Crónica 15: del 24 de mayo al 1 de junio, 2008 (1ª)

Irán






Eligiendo Shiraz como centro, ciudad en la que me encuentro, veo en el mapa que hay restos arqueológicos en el Nordeste, Sudeste, Sudoeste y Noroeste. Consulto la guía. Deshecho Firuzabad, a 118 kms. Persépolis, joya de Irán, se encuentra en el camino que sigo hacia Teherán. Pase cerca de Bishapur y ahora me doy cuenta que se trata de un lugar al que quiero acercarme. Tendré que regresar sobre mis pasos, volviendo a pasar por los altos de Kuhmareh. Bien, salgo hacia el sudeste, en busca del Palacio de Sarvestan, a unos 100 kms de Shiraz. Durante un buen trecho, circulo junto a la orilla de un gran lago cubierto por una gran capa blanca –supongo- de sal. Es una zona tórrida, con alta evaporación. Llego al pueblo más cercano al palacio. Estaciono el coche, bajo a preguntar, me indican la dirección correcta, arranco y … me llevo por delante una pequeña motocicleta que alguien había apoyado en la parte delantera del Toyota. Freno inmediatamente. Levantan la moto, comprueban que arranca. No veo ningún desperfecto. Uno de los presentes me dice que le he roto la luz trasera, una placa oxidada sin bombilla. Sonrío y le ruego que me muestre los restos de plástico que deberían estar esparcidos por el suelo. Llaman por teléfono a la policía. Me siento en una silla que encuentro en la acera. Se ha formado un grupo. Todos tienen opinión, discuten entre ellos. Me mantengo al margen. Un cuarto de hora después, sigue sin aparecer nadie. El dueño de la tienda a quien había preguntado la dirección para llegar al palacio, me dice que me marche, que me olvide. Sigo su consejo. Cuando arranco, el grupo se despide de mí saludándome con la mano. Ojala todos los problemas de circulación con los que me voy a encontrar en este viaje se solucionen tan fácilmente.

El palacio, los restos de un antiguo palacete de caza, se encuentran en una llanura, cerca de una zona montañosa. La visita es gratuita. Supongo que muy pocas personas llegan hasta aquí. Se encuentra en proceso de restauración. Están reconstruyendo una gran cúpula, con todo el andamiaje de mecano tubo. Se conservan en pie algunas paredes y puede observarse perfectamente la distribución de salas, habitaciones y patio.




Abandono Sarvestan, paso por la carretera circular que rodea Shiraz, enlazo con la que me conducirá, pasando por los altos de Kuhmareh, hasta Bishapur, a 152 kms de Shiraz. El rey Sepur I, siglo III de nuestra era, sucesor de Artajerjes I, construyo una ciudad en un lugar estratégico, en el camino que unía Persépolis a Susa. Con el tiempo, la ciudad se llamo Bishapur, en memoria de su fundador. Sepur I se convirtió en una pesadilla para los romanos. Incluso capturo y retuvo como cautivo al emperador Valeriano. Lo alojó en un palacio. Logró que ingenieros y arquitectos romanos transmitieran sus conocimientos a los sasánidas. Las enseñanzas fueron bien aprovechadas. Se construyeron importantes obras públicas en la región. Bishapur prácticamente desapareció después de la invasión árabe.
Me he paseado unas tres horas por parte del recinto, por el área en donde se encuentran los restos mejor conservados. Se han reconstruido parte de las murallas y torres. El salón del palacio, dedicado a audiencias debía ser impresionante. Cerca de 800 metros cuadrados, cubiertos por una gran cúpula. Hay que imaginar cómo sería el espacio, disponiendo de unos datos, las cuatro puertas de acceso al salón tenían una altura de 25 metros. Dos salones adyacentes cubrían el suelo con dos mosaicos finamente trabajados. Hoy de exhiben en museos.

Me he sorprendido ante el bien reconstruido y conservado templo de Anahita, diosa del agua. No destaca entre las ruinas, porque se encuentra bajo el nivel del suelo. Hay que descender por una escalera, con fragmentos fósiles en sus escalones. Se llega a un patio con cuatro paredes y cuatro puertas. Detrás de esas paredes hay unos pasillos con canales a ambos lados. Un largo túnel conectaba el templo con el río cercano. Se controlaba la entrada de agua para que circulara por los canales de los pasillos y transformara el patio en un estanque. Maravilloso.
El entorno de Bishapur es sereno, por un lado las montañas cercanas, con el cañón por el que fluye el río, por el otro lado una gran llanura, parte de ella ocupada, en su tiempo, por la ciudad. Siguiendo un camino muy transitado –los senderos como este, en una zona arqueológica, siempre conducen a algún sitio destacado - he llegado hasta dos columnas que se levantan cerca de unos antiguos baños. Algunas salas con paredes y techos de piedra, todo muy deteriorado, pero apacible rincón donde he descansado, sentándome sobre una piedra, a la sombra. Hace calor, el sol empieza a descender. No me va a dar tiempo de acercarme hasta el cañón cercano donde pueden contemplarse algunos interesantes relieves en las rocas. Lo dejaré para mañana.


He regresado al pueblo que se encuentra en la carretera principal que va a Shiraz. He aparcado junto a un bar. En pocos minutos me he visto rodeado de unos cuantos jóvenes “modernillos” del lugar, con motocicletas de fabricación china. Me hablaban en farsi, se reían, supongo de las barbaridades que debían decirme. Les contestaba en castellano, sin dejar de sonreír. Como no me inmutaba, han ido cambiando. Les he pedido nombres de cantantes iraníes. Me han enseñado fotos de algunos familiares que residen en Londres. Uno de ellos hablaba algo de inglés. Al final no dejaban de preguntarme sobre diversos temas. Me han enseñado videos grabados en sus móviles. Uno de ellos me ha invitado a ir dormir a su casa. Buena gente. Se deben aburrir mucho. Me han dado sus tarjetas con teléfonos y direcciones. He dormido allí mismo. El paso de coches y camiones no ha impedido que cayera en un sueño profundo de nueve horas.

Cuando me ha visto el del bar, dirigiéndome a los servicios, me ha preparado un te que se ha negado a cobrar. En pocos minutos he llegado hasta el cañón de los relieves. Hay unos en la pared derecha y otros en la pared izquierda. El mejor se encuentra justo fuera de la zona en la que hay que pagar por entrar. Claro que por delante pasa una carretera de tercer orden que no pueden cortar. Todos los relieves muestran triunfos e investiduras de algunos reyes. El mejor conservado, es el dedicado al triunfo de Sepur I. Lleva de la mano al emperador romano Valeriano, arrodillado ante el se encuentra Filipo el Árabe. Las figuras centrales están rodeadas de soldados, caballería a la izquierda, infantería a la derecha.



El paso por el puerto de los altos de Kuhmareh me ha parecido un paseo. Me he detenido en varios puntos para fotografiar las montañas y tramos de la carretera. Un camionero me ha contado una leyenda. Cuando Alejandro Magno se internó por este paso, un solo hombre, muy fuerte, logró detener al ejército invasor durante tres días. Lo cuento tal como lo he escuchado. Aunque fuera cierta la hazaña, no sirvió de nada. Alejandro llegó hasta Persépolis, destruyendo sus defensas e incendiándola posteriormente.

No me he detenido en Shiraz. He continuado hasta Persépolis. He llegado a la hora de comer. Dejo para mañana la visita. Quiero entrar temprano y esperar la mejor iluminación de las figuras y monumentos que fotografíe. Entro en un centro turístico con restaurante. Soy el único cliente. Lugar limpio, con aire acondicionado, Hay bungalows. Se permite la entrada de auto caravanas, pero no plantar tiendas en sus jardines. En un principio pienso que podría pasar la noche ahí. Sólo cobran cinco dólares por usar los servicios. Cuando me presentan la carta, cambio de opinión. El menú es el mismo de todas partes. Más caro. Cambio por un restaurante que se encuentra a cinco kms. Un sitio estupendo, con agua, pajaritos, gente encantadora. No me cobran nada por aparcar dentro del recinto, bajo unos árboles, puedo conectar el ordenador a un enchufe. Son muy amables. Me traen te hasta el coche, cuando me ven escribiendo. La contrapartida es que tengo que dejar lo que estoy haciendo para hablar con ellos, enseñarles el coche, mostrarles el motor, explicarles mil detalles del viaje. Otro punto a favor, puedo comer estofado de carne con berenjenas. También alubias. Perecerá una tontería, pero para mi es un gran valor añadido.

Persépolis permite imaginar cómo pudo llegar a ser esa ciudad monumental. El conjunto se eleva sobre una gran terraza sustentada por grandes bloques de piedra, encajados, sin argamasa. Esa base, sobre la que construyeron, palacios, templos y edificaciones auxiliares tiene una altura de quince metros sobre el nivel del suelo. Un complejo y eficaz sistema de desagüe evitaba inundaciones en épocas de fuertes lluvias. La gran terraza tiene 450 metros de largo, 270 de ancho. Encima, todavía se aprecian cuatro niveles más de altura. Cuanto más importante era el edificio, más altura. Los palacios de los reyes sobresalían sobre los otros y los dedicados a servicios se encontraban en el nivel más bajo. Esa ciudad palaciega, fruto exquisito del árbol de la dinastía aqueménida, tuvo una vida corta. Darío I inició la construcción en el 518 a.C. Los reyes posteriores, Jerjes y Artajerjes la ampliaron. El fin de la ciudad marcó el principio de una nueva era. Alejandro Magno derrotó al ejército de Darío III. Arrasó Persépolis, se llevo el gran tesoro, luego incendió los palacios. Siete años más tarde, en Susa, se celebró una gran boda pública entre oficiales del ejército de Alejandro y mujeres persas, se buscaba la integración entre griegos y persas.




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