Fin del viaje: del 8 de julio al 26 de agosto 2012
(Canadá - Europa)






Estas últimas líneas sobre mi viaje de vuelta al mundo las escribo en el tranquilo refugio de Banyeres del Penedès. Han transcurrido ya tres meses desde que abandoné Calgary para dirigirme a Nova Scotia donde embarqué el Toyota con destino a Amberes.
Siendo Canadá el segundo país más grande del mundo no es extraño que la distancia que separa esas dos ciudades sea algo más de 5.000 kms. Llanuras. Campos cultivados. Abundante agua. Carretera interestatal y línea ferroviaria, cerca una de otra, facilitan el transporte de los productos ganaderos y agrícolas que generan las numerosas granjas que se observan dispersas en la lejanía. Los campos de colza destacan entre la ajedrezada distribución de parcelas cultivadas o en barbecho. Sigo la carretera que transcurre paralela a la frontera con EEUU. Conducción monótona hasta llegar a la zona de los grandes lagos. Me desvío para acercarme a la orilla del lago Superior, el lago de agua dulce más grande del mundo, con una superficie algo menor a la de la comunidad de Andalucía.

Todo perfecto. Seguridad total. Duermo en el coche después de elegir emplazamientos solitarios en lugares que ofrecen vistas panorámicas excepcionales. Despertar, asearme, preparar el desayuno con ese privilegiado entorno es la mejor manera de iniciar el día.
En un acantilado del lago se mantiene el mejor conjunto de pinturas rupestres del estado de Ontario. Sigo a pie el accidentado camino entre altas paredes rocosas, rodeado por frondosa vegetación. El lugar ideal para ver las pinturas es desde una barca, pero estoy solo sin ningún embarcadero a la vista. Afortunadamente las aguas del lago se mantienen mansas. Desciendo por las rocas agarrándome a una cadena estratégicamente colocada para evitar posibles caídas por las resbaladizas inclinaciones de la pared. Ahí está, delante de mí, el monstruo del lago, Misshepeshu, un dragón acompañado por un par de serpientes.
Verano, buena temperatura, lagos… numeroso turismo interior en los pueblecitos que cruzo. De vez en cuando, alguna sorpresa. “La Española”, un pueblo que se ha desarrollado alrededor de una fabrica de papel. Durante la segunda guerra mundial la fabrica, abandonada a causa de la Gran Depresión, se utilizó como campo de prisioneros alemanes. Hoy la fábrica funciona, los turistas vienen a recorrer el río en piraguas. El mismo río que utilizaron antaño los comerciantes de pieles y madera. ¿El origen del nombre? Una razia, en 1750, de los indios Ojibwe en misiones del sudoeste aportó a la comunidad una cautiva española. Terminó casándose con un jefe indígena.

Evito la carretera principal para llegar a Ottawa. Conduzco por bucólicos parajes con escaso tránsito de vehículos. Tengo la oportunidad de pasar por el puente cubierto Marchand, 152 metros. Impresionante. Se mantiene gracias a la firme oposición ciudadana a la destrucción planificada por la inauguración de un puente moderno a escasos kilómetros. Ha sobrevivido también a los desperfectos causados por grandes bloques de hielo en los inviernos extremadamente duros.
En Ottawa, Montreal y Quebec disfruto de museos y de los mil atractivos que ofrecen esas ciudades. En Quebec procuro con nula fortuna conseguir una entrada para asistir al concierto de Pink Floyd que se celebra en “Los llanos de Abraham”, cerca de la fortaleza que se levanta en la colina que domina la ciudad. 75.000 entradas. Todas vendidas. Ha llegado gente de todo el mundo para presenciar el gran espectáculo, “Wall Tour 2012”. Las entradas “siéntate sobre la hierba donde puedas” se han vendido a 100 $. Espero media hora en la cola de devoluciones pero nadie logra una entrada. Lo he intentado.
En Halifax, adonde regresaré dentro de unos días, me acerco al cementerio donde están enterradas 120 víctimas del naufragio del Titanic. Algunas no fueron identificadas. Las lápidas siguen una alineación que recuerda el casco de un buque. En el museo marítimo, en el centro de la ciudad, hay varias salas dedicadas al Titanic con diversos objetos recuperados.

Los días que me quedan hasta la fecha de embarcar el coche los empleo en parte en visitar la isla del Príncipe Eduardo, unida al continente por un largo puente. En esta época es agradable conducir por las solitarias carreteras que me permiten acercarme a los emplazamientos más destacados. Algo aburrido. Las granjas parecen campos de golf. La distribución de la tierra parece equilibrada. Granjas agrícolas o ganaderas, bosques, parques estatales, costa con pequeñas urbanizaciones de veraneo, algunos pueblecitos de pescadores, ciudades sin altos edificios. La mayoría de los edificios están construidos con madera. Restaurantes que ofrecen la especialidad de la zona, langostas. No están mal pero no pueden competir con las sabrosas calderetas de Fornells, Menorca.

En el oeste de Nova Scotia, cerca de Digby, hay una serie de islas unidas por trasbordador. En la última de ellas, Brier, se ofrece la oportunidad de acercarse a ballenas. Puedo probar… una vez más. En la oficina de turismo me recomiendan que no espere al día siguiente, la jornada se presenta excelente, a partir de mañana empezarán las lluvias. Contra reloj por las carreteras de montaña. Logro enlazar con los transbordadores. Cuando llego al embarcadero me ofrecen dos opciones, salir inmediatamente -son las once de la mañana-, en una zodiac con traje impermeable o esperar a las dos de la tarde hora en que saldrá una embarcación más grande con un grupo numeroso. Elijo la segunda, más confortable, menos caro. Sol, olas soportables, abundancia de ballenas. Por fin puedo verlas, cerca. El piloto se anima, se aleja de la costa que desaparece entre algo de niebla. El sol se oculta antes de que lleguemos a puerto. No me gusta conducir de noche pero no tengo opción, hotel reservado. Un grupo de vehículos formamos una pequeña caravana que se reagrupa al llegar a los transbordadores. Al día siguiente me doy un atracón de “vieiras salvajes”. Estoy en el lugar adecuado. Canadá es el primer exportador mundial.

En Halifax abandono el Toyota en un contenedor que lo transportará a Amberes. Como me quedan algunos días para volar a Bélgica regreso a Montreal que en verano potencia especialmente los lugares públicos, parques, calles peatonales, ferias y festejos con actuaciones en directo. He encontrado un hotel estupendo, cerca de Chinatown. Lo reservé hace un mes a 50 $ la habitación y hoy cuesta 170 $ por noche. Uno de los días recorro algunos de los pasillos subterráneos que comunican estaciones de metro con centros comerciales, edificios de oficinas, bloques residenciales, conjuntos de ocio… 40 kilómetros para resguardarse del frío extremo que reina en el exterior.
El último salto entre continentes me permite comprobar la comodidad que ofrece el nuevo Airbus A-380, clase Premium, en el piso superior. 555 plazas divididas en diferentes clases. Cierro los ojos y recuerdo vuelos realizados hace años en distintos artefactos voladores, avionetas, helicópteros, Douglas DC 3… inolvidable el vuelo desde el oasis de El Oued, en Argelia, a la capital. Un avión biplano, con diez pasajeros, cinta adhesiva tapando roturas en la tapicería de los asientos. Aeropuerto sin torre de control. Cola a pie de la escalera. Bajan dos, suben dos. Mañana tal vez haya otra oportunidad para los que se quedan en tierra.

En Bruselas, a la espera de que llegue el barco que transporta el coche, deambulo por calles y parques. En la Grand Place contemplo la gran alfombra de flores (25x75 metros) con la que se ornamenta –en agosto de los años pares- el centro de ese maravilloso conjunto de edificios singulares. Me acerco hasta la fuente de Jeanneke Pis. El contrapunto al célebre Manneken Pis. Incluyo foto de la fuente.
Después en pocos días el final. Recojo el coche en Amberes y regreso a Barcelona. No siento tristeza al pasar los Pirineos por finalizar un viaje tan envidiable. Era tiempo de volver. Me esperaban cuatro bodas a las que quería asistir. También eso ha pasado ya. Ahora tengo que pensar en el futuro inmediato.
Inmediato es esta semana. Me voy a Marruecos. La vida, el viaje… sigue aunque haya finalizado mi viaje de vuelta al mundo.


Mis más sinceros agradecimientos a Juana Sosa y Fernando González Dörner por su desinteresada aportación en el diseño y mantenimiento de la web. Gracias por su paciencia, complicidad, comprensión y trabajo.


Enviado desde Banyeres del Penedès el 9 de octubre de 2012
Kilómetros recorridos 227.390 durante cuatro años y diez meses.

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