Crónica 52: del 4 de enero al 3 de febrero 2011
(2ª)


Argentina-Tierra de Fuego




El Calafate es una ciudad de 20.000 habitantes, cercana al Parque Nacional de los Glaciares. Llegan visitantes de todo el mundo para contemplar el imponente glaciar Perito Moreno. En la calle principal, que hemos recorrido en una y otra dirección varias veces, se encuentra todo aquello que demanda el turismo que recibe. Tiendas, restaurantes, agencias de viajes, bancos y un casino. La casa más antigua apenas tiene 100 años. Es un lugar agradable, limpio, bien mantenido, sin aglomeraciones. Un espacio encantador, sobre todo si luce el sol. A pesar de los malos augurios, ha llovido poco. Estos días han amanecido despejados. Lo peor es el viento, constante, fuerte, frio. En algunos momentos del día se apacigua, entonces se altera la sensación térmica. Sobra la ropa de abrigo.

El día dedicado al Perito Moreno amanece con algunas nubes. Como no llueve se mantiene el itinerario ofertado. Unos cuantos kms. de asfalto, para recoger a todos los integrantes del grupo en sus respectivos hoteles, e inmediatamente giro para adentrarnos en el antiguo camino de ripio. Pasamos por grandes extensiones cercadas, en las que se divisan algunas ovejas y guanacos. Antes de salir a la nueva carretera asfaltada nos detenemos en un parador a tomar algo caliente. Desde el porche veo un zorro cruzar la pista. Poco después, abandonamos el autobús e iniciamos una caminata por un bosque que se encuentra dentro del Parque de los Glaciares. La senda transcurre por un entorno cubierto de lengas sobre cuyas ramas pueden verse algunas aves. Al salir del bosque, por un suave descenso, cubierto de pedruscos y yerba, alcanzamos la orilla del lago. Sobre el agua flotan algunos témpanos desprendidos del glaciar al que estamos acercándonos. Esta zona está encharcada por el agua caída durante la noche. Un momento de distracción es suficiente para que note en el interior de mi calzado el agua helada que empapa mis calcetines. Me olvido. Toda mi atención se concentra en el bloque de hielo que aparece ante nosotros de repente, lejano, al doblar un saliente. El Perito Moreno. Ahí está. Vamos a acercarnos en el autobús que nos espera en la carretera. Un ascenso algo empinado y embarrado para atravesar de nuevo la zona boscosa. En un pequeño llano, me encuentro un calafate, el arbusto que da nombre a la ciudad. La altura es de metro veinte, más o menos, es espinoso, está cargado de frutos. Bayas de color azul oscuro, casi negro. Las había probado el día que fuimos a ver las cuevas. Tiene semillas y el sabor es ácido. Se aprovecha para elaborar jaleas, mermeladas, helados e incluso un licor, que se encuentra en varias tiendas de El Calafate. Tiene propiedades medicinales como antifúngico, antibacteriano y antioxidante. Una joya.

Al llegar al centro de visitantes del glaciar, nos encontramos, como suponía, con un aparcamiento repleto de autobuses y coches particulares. Disponemos de dos horas para contemplar el gran río de hielo, desde varios miradores, a diferentes alturas, a los que se accede por pasarelas y escaleras de madera. No importa que haya mucha gente. Ni siquiera molestan sus voces. Cada pocos minutos un crujido y el estruendo causado por el impacto del hielo al caer sobre el agua se imponen a los demás sonidos.
Frente al Perito Moreno compruebo una vez más la gran diferencia que existe entre ver algo en imágenes o tenerlo ante mí. La primera vez que tuve conocimiento de este glaciar fue en 1979, viendo un reportaje que mostraba la ruptura, por el agua, de la pared de hielo que, con el lento avanzar del frente del glaciar, se crea, en ocasiones, cortando la comunicación entre dos brazos del lago Argentino. Me sorprendió. ¿Cómo explicar la sensación que me produce ahora esa pared de hielo de cuatro kms de ancho por 60 metros de altura? ¿Cómo transmitir toda esa información que ha quedado grabada en mi memoria? El frio, el ruido, la niebla que se extiende a lo lejos sobre esa masa que avanza lentamente, dos metros por día, sin detenerse. Treinta kms. de largo. Puedo contemplarlo desde varios puntos de vista, arriba, abajo, lateral. Desde esa proximidad, para poder ver todo el frente hay que girar la cabeza en ambas direcciones. Impresiona el color azulado del hielo. Grandes bloques resquebrajados se precipitan sobre el agua provocando una gran ola. En el viaje organizado que hemos contratado se incluye un acercamiento al glaciar en un catamarán. Tomo plaza en la proa para disponer del mejor sitio de observación, a costa de recibir viento helado de frente. Sobre el glaciar, descubro un grupo que ha elegido una jornada de marcha sobre el hielo. Hay que abrigarse bien, calzar botas adecuadas, con crampones, seguir al guía y disfrutar de los pasos por cuevas y sendas insospechadas que proporciona ese “cubito” gigante. Me hubiera gustado, pero procuro no correr riesgos innecesarios de torceduras o caídas. En las fotos que he tomado falta algún referente para poder apreciar las dimensiones del frente de hielo. Pero podéis creerme, es impresionante.

Al llegar a casa, al atardecer, Elisa apoya el pie derecho en el suelo que cede. Un hueco con hierba. Torcedura y golpe en la rodilla izquierda al caer. Dolor. Apenas puede llegar hasta el sofá. Pasa la noche con un anti inflamatorio y un relajante muscular. Llamada al seguro de viaje que concierta una visita en el hospital de El Calafate. Placas y diagnóstico. Esguince en el tobillo y contusión con derrame interno en la rodilla. Tratamiento. Descanso absoluto, anti inflamatorios, analgésicos, bota inmovilizadora para el tobillo y traslado de vuelta a casa, en Madrid. A partir de ese momento, mis llamadas telefónicas intentando controlar el envío de los recambios necesarios para reparar la avería del Toyota, se suman a las que tiene que efectuar ella a Europe Assistance. Como apenas puede moverse y en la casa no disponemos de conexión a Internet, bajo caminando al pueblo, me conecto, compro comida en el supermercado, regreso en taxi, preparo la cena, vemos películas para distraernos antes de dormir y, una vez más… esperamos. Nos negamos a perder el buen humor. Aunque todo se complica cada día un poquito más. Los del seguro quieren un nuevo diagnóstico. Tenemos que acudir a otro traumatólogo. Nuevas placas. Nada ha cambiado. Bueno, entonces quieren un tercer diagnóstico en Buenos Aires. ¿Están poniendo a prueba nuestra paciencia? Llamadas a Madrid, Buenos Aires.

Aparecen los propietarios de la vivienda. Estaban de viaje. Nos dejaron las llaves sin conocernos. El “network” es mágico. Amigos de unos amigos. Carmen y Osvaldo no sólo nos han ofrecido alojamiento, se ofrecen para ayudarnos en lo que sea posible. Carmen aplica a Elisa, en determinados lugares, una mezcla de aceites esenciales que calma el dolor y proporciona bienestar. Osvaldo le da un masaje en el pie. Forman una pareja bien avenida, con ilusiones compartidas. El, nieto de vasco, se ha jubilado como jefe de bomberos. Es vegetariano, ecologista, acupuntor, masajista. Cuida su jardín y huerto. Para descansar, interrumpe el acondicionamiento del entorno, en el que han crecido frondosas matas de manzanilla, y practica durante un rato el tiro con arco o el lanzamiento de un boomerang que le regaló su hijo. Por la noche, antes de cenar, ensaya melodías estándar norteamericanas con el clarinete que adquirió hace unos años.

Por fin, después de múltiples llamadas, Elisa logra que la vayan a buscar a casa, la lleven al aeropuerto, la embarquen en primera, con destino Buenos Aires, la vea otro traumatólogo, en un hospital, que repite las mismas pruebas, la alojen en un hotel y finalmente la trasladen a España, también en clase preferente, donde puede llevar la pierna extendida. Así ha acabado su viaje. Veremos cómo sigue el mío. Al día siguiente regreso a Rio Grande, haciendo escala en Rio Gallegos. Salvo las esperas habituales en las aduanas y el constante viento frio proveniente de la cordillera ningún contratiempo. En el autobús conozco a un español. ¡Qué pequeño es el mundo! Amigo de Sancho González-Green. Se ha tomado unos meses de vacaciones y ha recorrido la nacional 40 argentina. Huyendo del viento, llega a Rio Grande en autobús y desde ahí cubrirá los últimos 220 kms. hasta llegar a Ushuaia, desde donde regresará a Madrid en avión. Celebramos el encuentro cenando en un restaurante con nombre catalán, “L’entre Pá”. Aunque lo correcto sería “L’entrepà”, me sorprende agradablemente el recuerdo de Cataluña por un argentino que residió durante seis años en Barcelona.

Volver al hotel Laserre, de Rio Grande, es como regresar a casa. Espero estar únicamente dos o tres días. El lunes 24 tenía que llegar el paquete desde Madrid, pero sale de Buenos Aires el 25. El avión sufre una avería y ha de regresar a la capital. El 26 se confirma la llegada a la aduana de Rio Grande. El 27 surge un impedimento para retirar los recambios. ¿Por medio de qué banco se ha pagado la factura? El 28, viernes, otro problema. En Argentina está prohibido, como en muchos otros países, la entrada de piezas que incorporen amianto. ¿Dónde está el certificado de producción de Toyota que confirme que esas piezas que se importan no contienen amianto? Paciencia. Sábado y domingo la aduana cierra. El lunes intento resolver. Conozco la aduana porque he tenido que acudir en dos ocasiones para tramitar el envío de la maleta de Elisa que se quedó en Rio Grande. Antes de salir del hotel recibo una llamada.
-“Mañana martes nos estregarán las piezas. Con suerte por la mañana”.

Ignoro por qué se retrasa tanto tiempo la reparación de una avería que en otro lugar se habría resuelto en dos o tres días. Aquí habré pasado un mes antes de que logre continuar el viaje. Imponderables, circunstancias, casualidades que no puedo controlar. Sin ninguna duda mi próximo futuro habría sido distinto si hubiera seguido el itinerario planificado con anterioridad. Ahora estaré obligado a dirigirme a Santiago de Chile por el camino más corto, superior a los 3.000 kms. Rosa María llega hoy a la capital chilena. Tendrá que esperarme. No podré detenerme en varios lugares que no quiero dejar de ver. Después de subir por el desierto de Atacama, entrar en Bolivia, cruzar el salar de Uyuni, regresar a Santiago, despedirme de Rosa María, el 15 de marzo, volveré al sur. Bajaré por la panamericana, llegaré a Chiloé, seguiré por la carretera austral y regresaré hacia el centro de Argentina siguiendo la mítica ruta 40. Las personas que conozca o reencuentre, todo lo que me ocurra próximamente, será diferente a lo que hubiera experimentado si no se hubiera demorado la reparación de la avería. ¿Mejor o peor? Nunca podré saberlo.
Por fin hoy, tres de febrero, me despido de Rio Grande. El viaje continúa.


Enviado desde Rio Grande, Tierra del Fuego, el 3 de Febrero 2011
Kilómetros recorridos 136.689


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