Crónica 51: del 28 de noviembre a 3 de enero 2011 (1ª)
Uruguay - Argentina




“Nos vemos en Manzanillo”. Los propietarios de la posada “Bella Vista”, en la que me he alojado unos días en San Cristóbal de Polanco, han decidido vender el hotelito que edificaron hace unos años junto al lago para trasladarse a Méjico y dar un cambio a su vida.

La calle principal, que conduce a la salida del pueblo, está cortada. Ambiente festivo. Fin de etapa de una carrera ciclista. Tengo que cubrir unos 60 kms, antes de salir a la carretera nacional por la que llegaré a Tacuarembó, paso obligado para acceder al museo de Carlos Gardel. Me pongo en marcha. Al cuarto de hora luces de un vehículo policial que abre pista. Aparco sobre la hierba, saludo a los policías. Me subo al capó y espero. No es el Tour precisamente. Un escapado, que ha logrado dos minutos de ventaja sobre dos perseguidores y cinco sobre el pelotón. Ganará, ya no pueden alcanzarle. En total veinte corredores, tres coches de apoyo y una ambulancia cerrando la carrera. Con esta geografía, por lo menos por lo que visto durante mi estancia en Uruguay, deben ser buenos rodadores y pésimos escaladores. El país es llano. Con algunas ondulaciones, pequeñas colinas.

Tomo un desvío que conduce al Valle Edén, donde, según los uruguayos, nació el, sin duda, mejor cantante de tangos que ha existido. Antes de llegar, 50 metros de puente colgante de madera, cables de acero, para sobrepasar un riachuelo en tiempo de crecida. No es el caso, pero cruzo el puente para poner un poco de ritmo al día, balanceo asegurado. El museo, inaugurado hace once años, se ubica donde se levantaba una pulpería, a la que acudió en alguna ocasión Carlos Gardel, que vivía a dieciséis kilómetros. Como es fácil comprender, todos estos datos los he extraído de las notas que se muestran en las paredes del edificio. La mayoría, copias de documentos que avalan la teoría de que Gardel era uruguayo, nacido en Tacuarembó. He pasado un buen rato leyendo las páginas enmarcadas. La historia es rocambolesca, con otro Gardel, un hermanastro. No quiero agotaros. A quién le interese el tema, en profundidad, puede acudir a la siguiente página http://sites.google.com/site/eluruguayocarlosgardel/

La verdad es que he pasado un rato muy agradable, paseando por las solitarias salas del museo, escuchando, por supuesto, tangos inolvidables que transportan al visitante al mundo que recrean fotos y objetos que pertenecieron al cantante. Junto al museo, la estación de tren de Valle Edén. Ignoro si está en uso, pero los raíles oxidados, viejos vagones y casas de madera, cerradas, me hacen suponer que hace tiempo que en sus taquillas no se expenden billetes.

Mi próxima parada es en Mercedes, a las orillas del rio Negro, el más caudaloso del país. No hay mucho que ver, la catedral, que está cerrada, la costanera, una amplia avenida, donde se mezclan antiguas casonas con adosados de reciente construcción. En la orilla, pequeños muelles de donde parten barcazas para efectuar paseos por el río, acceso a un isla, por un puente peatonal, con servicios para los posibles campistas que quieran gozar de un entorno bucólico. Llama mi atención un grafiti sobre la viga de un embarcadero. Una declaración de amor, pública, a la vista de todo el mundo, con nombre, apellidos, fecha y hora. Parece que escuche la canción de Carlos Vives, “Fruta Fresca”. Camino del “Castillo del Barón de Mauá”, encuentro un cartel que anuncia que estoy llegando al edificio más antiguo de Uruguay, “La Calera Real del arroyo Dacá”. Sobre un altozano, un edificio en piedra, con techo de plancha ondulada oxidada. Una capilla, construida por los jesuitas en 1722. En las cercanías cuatro grandes hornos de cal que se enviaba a Buenos Aires. A pocos kilómetros la entrada al parque de Mauá, donde se levanta el “Castillo”. En realidad una gran mansión edificada, a mediados del siglo XIX, por el Vizconde y Barón de Mauá, empresario brasileño. Un singular personaje. Nació en un hogar muy humilde, se enriqueció, vivió en Londres, descansaba cortas temporadas en su “Castillo” de Mercedes, rodeado de 16.000 hectáreas de granja. Llegó a convertirse en uno de los hombres más rico del mundo, murió en la pobreza. Hoy Mauá da nombre a quesos, vino y aceite.

Me ha sorprendido el museo paleontológico del naturalista Alejandro Berro, en unas salas del edificio. Sencillo, bien desarrollado, con algunos fósiles impactantes y un texto final, colofón del desarrollo y desaparición de las especies, explicadas en el museo: “La participación de cada uno de nosotros en una tarea de responsabilidad colectiva es el primer paso hacia una solución general. El compromiso de preservar la biosfera debe ser asumido por todos los sectores de la población mundial. La única esperanza que le queda al hombre para garantizar su sobrevivencia en un futuro próximo, es proteger los recursos naturales mediante planes de conservación y de explotación racional de los mismos”. Alejandro Berro falleció en 1959.

Llego a Colonia del Sacramento, la primera ciudad europea de lo que hoy es Uruguay. Un asentamiento portugués, en 1680, motivo de conflictos y enfrentamientos, durante casi un siglo, entre las dos potencias coloniales, Portugal y España. Hoy es una ciudad apacible, como todas las uruguayas, que vive en gran parte del turismo. Menos de cincuenta kilómetros la separan de Buenos Aires. Varios barcos al día cruzan el Rió de la Plata. En uno de ellos embarcaré el Toyota para llegar a Argentina. Como en todas las poblaciones de la costa, los precios de los hoteles son el doble que en los del interior. Su principal atractivo es el casco histórico, que hasta 1968, año en que se inició su restauración era un barrio siniestro, con ruinas y chabolas. Cuatro años más tarde se inauguró lo que, en 1995, fue declarado “Patrimonio Mundial” por la UNESCO.

Doy una vuelta de reconocimiento, encuentro hotel, bien situado e inmediatamente salgo en busca de billete para el “Buquebús” en el que embarcaré tres días más tarde. La empleada que me atiende me dice que si compro el billete por internet me ahorraré un dinerillo. Vuelvo al hotel y compruebo que es imposible encontrar plaza, el día y hora, que quiero. Además tengo que adquirir ida y vuelta, algo que ya me habían advertido en una agencia de viajes de Paysandú, la cuarta ciudad más poblada, en donde pernocté una noche. Regreso al moderno edificio del puerto. Con mi mejor sonrisa comunico a la empleada mi falta de habilidad para conseguir el billete. Mientras empieza a buscar por el ordenador, me cuenta que su hija vive en Palma, que precisamente esta semana viene a visitarla. Conversación distendida, no hay cola detrás de mí. Me entrega el pasaje, logrando que sea sólo de ida, buen precio. Recuerdo las cuatro horas que me llevó el trámite de embarcar el coche en Nuweiba, Egipto, con destino a Aqqaba, Jordania. Gracias, Uruguay. Una vez más gente educada, amable, que te ayuda.

El casco histórico es pequeño, tres horas son suficientes para recorrerlo. Hay zonas exclusivamente peatonales. En algunas calles coches antiguos, con plantas y flores en el interior. En muchas paredes, frondosas buganvillas, rojas, moradas, que destacan sobre blancos muros. En placitas, pasajes, restaurantes, algunos con vista al mar, para saborear deliciosos platos bien cocinados. Saliendo del caso antiguo calles arboladas que protegen del sol. Nos acercamos al verano. Aprovecho para cortarme el cabello. El peluquero me repite algo que ya he escuchado anteriormente. -“Si, es una ciudad tranquila, el país es tranquilo, tal vez demasiado”. Punta del Este es la excepción. Uruguay tiene una superficie, más o menos, equivalente a Andalucía y Castilla la Mancha, juntas, con una población de tres millones y medio de personas.


Vuelvo a pasar la aduana argentina, al descender del barco que me ha transportado desde Colonia de Sacramento a Buenos Aires. Apenas una hora para cruzar el rio de la Plata. Llovizna, apenas hay oleaje. Desparece la costa, entre bruma y agua de color marrón. Los trámites son rápidos. Sonrisas y buenos deseos de que la estancia en el país sea agradable. Encontrar la dirección a la que me dirijo se convierte una vez más en una prueba de paciencia. Busco un aparcamiento seguro para dejar el Toyota. Los pocos que permiten la entrada del coche, por altura, exigen que deje las llaves para poder moverlo. Descarto plan A, paso al B. Obtener pesos, comprar una tarjeta con número de teléfono argentino, llamar a una antigua amiga que reside cerca de la zona en la que me encuentro, ella resolverá. Procuro molestar lo menos posible, no alterar la vida de las personas que conozco y que me alegra reencontrar, pero en este caso, después de dos horas dando vueltas por calles sin encontrar un espacio libre, creo que está justificado. Como esperaba, a los pocos minutos de haber hablado con ella, desciende de un taxi y, tras un rápido saludo, me guía hasta un aparcamiento en el que puedo dejar el coche durante los días que permanezca en Buenos Aires, sin tener que dejar las llaves. Nos encontramos en la Recoleta, un buen barrio, centro de la zona residencial, con varios jardines, grandes espacios verdes, áreas comerciales y de entretenimiento. Dispongo de dos días, antes de que llegue Elisa, con quien compartiré dos meses y medio de viaje, para ordenar mentalmente el plano de la ciudad, vías de comunicación y seleccionar lugares a visitar.

Han pasado muchos años desde la última vez que estuve en Buenos Aires, 26, pero tengo la sensación que fue hace poco, tal vez porque es la ciudad más europea de todo América, porque no me siento extraño, porque usamos la misma lengua para comunicarnos, porque la gente que encuentro es educada, amable e intenta ayudar, más allá de lo habitual en otros países. Por ejemplo, un kiosquero que me ha visto cargado con maleta, bolsa y ordenador, esperando un taxi, ha salido de su puesto de venta y, durante doce minutos, ha ido de una calle a otra hasta que ha logrado detener un taxi que acababa de desocuparse. Sonrisas y agradecimientos. En pocas horas vuelvo a “situarme” en la ciudad. Avenida 9 de julio, Corrientes, Plaza de Mayo… Acompaño a Loreto al barrio de San Telmo, ahí siguen los tenderetes de la plaza Dorrego. En las calles vecinales, entre edificios restaurados, numerosos anticuarios. Entramos en uno que almacena, entre otros muchos objetos, trajes y complementos de principios del siglo XX. Sedas, plumas, charlestón. A cien metros, el Museo Penitenciario, un antiguo convento, convertido en cárcel de mujeres. San Telmo fue el primer barrio elegido por la clase alta para construir sus residencias. Lo sustituyó La Recoleta. Ahora sus estrechas calles han recobrado algo de su antiguo encanto. Fachadas limpias, casas restauradas, anticuarios, restaurantes, bares, tiendas de moda. Visita obligada. Creo que puede ser una buena “entrada” para Elisa. Acaba de llegar. Domingo. Inmersión en San Telmo. Mercado, grupos musicales que acompañan a parejas bailando milongas, almuerzo en restaurante tradicional, ensalada de berros, bife de chorizo con papas, panqueque de dulce de leche, todo ello acompañado por un buen tinto de la Rioja argentina.

En los días que hemos permanecido en Buenos Aires hemos recorrido todos aquellos lugares que merecen ser visitados por un turista de corta estadía. Hemos utilizado diversos medios de transporte, taxi, autobús, metro, tren, barco y… hemos caminado mucho. Estos días previos a la entrada del verano nos han ofrecido meteorología variable, frio, calor, lluvia, sol radiante. En Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, sede del Gobierno, nos hemos topado con varias manifestaciones y reclamaciones de los excombatientes de las Malvinas. Hace poco, el 27 de octubre, falleció Néstor Kirchner, anterior presidente, esposo de la actual presidente Cristina Fernández de Kirchner. Este próximo año hay nuevas elecciones presidenciales. Néstor Kirchner controlaba totalmente el poder. No permitió que despuntara ningún aspirante a sucederle. Se ha abierto una caja que estaba herméticamente cerrada. La actual presidente todavía no ha decidido si volverá a presentarse. Uno de los países más ricos de América con grandes desigualdades sociales. Es el octavo país más extenso del mundo, cinco veces y media España, con 41 millones habitantes, de los que 16 viven en el gran Buenos Aires.

A
pesar de que tiene fama de haberse convertido en una ciudad peligrosa, no hemos sentido en ningún momento ninguna intranquilidad, aunque hemos visto cómo la policía arrestaba a tres chicos jóvenes que estaban robando ruedas de un coche aparcado cerca del lugar en el que nos hemos alojado. Supongo que, como en muchas ciudades, hay barrios, horarios, que pueden resultar inseguros. La zona turística de Caminito, en La Boca, es un área pequeña, mejorada desde la última vez que la visité, en la que se puede pasear, sin ningún temor, con la cámara fotográfica a la vista. Llegamos hasta allí caminando, por calles con pocos transeúntes. Por supuesto nuestro aspecto es lo más alejado al de un turista rico norteamericano, alemán o japonés.

En los parques cercanos a La Recoleta nos encontramos, al atardecer, con la “Floralis Generica”, una escultura de acero de dieciocho toneladas de peso y 23 metros de altura. Destaca sobre un estanque de agua. Es espectacular, aunque no podemos observar el cierre de sus seis pétalos, al llegar la noche, porque su mecanismo de apertura y cierre automático, con la salida y puesta de sol, lleva estropeado algún tiempo.

Nos paseamos por el barrio más moderno, Puerto Madero, donde se levantan altos edificios de oficinas y viviendas exclusivas. El viejo puerto se ha convertido en un oasis, céntrico, a salvo del ruidoso, congestionado, tráfico de vehículos. Entre los diques destaca el puente giratorio de la Mujer, de Santiago Calatrava. Uno de los días nos acercamos a Tigre, en el delta del Paraná. Un puerto con tres dársenas, con restaurantes, bares, tiendas de artesanía y la posibilidad de efectuar un breve recorrido, en barco, que permite ver las numerosas viviendas levantadas en las orillas. Supongo que en esta época que está a punto de iniciarse recibirán numerosos veraneantes que huirán del calor sofocante de la gran capital que se encuentra a sólo a 32 kms. bien comunicada por tren o carretera.
Antes de dejar Buenos Aires, nos hemos adentrado en el cementerio de La Recoleta. En sus estrechas calles, panteones, con los ataúdes a la vista, de los próceres bonaerenses. Militares, políticos, banqueros. Esculturas entre mármol y granito. Concentración de visitantes ante la tumba de Eva Perón. Extramuros, frente a la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar, terracitas ante un mercadillo artesano que se levanta en la plaza con jardines.



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