Crónica 10: del 18 al 21 de abril 2008 (1ª)

Turquia






DEL 18 AL 21 DE ABRIL 2008

Aunque deseaba ponerme en marcha temprano para no perder el día buscando hotel en Estambul, no arranque hasta las once de la mañana.

Duermo tan confortablemente en el Toyota que ni el ruido de los camiones, que hacían un alto en la zona de descanso donde me encontraba, logro despertarme. Había quedado en llamar a Nicolás, profesor del Instituto Cervantes a quien conocí hace cinco años en El Cairo, cuando llegase a la Plaza Taksim. Habla turco perfectamente, se había ofrecido para ayudarme a encontrar un hotel en condiciones, ni caro ni pulgoso.
Vuelta a entrar en la autopista. Estoy a 50 kms de Estambul, trafico intenso. Aunque perdió la capitalidad en 1923, continúa siendo la ciudad mas poblada de Turquía, entre 13 y 15 millones de habitantes. Dejo Asia para volver a entrar en Europa pasando por el puente sobre el Bósforo. Que horror. Otra vez intentando llegar a un lugar por calles que no conozco. En cuanto entro en la parte europea salgo de la autopista. No puedo estacionar el coche para preguntar. Vías rápidas o calles estrechas con atasco continuo. Desde la ventanilla ruego a los transeúntes que me indiquen el camino a seguir cundo llego a un cruce. ¿Derecha, izquierda, recto? Sordo totalmente a los bocinazos de los conductores que circulan detrás de mi. Reconozco algunas calles. Creí que estaba mas cerca. Tardo una hora en llegar a la plaza Taksim. Encuentro un parking que cuesta cuatro euros, eso si, puedo estar ocho horas por ese precio. Si me paso un minuto, me advierten, cuatro euros más. Llamo a Nicolás, no contesta. Estoy en la zona más animada de la ciudad. Hoteles, restaurantes, bares, centros Internet… aprovecho para mandar el relato de Ankara. Nicolás sigue sin contestar. Empiezo a buscar hotel. Todos son muy caros. Bueno, caro o barato es algo muy relativo, caros para mi. Encuentro uno, la mejor oferta, 45 euros. He de sumar lo que costara el parking en el que dejare el coche los días que me quede aquí. Algunos solo funcionan durante el día, cierran por la noche. Necesito uno que este de servicio las 24 horas. Lo encuentro, diez euros por día. Se me esta disparando el presupuesto. Turquía va a romper la media de gasto diario que había logrado. Antes de entrar en el país, contando todo, billetes de barco, comida, gasoil, visados, hoteles, todo, estaba en 33 euros por día.
Por fin logro hablar con Nicolás, tuvo festón la noche anterior, se ha levantado a las tres de la tarde. Lleva quince años en Estambul, perfectamente adaptado. Empezamos la búsqueda de hotel. Visitamos un par que no me gustan. Me propone uno que podría estar bien. El Director es un antiguo alumno suyo. Bien situado, cerca del Pera Palas, buena zona. El Gran Hotel de Londres, construido en 1892, un clásico, protegido por la ley de conservación de sitios y monumentos. Precio especial por ser amigo de Nicolás, 30 euros, eso si, la habitación es pequeña, muy pequeña, me advierte. Efectivamente lo es. No me importa, Tengo mesita, servicio con ducha, puedo conectarme a Internet por wifi, ¿Qué más quiero?. Cambiamos el coche de parking, después de dar varias vueltas. Ninguno de los que están cerca del hotel admiten el Toyota porque es grande y difícil de maniobrar.
El hotel es divertido. En su tiempo debió tener clientes muy distinguidos. La habitación que ocupo debía ser una de las destinadas a los sirvientes. Hay otras, a 140 euros la noche, con balcón con estatuas y vistas al Cuerno de Oro. Me acuesto temprano, a medianoche. Dispongo de pocos días para reencontrarme con Estambul.



El día 19, sábado, bajo por la calle Istiklal, hacia el puente Galata, para alcanzar la ciudad antigua, donde se encuentran los principales monumentos, iglesias, mezquitas, museos. Estoy animado. Mientras camino, pasando junto a los numerosos pescadores con caña que se pasan horas lanzando sus anzuelos desde las barandillas del puente, selecciono los lugares que quiero visitar, sin prisa ni agobio. Los pasos subterráneos, como siempre llenos de gente que pasa junto a las pequeñas tiendas desde las que los vendedores intentan llamar la atención de posibles compradores. Compruebo que no ha desaparecido la oferta de pescado fresco desde barcos donde se cocina a la brasa. Pero, afortunadamente, ya no están los vendedores ambulantes de ropa barata que se amontonaban junto a la Mezquita Yeni. Asciendo por las cuestas que me acercan a la Mezquita Azul. Toda esa zona, la que ocupaba el Gran Palacio en la época del Imperio Bizantino, tiene tantos lugares interesantes que hay que elegir. Y disfrutar de ese espacio. Sentarse en la terracita de un bar, gozar de todo lo que te rodea, Santa Sofía, la Mezquita Azul, la fuente del Kaiser Guillermo, los Obeliscos, la columna Serpentina, los jardines, bien cuidados, con flores –estamos en Primavera-, césped bien aprovechado por familias que disfrutan de su ocio bajo la sombra de los árboles. Todo está bien. Muy buen ambiente, a pesar de los numerosos grupos, foráneos y locales, que se cruzan en todas direcciones.


Primero la Mezquita Azul, luego Santa Sofía. Continúa restaurándose. Creo que fue en 1987 cuando la vi. por última vez sin el andamiaje de tubos metálicos que impiden contemplar totalmente esa gran cúpula, ligera, desafiando desde el siglo VI la ley de la gravedad. No creo que llegue a ver la cúpula restaurada, sin esos tubos. Es igual. Un día, tuve el privilegio de entrar en ese espacio, mirar hacia arriba, respirar profundamente y vivir las mismas sensaciones que otras muchas personas, durante siglos, antes que yo, debieron sentir. Ahora busco los delicados mosaicos que se mantienen en sus paredes. Puedo abstraerme de ruidos, voces, comentarios y gritos de niños. Hay que agradecer a Mehmet el Conquistador que al convertirla en mezquita, 1453, respetara los mosaicos y a Ataturk que, casi quinientos años después, la transformara en museo.

Rodeo, por la parte de atrás, Santa Sofía, pasando por el Hotel Ayasofia Pensiyonian, unas casas de madera que conservan el aspecto de las antiguas viviendas de Estambul. Entro en los jardines de Topkapi. Llego hasta la puerta del Medio, donde están las taquillas. Decido no entrar. Sábado, mucha gente. Prefiero una tranquila visita a los museos cercanos, el kiosco de los Azulejos, el del Antiguo Oriente, y, sobre todo, el Museo Arqueológico de Estambul. En el primero he estado solo, en el segundo he coincidido con cuatro personas, en el tercero tal vez me haya cruzado con unas veinte. Hay que elegir entre tantos lugares para visitar. Los grupos no tienen tiempo. El tiempo es fundamental para visitar un museo. Habrá muchas piezas de las que se exhiben que no llamaran nuestra atención. Pero hay obras que nos atraerán. Recomiendo visitar los museos en solitario, sin tiempo, distracción o presión. Como, hoy, no siempre ha sido así, cumplo los requisitos que aconsejo, he disfrutado plenamente de mi visita a los museos, mucho mas que si hubiera optado por visitar, por cuarta vez, el Palacio de Topkapi. Los Sarcófagos del Museo Arqueológico son excepcionales. Los mejores se hallaron en la Necrópolis de Sidon a finales del siglo XIX.


Hay siete galerías de estatuas, la mayoría de la época romana. Algunas son copias del original, pero obras bellísimas. Observo que el calzado de algunas figuras ya refleja el uso de alzas o tacones. Incluso Apolo, tocando la citara, luce sandalias con tacón. Curiosa costumbre el querer aparentar ser mas alto de lo en realidad somos. En El Cairo vi. plataformas, de la época de los mamelucos, con mas de 25 ctms. de altura.

Cuando he salido de los museos eran las cuatro de la tarde. Un nuevo paseo por los jardines que se encuentran donde antiguamente se alzaba el hipódromo. Al pasar cerca de la entrada a la cisterna Basílica, veo una larga cola que espera para entrar. Camino entre callejuelas, me siento en un bar con camarero joven, kurdo, que habla algo de español, ruso, ingles y francés, gracias a los conocimientos de dichas lenguas que le han proporcionado antiguas amantes. Conversamos durante un rato. Trabaja quince horas diarias, su vida transcurre en el bar. En el encuentra todo lo que necesita, incluso profesoras de idiomas. La terraza del último piso ofrece un excelente punto de vista sobre la mezquita Azul.


Tranvía, funicular, una vez cruzado el puente Galata, calle Istiklal, abarrotada de gente. Un tranvía une la plazoleta del funicular, que evita la dura ascensión de la colina en donde se asienta el barrio de Beyoglu, con la plaza Taksim. Es el lugar más concurrido y animado de la parte europea de Estambul. La gente se va apartando a medida que se acerca el tranvía. Es impresionante verlo avanzar entre el gentío, el conductor, pacientemente, espera que la gente vaya apartándose. Algunas de las calles que confluyen a esa arteria principal ofrecen una variada oferta de bares y restaurantes. Me acerco a Nevizade Sokak, cien metros por los que es difícil transitar. Las mesas de las terrazas dejan poco espacio entre ellas. Esta de moda. Encontrar mesa es difícil si no se ha reservado con anterioridad, es sábado. En todos los restaurantes la oferta es similar, mezzes, maravillosos platitos para arrancar y luego pescado o carne cocinado de distintas maneras, a cual mas sabrosa.


El domingo quiero dedicarlo a barrios del oeste y la mezquita de Soliman el Magnifico. Mi primer destino del día es la mezquita de Fatih, la primera mezquita que se construyo en la ciudad conquistada. Era un gran complejo con madrasas y edificios para acoger a los necesitados. Primero me doy una vuelta por el cementerio, luego entro en la zona de oración. Hay una valla que limita el acceso a los turistas, aunque no entorpece la contemplación de la bella estructura, obra de Atik Sinan. La mezquita esta en un barrio popular de clase media. Cuando salgo, me dejo guiar por mi instinto de orientación. Camino por calles con poco trafico. Algunas tiendas de comestibles abiertas, pequeños bares, olorosas panaderías y pastelerías. Pregunto de vez en cuando por la capilla de Pammakaristos, en turco Fethiye Camii. Es una pequeña iglesia, construida en el siglo XII, con muy bellos mosaicos. Recibe muy pocas visitas, tal vez porque la cercana Chora, San Salvador del Campo, mucho mas espectacular e impresionante, apaga su nombre. Prueba de ello es el precio del billete de entrada, un euro, lejos de los cinco que cuesta el de Chora. Recomiendo su visita a quien tenga tiempo e interés. No le defraudara. Un callejón desemboca en un jardín, rodeado de viejas casas, en el que se levanta esta típica muestra de la arquitectura bizantina. Solo se puede visitar la planta baja. Hoy en día, la iglesia, esta abierta como museo.


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