Crónica 16: del 2 al 11 de junio, 2008 (1ª)

Irán






De camino hacia Isfahán se encuentran algunos lugares interesantes, como los pueblos de Nadushan y Meybod, el templo de Zoroastro de Chakcha. Todos obligan a un pequeño desvío de la carretera principal. Ya los veré más adelante, tengo ganas de llegar cuanto antes a Isfahán, tampoco quiero retrasar los trámites de visado para la India que debo realizar en Teherán.

Cubro los 325 kms de excelente carretera en unas cuatro horas. Mi primera impresión es negativa. Mucho tráfico, dificultad para encontrar un lugar donde dejar el coche, poder preguntar a alguien la dirección correcta hasta llegar al hotel que busco. Calor. A las cuatro de la tarde, las condiciones han cambiado. He encontrado hotel en un buen emplazamiento a un precio asequible, teniendo en cuenta que al día siguiente se inician cinco días festivos que son aprovechados por numerosos turistas nacionales para visitar la ciudad. Los precios suben cuando la demanda aumenta. La calle en la que se encuentra el hotel es la arteria principal de la ciudad, de norte a sur. Paseo arbolado
, con bancos, que en dirección sur, a unos quinientos metros, encuentra el rio Zayandeh, que parte la ciudad en dos. Los antiguos barrios se hallan en la parte norte, cerca de donde me encuentro. Una vez aposentado, el Toyota en un parking vigilado, voy al encuentro de la plaza del Imam, corazón de Isfahán. Todavía ignoro el camino más directo. Cruzo un parque sombreado con algunos grupos sentados sobre la hierba. A mi derecha, a unos cien metros, un palacio. Ya lo veré más adelante. Me atraen los minaretes que se alzan delante de mí, a unos quinientos metros. Camino lentamente. Poca gente en la aceras. Cruzo una última calle por la que transitan vehículos, entro en una zona peatonal y …. llego a la espectacular plaza del Imam. 510 metros de largo por 165 de ancho. Se construyo hace casi cuatrocientos años, perfecta. La planta baja está ocupada por tiendas, rematadas por un arco persa. El piso superior repite el diseño de la planta baja, pero en vez de tiendas, el espacio está ocupado por balcones vacíos. En cada uno de los lados de la plaza, se alza un monumento que rompe la simetría, ofreciendo un conjunto inolvidable. En el sur, la mezquita del Imam, del siglo XVII; en el oeste, el palacio Ali Qapú, destinado, cuando se construyo, a recibir las delegaciones que llegaban del extranjero; en el este, la mezquita Lotfollah; en el norte, la puerta Qasarieh, la entrada al Bazar, cinco kms. de galerías, con infinidad de tiendas. En el espacio central de la plaza, un gran estanque y jardines. Calzada enlosada, rodeando el estanque por la que transitan únicamente calesas. Las tiendas tienen acceso desde la plaza y desde la gran galería que la rodea. Desde 1979, la plaza del Imam, una de las más grandes del mundo, figura en el catalogo de la Unesco, como bien cultural, patrimonio de la humanidad.

Inicio un paseo por las galerías, continuo por la zona ajardinada. Un primer contacto. Intento que la sorpresa ante el conjunto, no me impida la observación de los detalles. El sol inicia su descenso. Es el momento de subir a la terraza de una casa de té, junto a la puerta del Bazar, que ofrece un punto de vista inmejorable. Visita obligada a esta hora. Ahí se reúnen los pocos turistas que no viajan en grupo. La oferta es limitada. Te, pastelitos de hojaldre –riquísimos-, agua fresca y narguilé. La gran extensión de la plaza se usó para jugar partidos de polo. Todavía pueden verse los pilones de mármol que se utilizaban como porterías.
Al oscurecer, la plaza ofrece su otra cara. Se encienden las farolas. Se iluminan las mezquitas y el palacio. En esta época, la temperatura desciende hasta los 23 o 24 grados. Me siento en un pequeño muro de piedra frente a la fachada de la mezquita del Imam. Venir a Isfahán, justifica un viaje a Irán. Entablo conversación con Husein, un profesor de árabe. Me presenta a su esposa, su hija y su nieta, Fátima, cinco años, que no deja de hacerme preguntas en farsi. El tiempo transcurre lentamente, casi se detiene. Creo que estoy intentando, inconscientemente, retener esta imagen, fijarla, incluirla en mi fichero de momentos especiales. Sólo hace unas horas que he llegado a Isfahán y ya sé que siempre querré volver.


Al día siguiente, la ciudad se ha llenado de gente. La placidez que ofrecía la plaza del Imam ha desaparecido. Es difícil pasear por las galerías sin tropezar con las numerosas personas que avanzan y se detienen ante un escaparate. Cualquier sombra en los jardines es aprovechada para sentarse sobre la hierba, y descansar un rato. Se forman largas colas para dar una vuelta a la plaza en calesa. Otra cola para comprar un helado exquisito, por veinte céntimos de euro. Los palacios se llenan de visitantes los días que están abiertos. Como son días festivos, aniversario de la muerte de Jomeini, se han reducido los días de visita. Restaurantes abarrotados. Mejor visitar otras zonas de la ciudad. La catedral armenia, en el sur de la ciudad, cerrada. ¿Qué hago? Esperar. Esperar a que a que todo vuelva a ser como el día que llegué. Esperar a que Isfahán recobre su ritmo habitual.
He paseado por las riberas del Zayandeh, jardines preparados para recibir los numerosos grupos de familias que pasan el día junto al río. Extienden sus alfombrillas, preparan sus kebabs y arroces sobre barbacoas portátiles, duermen la siesta, mientras los niños juegan, lejos de coches y motocicletas. Hay numerosos puestos de venta de bebidas y helados. Fuentes de agua fría para beber o lavar platos, vasos y cazuelas. Junto a los puentes, que se utilizaban también para regular el paso del agua, plataformas y escalones de piedra ofrecen puntos de apoyo para remojarse y soportar el calor diurno. Barquitas a pedales para dar unas vueltas, cerca de un surtidor, en el centro del rio, que lanza a gran altura un potente chorro de agua que el viento dispersa. He visto tres puentes de piedra. El Sio Seh, treinta y tres arcos, construido a principios del siglo XVII, tiene una anchura de 14 metros. Junto a una de las orillas, hay una casa de té. Por la noche, sirven una sopa, digamos, “contundente”. En la parte superior, hay una calzada central, por la que, hace años, pasaban los coches y dos galerías estrechas laterales. Sentarse entre los arcos, a la sombra, permite refrescarse con la constante corriente de aire. En esta época, porque en invierno hace frio y es fácil resbalar sobre la piedra cubierta de una fina capa de hielo. Otro puente, con menor aglomeración es el Gubi, también del siglo XVII, menos espectacular, con 21 arcos, cerrado al paso de motocicletas por pilones de piedra. El tercer puente, Khaju, es el más hermoso. 132 metros de largo por 12 de ancho. Estos días de vacaciones estaba muy concurrido. Bajo los arcos del primer nivel, muchas familias, instaladas con todos los pertrechos necesarios para pasar el día. Es una pena que estén cerradas las dos casas de té que funcionaron durante años.

En ese largo deambular cerca de los puentes, me han invitado, en varias ocasiones, a tomar te e incluso a comer arroz y kebab. Me he quitado los zapatos, me he sentado junto a la familia compartiendo un rato de compañía, lástima no hablar farsi. Es una pena no poder comunicarse con personas que intentan establecer lazos de acercamiento. Me gustaría conocer la vida de los iraníes, qué piensan, cómo viven, cuáles son sus principales preocupaciones. Ellos están interesados en saber qué opinión tenemos en nuestros países sobre ellos. Sólo en contadas ocasiones, cuando me encuentro a alguien que habla inglés, tengo acceso a sus inquietudes actuales. Cerca del puente Khaju, se dirigió a mí, un chico joven, 22 años, acompañado por su hermana, cubierta con el tradicional chador. Estuvimos toda la tarde juntos. Eran de Mashhad, cerca de la frontera con Turkmenistán. Ella cursa el último año de carrera en Isfahán. El había ido a visitarla. A él, Mehdi, le quedan dos años de universidad, luego el servicio militar, dos años más, después buscar trabajo, luego casarse y formar familia. Es uno de los pocos jóvenes con los que he conversado que no habla mal de su gobierno. Sabe que le costara encontrar un buen empleo estable, pero me preguntaba si conocía algún país en el que fuera fácil para los jóvenes encontrar trabajo al terminar sus estudios. Cree que el país continuara desarrollándose en el futuro. Acaban de descubrir un nuevo yacimiento petrolífero. Confía en el buen entendimiento político con Asia. Mientras hablábamos y me preguntaba usos y costumbres en Europa, iba recogiendo del suelo, cuando las encontraba, latas y botellas de plástico vacías que depositaba en la papelera más cercana. Cuando nos despedimos, antes de subir al autobús, nos dimos un gran abrazo, intercambiamos direcciones y me invitó a su casa, cuando yo llegara a Mashhad.

Los días en Isfahán han sido muy placenteros, a pesar de la invasión humana, propiciada por los días festivos. En ningún momento, he presenciado disputas o discusiones. He encontrado a algunos españoles. Tres vascas muy divertidas, de Vitoria, viajando en autobús. Una de ellas, recientemente jubilada, tiene una furgoneta preparada para viajar. Hasta ahora sólo la ha utilizado por Europa, pero después de verme feliz y contento, habiendo llegado hasta Isfahán con el Toyota, me ha asegurado que va a preparar un viaje más largo. Se ha animado. Ojala se decida. En la visita a la mezquita del Imam, encontré a dos parejas. Les acompañe a un taller en el que imprimen manualmente telas de algodón. Colchas, manteles, tapetes. Padre, hijos y nietos mantienen la producción artesanal.
Un día, en que todo estaba cerrado, me acerque a la mezquita del Viernes. Su construcción se inició en el siglo XI y finalizó a finales del XVIII. Se mezclan estilos arquitectónicos de distintas épocas. La austeridad de su sala de columnas contrasta con el patio, construido posteriormente. Para llegar a la mezquita, me interné en las desiertas calles del bazar. Descubrí la madrasa Emami, tras una puerta entreabierta. Es del siglo XVI. No encontré a nadie en el ajardinado patio central. Aulas y habitaciones de los residentes estaban cerradas. Imposible imaginar ese armonioso conjunto, si la puerta de la madrasa hubiera estado cerrada. Aproveche para acercarme a la tumba de Harun Velayat, de principios del siglo XVI. Las paredes de la antesala donde se encuentra el sarcófago están decoradas con frescos y azulejos.

Durante los días que he permanecido en Isfahán, he regresado al hotel, caminando, después de cenar. Lejos del rio y de la plaza del Imam, parques y calles están desiertos. En ningún momento he tenido sensación de inseguridad. Muy al contrario. He disfrutado de la noche, como muchos años atrás podía hacer en Barcelona.



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