Crónica 56: del 1 de junio al 30 de septiembre 2011
(1ª)


Colombia, Panamá y Costa Rica





El 31 de mayo interrumpí una vez más el viaje para pasar dos meses en España. Estoy de vuelta. He regresado para seguir el camino que inicié hace casi cuatro años. No es fácil ir y volver. Cuando se inicia un viaje de largo recorrido hay que aceptar el futuro incierto, una sensación de temor ante los posibles contratiempos que puedan presentarse. La experiencia te asegura que los sufrirás, pero también te recuerda que serán ampliamente recompensados por las gentes, lugares y emociones que enriquecerán tu vida. En fin, a las pocas horas de estar volando hacia Bogotá dejo atrás familia, amigos, comodidad y… aburrimiento. Abro el mapa y decido el itinerario que voy a seguir esta primera semana. Flor, mi hija pequeña, llegará a Cartagena de Indias, para acompañarme durante mes y medio.
El Toyota, en perfecto estado, arranca al primer intento. Bien. Gracias a Isabel, Domènec y por supuesto Bernardo, me encuentro cómodo, en casa. Así es más fácil readaptarme al estilo de vida que interrumpí hace dos meses.

Salgo de Bogotá con lluvia. La carretera principal que une la capital de Colombia con Medellín esta cortada por deslizamientos de tierra desde hace unos meses. La ruta alternativa exige una vuelta de 150 kms. por una calzada deteriorada con escaso mantenimiento. Paciencia. En el obligado itinerario se encuentra Armero, un pueblo situado a 50 kms. del volcán Nevado del Ruiz. En 1985 una erupción provocó el deshielo del glaciar. Cuatro ríos de barro, rocas y troncos, descendiendo a 60 kms. por hora arrasó el pueblo de Armero. De sus 29.000 habitantes sobrevivieron 9.000. Recuerdo las impactantes imágenes que llegaron a España enviadas por el equipo de TVE, formado por la corresponsal Ana Cristina Navarro y el reportero gráfico Evaristo Canete. Televisión pura. La fuerza de la imagen. Conciencia global de injusticia e impotencia. No es lo mismo leer que han muerto 20.000 personas que ver, casi en directo, la lenta agonía –tres días- de una niña atrapada, con el agua a la altura de los labios. Omayra Sánchez. Al pasar por la zona unos niños venden vídeos de aquel trágico suceso.

Algunos tramos del camino que me lleva a Medellín tienen mala fama. Mejor no detenerse. Se han producido algunos robos y asaltos, según leo en algunos foros colombianos de viaje. Puede ser, si así lo dicen, pero yo no experimento sensación de peligro. Me detengo a comer algo. No puedo elegir. La única opción es un compuesto de arroz, frijoles, maíz y carne de cerdo, envuelto en una hoja de plátano. Me sabe a gloria. Antes de que anochezca, después de dar algunas vueltas, llego a Medellín. No me detengo en la ciudad, la segunda más importante del país. Sus barrios se han extendido por las laderas de las montañas que la rodean. Clima primaveral, dos estaciones –seca y lluviosa-, bellas mujeres, flores, aeropuerto peligroso, paramilitares y… narcotraficantes. Tópicos acuñados por realidades circunstanciales o temporales. Aquí murió Carlos Gardel en un accidente aéreo. El cártel de Medellín llegó a controlar en 1980 el 80% de la cocaína que exportaba Colombia. Su jefe, Pablo Escobar, ascendió rápidamente. De ladronzuelo llegó a diputado. En 1989 la revista Forbes lo consideró el séptimo hombre más rico del mundo. Se desató una guerra con el cártel de Cali para controlar la exportación de cocaína, especialmente a EE.UU. Las calles de Medellín se convirtieron en campos de batalla. Sólo en 1990 se registraron 5.300 asesinatos. Escobar fue abatido por la policía a finales de 1993. Paramilitares. Hay que resumir, con todos los riesgos que comporta, para intentar comprender qué pasa en Colombia. ¿Por qué es un país peligroso? El principio es político, reivindicaciones de los más pobres que no son escuchadas por los más ricos. Latifundistas que explotan a los campesinos. Nace la guerrilla. FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el ELN (Ejército nacional de Liberación). El dinero que proporciona la droga les permite adquirir armamento. Aparecen nuevos terratenientes que compran grandes extensiones terreno con el dinero que proporciona la cocaína. Forman grupos militarizados para defenderse de la guerrilla. Poder, drogas, dinero, armas… una combinación explosiva que golpea con total falta de escrúpulos a los más desamparados, los campesinos. He visto carteles, con caras fotografiadas, clavados en árboles, en los que un determinado grupo amenaza de muerte a aquellos que voten a determinados candidatos. Únicamente tienen posibilidad de salir elegidos aquellos que acepten las condiciones de las bandas. Me refiero por supuesto a zonas totalmente alejadas de las grandes ciudades. Armas, muchas armas, gente sin futuro con un presente desolador. Un momento. Estoy describiendo una Colombia horrorosa. No me he internado por zonas alejadas de las carreteras principales. No he visitado barrios marginales. Me he paseado por la noche por las calles con mayor animación del centro de Bogotá. He deambulado por calles transitadas de distintas ciudades y pueblos. No he presenciado ninguna situación violenta. Muy al contrario. Todo el mundo con el que he tratado se ha mostrado educado y amable. Buena gente con un país rico y maravilloso. Qué pena.

He pasado unos días en casa de Juan Restrepo, colombiano en España, español en su país de origen. Fue corresponsal de TVE en Roma, Oriente y Colombia. Sus amores y querencias se reparten entre las diversas zonas del mundo en que ha residido. Su hogar es un oasis, con frondoso y cuidado jardín, en el que se recogen recuerdos orientales y europeos. Otro reportero de la vieja escuela que contempla a diario la canalización de la información parcial que se ofrece actualmente por televisión. Nos encontramos unos días antes de que inicie un viaje por oriente. Quiere mostrar a Silvia, su compañera, algunos lugares (de los muchos que se encuentran en nuestro planeta) distintos, enriquecedores.
Cuando he recorrido unos 40 kms. en dirección a Cartagena debo detenerme. Una barrera impide el paso. Delante de mi dos coches y tres camiones. Dos horas que van a retrasar mi llegada. Es temprano, tengo muchos kms. por delante. Ojalá pueda llegar con luz diurna a la ciudad costera desde la que tengo que enviar el coche a Panamá por barco. Cuando levantan la barrera adelanto los camiones y sigo por un tramo montañoso. De repente coches del ejército y policía. Paso junto a los restos del atentado que ha motivado el cierre del tránsito. Una bomba activada a distancia ha destrozado un vehículo policial que pasaba por el lugar. Los dos agentes que viajaban en su interior han muerto instantáneamente.
Cuando empieza a caer el sol encuentro la autopista que lleva a Cartagena. La abandono para tomar una salida señalizada en un cartel. Error. Cuando ya no puedo retroceder compruebo que es una vía alternativa. No es fácil dar la vuelta, numerosos vehículos, noche cerrada. Paciencia. Cuando me acerco a los barrios periféricos un atasco gigantesco. Obras. Lluvia. Barro. Cinco carriles que se convierten en uno. El que no para pasa. Camiones y autobuses a ambos lados. Después ancha avenida rápida. Luces. Murallas a mi izquierda. En las detenciones ante semáforos, pregunto. Llego sin mayores complicaciones hasta el barrio de Bocagrande, donde se levantan altos edificios y numerosos hoteles.

Flor llega a Cartagena después de haber soportado un largo viaje desde Barcelona. Viene al Caribe. Trópico. Calor. Primera sorpresa. La temperatura que ha sufrido en los distintos aeropuertos y en el interior del avión la ha obligado a cubrirse con mantas y reconfortarse con calientes cafés con leche. Segunda experiencia: el largo proceso de introducir el Toyota en un contenedor para ser embarcado con destino a Panamá. La carretera panamericana se corta en Colombia. No hay pista para coches que atraviese la densa selva del Darién… o tal vez si, pero es una zona muy peligrosa con grupos armados y senderos de narcotraficantes. Todos los viajeros que cruzan América de norte a sur o viceversa embarcan sus vehículos para superar ese “tapón”. Algunos para evitar el paso por Colombia dan el salto desde Guayaquil. Yo he elegido Cartagena. Hay dos posibilidades: utilizar un contenedor -2.000 dólares USA- o un buque Ro-ro que trasporta vehículos, anclados en la cubierta -1.400 $-. ¿Diferencia? Tienes que entregar las llaves. Al recoger el coche te pueden haber robado lo que hayan encontrado en el interior. El contenedor va sellado, es más seguro. Opto por esa última posibilidad. Un inciso. Cartagena es caliente y húmeda. Antes de poder introducir el coche en el contenedor hay que pasar el control de los agentes contra el narcotráfico. Después de paseos varios por diversas áreas del puerto, siguiendo al agente que se encarga de tramitar todos los documentos necesarios, nos dicen que hay que sacar todo lo que llevamos. Todo. Menos mal que está Flor. Voy sacando objetos, ropa, libros, recambios, herramientas, cámaras… todo. Ella cuidadosamente lo posiciona sobre un plástico que hemos encontrado para aislar el suelo que está sucio. Cuando la agente comprueba que el coche está vacío, empieza a investigar que no transportamos ninguna sustancia prohibida. Si es un libro lo hojea, si un tubo con crema extiende sobre las yemas de los dedos una pequeña porción la extiende y olfatea, igual si se encuentra con un vaporizador. Sus manos enguantadas recorren todos los huecos, oquedades, bolsillos. Abre cajas, es concienzuda, metódica. Se dirige a nosotros con una sonrisa, amable. Hace su trabajo. Antes de que volvamos a colocar todo en su lugar, más o menos, trae un perro que olfatea todos los rincones. Cuando se nos abren ante nosotros las puertas del contenedor asignado han pasado más de cuatro horas desde que entramos en el recinto portuario. Coloco los neumáticos de recambio en el interior e introduzco el coche lentamente. Aun me sobran tres centímetros de altura. Compruebo como colocan las fijaciones que impedirán el movimiento o balanceo del Toyota. Se cierran puertas y colocan dos sellos metálicos que garantirán que no se ha abierto el contenedor antes de entregármelo.

Disponemos de tres o cuatro días antes de recuperar el coche en Panamá. El trayecto se cubre en veinticuatro horas, pero hay un fin de semana por en medio. Volaremos a Panamá el sábado. Hasta el próximo lunes no nos acercaremos a Colón, puerto panameño en el Caribe. Es temporada baja de turismo en la zona porque ha empezado la época de lluvias. Tenemos suerte y sólo diluvia por la noche.

El barrio en que se encuentra el hotel en el que nos alojamos es similar a los que pueden encontrarse en algunas zonas turísticas con playa. Salvando las distancias, con menor extensión, recuerda Benidorm, en España, o Surfers Paradise, en Australia. El mayor atractivo de Cartagena se centra en el casco histórico, rodeado de murallas, para defenderla de los ataques por mar y en la fortaleza de San Felipe de Barajas, para protegerla de los enemigos que pudieran llegar por tierra. Empezamos la visita por este fuerte que queda algo alejado del centro histórico. Su estratégica situación y sus inexpugnables murallas fueron determinantes para desmantelar y derrotar en 1741 la poderosa flota inglesa, con 180 navíos, que intentó tomar la ciudad. Esta mañana, bajo un sol de justicia, ascendemos por las rampas que conducen hasta las más altas almenas, desde las que se goza de un punto de vista privilegiado. Nos sumergimos en los laberínticos pasadizos que recorren el subsuelo del fuerte, comunicando diferentes áreas.

Es fácil moverse dentro del recinto amurallado, si se dispone de un mapa. En algunos sectores, aquellos en los se encuentran los edificios administrativos, bancos, tiendas, las calles están llenas de personas desplazándose con determinación. Saben a dónde van, cumplen las tareas que se han propuesto. En el momento que uno se aleja de esos lugares, el tiempo se transforma, cambia, transcurre lentamente. Largas calles con algunos turistas que nos vamos deteniendo para contemplar los edificios coloniales, en su mayoría bien conservados. Grandes casonas con patos interiores. Fuentes y flores. Balcones, rejas de madera. Cartagena ofreció grandes oportunidades a decididos comerciantes que consiguieron fortuna y llegaron a convertirse en nobles. Hoy quedan sus mansiones. Muchas de ellas transformadas en hoteles o restaurantes.
Plazas y zonas ajardinadas con esculturas, vendedores de artesanía. Numerosos cafés en los que descansar. Alternamos en nuestro itinerario murallas con tranquilas calles en las que se levantan casas de llamativos colores. Algunos templos se ha convertido en museos, como el de Santo Domingo, el más antiguo, que incluso, en determinado momento, fue utilizado como fuerte. Al salir nos encontramos con una escultura de Botero, “Gertrudis”, una más. Nos sorprendemos al toparnos con una réplica de la famosa “Font de Canaletas”, lugar de encuentro de los seguidores del FC Barcelona. Una donación del Ayuntamiento de la ciudad condal y la Sociedad General de Aguas de Barcelona. En la plaza de armas algunas esculturas que representas distintos oficios. Zumos y agua de coco, que venden en carretillas ayudan a soportar el fuerte calor y la elevada humedad.

Regresamos por la noche a las solitarias calles del centro histórico. En una tranquila plaza arbolada, iluminada por los candiles de artesanos que confían en lograr una última venta, cenamos en una terracita. Boleros tradicionales, a un volumen adecuado, mientras disfrutamos de unos deliciosos platos de cocina peruana. Después un último paseo por las desiertas calles, iluminadas por farolas. ¿Es aconsejable caminar por lugares solitarios en Colombia? Como en cualquier lugar del mundo, depende. Hasta determinada hora, en Bocagrande o el centro histórico de Cartagena, si. Numerosa policía permanece vigilante, para evitar asaltos y robos a los turistas, importante fuente de ingresos para la ciudad.

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