Crónica 62: del 3 de febrero al 5 de abril 2012
(1ª)


EE.UU




Dejo a Rosa María en el aeropuerto de Los Ángeles, nos separamos hasta finales de mayo. Ella vuela hacia lejanas islas del Pacífico y yo me dirijo hacia la costa este de EEUU. Si todo transcurre como hemos planeado volveremos a encontrarnos para compartir viaje por Canadá y Alaska.
Antes de abandonar la ciudad me acerco a un concesionario Toyota para recoger un filtro de gasoil que había pedido hace unos días. Resulta complicado el mantenimiento del coche en EEUU, incluso un simple cambio de aceite. No hay automóviles con motores diesel. Tendré que pedir algunos filtros para que me los envíen desde España.

Sigo la Ruta 66 para llegar al lugar donde se rodó en 1987 la película “Bagdad Café”. Solitario lugar, en el desierto de Mojave, que reconozco inmediatamente. Ahí está el destartalado motel y la caravana metálica en la que vivía el personaje interpretado por Jack Palance. La cadena de montañas y la remendada cinta asfáltica por la que apenas transita vehículo alguno. Es un lugar más desolado y perdido que el de la película. El motel es pura ruina, puertas desvencijadas, techos rotos. Totalmente abandonado. El viento arrastra polvo que entra por las ventanas sin cristales. Hace años que no se ilumina por la noche el cartel de neón que sigue manteniéndose sobre el poste inclinado cercano a la carretera. En la puerta del café dos hombres con los que converso unos minutos. Dos personajes totalmente integrados con el decorado en el que me encuentro, un afro americano con el cabello recogido en una red y un caucásico, con sombrero, con una botella de whiskey bajo el brazo. El interior está dividido en dos salas, a la derecha de la entrada, la barra y cinco mesas. Mientras espero que me sirvan el almuerzo –hamburguesa Jack Palance- me entretengo en curiosear las distintas notas, fotos, banderines que han ido dejando los nostálgicos viajeros que como yo guardan un inolvidable recuerdo de la película. A la izquierda de la entrada un salón con un piano desvencijado, más mesas. Entre pegatinas y camisetas una bandera española con la firma de varios compatriotas que han dejado constancia de su paso por aquí. No me ha hecho falta el acompañamiento musical de “Calling you”, en la voz de Jevetta Steele. He estado tentado de apretar esa tecla en el tocadiscos, pero me he contenido. Imagino que las personas del bar deben estar hartas de escuchar esa canción. La oigo en el silencio del exterior roto por el viento. Podrían aparecer en cualquier momento Brenda y Jasmin.
Hoy en día “Bagdad Café” abre de 7 a 7. Sobrevive gracias al turismo, como los demás bares y restaurantes de la “Histórica Ruta 66”.

En el camino hacia San Antonio paso por curiosos lugares como Holbrook donde un motel en vez de habitaciones ofrece alojamiento, junto a coches antiguos, en réplicas de las tradicionales viviendas de los indios. Me parece sorprendente el nombre de un pueblo, “Truth or Consenquences”, popular concurso de radio, entre 1940 y 1957, que más tarde repitió éxito en televisión. En 1950 “Hot Springs”, de Nuevo Méjico, decidió cambiar el nombre. Como si algún pueblo español hubiera decidido renombrarse “Un, dos, tres” o “Un millón para el mejor”.
Salirse de las carreteras interestatales es circular por vías desiertas sin apenas tránsito, especialmente en estos desérticos estados del sur. Duermo una noche en Las Cruces, cerca de donde fue asesinado Pat Garrett, el sheriff que acabó con la vida de Billy el Niño. La persona que dirige el motel es una salvadoreña encantadora, siempre sonriente, madre de un niño de cuatro años. Lleva quince años en Las Cruces. Una vez fue a “White Sands”, el cercano desierto con dunas de yeso que vi con Rosa María hace unas semanas. Trabaja de siete a siete, siete días por semana. Y está contenta. Me recomienda el restaurante que se encuentra a menos de treinta metros, al lado de la carretera. Abren a partir de las seis de la tarde. Salón de madera, con gran pantalla en la que se ofrecen retransmisiones deportivas. Afortunadamente sin sonido. Llega música del salón contiguo, en el que actúa una banda de country. Filetazo tierno de carne roja, con ensalada, frijoles, gran patata asada y verduras por 14 dólares. El sitio es auténtico. Todos se conocen, sombrero tejano, botas, cinturones con chapas metálicas. Ellas y ellos. La mayoría por encima de los cuarenta. Buen ambiente.

Llego a San Antonio coincidiendo con fin de semana y sol resplandeciente. Me acerco al barrio “King William” donde se concentran gran número de mansiones edificadas por antiguos inmigrantes alemanes, a mitad del siglo XIX. Algunas se han convertido en museos. Todas están perfectamente mantenidas, con cuidados jardines. Es una delicia pasear por la solitaria calle principal. Me detengo en una esquina intentando localizar un edificio determinado. Veo una pareja con un plano en la mano. Mientras buscamos en el mapa se acerca una vecina con intención de ayudarnos. Empieza a contar la historia del barrio. Está claro que tiene ganas de hablar. Me pregunta de donde vengo. Le detallo. Me propone contarlo ante una cámara. Para resumir. Me hacen una entrevista para Univisión, la principal cadena de TV en español de EEUU. En 1984 estuve en Dallas. Tenía dos días libres e intenté acercarme a San Antonio. No pudo ser. ¿Cómo podía imaginar entonces que 28 años más tarde un periodista me entrevistaría hablando sobre mi viaje de vuelta al mundo en coche? Me complace no saber qué nos depara el futuro.
San Antonio es la principal ciudad turística de Tejas. ¿Por qué? ¿Qué atractivos ofrece? Hay varios pero los dos que nadie se pierde son los paseos en barca por el río y la visita a El Álamo, la antigua misión en la que los secesionistas tejanos se enfrentaron al ejército mejicano. No se salvó nadie de los que defendieron el precario fuerte, entre ellos Davy Crockett. Los que no cayeron en la batalla fueron ajusticiados por los asaltantes. Nació la leyenda de los héroes de El Álamo, magnificada por el cine y la televisión. Se ha restaurado la misión. Cerca de la entrada se levanta un monumento a los héroes.
Coincido con la celebración de una importante feria que tiene lugar cada año. Además de lo habitual en ese tipo de celebraciones, chiringuitos de comida y bebida, tómbolas, atracciones, actuaciones musicales en directo… hay un plus: rodeo. Cowboys montando potros y toros, inmovilización de reses sirviéndose de lazos…


Sigo dirección este, huyendo del frío y la lluvia. Llego a Houston con la posibilidad de presenciar el último día de Carnaval en la ciudad costera de Galveston. Se encuentra a unos 100 kms. Cerquita, gracias a las excelencias de las autopistas gratuitas. Houston es multicultural por la distinta procedencia de sus habitantes. Cerca del 50% son latinos. Se hablan más de 90 idiomas. Se calcula que unas 400.000 personas, un 7% de la población que reside en el gran Houston, son ilegales. La industria petrolífera que se desarrolló desde principios del siglo XX ha creado una gran y variada oferta de puestos de trabajo.
En los días que he permanecido en la capital del petróleo no me he acercado al centro. He pasado muy cerca rodeándolo por alguna de las numerosas autopistas por la que se desplazan a gran velocidad camiones y coches. Una vez más me alegro de contar con la ayuda del navegador. Cuatro carriles en cada dirección, con un par más de servicio. Cruces de hasta cinco niveles a distinta altura. Dudar y equivocarse en desvío o salida provoca pérdida de tiempo. Un día en que únicamente fui desde el motel al concesionario Toyota recorrí 120 kms entre ida y vuelta. En Los Ángeles es posible llegar de un barrio a otro, aunque estén alejados entre si, evitando las autopistas. En Houston es imposible.

Mientras buscan en Toyota aceite para motor diesel y correas, que he tenido que cambiar porque después de casi 200.000 kilómetros mostraban pequeñas grietas, un coche para clientes me ha acercado a un centro comercial para que las horas que tengo que esperar sean algo más llevaderas. Conversando con el conductor ha surgido el tema de los idiomas. El sólo habla inglés y le molesta que intenten que aprenda español. En el taller la mayoría son hispanohablantes pero he comprobado que entre ellos, a menos que sean de la misma nacionalidad, hablan inglés. Los dos mecánicos que revisan mi coche son salvadoreños. Es comprensible que entre ellos hablen castellano, pero con el recepcionista, que es mejicano, se entienden en inglés. No creo que el idioma sea el problema, más bien xenofobia.

Llego a la tranquila ciudad de Galveston, una isla que después de la guerra de secesión se convirtió en uno de los principales puertos del país gracias al comercio del algodón. El nombre es una evolución de “Ciudad de Gálvez” ( gobernador español de Luisiana)= Gálvez Town = Galveston. En su corta pero accidentada historia ha sufrido diversos huracanes que obligaron a reconstruirla en varias ocasiones. Durante la época de la Ley Seca la isla era conocida como “El Estado Libre de Galveston” porque una familia de delincuentes se hizo con el control de la ciudad. Alcohol, prostitución y casinos. Hasta los cincuenta fueron los reyes. Finalmente la policía cumpliendo la ley cerró los negocios de los mafiosos. Hoy es una población tranquila, con calles paralelas cuadriculadas en las que se levantan en su mayoría viviendas de madera de dos plantas. Larga playa de arena en la que está prohibido bañarse, por lo menos en la zona que he visto.
Es martes, último día de carnaval. En el barrio antiguo de la ciudad, donde se encuentran bares, restaurantes, hoteles e incluso una ópera, calles desiertas. Se supone que dentro de dos horas se inicia el desfile que pondrá fin al carnaval del 2012. Para pasar el rato, después de caminar por todas las calles en las que apenas se ve gente, me acerco hasta la zona portuaria. Encuentro un restaurante agradable desde el que contemplo un barco de vela, restaurado, que en su tiempo se dedicó al trasporte de algodón. Se construyó a finales del siglo XIX en Escocia, fue recuperado de un cementerio de barcos en El Pireo en 1975. Ha sido utilizado para pasear turistas por las aguas del golfo de Méjico hasta hace poco, ya que le han retirado el permiso de navegación por putrefacción del casco. A la espera de reparación, amarrado en el muelle, abre sus cubiertas como museo a los interesados en ver su interior. Me encuentro a gusto pero sorprendido porque he venido a ver el desfile de carnaval y lo único que pasa ante mí son pequeños grupos de jubilados que disfrutan de su tiempo libre. Es el carnaval menos desmadrado que he visto en mi vida. Poco a poco se van llenando las mesas, bajo porches, de los bares de la calle principal del barrio antiguo. La mayor atracción es la que proporcionan las personas que lanzan, desde terrazas de los edificios, collares de plástico a quienes desde la calle, con gritos y movimiento de brazos, intentan acaparar el mayor número posible de “trofeos”.

No espero que caiga la noche. Visto lo visto no creo que el espectáculo valga la pena. Aumenta el consumo de alcohol. Prefiero regresar a Houston antes de que se establezcan los controles de policía que intentarán evitar que la autopista se convierta en una competición de conductores borrachos. Por cierto, una noticia que leí hace unos días denunciaba el choque múltiple de varios automóviles en una autopista, afortunadamente sin daños personales, provocado por el coche de un ayudante de sheriff que se había quedado dormido, borracho, con el coche atravesado en mitad de la calzada.
Sí ha valido la pena visitar El Centro Espacial Lyndon B. Johnson donde se ubican las instalaciones de la NASA, desde donde se controlan las actividades tripuladas espaciales de EEUU. Durante horas he recorrido las diferentes salas del centro de visitantes donde se exhibe todo lo relacionado con la exploración espacial. Los programas Mercury, Gemini, Apolo, Skylab, Estación Espacial Internacional y los transbordadores, del Challenger al Endeavour. He visto dos documentales extraordinarios, con pantalla múltiple, sonido espectacular e incluso chorro de vapor en la sala en el momento del despegue. La explicación de toda la historia de la exploración espacial. Mientras el narrador resume los hitos más destacados, detrás de él en una gran pantalla, en ocasiones completa en otras dividida en tres segmentos, se van mostrando imágenes. Desde el “Sputnik” a lo que puede llegar a ser el último proyecto diseñado, la llegada de astronautas a Marte. Todo. Inolvidables momentos como cuando Neil A. Armstrong, 1969, fue el primer hombre que pisó la superficie lunar o la explosión del Challenger, en 1986, a los 73 segundos después de su lanzamiento. Ver los rostros de los tripulantes antes del fatal desenlace y los de todos aquellos que presenciaban la trayectoria una vez se produce la explosión es sobrecogedor. Para gran parte de las personas que estamos en la sala es únicamente un retazo dramático de la historia, para el resto, en el que me incluyo, es regresar a un momento de nuestras vidas que permanecía no olvidado pero sí aletargado. Impactante.

En un transporte eléctrico de vagones nos llevan hasta donde se encuentra un cohete Saturno V, que reconstruyeron utilizando piezas recuperadas. El Saturno V, diseñado por Werner von Braun, fue el lanzador utilizado en los programas Apolo y Skylab. Se exhibe en un hangar en el que se detallan todas las misiones. El cohete era desechable y se componía de diversas fases que iban desprendiéndose a medida que se agotaba el combustible que portaba cada una de ellas. Es brutal. 110 metros de altura por diez de diámetro. En la última fase la cápsula en la que se alojaban los astronautas. Impresionante.
El convoy va pasando entre los distintos edificios del recinto de la NASA. Extensas zonas de aparcamiento desiertas. Es festivo. Parece que los programas atraviesan un momento de incertidumbre por falta de recursos económicos. He leído que las instalaciones de Cabo Cañaveral se han puesto a la venta o alquiler al haber finalizado el ciclo de los transbordadores. Empieza a diluviar. Nos registran y pasamos por un arco detector de metales antes de entrar en la “Sala de Control” desde donde se han dirigido todos los vuelos con astronautas realizados en EEUU desde 1965. Permanecemos unos quince minutos en el área asignada a prensa e invitados. Nos separa de la sala una mampara de cristal. En pantallas laterales se muestran imágenes del interior de la sala, con sonido, durante el control de un lanzamiento. Fue aquí donde se escuchó al astronauta Jack Swigert, durante el accidentado viaje del Apolo 13, en 1970, diciendo “Ok, Houston, we've had a problem here” (Houston hemos tenido un problema). Eso fue lo que dijo no lo que yo recordaba, "Houston, we have a problem" (Houston tenemos un problema).

En el edificio especialmente dedicado a mostrar todo lo relacionado con la exploración espacial hay varias áreas en distintos pisos. Piedras lunares, distintas cabinas de pilotaje, cápsulas espaciales, diferentes trajes, comida, utensilios, una réplica del Skylab que se utilizaba para que los astronautas se habituaran al espacio y rutinas diarias… todo lo imaginable con una iluminación tenue. Algunas salas apenas tienen visitantes. Los más jóvenes “juegan” con los abundantes simuladores distribuidos en la gran sala central. Aterrizar con un transbordador o intentar encajar el vehículo espacial en el lugar adecuado de la Estación Espacial Internacional, por ejemplo. Otros prefieren encerrarse en un simulador con movimientos laterales y giros sobre mismos como si pilotasen una nave.
En varias pantallas pueden verse imágenes de astronautas en el Skylab o en La Estación Espacial efectuando diversas actividades con gravedad cero o realizando en el exterior reparaciones de satélites o acoplando nuevos elementos. Paseos en el espacio, protegidos con escafandras. En una pared las fotos de todos los astronautas. Equipos y misiones. Ahí están Pedro Duque y Michael López Alegría. Cuando salgo del recinto de la Nasa es noche cerrada. Ahora me doy cuenta de que han transcurrido ocho horas que me han pasado volando. Regreso al presente. ¡Que suerte haber vivido en esta época de grandes avances tecnológicos! ¿Qué será lo próximo?

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