Crónica 60: del 3 al 14 de enero 2012
(1ª)


EE.UU




Desde hace muchos años quería llegar, algún día, a las ruinas de las viviendas de los indios norteamericanos situadas en acantilados. Las había descubierto gracias a algún documental que había visto en TV. Ahora las tengo a mi alcance. Las mejor conservadas se encuentran en el estado de Colorado, en el Parque Nacional de Mesa Verde, nombre que le dieron los primeros europeos que llegaron hasta aquí, los exploradores españoles que buscaban una ruta que permitiera alcanzar California desde Santa Fe. Mesa Verde por las numerosas mesetas cubiertas de vegetación. Una zona poco poblada con gran numero de altas sierras y profundos valles.
Para llegar al parque hay que superar primero una larga ascensión hasta la meseta. Curvas cerradas, cuestas pronunciadas, algunas con capas de nieve helada. Vistas espectaculares que varían después de cada curva. A medida que vamos subiendo nuestra visión se amplía hasta las montañas lejanas con las cumbres blancas. Durante el invierno se cierran algunos pasos. Este parque recibe anualmente muchos excursionistas que siguen itinerarios que pueden exigir pernoctar en zonas apropiadas. También para ellos, estos meses, se han bloqueado algunos caminos. Las ruinas mejor conservadas, las más espectaculares, son las que se encuentran en el “Cliff Palace”, 200 habitaciones y 23 Kivas, los espacios circulares, hundidos, que se utilizaban como centros ceremoniales. En invierno se ha cerrado el acceso. Sólo podemos verlo desde un mirador en la otra pared de cañón.

Aquí vivían los anasazi, antepasados de los indios pueblo actuales y muchas de las tribus que se extendieron por Utah, Nuevo Méjico, Arizona y Colorado. Sus viviendas fueron abandonadas con anterioridad a la llegada de los españoles. Se supone que la principal causa fue una gran sequía. Construyeron sus casas con piedra, mortero, adobe y vigas de madera en esas cuevas en los acantilados para protegerse de la lluvia, la nieve, el viento y posibles enemigos. Lo sorprendente es que las ocuparon durante poco tiempo, ya que según las investigaciones arqueológicas esas casas y almacenes se ubicaron en esos lugares tan especiales ochenta años antes de que las abandonaran. Anteriormente, durante siete siglos, se habían mantenido en la parte más alta de la meseta, donde sembraban sus campos. Se conoce poco de esa cultura ya que no dejaron nada escrito.
Sí nos paseamos por “Spruce Tree House”, al que accedemos desde un aparcamiento cercano al museo, después de descender por el cañón y subir hasta las ruinas. La cercanía del torrente les facilitaba la caza de los animales que se acercaban en busca de agua. Estamos prácticamente solos. Un guarda nos señala los escalones por lo que podemos acercarnos a una kiva reconstruida y unas habitaciones techadas, con la escalera de madera que permitía entrar en el habitáculo desde un agujero en el techo.

Siguiendo la carretera seguimos el borde de la meseta. Desde varios miradores se disfruta de una perspectiva inmejorable. Desde uno de ellos contemplamos la estructura más alta de Mesa Verde, “Tower House”. Como el resto de las edificaciones de los acantilados ese enclave estuvo ocupado entre el 1200 y el 1300. No dejamos de observar las nubes, se desplazan rápidamente. Cuando se oculta el sol hace frío. Afortunadamente podemos visitar las distintas ruinas de viviendas y kivas excavadas que se han protegido bajo techado en la zona más alta. Logramos regresar a la vía principal antes de que anochezca.


Se mantiene el buen tiempo. Podemos acercarnos al Cañón del Chaco, otras ruinas de asentamientos anasazi. No está muy claro el acceso. Hay tres posibilidades, pero siempre al final hay que utilizar un camino de tierra. Según nos explican, el parque se encuentra en territorio navajo. Sus representantes no quieren asfaltar los tramos de pista. Bien sea para dificultar el ingreso de automóviles, bien por ahorrar el dinero que supondría la obra. Una vez en el parque no hay mayor problema, se puede conducir hasta los diferentes puntos importantes por asfalto, esa obra se ha financiado con el presupuesto de Parques Nacionales.
Ha aumentado el interés por recorrer el cañón después de ver las ruinas de los acantilados de ayer. Además echamos en falta un poco de aventura. En el cañón los teléfonos no tienen cobertura, los mapas de los gps no están bien configurados. No hay que fiarse del navegador. Bien. Regresamos al uso de los mapas tradicionales. El primer tramo de pista es bastante bueno con algo de ondulación. El piso está seco aunque todo los que nos rodea está cubierto por un manto blanco de nieve. Tenemos que atravesar un tramo de nieve y barro que no presenta ninguna dificultad. Llegamos al centro de visitantes, recogemos mapa detallado de qué se puede ver y donde se encuentra. En las notas están señalizados todos los caminos que los excursionistas pueden recorrer para llegar a lo alto de mesetas con miradores. Desechamos la opción. Se puede acceder a ruinas y petroglifos sin pegarse una paliza. Además algunos senderos se han embarrado.

Entre la información que leemos se menciona la zona de acampada. Se advierte que por la noche la temperatura desciende hasta entre - 6 y – 10 grados. No hay electricidad, ni agua potable. Ni hotel ni estación de servicio. Como añadido tranquilizante se advierte que en el norte de Nuevo Méjico los roedores pueden transmitir peste bubónica y Hantavirus, que provoca fiebres hemorrágicas y una infección pulmonar muy grave. Supongo que las posibilidades de que te muerda un roedor transmisor son prácticamente inexistentes, pero se cubren como los laboratorios farmacéuticos con las contraindicaciones. No reclames que ya te avisamos.
Recorremos los distintos emplazamientos con ruinas. Construcciones semejantes a las que vimos anteriormente en Aztec y Mesa Verde. Pero aquí se encuentran cerca de un acantilado del que se han desprendido grandes bloques de piedra, que destruyeron algunas viviendas. En las paredes se pueden observar los agujeros en los que se encajarían palos que debieron soportar pasarelas.

Al salir del Cañón del Chaco seguimos en dirección sur para encontrarnos con la ruta 66. Los guardas nos han proporcionado unas indicaciones confusas. Hay que reencontrar el asfalto después de cubrir un tramo de pista. Tenemos dos opciones. Corto y largo. No nos aconsejan el corto, está impracticable. Desaparecen las dudas. Pongámonos en marcha lo antes posible. Seguimos por la Navajo Road, una pista infumable, con profundas roderas sobre barro seco. Conecto el navegador y se empeña en enviarnos por pistas cubiertas de nieve helada. No hay alternativa. Seguimos por la única vía posible. El sol empieza a bajar y nos ciega. Lo tapo con la mano. Antes de que sea noche oscura el navegador parece que por fin ha encontrado la carretera. Tenemos la 66 a menos de cien kilómetros de asfalto. No me gusta conducir por la noche pero aquí es menos peligroso que en otros países.

Por la mañana comentamos el itinerario a seguir. Podemos continuar por la 66 o dar una gran vuelta y regresar a la 66 un poco más adelante. Si se mantiene el buen tiempo podremos ver algunos de los Parques Nacionales más sobresalientes. Tenemos tiempo, luce el sol. Sin dudar, hacia el sur. Pero antes de abandonar Gallup desayunamos en “El Rancho”, un hotel que no hay que perderse. Se construyó en 1937. Su propietario, el hermano de D.W.Griffith, director de “El nacimiento de una nación”, aprovechó sus buenas relaciones con los grandes productores de Hollywood para que ”El Rancho” se convirtiera en la base donde alojar a actores y equipos que debían rodar en exteriores cercanos. Durante 24 años, de 1940 a 1964, sus habitaciones fueron ocupadas por las grandes estrellas. En las paredes del primer piso fotografías, muchas dedicadas, de John Wayne, Errol Flynn, Humphrey Bogart, Jean Harlow, Kirk Douglas, Rita Hayworth, Gregory Peck, Jane Fonda… infinidad. Ronald Reagan también se hospedó en “El Rancho”. Hoy, cuando las películas del oeste han dejado de interesar al gran público y la Interestatal 40 ha apagado los neones de la Ruta 66, “El Rancho” sigue activo ofreciendo el mejor desayuno de Gallup, junto al salón con gran chimenea ante la que se sentaron los grandes rostros del cine. También, para los mitómanos, la oportunidad de dormir en la misma habitación que utilizaba, por ejemplo, Katherine Hepburn.



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