Crónica 53: del 4 de febrero al 19 de marzo 2011
(1ª)


Chile





La distancia a cubrir desde Rio Grande, en Tierra del Fuego, hasta Santiago de Chile, es aproximadamente la misma que separa Barcelona de Ankara, capital de Turquía, 3.200 kilómetros. La avería en la caja de cambios me ha recordado que cualquier conjunto mecánico puede dañarse, dejar de funcionar. Había olvidado algo tan obvio. Confiaba plenamente en la robustez del HZJ78. En ningún momento había considerado la posibilidad de que me pudiera ocurrir algo así. Me había liberado de la constante atención a los nuevos ruidos, por pequeños que pudieran ser, en el conjunto caótico sonoro de mi viejo Land Rover. Había desaparecido la intranquilidad latente que me acompañó durante un año en el último viaje por África, en 1999. Vuelvo a encender los señalizadores de atención que nunca debí apagar. ¿Puedo confiar plenamente en que la avería sufrida no se repetirá? No estaré tranquilo hasta dentro de un tiempo. ¿Por qué se han desgastado los neumáticos delanteros por la parte exterior? ¿Alineación incorrecta? Tengo que comprobarlo. Localizar un taller especializado, comprobar la alineación, que demuestra que no es esa la causa de la degradación, me retrasa la salida. Mi estado de ánimo mejora con las horas, al comprobar que el Toyota vuelve a comportarse como antes de llegar a Ushuaia. Aumento la velocidad de crucero hasta llegar a los 100 por hora. ¿Hasta dónde llegaré? He de pasar las dos fronteras entre Argentina y Chile, cruzar el estrecho de Magallanes y circular con precaución por los tramos de ripio que se encuentran encharcados por la persistente lluvia que no cesa. Al final de la tarde, compruebo que he cubierto 600 kms. No está mal. Busco un hotel para pasar la noche en Piedrabuena, un pueblecito a 230 kms al norte de Rio Gallegos. Temporada de vacaciones en Argentina. No encuentro ninguna habitación libre. El propietario del último hotel me aconseja que utilice su zona de aparcamiento para pasar la noche. Una vez más vuelvo a dormir en el coche. Había olvidado lo confortable y barato que resulta. Durante las dos jornadas siguientes cubro más de 1.000 kms por día. Lluvia, fuertes ráfagas de viento, frío, sol, calor, llanuras interminables que desaparecen al acercarme a los Andes. Paso por lugares a los que regresaré más adelante para disfrutarlos con el tiempo que se merecen.

Llego finalmente a Santiago. Es domingo, mediodía. Gracias a esa circunstancia puedo estacionar el coche frente al hotel-apartamento en el que se aloja Rosa María. El conserje me dice que es un suplente y que ignora el número de habitación. Espero. Después de dos horas de paciente espera me entero que el hotel se ubica en una de las tres grandes torres del edificio. Cuando le pregunto al conserje por qué no me había indicado que la recepción se encontraba en un lugar diferente me aclara que no se lo había preguntado. Vale. Baja Rosa María que me estaba esperando, dejamos el coche en un estacionamiento que ella había localizado anteriormente. El pasado pasó, olvido las dos horas perdidas. Planeamos itinerario a seguir.

El lunes nos acercamos a la oficina de Mapfre para obtener un seguro a terceros para el coche, que sea válido en Chile. Tengo el número de RUT que me exigieron, cuando llegué al país el año pasado, para contratar el seguro. El director que conocí está de vacaciones. Por ello no le doy mayor importancia a que el empleado que me atiende me asegure que es imposible contratar un seguro para un coche con matrícula extranjera. Ya resolveré en Valparaíso donde conseguí el seguro para los países del Mercosur. Tengo algunas piezas para el coche reservadas en un concesionario Toyota de esa ciudad. Las pedí desde Rio Grande, han llegado de Japón. La correa de distribución, que hay que cambiar a los 150.000 kms. y un cristal delantero para sustituir el actual, totalmente dañado por los numerosos impactos de piedras en las carreteras de ripio. Aprovecho para cambiar los neumáticos que compré en Australia. Nadie logra explicarse por qué se han desgastado las zonas exteriores de las ruedas delanteras. Les muestro el informe de alineación que me han entregado en Rio Grande.

-“Tal vez, el peso superior de la parte trasera”.

Sea lo que sea hay que comprar zapatitos nuevos para el Toyota. Estos han durado 35.000. Cada vez me duran menos, claro que he circulado largas distancias por pistas y carreteras infames.

En Valparaíso recorremos los cerros, encontramos amigos y… nuevamente chocamos con la imposibilidad de contratar un seguro para el coche que sea válido en Chile. Ni en el Automóvil Club ni en Mapfre, a pesar de la buena disposición y amabilidad de la empleada que nos atiende. El formulario no admite una matrícula extranjera. Mi RUT (equivalente al NIF español) es correcto pero una vez más un superior aclara que ninguna compañía chilena puede asegurar un coche matriculado en el extranjero. Llamo por teléfono, a Buenos Aires, a un agente argentino. El número telefónico me lo ha proporcionado Javier Alonso-Iñarra que ha recorrido en moto, en solitario, estos países recientemente. Su contacto ya no trabaja allí, pero otro agente se compromete a buscar una compañía que cubra el servicio. Después de unos días, tras varias llamadas desde distintas ciudades de Chile, me comunica que no ha logrado encontrarla. Parece imposible pero es así. Para dejar este tema, finalizo aclarando que las soluciones llegan de forma inesperada. En la cola de una frontera, entre Chile y Argentina, una pareja de moteros alemana me facilita el nombre de una agente, en Buenos Aires, que les ha obtenido el seguro a terceros con Alliance Argentina Compañía de Seguros S.A. Si puede servir a alguien, la dirección electrónica es gisela@speiserseguros.com.ar, www.speiserseguros.com.ar El pago lo he efectuado, siguiendo sus indicaciones, en una oficina de “Pago fácil”, desde San Salvador de Jujuy.

Los días que hemos permanecido en Valparaíso nos hemos alojado en Yellow House, el B&B que afortunadamente descubrí el año pasado al llegar de Nueva Zelanda. Esta vez ha sido fácil, conocía el camino, hay lugar seguro, cerrado, para aparcar, y desde la habitación un amplio ventanal ofrece un punto de observación privilegiado sobre los cerros que rodean la ciudad.

Nos ponemos en marcha dirigiéndonos hacia el norte, camino de San Pedro de Atacama, por la carretera panamericana que cruza Chile de norte a sur. Es una vía de comunicación excelente, en algunos tramos autopista de peaje. Desde ese eje central se tiene acceso a la mayoría de ciudades y pueblos del país. En algunas ocasiones nos desviamos para acercarnos a playas o parques naturales que llaman nuestra atención. Empiezo a recuperar confianza en el coche. Pueblos y ciudades van distanciándose. El tránsito de coches y camiones espaciándose. El paisaje varía, presentando fuertes contrastes. Largas llanuras desiertas en las que destacan valles verdes, cubiertos de extensas plantaciones de frutales. Recuerdo las largas travesías australianas. Largas distancias con algunas estaciones de servicio, básicas. Algunas capillas junto a la carretera. Aquí, en Chile, a diferencia de las dedicadas en Argentina a los santos populares como el Gauchito Gil o la Difunta Correa, se han levantado en homenaje y agradecimiento a Sor Teresita de los Andes o San Expedito, que alivian males y complacen peticiones.

Nos sorprenden los varios lugares, en solitarios parajes, que se ofrecen para pasar unos días de vacaciones. No cuentan con servicios mínimos, supongo que ni agua. Lejos de cualquier núcleo habitado, indicados para eremitas. En una playa sin ningún atractivo especial, orilla sucia, pedregosa, encajonada entre unos peñascos, tres coches, separados unos de otros, con carpas precarias. Fogones de gas, bidones de agua. Supongo que renuncian a la soledad prefiriendo la seguridad que ofrecen otros campistas ante la aparición de algún intruso indeseable. No sé, yo no acamparía en un lugar como éste.

Al atardecer, buscando un hotel para pasar la noche, nos acercamos a Bahía Inglesa, un pueblecito costero, centro turístico, muy animado. Hace calor. Gran animación, con partidos de futbol playa. Hoteles, restaurantes, tiendas, casas de veraneo… Los hoteles están completos. Época alta. Febrero en Chile es el equivalente a agosto en España. Varios carteles anuncian las vías de escape en caso de acercarse un tsunami. No dejan de llamar mi atención, a pesar de que los he podido ver en muchos puntos de Asia. Mientras intentamos aparcar cerca del último hotel en el que nos falta preguntar, el conductor de una camioneta nos pide ayuda. Se ha quedado sin batería. Utilizo los cables que compré y arranca. Comento con él la dificultad de encontrar alojamiento. Se ofrece a buscar un lugar. Conecta con una señora que se presenta en coche inmediatamente. Lo que aparenta ser una ayuda desinteresada se convierte en un mal negocio para nosotros. 65 euros por alojamiento, con baño pequeño, en una casita, con candado en la puerta. Limpio, pero muy básico. Compensamos la sensación de haber sido víctimas de un sobreprecio abusivo cenando en el mejor restaurante del lugar. Carta extensa, calidad excelente, cocina soberbia, lugar acogedor, servicio inmejorable y precio razonable. Por la noche desaparece la mayoría de visitantes que llega de la cercana ciudad de Caldera.

A partir de Caldera la panamericana sigue un largo trecho cerca de la orilla del Pacífico. Antes de volver hacia el interior, nos acerca al Parque Nacional Pan de Azúcar. Una gran playa con algunas rocas, frente a la que emerge la isla que da nombre al parque, hábitat de varias aves marinas, pingüinos y lobos de mar. Estiramos las piernas paseando por los arenales antes de dirigirnos hasta el aparcamiento desde donde nace un camino para llegar a lo alto del acantilado. La subida es suave, unos tres kilómetros. Lo más interesante es la gran variedad de cactus que crecen entre las laderas. Sobreviven gracias a la bruma costera. Es especialmente curioso uno que crece formando grupos, que se levantan a escasa altura. Como podéis comprobar no tengo ni idea de botánica, como de tantas otras materias. Admiro profundamente a los antiguos exploradores y descubridores que dominaban un amplio abanico de conocimientos. Me limito a observar con mayor o menor interés todo aquello que llama mi atención. Desde una flor a una montaña, de la suave o rugiente curva de una ola a la cimbreante e irrepetible llama de una hoguera. Vale. Abandono este camino que podría alargarse al infinito de relatar cuántas obras de la naturaleza o el ser humano merecen que me detenga y pase a un estado simplemente contemplativo. Regreso al camino que estamos siguiendo.

En nuestro itinerario empiezan a aparecer carteles que indican rutas a explotaciones salitreras que constituyeron en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX una fuente inigualable de riqueza. Su principal utilidad fue demandada como fertilizante en los campos dedicados a la agricultura y en la fabricación de explosivos. Al término de la primera guerra mundial se logró obtener salitre sintético. Los mayores yacimientos mundiales, situados en esta zona del norte de Chile, vieron descender la rentabilidad de su extracción. Hoy, el único centro salitrero que continúa explotándose es María Elena, un poblado urbanizado que se nos muestra con muy poca actividad. Es el único asentamiento urbano mundial productor de nitrato sódico natural. Rodeado de desierto, pasear por sus calles casi solitarias me traslada a un deprimente futuro con grandes aglomeraciones urbanas y grandes extensiones inhabitables.

Nos acercamos hasta la solitaria “Oficina Salitrera Chacabuco”. Para encontrar su emplazamiento seguimos las indicaciones de unos carabineros que apostados en un arcén controlan que ningún vehículo exceda la velocidad máxima permitida. Siguiendo una pista de tierra durante cuatro o cinco kilómetros, llegamos hasta la puerta de entrada del recinto que en 1924 llegó a ofrecer todas las comodidades necesarias a una población de cinco mil personas. No hay nadie. Puerta carrada. Cesó su actividad hace setenta años. Todo el conjunto está muy deteriorado. En 1973, 1974 y 1975, las Fuerzas Armadas de Chile convirtieron el lugar en uno de los más grandes campos de prisioneros políticos. En el 2007 sufrió un terremoto, luego fue saqueado. Hoy sólo quedan ruinas que con el tiempo desaparecerán.

Antes de llegar a Antofagasta nos topamos con una mano gigantesca que se levanta sobre una pequeña elevación del terreno, una escultura de Mario Irarrázabal, instalada en 1992. Once metros de cemento y hierro. Sorprendente.

El camino que nos conduce a San Pedro de Atacama pasa cerca de Calama, mayor centro de extracción del cobre chileno. No entramos en la ciudad pero pasamos entre torres de la red eléctrica y grandes montañas de escoria de diferentes colores. De Antofagasta hasta aquí hemos pasado del nivel del mar a los 2250 metros de altitud.

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