Crónica 55: del 21 de abril al 31 de mayo 2011
(2ª)


Perú, Ecuador y Colombia




Mi búsqueda de hotel en Lima se convierte en una prueba de perseverancia. Ya he comentado en anteriores ocasiones la dificultad que supone circular por vías rápidas en una capital desconocida. Las indicaciones que recibo, en segundos, aprovechando la detención momentánea ante semáforos en rojo, son confusas ya que no conozco las referencias que me indican. Diversas obras que me encuentro obligan a efectuar desvíos que complican aún más seguir la dirección correcta. El caos circulatorio creado por autobuses, taxis y coches que parecen dirigirse a apagar un incendio, no incrementa la dificultad. A esa forma de conducir ya estoy acostumbrado por anteriores experiencias mucho peores. Cuando por fin alcanzo el centro de la ciudad compruebo que es imposible detenerse cerca de los hoteles que busco. Las calles son estrechas. En los aparcamientos que veo con plazas libres no entra el Toyota por altura. Vale. Cambiaré de barrio. Al no llevar acompañante he de consultar el mapa sin perder tiempo. Imposible, ya que ignoro dónde me encuentro. Sigo preguntando. Llego a Miraflores, uno de los barrios de Lima más tranquilos con variadas opciones de alojamiento. Algunos hoteles que busco están cerrados, otros llenos y los que tienen plaza son muy caros. Tercera y última opción Barranco, algo más alejado. Afortunadamente he entrado en la ciudad a mediodía. Hubiera sido peor si hubiera llegado por la noche. El hostal que encuentro está muy bien. Tengo suerte, de las seis habitaciones con que cuenta queda una libre. Ningún letrero exterior. Una gran puerta de madera y un alto muro protegen el pequeño patio, la sala para desayunar y los cuartos con baño, televisor y ordenador. A unos cincuenta metros un aparcamiento cerrado, vigilado en el que dejo el coche durante los días que permanezco en la capital peruana.

Barranco fue, hace cien años, un centro veraniego de la clase alta de Lima. Ahora es uno de los mejores barrios, donde se mezclan antiguas mansiones con modernos edificios. Está sobre los acantilados que dan al mar. Calles tranquilas que se animan, especialmente por la noche, gracias a los numerosos bares, restaurantes y miradores. Para llegar al centro de Lima prefiero utilizar un taxi. En el hotel me recomiendan no subirme a ninguno que no lleve el número de patente en la puerta y que evite los coches pequeños, por inseguridad en su mantenimiento. Cuando piso la Plaza de Armas compruebo los grandes cambios que ha experimentado esa zona. La recordaba espectacular en 1977, algo abandonada en varias ocasiones años después y totalmente degradada, sucia y peligrosa en 1998. Ahora ha recuperado el esplendor de antaño. Los edificios que se levantan en la Plaza de Armas han sido restaurados. Los maravillosos balcones limeños destacan sobre las fachadas. Paseo por los alrededores sin ninguna sensación de peligro. Supongo que los visibles agentes de policía, estratégicamente situados, ahuyentan a los amigos de lo ajeno.

En la catedral visito el museo religioso que exhibe diversas pinturas, esculturas, ornamentos, algunas de coleccionistas privados. Me acerco a la capilla lateral en la que se encuentra la tumba de Pizarro. Ahí reposan sus restos desde 1985, después de que forenses norteamericanos determinaran que los huesos y calavera encontrados en una caja de plomo en la cripta pertenecían al cuerpo de Pizarro. Los restos que hasta entonces se creía que eran del conquistador correspondían a un oficial desconocido. Avances de la tecnología de identificación. Quiero acercarme hasta la estatua ecuestre del fundador de Lima que recuerdo en una esquina de la plaza. No la encuentro. Pregunto y me indican que ha cambiado de emplazamiento. Ahora esa figura que pertenece a un conjunto de tres esculturas de bronce idénticas –una en Lima, otra en Trujillo, España, y otra en Búffalo, EEUU- se encuentra ubicada en el Parque de la Muralla, un jardín junto al río Rimac. Desde ese lugar observo uno de los asentamientos que rodean la ciudad. En las laderas del cerro El Agustino las viviendas se han levantado de forma desordenada. La fotografía que muestro permite hacerse una idea de lo que pueden ser algunos barrios periféricos de la capital. Cerca de nueve millones, de los treinta que tienen nacionalidad peruana, residen en Lima.
Otro lugar al que quiero volver es el Monasterio de San Francisco, cerca del Parque de la Muralla. El conjunto de obligada visita ofrece suficientes atractivos para seguir el itinerario guiado que se ofrece en la entrada. Pero yo quiero algo especial, volver a encontrarme ante la tumba de Fray José de Guadalupe Mojica. Sería largo detallar el “por qué”. Breve resumen. José Mojica fue un tenor mejicano que triunfó como cantante de ópera y actor en Hollywood y Méjico. Su fulgurante carrera transcurrió entre 1916 y 1942. En 1926 conoció a María Grever en Nueva York. La lanzó a la fama al grabar su canción “Júrame”. En 1940 murió la madre de José Mojica. Sufrió una gran depresión y decidió cambiar su vida. Agustín Lara compuso para él “Solamente una vez” al saber que había decidido entrar en la orden franciscana. Se ordenó sacerdote en 1947. Murió en 1974 en el convento en el que me encuentro. El acceso al lugar donde reposan sus restos está clausurado pero… un amable guardián me acompaña hasta el lugar. En el recorrido por el convento aprecio el gran cambio que ha experimentado desde la última vez que lo visite. Se ha restaurado el claustro principal donde lucen las paredes con azulejos sevillanos de 1620. Se han descubierto frescos ocultos por cuadros que los tapaban. En general el convento se encuentra actualmente en perfectas condiciones. Se ha logrado gracias a aportaciones de distintas procedencias y al dinero que se recauda con la venta de entradas. Después de abrir una puerta cerrada tras un gran cartel que impide el paso entro en un pequeño corredor. A la izquierda está la tumba que busco. Si la memoria no me engaña, también ha mejorado. Una cancela que no recuerdo, pared revocada, luz, flores y fotos de José Mojica. Antes de salir, mi acompañante me permite fotografiar el cuadro de la Santa Cena que se distingue por varias particularidades. La mesa es redonda, entre dos apóstoles asoma la cabeza del diablo, entre las viandas se muestran rocoto, choclo (maíz tierno) y en el centro cuy, conejo de indias.
Desde la Plaza de Armas me dirijo a la Plaza San Martín por una calle peatonal, la calle de los Mercaderes. Tiendas, iglesias, mansiones, balcones… Me alegro de ver cómo se ha recuperado el centro histórico. Ha desparecido el mercadillo callejero “Polvos Azules” a donde acudían los más pobres para adquirir productos necesarios a los precios más bajos. El nombre del mercado se ha mantenido. Ahora está situado dentro de un edificio. En el sótano diversas tiendas ofrecen ropa, electrodomésticos, teléfonos, ordenadores, copias de música, películas, juegos, programas informáticos a unos precios inverosímiles. Copias perfectas de películas recién estrenadas, por el precio de un cd virgen en Europa. Esto también cambiará. Por cierto, en una galería me topo con una tienda que no tiene el menor recato en utilizar el nombre de una empresa mítica para cualquier sudamericano que visita España, “El Corte Inglés”.

Barranco mantiene su encanto. Antes de llegar al “Puente de los Suspiros”, donde se daban cita las parejas de enamorados, un gran cartel recuerda a la cantautora Chabuca Granda, creadora de canciones inolvidables como “La Flor de la canela”. Muchas de sus obras figuran en el repertorio habitual de María Dolores Pradera. En un bar clásico, en la plaza principal de Barranco, donde se reunían intelectuales y artistas, en los 60, me encuentro con Xavier, un menorquín que después de muchas vueltas por distintos países, reside desde hace años en este barrio. Sigue mi web, me escribió y ahora lo tengo delante de mí. Es fácil conversar con él. Descubrimos amigos comunes. Ceno en su casa, conozco a su mujer y a su sobrino, Sergi, 19 años, barcelonés, que está de visita. Quería viajar y su tío le abrió la puerta. Ha estado por Bolivia y varios lugares de Perú. Mochila y autobús. Otro más que ha probado la peligrosa fruta de inolvidable sabor. Decidimos acercarnos al Callejón de Huaylas, a algo más de 400 kilómetros. Un fin de semana largo que será sin duda bien aprovechado.



Salgo de Lima siguiendo el Toyota de Xavier. Llegamos a la panamericana dirección norte en algo menos de una hora. Tiempo record, teniendo en cuenta los múltiples atascos que producen las obras y desvíos que encontramos. No veo carteles indicadores. Yo hubiera necesitado el triple de tiempo seguramente. Pasamos cerca de algunos poblados donde se levantan precarias viviendas sobre laderas de cerros arenosos.
El Callejón de Huaylas es un estrecho y largo valle por el que transcurre el cauce del río Santa, que recibe el agua de las dos cordilleras que lo flanquean. Para llegar a Huaraz, la ciudad más poblada, hemos pasado junto a extensas plantaciones de caña de azúcar antes de iniciar el ascenso al punto más alto del valle. La carretera, bien pavimentada y señalizada, encadena curvas y subidas pronunciadas. Pasamos del nivel del mar a 4000 metros de altitud. A partir de ahí se inicia un largo descenso de 340 kilómetros, siguiendo el curso del río, hasta su desembocadura en el océano Pacífico. A mi izquierda se alza la Cordillera Negra que se caracteriza porque sus picos que alcanzan los 5100 metros no reciben nevadas. En cambio la Cordillera Blanca que contemplo a mi derecha muestra sus espectaculares cimas blancas. Es la cordillera tropical más alta del mundo con 27 nevados que superan los 6000 metros de altitud. Llegamos a Huaraz cuando se oculta el sol. Xavier es el guía natural, conoce bien la zona, se dirige sin dudar por laberínticas calles hasta el hostal donde se aloja habitualmente. Conoce también los mejores restaurantes, ya que aquí no hay gran variedad. Los precios, algo más elevados que en Bolivia, resultan irrisorios comparándolos con los europeos.

Huaraz, a 3000 metros de altitud, recibe gran número de visitantes extranjeros, en especial europeos, amantes de los deportes aventura. Aquí hay donde elegir, esquí, esquí acrobático, andinismo, parapente, escalada en roca, bicicleta de alta montaña, caminata, pesca, descenso de ríos… Nosotros nos conformamos con llegar hasta las dos lagunas que se encuentran en la quebrada de Llanganuco. El ascenso hasta ellas, a 3800 metros es lento, la pista mal mantenida exige ir esquivando, en lo posible, numerosos baches. Cuanto más penoso sea el camino mejor, menos personas encontraremos. El premio para los que superan los obstáculos es alcanzar un paraje extraordinario. Rodeadas de paredes pétreas cortadas, por las que se desliza el agua, el azul de las dos lagunas. Sobre las negras rocas, a las que se agarran vistosos conjuntos de bromelias, destacan varios picos nevados. El más espectacular el Huascarán, 6768 metros, máxima altura de la Cordillera Blanca. Xavier tiende sobre hierba una lona que nos protege de la humedad. Comida campestre enriquecida por el entorno. Estamos a mayor altura que el Teide, el pico más alto de España, y hemos de levantar la cabeza para contemplar los nevados que nos circundan. Día soleado con ambiente fresco por la altitud. Aceitunas, atún, queso francés, rebanadas de pan enriquecidas con aceite de oliva virgen. ¡Qué momento más placentero!. En todo el tiempo que hemos permanecido en la quebrada únicamente hemos compartido ese gran espacio con dos parejas que hemos detectado a gran distancia.

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