Crónica 59: del 13 diciembre al 2 enero 2012
(1ª)


Méjico - EE.UU




Antes de empezar a escribir un nuevo relato siempre consulto el anterior. ¡Uf¡. Cómo pasa el tiempo. Qué lejos queda Guadalajara. ¿Lejos? No llega a dos meses el tiempo transcurrido. La rutina del viaje destroza la monotonía. Todos los días son diferentes. Nuevos lugares, personas y costumbres que imperceptiblemente van modificando mi comportamiento. La vida se estira con el viaje de largo recorrido. Si dos meses me producen esa sensación, imaginad lo que siento cuando recuerdo que hace más de cuatro años que salí de Barcelona para iniciar esta vuelta al mundo. Todavía me queda un largo trecho por recorrer antes de que el Toyota cruce la frontera entre Francia y España, pero ya contemplo cercano el fin del viaje. Menos de un año. Si, ya se que muchos de vosotros pensareis que eso es mucho tiempo, demasiado tal vez. ¿Pero cómo puedo explicar la relatividad de ese concepto? Se enfrentan dos deseos contrapuestos. Por un lado quiero regresar a casa y por otro continuar viajando. Imaginad al universitario que está en cuarto año de una carrera de cinco. Quiere terminar y conseguir el título, pero sabe que después tendrá que luchar con fiera competencia para conseguir un buen puesto en la sociedad en la que le ha tocado vivir. Comprendo a los viajeros que no encuentran el momento de detenerse y buscan diferentes medios de financiación que les permitan seguir hacia delante sin mirar atrás. No es mi caso. Regresaré y… prepararé otro viaje menos ambicioso, más corto. Tal vez Mongolia, si es posible. Las noticias que leo son preocupantes. Todo puede cambiar para mal, para peor. Ojalá no llegue a producirse el anunciado bombardeo de Israel sobre Irán. Las consecuencias serían desastrosas. Vale ya. El futuro siempre es incierto. Vuelvo al presente que es lo real y lo que tenemos.

Recojo a Rosa María en el aeropuerto de Guadalajara. Como siempre activa, intentando planificar los próximos días. Se sorprende cuando le digo que he comprado hace días el billete del barco que mañana nos llevará de Mazatlán a Baja California. Ella suponía que estaríamos más tiempo en Méjico. Comprueba inmediatamente la situación inestable de los estados del norte del país, aceptando el cambio de planes. Sólo disponemos de un día para pasear por Guadalajara, ella ya la conocía. El centro histórico es muy interesante. En el Instituto Cultural Cabañas, impresionante edificio neoclásico, antiguo hospicio, declarado en 1997 Patrimonio de la Humanidad, pueden contemplarse murales de José Clemente Orozco, entre los que destaca “El hombre de fuego”, en la cúpula de la capilla. Patios y salas muestran diversas obras de varios artistas mejicanos.
Es agradable pasear sin rumbo por las calles de Guadalajara. Disfrutamos de la temperatura excelente que proporciona el soleado día, cielo despejado sin nubes, aunque hemos leído que en el norte las montañas se han cubierto de nieve y los termómetros han bajado de los cero grados. El viaje es así, como la vida. Hoy bueno, mañana…
Al día siguiente mientras cubrimos la distancia que nos separa de Mazatlán, por autopista de pago, segura, nos detenemos en un pueblecito para tomar un café. Mientras estamos sentados en la terraza vemos pasar varios coches militares, con ametralladoras pesadas, a gran velocidad, abriendo paso con estruendosas sirenas. Los encontramos a unos cinco kilómetros del bar en el que nos habíamos parado. Un coche en el centro de la calzada muestra en puertas y cristal delantero los impactos de bala recibidos. Dos cadáveres. Ajuste de cuentas entre bandas rivales del narcotráfico. Ese estado de inseguridad latente impide disfrutar plenamente de los numerosos atractivos turísticos que ofrece Méjico. No puedo evitarlo. Tengo ganas de llegar a Baja California, seguir hacia EEUU y Canadá. Tal vez estoy superando los límites aceptables de incertidumbre, después de meses por Sudamérica y las últimas semanas por Centroamérica.
Se pierde mucho tiempo en embarcar. Primero los camiones, en marcha atrás para facilitar el desembarque. La travesía dura unas catorce horas. Poco oleaje pero fuerte viento, frío, que mantiene desiertas las cubiertas exteriores. Dormimos plácidamente acunados por el suave movimiento del barco. Cuando nos despertamos ya estamos cerca de la costa de Baja California. Contemplamos un paisaje montañoso desértico. Cuando llegamos a puerto seguimos el orden de embarque. Primero descienden los camiones, luego los coches. Como estábamos en la bodega inferior somos de los últimos. Ahora hay que superar el estricto control militar para detectar drogas, explosivos o armamento. No perdemos mucho tiempo cuando nos toca el turno. Debemos parecer inofensivos porque únicamente se limitan a confiar en el olfato del perro que se pasea por el interior del coche. Vemos pasar a una pareja de jóvenes suecas que se dirigen en bicicleta a Alaska. Vienen de Tierra del Fuego. Han superado la parte más dura de su largo itinerario, la soledad y el viento de Patagonia, el esfuerzo físico exigido para pedalear por los Andes, la monótona travesía del desierto de Atacama, las caravanas de camiones por las serpenteantes mal mantenidas carreteras colombianas y la inseguridad de Centroamérica y Méjico.
Abandonamos el puerto que se encuentra alejado de la ciudad de La Paz. Buscamos un hotel y caminamos por las calles poco concurridas del centro. Descubrimos la primera de las muchas misiones que vamos a encontrarnos en California. Paseamos junto al mar. Esto es diferente. Tranquilo. Es un lugar de veraneo en la época en la que estamos, invierno. Todavía no hemos llegado a las fechas navideñas. Dentro de unos días se llenarán los hoteles, restaurantes y bares. Las lanchas surcaran las tranquilas aguas que tenemos ante nosotros dirigiéndose hacia alguna isla cercana. Mejicanos y norteamericanos comparten esta zona de Baja California para escapar de la nieve y el frío.
Antes de seguir hacia el sur, hasta el extremo de Baja, nos damos una vuelta por los alrededores. A 50 kms. se encuentra el Santuario de los Cactus, una gran reserva natural que tiene abierta al público una zona en la que pueden contemplarse gran variedad de cactus, siguiendo un sendero con diversos carteles informativos. Descubrimos uno que nos llama la atención. “Crecimiento epifitito de cactos sobre plantas de mezquite”. Curioso. “Epifita (del griego epi sobre y phyton planta) se refiere a cualquier planta que crece sobre otro vegetal usándolo solamente como soporte, pero no lo parasita”. Perfecto.


La zona con mayor afluencia de norteamericanos se reparte entre San José del Cabo y Cabo San Lucas, en la punta sur de Baja California. Buenas carreteras, hoteles, centros comerciales, agencias de viajes, casinos, bares… en fin, lo habitual en cualquier parte del mundo que ofrezca mar y sol durante todo el año. Para nosotros no tiene ningún interés, ya que lo que buscamos cuando viajamos no es descansar tumbándonos al sol. Nos parece bien, pero nos aburrimos.
Ignoro la causa pero Rosa María me habla sobre el Galeón de Manila. Supongo que vemos algún cartel o monumento que lo recuerda. Maravillosa historia que yo desconocía. Desde 1522, por los acuerdos firmados, Portugal monopolizaba las rutas comerciales a Oriente. España, Inglaterra, Francia y los Países Bajos se veían obligados a pagar fuertes cantidades de dinero si quería acceder a los productos que importaban los portugueses. Se abrió una nueva vía: Acapulco-Manila. Ese fue el motivo por el que los españoles colonizaron Filipinas, nominadas así en honor a Felipe II. Portugal comerciaba con la India y las Molucas. De 1565 a 1815, doscientos cincuenta años, las especias, sedas, terciopelos, cerámica china, joyas preciosas, oro elaborado, ámbar, y un sin fin de objetos procedentes de oriente, podían llegar a Europa también después de un largo periplo por mar, desde Manila a Acapulco, por tierra hasta Veracruz y nuevamente por mar hasta puertos europeos. Para la travesía por el Pacífico se construyeron grandes galeones, la mayoría en Filipinas, que podían transportar hasta 2.000 toneladas con una eslora de 50 metros. Cuatro meses de navegación. 250 años de una excepcional ruta comercial. ¿Cuándo una película? Muchos sajones están convencidos de que la primera vuelta al mundo en barco fue la del capitán Cook. Un siglo antes lo había conseguido Juan Sebastián Elcano. Hay que reconocer que nos publicitamos muy mal. En el 2010 se construyó una réplica de uno de aquellos galeones. 51 metros de eslora, seis cubiertas. El “Andalucía” tres meses después de partir de Sevilla amarró en el puerto de Shanghái, coincidiendo con la Exposición Universal. Un loable intento que mereció escaso interés de las Televisiones públicas españolas.
Las mejores carreteras de Baja California conectan los cabos San José y San Lucas. Son pocos los que llegan hasta aquí desde EEUU en coche. Desde Tijuana son 1.746 kms., lo mismo aproximadamente que entre Madrid y Ámsterdam. Por supuesto la ruta no es una autopista. Montañas, tramos en obras… y un paisaje desértico espectacularmente decorado por las más variadas especies de cactus que alguien pueda imaginar. En ocasiones la ruta transcurre cerca del mar de Cortés, la lengua del océano Pacífico que se introduce entre Baja California y los estados de Sonora y Sinaloa. Aguas transparentes con abundante vida marina, un lugar ideal para los aficionados a la pesca deportiva.
Pasamos por Todos Santos, con el tiempo justo, antes de que anochezca para tomarnos algo en el Hotel California. Se dice que ese es el hotel que inspiró a los Eagles su celebre canción de 1976. Podría ser ya que la letra parece haberse escrito bajo el efecto de alguna sustancia psicotrópica. No es de extrañar además porque en la época hippy, años 60-70, Todos Santos gozaba de una producción de marihuana muy apreciada por los jóvenes norteamericanos que llegaban a ese paraíso perdido. Hoy es un pueblo agradable que se extiende paralelo a la costa. Aprovechando los últimos minutos de luz nos acercamos hasta una Earthship que se levanta en un paraje desértico, algo alejada de cualquier otra vivienda. Hablaré más delante de las Earthships. Son viviendas ecológicas autosuficientes. La que nos encontramos está cerrada. Únicamente podemos ver el exterior.
Siguiendo hacia el norte encontramos calas de agua transparente con pequeños restaurantes. Moteles solitarios. Algún autocaravana con matrícula de California.
Nos desviamos de la ruta principal para llegar a la segunda misión que se levantó en Baja California, San Francisco Javier Vigge Biaundo, de 1699. Un oasis entre montañas sin vegetación. Está considerada la “Joya de las Misiones de Baja California” por su diseño y buena conservación. Todavía se mantienen los olivos que plantó el jesuita que inició esta obra. El conjunto de la misión es espectacular. Colofón del impresionante paisaje que hemos contemplado antes de llegar hasta aquí. Zona montañosa, desértica, con pronunciadas pendientes y curvas cerradas. Los últimos diez kilómetros por pista de tierra cruzada por pequeños arroyos.

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