Crónica 52: del 4 de enero al 3 de febrero 2011
(1ª)


Argentina
-Tierra de Fuego




No olvidaré el fin de año del 2010. Ushuaia es la ciudad más cercana a la Antártida. Hace frío, soportable porque estamos disfrutando del verano austral. Si luce el sol, sobra la ropa de abrigo, aunque la climatología puede cambiar en horas. El cielo se cubre de negros nubarrones, el termómetro desciende varios grados, se acabó la bonanza. Ushuaia se encuentra protegida, por un circo de montañas, del fuerte viento que azota las llanuras que hemos cruzado antes de alcanzar la “ciudad del fin del mundo”. A su puerto, en el canal de Beagle, llegan grandes cruceros transportando numeroso turistas que inundan las principales calles del centro, especialmente San Martín.

Tiendas especializadas en vestimenta deportiva, tres casinos, restaurantes y numerosos hoteles, albergues, posadas, que cubren ampliamente la variada demanda de alojamiento. Numerosos perros, sin collar, se pasean por las empinadas calles. Por la noche, es habitual que te siga uno o dos, tal vez en busca de cobijo nocturno. Estos días que hemos pasado en Ushuaia, esperando la reparación del coche, hemos recorrido una y otra vez los lugares más frecuentados. Los precios son similares en todos los restaurantes, así como la oferta gastronómica, en la que sobresalen el cordero, la trucha negra, la centolla y por supuesto, la excelente carne argentina.

De aquí parten los cruceros que llegan a la Antártida. Puerto y turismo han incentivado el rápido desarrollo de la ciudad. Los dueños de la casa en la que nos hemos alojado, nos han contado los cambios que se han producido en los últimos treinta años. El antiguo centro, junto al puerto, es el corazón desde el que se han extendido de forma anárquica las calles, muchas sin asfaltar, que alcanzan las laderas de las montañas circundantes.
El jefe de taller del concesionario de Toyota me informa que ha estado probando el coche, que lo ha engrasado y que ha apretado algunos tornillos del cardan. Es todo lo que puede hacer. No tiene repuestos, cree que puedo llegar a Punta Arenas, en Chile, la ciudad más importante de esa zona. –“Allí tienen más recursos que nosotros. Circule en cuarta”. No me gusta nada la situación, pero no dispongo de otra alternativa. Antes de abandonar Ushuaia, nos acercamos al “Centro de Montaña Glaciar Martial”, un cerro desde el que se disfruta de una extraordinaria vista sobre el canal de Beagle y la ciudad. El coche asciende sin ningún problema por la empinada y sinuosa carretera que alcanza una estación de telesilla. Pasamos entre bosques de lengas, altos árboles de hojas caducas, que cubren las laderas de las montañas cercanas a Ushuaia. Al descender del telesilla, seguimos un sendero que transcurre siguiendo el cauce natural del riachuelo que forma el agua proveniente del glaciar. Llegamos hasta donde empieza el camino de nieve y hielo que conduce a la cumbre. Sin la protección de los árboles, cuando se levantan ráfagas de viento, la sensación de frío aumenta. Para descender, optamos por el camino que transcurre por el bosque. En las zonas embarradas, unas pasarelas de madera facilitan el paso. En determinado momento, parece que hayamos entrado en el decorado natural de una película de terror. Nos imaginamos caminando por la noche, alumbrándonos con una linterna, golpeados por el viento helado, entre esta maraña de troncos retorcidos.

C
uando abandonamos la estación del telesilla, para recuperarnos del frío que hemos pasado, nos premiamos con un té y pastelitos en una hostería, restaurante, casa de té, estratégicamente situada, que anuncia, junto a la entrada “Chocolate”, “Cosas Ricas”. Es verdad, parece que nos encontremos en un refugio alpino de Centroeuropa.
Antes de salir de Ushuaia, cambio los neumáticos de posición, lleno depósitos. ¿Llegaremos a Punta Arenas? Salvo la quinta, todas las marchas entran fácilmente. Superamos la cadena de montañas. Volvemos a encontrarnos con las extensas llanuras azotadas por fuerte viento frío. Este tramo es especialmente duro para los ciclistas. Vemos a algunos parados en la carretera esperando ser recogidos por alguna furgoneta o camión. El viento, de cara, se ha convertido en un muro que impide avanzar. Aquí, en la Tierra del Fuego argentina, la calzada está asfaltada, pero al entrar en la zona chilena, se convierte en ripio. Viento y ripio componen una peligrosa mezcla que provoca numerosos accidentes. Pasamos por Rio Grande, una ciudad industrial sin nada interesante que ver. El ruidito proveniente de la caja de cambios no ha desaparecido pero puedo seguir adelante. Empezamos a confiar en llegar a Punta Arenas.

Los cambios de climatología son tan rápidos e inesperados que en ningún momento la previsión meteorológica, consultada a diario, ha coincidido con la que nos hemos encontrado. Ayer el pronóstico para hoy advertía tiempo lluvioso. El cielo está azul, apenas se divisan unas nubes en la lejanía. Hace frío. Antes de pasar la frontera con Chile, nos detenemos para tomar algo caliente en un pequeño bar restaurante, una de las tres construcciones que se levantan en este desolado paraje de San Sebastián. Las otras dos son una gasolinera y el complejo aduanero.
Al salir del bar, pongo la marcha atrás para volver a la calzada central y… se queda bloqueada. Desisto después de varios intentos. Hasta aquí hemos llegado. No hay cobertura de teléfono para los móviles, pero en la estación de servicio hay un fijo desde donde piden una grúa a Rio Grande. Hora y media después aparece un camión que nos devuelve a la ciudad, 80 kms. El conductor nos comenta que el trabajo no falta. Los conductores sin experiencia sobre el ripio, exceden la velocidad y algunos literalmente “vuelan” saliéndose de la carretera yendo a detenerse, en ocasiones, al otro lado de la valla que delimita las granjas. En invierno hay menos tránsito pero nieve y hielo endurecen las condiciones. Nos deposita en el concesionario de Toyota. Es el mismo que el de Ushuaia. Afortunadamente el jefe de taller, Jorge Alaimo, se hace cargo de la situación, se implica personalmente y se compromete a resolver el problema, para que pueda continuar el viaje. No me oculta las dificultades. El HZJ no se comercializa en Argentina, no hay recambios. Falta personal porque estamos en época de vacaciones, hay varios coches en lista de espera para reparar.
-“Haré lo que pueda. Primero hay que desmontar la caja de cambios”.
Se inicia un proceso que no tiene fecha final. Elisa y yo nos instalamos en un hotel a la espera de conocer el alcance de la avería. Unas horas nos bastan para recorrer el centro de la ciudad y comprender que estamos “atrapados” en Rio Grande.


Rio Grande, cerca de la desembocadura del principal curso fluvial de la Tierra del Fuego, se ha convertido en un gran complejo industrial. Treinta fábricas de electrodomésticos y artículos electrónicos. Servicios para los yacimientos cercanos de gas natural y petróleo. Unos 70.000 habitantes, procedentes de todo el país. Siguen instalándose nuevas fábricas, que generan puestos de trabajo. Los salarios son altos para atraer a personas dispuestas a soportar los rigores de una climatología extrema. Todas nuestras preguntas obtienen respuesta gracias a los taxistas con quienes es fácil establecer conversación.

-“El primer invierno es el peor. Si logras superarlo, te quedas muchos años”.
En verano el viento llega a alcanzar velocidades de entre 80 y 100 kms, por hora. No es extraño que apenas se vea gente por las calles de Rio Grande. Nubes y lluvia ayudan a completar el cuadro de la ciudad que nos hemos encontrado. El principal atractivo turístico es la pesca deportiva. Grandes truchas que inexplicablemente han abandonado los ríos y se han adaptado a vivir en el mar, llegando a pesar diez kilos. Nuestro espíritu deportivo no pasa de una corta caminata hasta algún restaurante cercano, donde podemos catar estos sabrosos pescados.

Me acerco a diario hasta el taller de Toyota donde voy conociendo progresivamente las dificultades que se presentan para reparar la caja de cambios. Primero, al extraer el aceite, Jorge me hace ver el polvo brillante metálico que yace en la cubeta. Luego, después de liberar la marcha atrás, desmontar la caja y abrirla, comprobamos la rotura parcial de una carcasa y los dientes “machacados” de ejes y ruedas dentadas. Visto el desastre, pasamos a resolverlo. Jorge confecciona una relación detallada de las piezas a sustituir. Los días pasan. Algunas pueden encontrarse en Buenos Aires, la mayoría. Pero otras no. La rotura de la carcasa la solucionará con una pieza que puede construir un tornero de confianza.
–“Sería mejor cambiar este eje, pero no lo he encontrado en Buenos Aires ni en Punta Arenas, Chile”.

Jorge intenta ayudarme. Llama a Miami, mientras yo inicio su búsqueda por Europa. Navegando por internet, localizo tiendas de repuestos en Inglaterra, Alemania y Bélgica. Después de unos días, festivos entremedio, la ayuda llega de Sevilla. Fernando Plaza, de LAND IMPORT S.L., que me vendió el Toyota, ha contactado con un amigo que las enviará a Madrid. Hay que esperar. ¿Esperar en Rio Grande? Elisa y yo decidimos acercarnos a El Calafate, donde se encuentra el glaciar Perito Moreno, dando tiempo a que lleguen las dichosas piezas desde España.

Nos subimos a un autobús que nos llevará hasta Rio Gallegos, desde allí al día siguiente otro autobús nos permitirá alcanzar El Calafate. Podría cubrirse la distancia en un día, sólo son 670 kms., pero hay que pasar dos fronteras, transitar por el ripio chileno. En el mejor de los casos llegaríamos a las dos de la madrugada, habiendo salido a las nueve de la mañana. Tenemos tiempo, mejor dormir en Rio Gallegos, a mitad de camino. Hasta el último momento no sabemos si vamos a salir, porque las manifestaciones en contra de la subida del precio del gas en Chile han ido a más, aislando Punta Arenas, cortando las carreteras de acceso y han extendido sus protestas a la Tierra del Fuego. Unos piquetes impiden el paso entre el estrecho de Magallanes y la frontera argentina. Salimos con algo de retraso. El cruce de la frontera de San Sebastián, nos demora dos horas. Al llegar a la barcaza que cruza el estrecho de Magallanes comprobamos que sigue transportando vehículos. Bien, queda poco para llegar a Rio Gallegos. Hoy el mar está agitado. Converso con uno de los marineros del transbordador. Anteriormente había trabajado en barcos de pesca, en compañías españolas, conoce muchos países, recordamos lugares de Namibia y Mozambique. Me dice que todos los chilenos, incluso los carabineros, están en contra de la subida. La barcaza ha interrumpido su servicio varias veces en los últimos días. La noche anterior empezaron a cruzar el estrecho a las tres de la madrugada.

A
los pocos kms. de desembarcar, el autobús se detiene. Un piquete ha vuelto a cortar la carretera. Pido al conductor que me abra la puerta. Una larga fila de camiones y coches particulares esperan pacientemente a que se despeje la vía. Un gran camión cruzado impide el paso. La zona ha sido cuidadosamente elegida, todavía hay campos minados. No hay posibilidad de buscar un paso alternativo. Llego hasta los componentes del piquete. Me dicen que se ven forzados a tomar estas medidas extremas porque es la única forma de que el gobierno se siente a negociar con sus representantes. No hay tensión ni gente crispada. Les pregunto si dejarán pasar el autobús y me contestan que no, que únicamente permitirán el paso de los coches particulares que transporten niños, ya que en ese lugar no hay agua ni comida. No hay nada, sólo viento y frío. La noche puede ser muy larga. Les digo que en el autobús también viajan niños. Se agotarán comida y agua. Los piqueteros empiezan a permitir el paso por el arcén de los automóviles. Apenas he regresado al autobús, veo llegar nuevos coches que apoyan el corte. Después de un par de horas, apartan el camión, permiten el paso del autobús y vuelven a cerrar la carretera. Llegamos a Rio Gallegos al caer la noche. Los viajeros que siguen hasta El Calafate llegarán a destino al amanecer.

Desde el autobús contemplamos las montañas nevadas que se alzan alrededor del lago Argentino, donde se desploman los bloques de hielo del glaciar Perito Moreno. Antes de llegar, un último control de documentos de identificación personal. Se han escapado tres delincuentes a los que intentan capturar. En el entretanto, comentamos el gran número de capillitas que hemos visto dedicadas a los “santos” populares. Un joven que nos escucha se declara fiel a Gauchito Gil. Nos muestra su espalda tatuada. Gracias al “network”, la red entre amigos, podemos alojarnos en casa de Carmen y Osvaldo, en las afueras de El Calafate. La última casa, en la esquina más alejada, de una urbanización que va ocupando sus parcelas. Goza de un paisaje salvaje. Pájaros, liebres patagónicas, se acercan a beber y comer al espacio cuidadosamente acondicionado por el incansable Osvaldo.
Todavía no sabemos cuándo llegarán de Europa los recambios que necesitamos. Planificamos los días que podemos permanecer en El Calafate y qué podemos visitar. Podríamos acercarnos a Puerto Natales para contemplar las Torres del Paine. Si las piezas se retrasasen, llegaríamos hasta el Chaltén donde se alzan los picos del Fitz Roy y el Cerro Torre. Ya veremos. Se mantienen los cortes en las carreteras chilenas, los turistas “apresados” en Tierra del Fuego, Punta Arenas y Puerto Natales están sufriendo las consecuencias. A algunos se les han acabado las vacaciones y deberían haberse incorporado a su puesto de trabajo, otros han tenido que ser alojados en pabellones deportivos porque no se encuentran plazas libres en los hoteles. En algunos casos el precio de las habitaciones ha llegado a cuadriplicarse. Para que sea verdad la frase publicitaria “unas vacaciones inolvidables”, pueden añadirse un par de contratiempos más: los bancos disponen de pocos billetes, los cajeros automáticos no pueden satisfacer la demanda de todos los que forman largas colas para extraer dinero y en muchos lugares no se admiten tarjetas de crédito. Visto el entorno y sus circunstancias, nos sentimos afortunados.

P
or las mañanas desayunamos en uno de los varios cafés con wi-fi, mientras accedemos al correo y telefoneo utilizando Skype. En el taller de Toyota me han aconsejado que los recambios los envíen por Aerolíneas Argentinas, directamente a Rio Grande. Pasarán por Buenos Aires en tránsito. Es mejor esa vía que cualquier compañía de transporte urgente de paquetería. Hablo varios días con un agente de carga de Madrid. Su compañía se encargará de recibir el paquete, tramitar la documentación necesaria y enviar los recambios a Rio Grande. Hay que recordar la diferencia horaria, cuatro horas. Los bares en El Calafate abren a las diez de la mañana, o sea las dos de la tarde en España, hora de comer. No siempre logro encontrar a la persona adecuada.
-“El paquete no ha llegado”.
-“Es raro, todavía no ha llegado. ¿Seguro que lo enviaron el viernes por DHL?”
- “Si, ya me he enterado. Llegó al almacén con portes debidos y la persona que recibía el paquete lo devolvió. No te preocupes, lo recupero y lo envío lo antes posible.”

A pesar de lo que pueda parecer, tengo buena suerte. Todas las personas con las que he conectado tienen interés en ayudarme. Envían las piezas antes de recibir el pago por sus servicios. Por fin recibo, vía e-mail, copia de la guía aérea del envío. Llegará el lunes 24 de enero a Río Grande. Bien. Hay que esperar. Libero la mente del incordio que produce la incertidumbre. Compramos billetes para acercarnos a dos interesantes lugares. Por supuesto uno de ellos es el glaciar Perito Moreno. Como ya he comentado anteriormente es imposible saber qué tiempo hará los próximos días. La previsión anuncia lluvias. Cruzamos los dedos. Las salidas no se anulan por malas condiciones meteorológicas, únicamente se alteran los recorridos. Si llueve no nos acercaremos al glaciar, por el camino antiguo, carretera de ripio y luego caminando por el sendero que cruza el bosque, continuando por la orilla del lago.
Para tener un primer acercamiento al lago Argentino, llegamos a las Cuevas del Gualicho, en sus orillas, a unos siete kms. de la ciudad. Esa pequeña distancia terrestre te transporta, miles de años atrás, al entorno que contemplaron los primeros habitantes, los tehuelches. Agua de color azul celeste, como la que pude ver en Nueva Zelanda. Ese color, inolvidable, conocido como “leche glaciar” es debido al polvo en suspensión que crearon los glaciares al desplazarse sobre las rocas calizas del fondo. Estoy contemplando un paisaje impresionante diseñado por fuerzas naturales que en estas latitudes disponen de los elementos necesarios –roca, agua, temperatura, viento- para componer una grandiosa obra de arte, siempre cambiante, inacabada. Junto al agua, un conjunto rocoso, quebrado, entre el que se encuentran algunas cuevas y paredes con pinturas rupestres. Junto a las originales, en unas paredes cercanas, se han reproducido copias de otras encontradas en yacimientos distantes. Se han utilizado los mismos pigmentos. Sirven para comprobar el efecto de los elementos sobre las pinturas. En la lejanía, en otra orilla del lago, las montañas con sus nieves eternas.



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