaje negro. Cubren la cabeza con boina ladeada. Fusil de asalto en bandolera, pistola sobre el muslo, audífono conectado, radio transmisor portátil. En el coche, el dibujo de una calavera, con dos pistolas cruzadas y un puñal. Sobre las puertas el nombre del cuerpo al que pertenecen: “PELOPES”. Luego me entero que es la abreviatura de “Pelotón de Operaciones Especiales”. Una fuerza similar a la que se creó en Río de Janeiro en 1991, el BOPES. En el 2007 se rodó una película, “Fuerza de élite”, dedicada a ese batallón. Fue un gran éxito, acaba de estrenarse la continuación, “Fuerza de élite II”. He visto la primera. Selección y adiestramiento de los candidatos. Técnicas, estrategias, problemas personales de sus miembros, preparados para combatir a los delincuentes que se refugian y operan en las favelas de Río. Es escalofriante ver cómo los policías, los “buenos”, torturan y ejecutan a los “malos”. Son los nuevos héroes. Los únicos que pueden acabar con los traficantes y asesinos. Tienen que prepararse para lo que se avecina, “Campeonato Mundial de Futbol 2.014” y “Olimpiadas 2.016”. El gran reto de Brasil. Obras, infraestructuras, inversiones extranjeras… Los muy ricos incrementarán su patrimonio, eso es seguro. Supongo que se optará, de puertas adentro, por una tregua con los clanes ¿Hay alguien que quiera invertir en Méjico, actualmente, leyendo las noticias que llegan desde allí?
En Maragogi, mientras paseamos por la playa, nos desparecen las ganas de darnos un chapuzón. El agua cercana, debido a arena removida por las olas, es turbia. Unos pescadores, sin barca, tienden una red a pocos metros de la orilla. Al recogerla extraen camarones y grandes cangrejos, con fuertes pinzas, de la malla. Vale con los tiburones, pero ¡cualquiera pisa ese fondo! En una lancha, llegamos hasta unos bancos de arena, entre arrecifes, que se encuentran a unos seis kilómetros de la orilla, los “galés”. Cuando la marea esta baja, la profundidad es de metro y medio. Agua cristalina, caliente, una delicia… hasta que llegan más barcos. Al final se llena de gente, una pena. ¡Paraísos! La publicidad engaña. En Tamandaré nos acercamos a Bora-Bora, un balneario recomendado. El cartel de entrada aumenta las expectativas. “Bienvenido al Paraíso”. Cocoteros, arena, mar arrecifes… y muuucha gente. Música, mesas, carritos tirados por burros en la playa, lanchas a motor. Imposible nadar. Cerca no hay profundidad suficiente, lejos, al otro lado de los arrecifes, están los tiburones.

 

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