Crónica 57: del 1 al 31 de octubre 2011
(1ª)


Costa Rica-Nicaragua-Honduras-Guatemala-Méjico




Dejo Cahuita con cierta sensación de tristeza. Es el lugar en el que he permanecido más tiempo desde que salí de Barcelona. Tres semanas tranquilas sin mirar un mapa, elegir itinerario ni buscar un sitio dónde dormir. Ignoro cuándo volveré a encontrarme con Mar y Elvi. Hemos mantenido largas horas de conversación recordando tiempos pasados, valorando el presente e intentando visualizar el futuro cercano. Hemos compartido calor, tormentas, lluvia. Durante las horas diurnas, mientras ellas se esforzaban en mantener el extenso jardín tropical que rodea las cabañas, yo ordenaba fotografías, leía o me acercaba al pueblo. Recorría los cuatro kilómetros de pista sin prisa. Me había familiarizado con el entorno. Playa Negra, Playa Grande, la curva mal iluminada por la noche en la que se habían producido un par de asaltos a confiados turistas, el bar de Las Olas, un clásico bajo los cocoteros cerca de la orilla, que será derribado porque se encuentra a menos de doscientos metros del mar, el campo de futbol… En las cuatro calles del Cahuita contestaba saludos. La familia china del pequeño supermercado me ofrecía la verdura fresca que acababa de llegar en el camión. Compraba pan al italiano tatuado que ofrecía su producción artesanal transportada en bicicleta. Daba unas monedas a la educada austriaca de Salzburgo, destrozada físicamente por la droga, que solicitaba una ayuda para comprar algo de comida. En la lavandería esperaba pacientemente a que finalizase una partida de dominó hasta que el encargado, jamaicano rastafari, se levantase, recogiera la bolsa de ropa sucia y con una gran sonrisa se comprometiera a tenerla limpia en dos horas. Nunca lo logró. Al anochecer, cuando los machetes de Mar y Elvi regresaban a sus fundas, los caminos se iluminaban y los perros se tumbaban alrededor de la mesa, ese pequeño mundo creado en “Atihuac” se transformaba en una burbuja libre de lugar y tiempo. Un pequeño paraíso.
Una vez más todo queda atrás al volver a la pista. Alaska me espera. Quiero llegar a Cancún a final de mes. Las noticias que leo en los periódicos son alarmantes. Época de lluvias en Centroamérica, con posibles cortes de carreteras, asesinatos, raptos, asaltos, robos, policía corrupta… Vamos, más de lo mismo que en la mayoría de los países sudamericanos. Sigo creyendo que el principal peligro se encuentra en la carretera. Conductores temerarios, grandes camiones, autobuses que intentan cumplir un horario.
Uno de los principales destinos turísticos de Costa Rica es el entorno del volcán Arenal, uno de los 16 volcanes más activos del mundo. Su última gran erupción fue hace 43 años. Sigue lanzando lava y fumarolas. El pueblo más cercano es La Fortuna, con aguas termales, cascadas, lago, deportes de aventura… Llego antes de que anochezca. Negras nubes ocultan el majestuoso volcán. Mientras ceno empieza a diluviar. Se cumplen los pronósticos. Este año las lluvias van a ser especialmente intensas por el efecto de “La Niña”. Dando una gran vuelta alrededor del lago me incorporo a la panamericana que me lleva hasta Granada, en Nicaragua.

Ha cesado la lluvia, el paso de la frontera ha sido relativamente sencillo. Trámites en varias oficinas, alejadas unas de otras, sellos, fotocopias, pago de un permiso de circulación, seguro, cambio de moneda. Inspección rutinaria del interior del coche sin obligarme a abrir armarios ni arcón. A las tres de la tarde, al llegar a Granada, me dejo llevar por la intuición y encuentro un hotel encantador, a un precio razonable, en el centro de la urbe.
Las dos ciudades más interesantes del país son Granada y León. Las dos fundadas en 1524 por Francisco Hernández de Córdoba. A mediados del siglo XIX finalizó el cambio de capitalidad entre una y otra al lograrse un acuerdo entre liberales, León, y conservadores, Granada, para establecer de forma definitiva la capital de Nicaragua en Managua. Las dos ciudades coloniales han soportado similares tragedias en su historia. Terremotos, incendios, asaltos de piratas.
A escasos doscientos metros del hotel una calle peatonal donde se encuentran al anochecer todos los turistas. Restaurantes, hoteles, bares, tiendas de artesanía… En uno de sus extremos la plaza central, la Catedral. En el otro, lejano, el lago Nicaragua con tres islas, dos volcanes y cientos de islotes, algunos, con lujosas viviendas, propiedad privada. Es algo mayor que el Titicaca, con una especial singularidad: es el único lago de agua dulce en el mundo con tiburones, aunque hace años que no se avistan. Entraron desde el mar por el río San Juan y allí se adaptaron. Ah, olvidaba añadir que además de la arquitectura colonial de Granada el turismo se siente atraído por las múltiples y variadas ofertas de las agencias locales. Navegación por el lago, ascensos a volcanes, pasarelas a gran altura entre árboles centenarios, tirolinas, kayaks.

El primer día recorro el centro histórico caminando, una paliza. Calor y humedad. Llego hasta el muelle desde donde parten los barcos que se dirigen a la isla de Ometepe, con dos volcanes activos. El trayecto dura cuatro horas. ¿Qué puedo hacer cuando llegue a la isla? Ascender a los volcanes… caminando, playas, alquilar una bicicleta, pasear… Vale. ¿Algo más cercano que no requiera gran esfuerzo físico? El volcán Mombacho, 1400 metros de altitud. Se puede llegar hasta la entrada del parque en coche… si es 4x4. Si no unas furgonetas cubren el trayecto. Salvo un pequeño tramo de tierra, la estrecha calzada está pavimentada. La pronunciada subida está dividida en dos partes. A mitad de camino se llega a una finca cafetera que ofrece deporte de aventura. Mientras espero que la vía quede libre – se avisan por teléfono para que no coincidan dos vehículos en la cuesta- me explican todo el proceso del café, desde la siembra a la taza. Luego puedo degustar los tres tipos que elaboran: natural, torrefacto y con canela. Cuando me permiten continuar hacia la cumbre comprendo por qué únicamente permiten la circulación de 4x4. Es necesario subir con reductora. Pendiente, curvas muy cerradas, badenes, entre bosque frondoso.

Al llegar al centro de visitantes se me ofrecen dos posibilidades: recorrido corto o largo. El primero será suficiente. Unos dos kilómetros rodeando el cráter. Subidas y bajadas siguiendo un sendero que permite acceder a excepcionales miradores sobre el gran lago Nicaragua o transitar entre una densa vegetación con una extraordinaria biodiversidad. Junto a un árbol un cartel me informa que sobre el tronco y ramas que tengo delante se han desarrollado 35 especies vegetales, mayor número que todas las especies de árboles de un bosque típico de Suecia. Curioso. Parece ser que se debe a la altura, temperatura, proximidad del lago y vientos. La bajada del volcán es más divertida incluso que la subida.
Empleo el resto de la tarde para conocer otros pueblecitos cercanos a Granada. Desde el mirador de Catarina contemplo la laguna de Apoyo, 6 kms. de diámetro, 200 metros de profundidad, en un viejo cráter. Sus aguas no tienen salida. El nivel varía dependiendo de lluvia y evaporación.
Antes de seguir hacia León me acerco al volcán Masaya. No recuerdo cómo es a pesar de que me asomé a su cráter principal hace unos 30 años. Se confunden las imágenes en mi memoria. Recuerdo a unos hombres cargando pesados sacos de azufre sobre sus espaldas ascendiendo penosamente por un camino entre rocas. No, es imposible que fuera aquí. En el Parque Nacional Masaya, el primero y más grande de Nicaragua, hay varios cráteres y calderas. La última erupción, hace ocho años, provocó una nube de cinco kilómetros de altura. Desde la barrera que impide acercarse al borde contemplo el profundo cráter Santiago del que se elevan nubes de gases sulfurosos. No puedo ver el fondo del cráter. Las paredes cortadas. No me extraña que los españoles, en el siglo XVI, al encontrarse ante el lago de lava de un kilómetro de diámetro que mostraba por aquel entonces, creyeran encontrarse ante la puerta del infierno. Incluso un fraile alzó una gran cruz de madera como protección ante el Diablo. Hoy como recuerdo se alza en el mismo lugar una gran cruz de metal. Claro que no todos huían despavoridos. La superstición puede ser vencida por la codicia. En 1538 otro monje estaba convencido que el hirviente magma era oro líquido. Descendió, con la ayuda de varios hombres, hacia la masa incandescente utilizando un ingenioso conjunto de poleas y cuerdas. Dentro de una cesta, con la cabeza protegida por un casco, el hábito arremangado, una cruz y una calabaza con vino, que ayuda a templar el alma, descendió 300 metros hacia el fondo del cráter. Logró sobrevivir y volver con una caldero lleno de lava. Al enfriarse el “oro” se transformó en piedra negra sin valor alguno.

Aunque el cielo está cubierto me decido a seguir un camino que conduce a otros dos cráteres. Después de asomarme al primero, un guarda me pregunta si quiero cubrir el sendero circundante. Dos kilómetros. Puedo continuar por el que he llegado, llano, sin ninguna dificultad, pero sin vista del cráter. Me aconseja que suba una pendiente de arena y grava. Una vez en lo alto podré caminar por el borde gozando de una perspectiva extraordinaria. Supero el resbaladizo desnivel, alcanzando el punto más alto. La vista sobre el cráter es soberbia pero… qué miedo. Un resbalón y me precipito al vacío. ¿Y por este borde tengo que caminar dos kilómetros? Ni loco, es suficiente con lo visto. Si la subida no ha sido fácil la bajada se presenta complicada. Decido descender apoyando las posaderas sobre la gravilla. El guarda me advierte que el pantalón puede mancharse. Le respondo que eso tiene fácil solución, en cambio un esguince o una torcedura puede inmovilizarme durante tres semanas. Hace ya unos años que asumo riesgos meditados. ¿Puedo? ¿Es necesario? ¿Compensa? ¿Quiero?

No me apetece detenerme en Managua. Intento evitar el denso tráfico de la capital utilizando la carretera de circunvalación. Sigo las indicaciones de otros conductores hasta que consigo ver un cartel que indica León. Bien. Buen asfalto… hasta que encuentro baches, tierra y socavones. Poco tránsito, algún camión. Un conductor me aclara que estoy en el camino antiguo. Hay otro nuevo, más corto, con excelente pavimento. Me quedan 20 kms de mala carretera. Sigo hacia León. Empieza a llover cuando, afortunadamente, me encuentro con la impecable autovía Managua-León.

 

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