Crónica 53: del 4 de febrero al 19 de marzo 2011
(2ª)


Chile




Nos estamos acercando al altiplano andino, la puna de Atacama. Aparece ante nosotros el volcán Licancábur, de 5.916 metros de altitud. Durante los próximos días vigilará nuestros pasos, siempre estará presente. Imposible dejar de mirarlo. Estamos llegando en mala época, atravesamos “el invierno boliviano”. Dejamos el desierto más seco de Chile para encontrarnos en la altura con tormentas y abundantes lluvias. Todo tiene su parte buena, las temperaturas no son tan extremas por la noche. Para ser fiel a la verdad apenas nos ha llovido en San Pedro y alrededores. Veremos si la suerte nos acompaña las próximas semanas. Durante el día el termómetro llega a alcanzar los 28º, cuando desaparece el sol desciende hasta los 5º. Abandonamos el asfalto para seguir una pista de ripio en buen estado que nos lleva al Valle de la Luna, declarado Santuario de la Naturaleza. Está administrado y cuidado por la comunidad indígena. Se entra en una depresión que está flanqueada por cerros, crestas y dunas. Tenemos la suerte de que apenas encontramos visitantes, ya que la mayoría acude para ver la puesta de sol desde lo alto de una duna.

Al llegar a San Pedro descubrimos rápidamente que los barrios no son tales. Es un gran oasis unido a otros por pistas de tierra entre muros de adobe. Hay una carretera circular, de ripio en su mayor parte, que llega hasta la posada en la que hemos hecho la reserva. Es nueva y nadie la conoce ya que queda algo alejada del centro donde se encuentran casi todos los hoteles. Preguntando, preguntando, volviendo sobre nuestros pasos un par de veces, damos con el lugar. Está bien pero necesitamos utilizar el coche en todo momento. En la plaza central y en dos calles transversales de San Pedro se encuentran innumerables agencias de turismo, restaurantes, bares, tiendas de artesanía. Por supuesto la principal fuente de ingresos de la población proviene del turismo. Internacional durante todo el año y mayoritariamente chileno durante este mes. Es agradable pasear por sus calles, bien mantenidas, tomar algo en el bar de la plaza, bajo una sombrilla, cerca de la iglesia, comer en un restaurante típico y añadirse a un grupo para visitar los geiseres del Tatio. Hemos decidido unirnos a un grupo porque los geiseres se encuentran a unos 100 kilómetros. Hay que viajar de noche para llegar al amanecer, cuando los geiseres están más activos. La zona está a 4.321 metros de altitud. Eso significa subidas, bajadas, curvas sin visibilidad, cruces mal señalizados, por una pista de ripio desconocida. Mejor que vengan a buscarnos al hotel y que nos depositen a la vuelta cerca de nuestro coche. Una vez nos hemos paseado por el pueblo, hemos contratado la excursión a los geiseres para la madrugada siguiente y nos hemos tomado un café en la plaza central, ya estamos en disposición de dirigirnos por nuestra cuenta a los distintos lugares interesantes cercanos a San Pedro de Atacama.

Los distintos caminos, de tierra, por los que se transita los cruzan, en varios tramos, riachuelos de mayor o menor anchura. En caso de fuerte lluvia reciente pueden convertirse en pasos peligrosos. Gran número de turistas, jóvenes en su mayoría, se desplazan en bicicletas alquiladas. Nuestra primera visita es al Pucará de Quitor, un poblado fortificado incaico del siglo XII. Bueno, la ubicación. Las viviendas, terrazas y murallas han sido reconstruidas. Se disfruta de una excepcional vista sobre el valle del río San Pedro. Los atacameños, hace mil años, se encontraban dentro del área de influencia de la cultura de Tiwuanako, Bolivia. Luego llegaron los incas y poco después los españoles. En 1.540, después de algunos intentos fallidos por parte de los conquistadores, Pedro de Valdivia y Francisco de Aguirre lograron entrar en la ciudadela y decapitaron a 300 guerreros enemigos. Para que supieran a qué atenerse quienes intentaran rebelarse, exhibieron sus cabezas empaladas sobre las murallas. Hoy, en la entrada a unas cuevas cercanas, se han modelado en arcilla grandes cabezas para recordar aquel sangriento episodio.

Seguimos un camino, pasando varios arroyos, en busca de la Quebrada del Diablo. Al llegar a un cruce de caminos preguntamos a un turista joven, con las botas totalmente embarradas, si conoce dónde se encuentra. Está tan perdido como nosotros, así que le invitamos a subir al coche. No encontramos la Quebrada pero si la sencilla, solitaria, capilla de San Isidro que nos compensa la búsqueda frustrada. Al regresar a San Pedro, después de dejar en la plaza a nuestro acompañante, comemos en un restaurante encantador que decora sus blancas paredes con fotos de mujeres desnudas de 1.920.

Por la tarde, un largo recorrido por los laberínticos pasajes que comunican los pequeños oasis hasta llegar a la aldea de Tutor, las ruinas más antiguas excavadas en la región. Interés relativo, no somos arqueólogos ni conocemos su historia. Antes de regresar al hotel, volvemos a entrar en el Valle de la Luna. Coincidimos con la masiva afluencia de turistas que han llegado en autobuses para contemplar la puesta de sol. No vale la pena, ya que se oculta entre montañas, no sobre un horizonte llano con algunas nubes que se enrojezcan con los últimos rayos.

A las tres y media de la madrugada, después de unas cuantas llamadas telefónicas para que el conductor de la agencia localice nuestro hotel, nos recoge un microbús. Rosa María duerme, mientras yo, detrás del conductor me alegro de no haber hecho ese trayecto con nuestro coche. No hubiera encontrado el camino correcto. Varios cruces en los que no logro ver ningún cartel señalizador. Cruce de anchos pasos de agua que al no conocer su fondo me habrían inquietado. Tal como estaba previsto llegamos a la gran llanura, rodeada de montañas nevadas, donde se encuentran los geiseres, cuando empieza a amanecer. Son menos espectaculares de lo que esperaba. Hace frío. Es posible alejarse de los numerosos grupos y acercarse a algunas fumarolas apartadas. Desayuno incluido en el precio de billete. Después de tomar “nescafé” calentito, empiezo a entrar en calor. Supongo que los meses de julio y agosto el entorno debe ser más impresionante por la nieve caída pero la temperatura, en esos meses y a esa altura, puede descender hasta los 20º bajo cero. Hoy creo que hemos llegado a los 3º. Frío, pero soportable durante un ratito. Muchos turistas aprovechan unas pozas con agua caliente para bañarse. Sólo verlos salir y observar los complicados movimientos para cambiar el traje de baño por ropa de abrigo, sin ninguna caseta que les proteja de miradas indiscretas, me hace temblar de frío.

El regreso ha sido entretenido, por el paisaje, por la oportunidad de ver vicuñas y por la parada en un pequeño pueblecito con rebaños cercanos de llamas. Sus pocos habitantes aprovechan el paso de los autobuses turísticos para recaudar algún dinero. Pinchos de llama a la brasa, te de hojas de coca, empanadas de queso recién hechas, venta de piezas artesanales, fotos con un llamita… Qué frío. Y estamos en verano. No quiero imaginar cómo debe ser vivir aquí todo el año, en esta altitud, a más de 80 kilómetros de San Pedro, donde debe encontrarse el centro asistencial más próximo.

La ventaja de levantarse tan temprano es que durante el día pueden hacerse muchas cosas. A primera hora de la tarde nos acercamos a las lagunas de Cejar. Aguas verdes con orillas blancas por la sal. Algunos llegan hasta aquí para zambullirse en el agua. El sol abrasa. El volcán se cubre de negras nubes que anuncian una próxima tormenta. Regresamos al hotel antes de que empiece a llover. Como siempre la pista con suelo ondulado y tramos arenosos se nos hace más corta al volver que cuando veníamos, sin saber dónde se encontraban las lagunas.



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