Crónica 13: del 5 al 12 de mayo 2008 (1ª)

Turquía







Empiezo mi marcha hacia el este. Tengo ganas de llegar a Irán, hasta ahora no he tenido oportunidad de visitar ese país. Todo lo que conozco sobre los persas me ha llegado de fuentes diversas, libros de historia, novelas, biografías, relatos de viajeros, documentales, reportajes, noticias en los periódicos y televisión. Distintas imágenes, retazos de realidades, deformadas por la subjetiva y limitada percepción de los autores. Me falta mezclar todos los ingredientes y salpimentar el producto con mis experiencias en el país. Espero enriquecerme, acumulando mayor conocimiento. Ojala los buenos momentos superen los malos, de todo habrá. Aunque en el fondo, tanto unos como otros incrementarán mi patrimonio.

Mi primera parada es en Bogazkale, a unos 200 kms de Ankara. Allí se encuentran las ruinas de Hattusa, antigua capital del imperio hitita. Durante cerca de 900 años, del siglo XX al XI, a.C., fue uno de los “Grandes” de lo que hoy llamamos Oriente Medio. Arrasaron Babilonia, con los egipcios llegaron a un acuerdo de no agresión. Construyeron murallas ciclópeas defendiendo ciudades y rutas. Incorporaron a su poderoso ejército el carro de combate, dos ruedas, dos caballos. Primero lanzaban sus flechas, para atacar después, rápidamente, con lanzas. De aquel estado guerrero, como Esparta en Grecia, quedan pocos vestigios. Cerca de Hattusa, esta Yacilikaya (el mismo nombre que el yacimiento arqueológico frigio que visite hace unos días), restos de un santuario hitita en el que se conservan interesante relieves esculpidos en rocas. Yazilikaya, en turco, significa “roca inscrita”.
La meseta central de Turquía tiene una altitud superior a los 1000 metros. Tórridos veranos y fríos extremos durante gran parte del año. Incluso puede nevar en Mayo y Octubre. La única vez que había estado anteriormente en Hattusa, en octubre de 1987, fue bajo una gran nevada. Ya que había llegado hasta allí, me empeñé en ver las “Puerta de los Leones”. La verja del recinto arqueológico estaba abierta. Seguí un sendero, pregunte a un pastor que regresaba al pueblo con su rebaño. Alcancé el lugar, visibilidad diez metros. Nada. Una foto. Medio metro de nieve. Dificultades para regresar hasta el pueblo. El limpiaparabrisas dejó de funcionar. Tuve que improvisar un remedio de emergencia. Un cordel unido a las escobillas, que moviéndolo, desde el interior de la cabina, izquierda-derecha-izquierda, fuera apartando la nieve que se depositaba en el cristal. Eso imponía mantener bajados los cristales de las puertas delanteras. Frío horrible. Cuento todo esto para que se pueda comprender mi especial interés por regresar, 21 años después a Hattusa.

Llego a Bogazkale a las tres de la tarde. Hace frío. Es un pueblo pequeño, con cuatro o cinco hoteles. Escojo uno que no me parece mal. Mañana visitaré las ruinas. Intento conectarme a Internet por wi-fi, pero el código que me facilita el dueño debe ser incorrecto, “no hay como”. Charlo un rato con el propietario, mientras tomamos té. La población ha disminuido. Son campesinos que buscan mejores condiciones de vida en Ankara o Estambul. Apenas hay turistas. Soy el único huésped en el hotel. Mientras luce el sol, se está bien, protegido del gélido viento que sopla fuera. Hojeo algunos libros alemanes sobre los yacimientos hititas. Regreso a la habitación. Tiene televisión, acondicionador de aire (solo refrigera). Empiezo a congelarme. Abro las cremalleras del saco de dormir, me envuelvo con él, veo un par de películas, grabadas en mi disco duro externo, me refugio en la cama.
A las ocho de la mañana, me acerco a la puerta de entrada de Hattusa. Los arqueólogos alemanes que durante años han trabajado en la zona, han reconstruido parte de la muralla. Un grupo de mujeres, busca entre las hierbas, unas hojitas que, según me explican, utilizan para cocinar.
Hattusa debió ser, según he leído, una ciudad bien defendida. El palacio real y la Gran Fortaleza se levantaban sobre un roquedal. La ciudad, edificios de la administración, templos, almacenes, sobre una ladera, estaba protegida por una muralla de siete kms de perímetro, con numerosas torres intercaladas.
Es difícil imaginar cómo llegó a ser Hattusa. Se conservan, algunas de las ocho puertas monumentales, una de las puertas que debían utilizarse para entrada y salida rápida de soldados, bien en busca de refugio, bien en un contraataque, algunos relieves y, sobre todo, los fundamentos de antiguos edificios.



Cuando sigo la excelente calzada (inexistente hace 21 años), bien señalizada, con carteles indicadores, lo primero que me encuentro es “El Gran Templo”. Se conserva una roca cúbica, verde, con un pulido excepcional que atestigua su procedencia. Fue un regalo de Ramses II, tras el Tratado de Paz de Kadesh, año 1285 a.C. En las excavaciones se encontraron miles de tablillas de arcilla, un tesoro para los arqueólogos, grandes vasijas, piedras talladas –umbrales de puertas-, con agujeros para encajar las bisagras. El frío que pasé ayer ha sido compensado hoy por un día soleado, cálido, sin apenas nubes. La única persona que me encuentro es un joven francés que viaja solo. Le invito a subir al coche para evitarle la subida hasta la parte más alta de Hattusa. Luego no nos molestaremos el uno al otro. Cuando el llegue a un lugar interesante, yo estaré saliendo, en busca del siguiente.

Por fin puedo ver la Puerta de los Leones. Defendían la ciudad, con sus fauces abiertas, de la entrada de malos espíritus. Desde ese punto, puedo apreciar la planta de algunos templos. La Puerta de las Esfinges, se encuentra sobre un túnel de 70 metros de largo, que atraviesa un talud artificial, en su tiempo defendido por murallas y torres. Unas escaleras laterales permiten regresar hasta la Puerta de las Esfinges, quince metros más arriba. Una de las dos esfinges esta en el museo de Berlín, la otra en el Museo de Estambul. Aunque me desplazo en coche de un lugar a otro, no paro de subir, bajar escaleras, sortear piedras, recorrer senderos entre ruinas, procurando no resbalar o torcerme un tobillo. Otra de las puertas que se conserva es la del Rey. Se puso ese nombre por el relieve esculpido en una piedra lateral. En realidad, no es un rey, sino un dios que debía proteger la puerta. La talla que contemplo es una copia. El original está en Ankara.


¿Qué más? Una gran roca con una extensa inscripción hitita, muy deteriorada por el paso del tiempo. ¿Una tumba real? Una sala de pétreas paredes con jeroglíficos, un relieve de un guerrero. La gran Fortaleza, con el palacio real en su interior. Ahí se encontró la tablilla de arcilla en donde se escribió, en cuneiforme, el Tratado de Kadesh, que actualmente se encuentra en el museo de Estambul.


A pocos kms. está Yazilikaya. Del gran Templo de entrada al Santuario, solo quedan cimientos. Una cuadrilla de trabajadores estaba limpiando y colocando vallas metálicas. Hay dos galerías, entre rocas. La de la izquierda es mucho más grande, fue el santuario más importante del Imperio Hitita. Los relieves, principal interés de este lugar, se encuentran bastante deteriorados. Dioses y Reyes están representados. En una gran roca esculpida, se encuentra Teshub, dios de las tormentas, y su mujer, Hepatu, la diosa sol. A la entrada de la galería de la derecha, se pasa junto a la talla de un guardia alado con cabeza de león. Los relieves de esta galería están menos afectados por la erosión. En las paredes, unas oquedades que tal vez contuviesen urnas crematorias. Los restos artísticos del Imperio hitita se encuentran esparcidos por distintos museos. Estambul, Ankara, Alepo, Londres, Paris, Nueva York, Boston, Houston… Estoy frente a los relieves más representativos de los hititas, en el lugar original, donde fueron cincelados, más de 3000 años atrás. Los había visto en fotografías y documentales. Pero existe una gran diferencia entre una fotografía y el original. La imagen, sobre cualquier soporte, nos ofrece información, detalles, puede analizarse, pero, a mi, de verdad, no me crea ninguna sensación especial. Las horas pasadas en Hattusa y Yacilikaya han sido intensamente gratificantes.



N
o quiero pasar una noche más, envuelto en el saco de dormir. Emprendo camino a Nemrut Dagi, donde se encuentra el túmulo funerario de Antíoco I. Como la distancia es larga, hago un alto en la Capadocia. Regreso al camping cercano a Goreme. La primera vez que estuve en él, hace más de tres semanas, estaba prácticamente vacío. En esta ocasión, encuentro más de treinta auto- caravanas ocupando plaza. Me instalo en el mismo sitio que la vez anterior, cerca del despacho donde se encuentra el router que me permite conectarme a Internet por wi-fi. Estoy apartado del resto de acampados. No dispongo de electricidad para alimentar el ordenador, pero no la necesito ya que puedo utilizar la que me proporciona la batería auxiliar del Toyota. Aprovecho las lavadoras automáticas para hacer la colada. Dando una vuelta por la zona de acampada, encuentro un gran camión Mercedes, todo terreno, que transporta a un grupo de veinte personas desde Londres a Australia. Seis meses de viaje. El itinerario previsto pasa por China. Esperan no tener problemas motivados por las Olimpiadas. El jefe del grupo tiene un Toyota como el mío, más antiguo. Es su vehículo preferido para viajar, cuando dispone de tiempo y dinero. Le dejo cuando tiene que ayudar a preparar la cena. Todos colaboran, unos pelan patatas, otros cortan tomates. Parece un grupo bien avenido. Más mujeres que hombres, de distintas edades, de 25 a 50 años. Salieron el 15 de Marzo. Duermen en tiendas de campaña. Cuatro noches en la Capadocia. El propietario del camping me agradece la publicidad que he hecho de sus servicios. Ha tenido cuatro visitantes que le han hablado de mí. Tiendo la ropa a última hora de la tarde. Ha refrescado, el cielo está nublado.

Al día siguiente recojo algunas prendas secas. Ojalá se sequen las restantes antes de que empiece a llover. Hace frío. Día desapacible. Más auto caravanas, los alemanes son mayoría. Matrimonios de jubilados. Forman grupo. Cantan, bailan, se ríen. Para visitar los lugares destacados de la Capadocia alquilan un autobús con conductor y guía. Sus vehículos los utilizan sólo como hotel móvil. Tengo que descolgar la ropa tendida, todavía húmeda, cuando empieza a lloviznar. Dos horas después, descarga un fuerte chaparrón. Cuando me acuesto, continúa lloviendo.

El día siguiente amanece despejado. Tengo cerca de seiscientos kms. por delante, antes de llegar a Kahta, ciudad cercana a Nemrut Dagi. Hay dos rutas. Una más rápida que utilizan las agencias de viaje para llevar a los grupos desde la Capadocia hasta Nemrut, rumbo sur y luego este, otra rumbo este y luego sur. Prefiero la segunda, ya que la primera es por la carretera que llegué hasta Goreme, cuando entré en Turquía, desde Siria. Salgo a las diez y media de la mañana. En diversos tramos, la calzada de doble sentido, se transforma en autovía. El firme, salvo algunas zonas de obras (ampliación a autovía) es excelente. Paso por valles y altiplanos, dejo campos sembrados para encontrar áridas montañas sin vegetación. La nieve, lejana en un principio, empieza a aproximarse cuando aumenta la altitud por la que transito. Cielos nublados. Frío exterior. La calefacción del coche ideal. Si pongo en marcha el ventilador, al mínimo, el aire caliente me abrasa las manos. Estupendo, seguro que más adelante, no se cuándo ni dónde, lo necesitare. Pongo valses de Strauss, música animada, más acorde con el paisaje que me rodea. ¿Podré subir hasta el túmulo funerario de Antíoco I? Nemrut Dagi tiene una altitud de 2.150 metros. Viendo lo que me estoy encontrando, es posible que este nevado. Bueno, ya veremos cundo llegue allí.




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