Crónica 50: del 1 al 27 de noviembre 2010 (1ª)

Brasil y Uruguay




Mientras abandono Salvador de Bahía, en el transbordador que me lleva a la isla de Itaparica, la estela que deja el barco me recuerda la que dejaba atrás al abandonar Marsella camino de Túnez.
Han pasado tres años desde entonces. Si todo transcurre según lo previsto, el Toyota no volverá a circular por una carretera europea hasta dentro de dos años. Tres años ya de viaje. Cierro los ojos y dejo que se mezclen en mi mente, de forma aleatoria, imágenes y sensaciones inolvidables. Personas, paisajes, templos, ruinas…desiertos, ciudades atestadas de gente, diferentes tipos de comida, frío, calor, lluvia, hoteles siniestros, habitaciones lujosas, playas solitarias, músicas, amaneceres, sonrisas, accidentes, controles de policía, aduanas, pistas solitarias, autopistas, cataratas, olores, sabores… Sí, fue una decisión acertada el convertir en posible realidad lo que durante mi vida había sido una ilusión.
Ignoro lo que me depara el futuro, pero ha valido la pena. A determinada edad –según leo en las noticias, cada vez que se menciona a una persona que ha cumplido mis años, soy un anciano-, lo habitual es recordar con añoranza un tiempo irrecuperable. Prefiero seguir disfrutando de mi presente y de mi futuro inmediato. Dentro de poco llegaré a lugares que desde hace mucho tiempo he querido conocer. La Patagonia, Chiloé, desierto de Atacama, Salar de Uyuni…
No recuerdo si he comentado anteriormente la norma que hace años procuro seguir: “Que dentro de diez años no tenga que lamentarme por no haber hecho algo que ahora sea capaz de realizar”.
El transbordador llega a puerto. Desembarco y sigo la carretera costera que me lleva hacia el sur. Media hora de navegación me ha ahorrado una gran vuelta, rodeando la Bahía de Todos los Santos. Paso cerca de playas solitarias espectaculares, pueblos recomendados como destacados destinos turísticos. Únicamente me detengo para dormir. Días soleados se alternan con cielos cubiertos de negros nubarrones que descargan en ocasiones fuertes lluvias torrenciales. Se suceden las colinas y llanuras, cubiertas, según la zona, por plantaciones de caña de azúcar o cacao.
Todos estos estados del norte de Brasil, los más pobres, han proporcionado, tal como se esperaba, los votos necesarios para que haya sido elegida, en la segunda vuelta, Dilma Roussef, nueva presidente del país. En su primera declaración, después de conocerse los resultados, ha repetido una vez más que es prioritario acabar con la pobreza y mejorar la educación. El recuento de votos ha sido rápido y ejemplar para otros muchos países “desarrollados”. A las dos horas de cerrarse las urnas ya se habían escrutado el 99% de votos. Hablo de Brasil, el quinto país más extenso y poblado del mundo. Ordenadores bien comunicados con la oficina central de las elecciones. En el restaurante en el que sigo la retransmisión, la gente aplaude y brinda celebrando el triunfo de la candidata propuesta por el actual presidente, hasta el uno de enero, Luiz Inácio Lula da Silva. Felicito a una de sus votantes, añadiendo que ellos tienen “futuro”, mientras a nosotros nos queda “pasado”. Los problemas ya han empezado a surgir. ¿De dónde va a salir el dinero para mejorar la educación y la sanidad públicas? ¿Con qué fondos va aumentarse la “Bolsa de Familia” para cubrir las necesidades mínimas de los más pobres? ¿Se detendrán grandes infraestructuras en las que se han descubierto desvío de fondos por políticos corruptos? ¿Va a aumentarse el salario mínimo? Los congresistas ya han empezado a exigir que también se les aumenten sus ingresos. De momento Dilma y Lula acuden juntos a foros internacionales que marcarán el próximo futuro económico mundial.
He llegado a Buzios, a unas dos horas por carretera de Rio de Janeiro. La fama de este “paraíso” se debió en gran parte a Brigitte Bardot, invitada por unos amigos brasileños. Le encantó el enclave, habló de él. En el antiguo pueblecito de pescadores reconocen su aportación. En el 2000 se erigió una estatua en memoria de la actriz francesa. Uno de los paseos al borde del mar lleva su nombre. En el área de Buzios y entorno hay 22 playas, todas distintas. Hay donde elegir. Grandes, pequeñas, abiertas, cerradas, con fondo rocoso, arena, desiertas, concurridas, con bares y restaurantes o sin ningún chiringuito a la vista. El acceso puede ser por carretera asfaltada, calle empedrada, pista de tierra, camino o sólo accesible por mar. Aporto un plano esquemático con algunas indicaciones. Las flechas rojas indican playas con agua caliente. La línea amarilla la distancia aproximada del área. El recuadro rojo el centro urbano de Buzios, el pentágono negro la pousada en la que me alojo durante una semana.
En la oficina de turismo me facilitan un mapa y me indican áreas con pousadas. Los precios son altos, a partir de 60 euros. Desventajas de querer acceder al “Edén”. ¿Cómo encuentro el lugar adecuado que se ajuste al presupuesto del viajero de largo recorrido? Ha de tener garaje cerrado. Una calle principal pasa por las distintas zonas hasta llegar al centro. Barrios populares. Muchos hoteles. Coches aparcados en las calles. Lo mejor, claro, en el centro. En las colinas urbanizaciones y pousadas que deben ser caras. Dejo que me guíe el instinto. Una pista de tierra conduce a una playa. Por ahí. A menos de un kilómetro de la vía principal y a trescientos metros de una de las mejores playas, descubro lo que estoy buscando. Un lugar agradable, alejado de ruido y tráfico. Me hacen un precio especial porque coincido entre dos largos fines de semana en los que todas las habitaciones están reservadas. Gente encantadora. El encargado habla español. Vivió durante diez años en Barcelona. Mejor regresar a su país cuando se acercan los mundiales de futbol y las olimpiadas que permanecer en España a la espera de que mejore la situación actual.
Durante la semana que he permanecido en Buzios se han alternado los días soleados y lluviosos. No me ha molestado en absoluto. Permanecer tumbado en la hamaca, bajo el porche, viendo el jardín bajo la lluvia, mientras leo, es un placer añadido. Los días despejados los he aprovechado para recorrer hasta los últimos rincones de playas y colinas. He caminado siempre que ha sido posible, una y otra vez, por el largo paseo empedrado que transcurre sobre la orilla de la playa-puerto. Me he sentado en los bancos contemplando la puesta de sol. Paisaje y entorno cambian constantemente. Cualquier elemento variable transforma la percepción. Sol, nubes, luz, lluvia, mareas.
La primera vez que he pasado, con el coche, frente a un monumento erigido como homenaje a los pescadores, he creído que eran tres hombres que se habían introducido en el agua para recoger sus redes. Luego, al regresar, he comprobado mi error. En la fotografía que acompaño pueden verse las estatuas de los tres pescadores, emplazados sobre una roca que queda al descubierto con marea baja.
Creo que Buzios se encuentra en un momento óptimo. Se conserva bien. No se permite edificar por encima de planta y dos pisos. Las casas y apartamentos sobre las laderas gozan de una vista excepcional. No hay un solo edificio alto. ¿Hasta cuándo? En el barrio comercial todo lo habitual en un pueblo turístico de playa. Tiendas, hoteles, bares y restaurantes. Zona peatonal. Algunos europeos y muchos argentinos eligen este lugar como centro vacacional. Paseos en barco por las distintas playas e islas, buceo y deportes acuáticos. Por supuesto es un lugar seguro. Aquí, me han confirmado, no hay peligro de sufrir un atraco.
Uno de los días conozco a Bruno, catalán, 34 años, que después de muchas vueltas se ha detenido en este privilegiado espacio que recuerda tiempos lejanos, ya irrecuperables, de la Costa Brava. Puede trabajar en cualquier lugar, siempre que disponga de un ordenador y conexión a internet. Casado con Luana, brasileña. Padres de un niño, Tayna, una niña de un año, Lua, y a la espera de un próximo bebé. Gente encantadora que son conscientes de vivir una feliz etapa de su vida. Llegaron hace tres años. Compraron un terreno, en una ladera, en mitad del bosque. Después de dos años de resolver trámites, permisos, limpiar la zona, tener acceso a servicios de agua y electricidad, planos y obras, disfrutan de una casa en un emplazamiento único. Desde la terraza, con piscina, una vista soberbia. Luana acude a la universidad que se ubica en Cabo Frío, a unos 25 kms. Bruno a pesar de su juventud ha rodado mucho antes de llegar a Buzios. Durante dos años viajó por el mundo en bicicleta. Una experiencia enriquecedora más útil que muchos masters.

Salgo de Buzios preparado para soportar una jornada complicada, está lloviendo. Quiero cruzar Rio de Janeiro sin detenerme y a ser posible llegar a Paraty, en la costa, a poco más de 400 kilómetros. La carretera principal, autovía en gran parte, es de peaje en algunos tramos. La principal dificultad, agravada por el intenso tráfico de vehículos, es la lluvia. He de procurar no cometer ningún error, tomando una salida equivocada que me haría perder mucho tiempo. En ocasiones, grandes camiones con remolque me impiden ver los carteles indicadores. Al viajar solo, cuando circulo por una vía rápida, no puedo distraer mi atención de la carretera mirando el mapa. Mi situación podría empeorar, al elegir una salida errónea que me condujera a una favela. Me río. Tantas advertencias sobre los peligros que acechan a los conductores cuando se ven forzados a detenerse, ante un semáforo o un cruce, me están afectando.
Llego al puente de Niteroi que cruza sobre la bahía de Guanabara. El gran atasco que se forma ante el pago del peaje desaparece una vez superadas las taquillas. A la izquierda, en la lejanía, distingo entre nubes bajas el Pan de Azúcar. El Cristo del Corcovado ha desaparecido, oculto por negros nubarrones. Tengo que seguir la autovía, que une las dos mayores ciudades brasileñas. Según he leído es una de las más peligrosas del país por su elevado índice de accidentes, causados por el exceso de velocidad. Desde luego nadie respeta las limitaciones, a pesar del anuncio de cámaras. Un camión transportando un contenedor, como los que he usado en barcos para trasladar el Toyota de un continente a otro, me adelanta a 120 kms por hora, circulando en zigzag, buscando el espacio libre para pasar. A 450 kilómetros se encuentra Sao Paulo, megalópolis de 20 millones de habitantes. Por supuesto tampoco tengo ningún interés en visitarla. Las favelas que pude ver y recorrer allí hace años superan en extensión a las que estoy viendo en Río, mientras procuro seguir la dirección correcta para salir de la ciudad.
Me han aconsejado que al llegar a determinado punto, abandone la autovía y siga una carretera comarcal que me conducirá a Paraty, atravesando una zona montañosa. Ningún cartel advierte que la salida que tomo conduce a Angra dos Reis, ciudad costera, desde la que se accede a varias islas y playas. El tráfico es escaso. Carretera estrecha, sin arcenes, en buen estado. Es una lástima atravesar esta zona con un tiempo tan desapacible. Sigo el sinuoso trazado del cauce de un río. Pequeños pueblos, distantes unos de otros. Extensas granjas con ganado pastando. Ha bajado la temperatura. Aquí llueve todo el año, con mayor o menor intensidad. Laderas cubiertas de bosques o hierba. El verde representado con todos sus matices. Cuando inicio el descenso, largo descenso hacia la costa, aparece la niebla. Piso mojado, poca visibilidad… Para añadir un gramo de emoción suplementaria… túneles con suelo empedrado. Tengo la sensación de entrar en una cueva y no en un túnel. Afortunadamente no me cruzo con ningún camión… en el interior. Los tres que he encontrado de frente han aparecido después de salir.
No llego a Angra dos Reis. Enlazo una vez más con la BR-101, la carretera nacional que transcurre de norte a sur cerca de la costa. 4.542 kms. Acantilados entre los que se encuentran zonas de playa frente a un pueblo. Como la única conexión entre ellos es la calzada nacional, curvas cerradas, subidas y bajadas por fuertes pendientes. Durante breves momentos se abran las nubes, se despeja, asoma un rayo de sol, y contemplo un paisaje espectacular. Pequeñas playas de blanca arena, entre paredes cubiertas de denso follaje tropical. Verdes islas, de diferente tamaño, algunas lejanas, entre las que diviso barcos de altos mástiles. De repente, como si fuese un sueño irreal al que no tengo acceso, cae el telón, oscurece y me golpea la lluvia. Conducir en esas condiciones por una carretera desconocida es pesado. Suerte que ya estoy cerca de Paraty. Me siento afortunado. He salido a la siete de la mañana de Buzios. He cubierto los 400 kms., en su mayor parte autovías de peaje, a una media de 50, todo un logro dadas las condiciones meteorológicas y de que he tenido que atravesar Rio de Janeiro.
Paraty es un pueblo costero que vive hoy exclusivamente del turismo. El primer asentamiento portugués data de finales del siglo XVI. Durante los dos siguientes fue un puerto importante desde el que se enviaba a Lisboa el oro extraído en Minas Gerais. Su centro histórico, bien conservado, con 400 años de antigüedad, sus alrededores, más de 60 islas y 300 playas, selva y saltos de agua atraen a numerosos visitantes. Ya he comprobado que la climatología no merma en absoluto el interés. Mañana empieza un fin de semana largo, con puente incluido. En la oficina de turismo me aseguran que disponen de abundante alojamiento, aunque no me aseguran que pueda encontrar alguno que se ajuste a mi presupuesto. Después de un par de vueltas con el coche logro orientarme y decidir cuál es el barrio en el que quiero alojarme. El centro histórico mantiene sus calzadas empedradas. Cerrado al tráfico de vehículos a motor. Quiero estar cerca. Busco. Los que disponen de habitaciones, caros, por encima de los 130 euros. Los de 50 euros la noche, llenos. Sigo buscando.
-“30 euros, con “café de manha” pero tiene que dejar la habitación mañana por la mañana. Sí, puede dejar el coche en el aparcamiento cerrado el tiempo que necesite, ningún problema”.
Ha dejado de llover. Algunas calles están encharcadas, otras inundadas totalmente, aunque eso es habitual cuando sube la marea. Mañana estas calles hoy desiertas estarán repletas de turistas nacionales y extranjeros. El centro es una cuadrícula de calles con calzada de piedras. Un sencillo recorrido, consultando el mapa, permite comprobar que casi todos los edificios están dedicados a satisfacer las expectativas del recién llegado. Bares, restaurantes, tiendas, anticuarios, salas de arte, museos. Cuatro iglesias. Un malecón con algunos barcos dedicados a dar paseos marinos por el pequeño golfo en el que se encuentra Paraty y a transportar grupos hasta playas algo alejadas. Los únicos vehículos que me tropiezo son carros, tirados por caballos, con ruedas que calzan neumáticos. Me encuentro de cara, en dos ocasiones, al doblar una esquina, con un personaje disfrazado de bucanero. Por supuesto, Paraty es un pueblo totalmente seguro.
El siguiente día amanece lloviznando. Cruzo el río que limita por el norte el casco histórico para acercarme al “Fuerte Defensor Perpetuo”, el primer asentamiento, en lo alto de una colina cercana, desde la que se domina la ciudad y la entrada del golfo. Los viejos cañones apoyados en los bajos muros de piedra –es un fuerte moderno, de principios del siglo XVIII- rodean el edificio convertido en museo.
Antes de abandonar Paraty, quiero seguir una carretera local que se interna en las montañas cercanas. Es el camino natural, siguiendo el curso de un río, para acercarse hasta los saltos de agua que ofrecen la posibilidad de sumergirse en las piscinas naturales que forman. No tengo la mínima intención de pegarme un chapuzón en agua helada y sentir sobre mi piel la lluvia al salir. He leído que pueden contemplarse restos bien mantenidos del “Camino del Oro” o “Estrada Real”. Aprovechando los caminos utilizados por los aborígenes, los portugueses establecieron en el siglo XVII un camino empedrado, a semejanza de las calzadas romanas o rutas incaicas, Unía Ouro Preto, Rio de Janeiro, Sao Paulo y Paraty. Una ruta comercial construida por esclavos. Se conservan algunos tramos. Quiero ver. ¿Por qué? Me atraen especialmente los restos de antiguas construcciones, ciudades abandonadas, ruinas que con el tiempo desparecerán. Son apenas diez kilómetros la distancia que he de recorrer para llegar hasta el lugar. Al principio un panel advierte que la carretera está cortada por obras más adelante. Algunas pousadas, indicaciones de caminos que llevan hasta determinados saltos de agua… puentes de madera, estrechos, que permiten el paso de un solo vehículo… algunas viviendas… empieza a llover. Pendiente pronunciada con curvas cerradas, neblina… otro cartel recordando que la ruta está cortada. Frío. Pregunto, en una casa de madera, a un artesano que está esculpiendo una talla.
-“Ahí, a la derecha, a unos trescientos metros”.
Al descubrir la pista, conecto la tracción a las cuatro ruedas. Subida empinada, con piedras, barro, algo de cemento. Unas curvas y… una valla, tras la que puedo ver un tramo del “Camino del Oro”. “Propiedad Privada”.



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