Crónica 14: del 12 al 23 de mayo 2008 (1ª)

Turquía







El 13 de Julio, como muy tarde, tengo que entrar en Pakistán. Mi visado caduca un día después. Espero que no surjan problemas. Si quiero aprovechar íntegramente los dos meses que se me han concedido para visitar Irán, tengo que entrar ya. Cada día que retrase la entrada, es un día que pierdo.
De Kahta a Dogubayazit, ultima ciudad turca, antes de llegar a la frontera con Irán, hay una larga tirada. Duermo en Tatvan, en uno de los extremos del lago Van. Este lago, el más grande de Turquía, 3.700 kms cuadrados, a 1.650 metros de altitud, se formó cuando un volcán cerró el cauce del agua. Su nivel aumenta en la época de deshielo, pero se mantiene estable gracias a la evaporación. No hay peces debido a la alta concentración de minerales en sus aguas.

En una de sus islas, Akdamar, se encuentra la Iglesia de la Santa Cruz, construida en el siglo X. La isla está a 3 kms. de la orilla. En su época, albergaba un monasterio y un palacio, además de la iglesia que es el único edificio que se mantiene en pie. Había sido una importante catedral armenia. Hace unos años, fue restaurada por el Ministerio de Cultura de Turquía. Se desató una gran protesta porque, al igual que otras antiguas iglesias, no es un lugar de culto. Es un museo. Sus paredes exteriores conservan diversos relieves con escenas y figuras del Antiguo Testamento.
Tengo que esperar un par de horas, en un restaurante, cercano al embarcadero de donde parten las lanchas con dirección a la isla de Akdamar. Esperan a un grupo de turistas alemanes. Hace frío, las montañas cercanas mantienen nieve en sus cumbres. Está nublado, llovizna. No importa. La visita vale la pena. Los relieves se conservan bien, no así los frescos del interior.


M
i ultima noche en Turquía la paso en Van, en el otro extremo del lago. Es una ciudad animada, numerosas tiendas, restaurantes y bares en las calles del centro. El hotel en el que me alojo tiene wifi. Aprovecho para hablar por teléfono, por Skype, con familiares y amigos. Ignoro si en Irán será posible. Ya veremos.
El día siguiente amanece despejado. La carretera transcurre en un principio junto a la orilla del lago, luego asciende para superar una cadena de montañas. Poco tráfico. Varios controles militares, con vehículos blindados, que paso después de mostrar el pasaporte. Encuentro una desviación que me acerca a las “cataratas de Muradiye”. En realidad es un salto de agua, en un entorno muy agradable, con bares y restaurante.

 

De nuevo, la carretera asciende, hasta un puerto a 2.644 metros de altitud. Un largo descenso y…. una espectacular vista del monte Ararat. Es impresionante. Al principio solo se me muestra la cumbre de mayor altura, Buyok Agri, 5.137 metros, luego, cuando enlazo con la carretera que une Ankara con Teherán, puedo ver el segundo pico, Kucuk Agri, 3.895 metros. Tengo mucha suerte porque no hay nubes junto a las cumbres. Me voy deteniendo para poder contemplar el macizo montañoso plácidamente. Cuando aparecen las nubes, las sombras que proyectan sobre los picos crean el efecto óptico de que la nieve ha desaparecido.

La última ciudad de Turquía, antes de la frontera con Irán, es Dogubayacit, nada especial, salvo un conjunto de fortaleza, palacio y mezquita, del siglo XVIII, Ishak Pasa. En la ciudad hay varios cuarteles militares. Siguiendo el camino, bien indicado por carteles, hacia Ishak Pasa, paso por un campamento en el que observo gran cantidad de tanques bien alineados, pistas de entrenamiento, soldados en formación. La carretera, súbitamente, inicia un ascenso pronunciado con curvas muy cerradas. En lo alto de un roquedal, veo la fortaleza. Curioso emplazamiento, ya que si bien ofrece un inmejorable punto de observación sobre la ciudad y su llanura, una gran pared rocosa le impide ver el monte Ararat.

La entrada da paso a un gran patio, parece ser que se utilizaba para recibir a mercaderes y viajeros. Las puertas, chapadas en oro, se exhiben en el museo Hermitage de San Petersburgo, desde que los rusos se las llevasen como recuerdo. Un segundo patio, al que sólo tenían acceso las personas que residían en la fortaleza, permite entrar en patios interiores, la mezquita, el haremlik, la zona destinada a las mujeres, con habitaciones separadas, la cocina, salones, baños… Se utilizaban canalizaciones bajo el suelo que formaban parte de los sistemas de alcantarillado, agua corriente y calefacción. El conjunto esta ricamente ornamentado con elaborados relieves.

 

Antes de salir de la ciudad, mi último menú turco: Sopa de lentejas, arroz, alubias, carne con berenjenas, Fanta como bebida y un té para rematar.
Sigo por la gran ruta que, durante siglos, han seguido mercaderes, ejércitos, viajeros, como paso entre Europa y Asia. Salir de Turquía y entrar en Irán, ha sido rápido, sencillo. Sólo dos o tres idas y venidas de una oficina a otra, para sellar papeles, comprobar visados, seguros, carné de Pasaje de Aduanas… En la frontera turca, militares fuertemente armados, funcionarios, sin uniforme, revisando concienzudamente los vehículos entrantes. En mi caso particular, sólo sonreír y ser paciente con uno que llevaba mi pasaporte en su mano izquierda, mientras con la derecha iba sacando bolsas de caramelos y botellas de aceite del portaequipajes de un coche. Diez minutos. Por fin, mano derecha al bolsillo, sello, firma. En la frontera iraní, sonrisas, fumigación de ruedas del Toyota, salas despejadas, limpias. Una joven, traje chaqueta negro, velo del mismo color, del Ministerio de Turismo, me resuelve todo el papeleo. Me acompaña al banco para cambiar dólares. Por doscientos, me dan un millón ochocientos mil riales. Acabo de convertirme en millonario, billetes de 20.000 riales. Me acompaña para solucionar cualquier tipo de problema con el coche. Me ofrece te. Comprobación de todos los documentos. Me informa que necesitare matriculas iraníes, ya que voy a permanecer en el país más de diez días. Rellena un impreso que debo presentar en Tabriz, para que me faciliten las placas de matrícula. Un mapa de la región, una tarjeta de la oficina de turismo, para que, en caso de que surja cualquier problema, puedan ayudarme a resolverlo. Ah, cambio de hora, adelanto el reloj hora y media. Al salir de la aduana, vista atrás para contemplar una vez más el monte Ararat.


L
a carretera cruza la alargada ciudad de Maku, en un valle entre altas montañas, las casas se levantan a ambos lados de la calzada. Hace frío, estoy a 1700 metros de altitud. Decido continuar hacia Tabriz. Veo coches de policía con radares que comprueban la velocidad de los vehículos que transitan. Empieza a oscurecer. No quiero conducir de noche. Veo un bar en un cruce de carreteras, buen lugar para pasar la noche. Pido te. Tengo azucarillos pero no me dan cucharilla, tengo que pedirla. Será la primera vez, luego he comprobado que se beben el te, después de introducir un terrón en la boca. Costumbres. Yo continúo pidiendo cucharilla para poder disolver el azúcar en el vaso o taza. El camarero, joven, buen aspecto, habla inglés. Se sienta a mi lado, empezamos a conversar. Primero, lo de siempre, de dónde vengo, a dónde voy, en qué trabajo… Luego, por qué he venido a Irán. Empieza a sincerarse. Hace cuatro años que terminó su carrera de ingeniero eléctrico en la universidad de Tabriz. No encuentra un trabajo aceptable, según sus conocimientos. El país tiene petróleo, pero los iraníes no se benefician por ello, ya que ayudan a Irak, Palestina y Siria. No ve futuro. Quiere ir a trabajar a Estambul, para más tarde entrar en Europa. Está harto de las prohibiciones que limitan su vida. No quiere casarse porque eso significaría esclavizarse para el resto de su vida. En la universidad compartía clases con chicas, pero en Irán no se puede tener amigas. O eres novio, con todo lo que eso impone, o solo tienes amigos varones. Las mujeres tienen más facilidad para encontrar empleo porque cobran menos. Me invita a ir a su casa. Me presenta a su familia, padre, madre, tía, hermano y hermanita de cuatro años. Todos sentados sobre alfombras, tomamos te y comemos sandía. Gente encantadora, acogedora, limitados por la necesidad de comunicarnos a través de mi nuevo conocido. Antes de volver al bar, me invita a tomar un helado, en el bar de un amigo. No me ha permitido pagar. Duermo apaciblemente en el Toyota. Al día siguiente, el bar está cerrado. Me aseo y afeito, mientras un grupo que se ha acercado me pregunta detalles sobre el coche que les ha llamado la atención.

He visto en el mapa, que Tabriz tiene zona de acampada. Intento encontrarla. Paro a un joven en mitad de la calle. No habla inglés, pero llama por teléfono a un amigo. Se sube al coche, vamos a encontrarlo. El tráfico caótico, pero ya me he acostumbrado. El amigo está esperándonos. Se sube al Toyota y sigo sus indicaciones. Son buena gente. Me llevan a un parque, junto a un gran hotel. Se puede acampar. El sitio es seguro, hay policía, barreras de entrada. Restaurante, cafetería, servicios, pero… está algo alejado del centro. Por la noche debe estar desierto. Me invitan a té y helado, no me permiten pagar. Les explico que tengo que conseguir nuevas matrículas, preferiría algo más céntrico. Hablan entre ellos y me proponen que vaya a casa de uno, su familia esta fuera, puedo aparcar en zona vigilada. Se empeñan en ofrecerme alojamiento. Mañana es viernes, las oficinas están cerradas. Acepto. La urbanización en la que viven se encuentra a veinte kms. de Tabriz. El piso tiene calefacción, tres dormitorios, baño, retrete, cocina abierta que da a un gran salón, totalmente alfombrado. Me invita a cenar en un restaurante cercano a su casa. Sopa, kebab de cordero, arroz, yogurt, te. Llama a un amigo que se presenta poco después. Habla algo de inglés. Repiten más o menos lo mismo que el joven que encontré ayer. El negocio familiar de la casa en la que nos encontramos es la exportación de alfombras. Hablando de mi itinerario, me advierten que pasaré mucho calor en determinadas zonas –a ver si es verdad-, que no debería ir a Pakistán, que es muy peligroso, hay talibanes. Para ellos, gente de Tabriz, 20 grados bajo cero en invierno, 40 grados de temperatura es algo insoportable. Hablan turco, están más cerca de Azerbaiyan que de Teherán. En las provincias del sudeste hablan árabe. Son otra gente, me dicen. Les explico que las zonas peligrosas de Pakistán estén en el noroeste del país. Además, para ir a la India, tengo que cruzar inevitablemente Pakistán. No se quedan tranquilos. Se preocupan por mí. Duermo en el salón sobre una colchoneta que me han proporcionado, junto a un edredón.

Por la mañana, huevos fritos, leche caliente, fruta. Después me llevan a un poblado cercano, 50 kms, Kandovan. Después de seguir una carretera ascendente, llegamos a un lugar donde la gente vive en cuevas, en unas rocas cónicas, algo parecido a las que utilizaban años atrás en la Capadocia, en Turquía. Imagino que las cuevas proporcionan una temperatura soportable en esta región que, la mayor parte de año, debe ser muy fría. El lugar tiene un mercadillo de frutos secos. Nos sentamos en un bar. Uno de mis nuevos amigos compra unas laminas granates, cuadradas, 40 ctms. de lado, con una fina lamina de plástico en ambos lados. Es una pasta comestible, con sabor algo ácido. Se consigue de una fruta. Se puede arrancar una de las láminas, pero la otra no. Así que masticas y escupes el plástico sobrante.


ANTERIOR ARRIBA