Crónica 17: del 12 al 24 de junio, 2008 (1ª)

Irán







Salgo de Isfahán, camino de Teherán, acompañado por Naseri. Está cumpliendo el servicio militar obligatorio. Ha de regresar al cuartel esa noche, ha disfrutado de unos días de permiso. Ha terminado su carrera universitaria. Le quedan 16 meses de “mili”. Se aburre mucho. A media mañana terminan sus obligaciones, dispone de mucho tiempo libre. Le recomiendo el Instituto Cervantes. Quiere aprender español. Intentará ampliar conocimientos en el extranjero. Su familia es acomodada, puede costearle un viaje a Europa y un curso postgrado. Pasamos cerca de Qom, centro religioso de Irán. A los no musulmanes no se nos permite la entrada en las principales mezquitas, no vale la pena detenerse.

Al entrar en Teherán, encuentro el caos circulatorio, una vez más, habitual en todas las grandes ciudades de los países que estoy visitando. Encontrar el hotel que busco nos lleva más de hora y media. Afortunadamente me acompaña Naseri, habla farsi y conoce la ciudad. Sin su ayuda, me habría retrasado mucho más. El hotel está en un callejón cerca de la plaza Jomeini, corazón de la capital. Logro aparcar junto a la puerta. Es una zona con numerosas tiendas de neumáticos. Para llegar hasta el hotel, desde una calle principal, he seguido a un joven, que me ha guiado, corriendo, por calles estrechas, con coches aparcados, entre los que he pasado con gran dificultad. Lo primero que he hecho al bajar del Toyota es marcar la posición en el GPS. Me he despedido de Naseri. Me he comprometido a enviarle un CD con canciones en español. Mientras veníamos, escuchando música, me ha preguntado en varias ocasiones, el significado de determinadas palabras que no comprendía. La traducción era anotada cuidadosamente en su libreta dedicada a español. En pocos meses, si acude al Instituto Cervantes, como me ha asegurado, estoy convencido de que hablará un castellano aceptable.

Conseguir el visado de India se ha convertido en mi principal fuente de preocupación (ojalá todos los problemas que me encuentre sean de ese calibre). En la embajada, junto al formulario que debía rellenar, me han exigido una carta de la delegación española. En nuestra embajada, han tramitado, sin cobrarme nada un documento personal que necesitaba –nada que ver con el viaje-, pero cuando les he solicitado una “nota verbal”, la carta que me pide la India, se han negado a redactarla. “Entrar en Pakistán por Beluchistán está desaconsejado por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Es una zona muy peligrosa, con asaltos y raptos por grupos armados incontrolados, en ambos lados de la frontera. “Busque una ruta alternativa, por el norte o por barco, vía Omán, hasta la India”.
Al día siguiente, les explico que la única posibilidad que tengo de llegar a la India, con mi coche, es seguir la ruta tradicional: la carretera que pasa por Bam, llega a Zahedan, ciudad peligrosa con traficantes de droga, cruza la frontera con Pakistán, sigue hasta Quetta, en paralelo a la cercana frontera con Afganistán, por una zona desértica. De Quetta a Lahore, disminuye el riesgo. Firmo una carta, eximiendo de responsabilidad a la embajada española. Consigo la nota verbal. En la embajada india, relleno el formulario, adjunto fotos, fotocopia del pasaporte, la dichosa carta, pago una cantidad por una conferencia a Madrid, pidiendo autorización para el visado. Solicito seis meses de permanencia en el país (es lo máximo permitido por turismo), con entradas múltiples. Quiero acercarme a Nepal, China y pasar las Navidades en España. Las funcionarias indias, protegidas por rejas y un cristal, son puntillosas. Cuando les digo que voy en coche, me indican que la nota verbal debería especificarlo. He de pedir otra, en la embajada española, que lo haga constar. Pero… ven el recibo que certifica que he pagado ya por la conferencia. Me añaden un papelito con un nombre, indicándome que lo presente en recepción. Después de una larga espera, me conducen hasta un despacho donde encuentro a un funcionario a quien le gusta el fútbol. La noche anterior ha visto ganar a España en el campeonato de Europa, está contento. Le parece correcta toda la documentación entregada. ¿Se habría comportado igual conmigo en caso de estar enfadado por una causa ajena a mí? Cree que en una semana se resolverá el trámite. Me da su nombre con un número de teléfono. “Llame a partir del domingo”.
Una semana en Teherán. Tengo que aclarar que la capital parece pertenecer a otro país. La gente amable que he encontrado hasta ahora, esforzándose en ayudarte, ha desaparecido. Cuando pregunto a alguien por algún lugar, lo habitual es que contesten “No, no”, apoyándose con un gesto de las manos que indica claramente que te largues. Los más comprensivos, señalan una dirección, con el brazo extendido, diciendo “por allí” o “todo recto”. Claro, “por allí” ¿hasta dónde? ¿cien metros? ¿dos kilómetros? ¿a la derecha o a la izquierda?. Es agotador.

Mi oasis en la ciudad es el hotel, “Firuzek”, sencillo, con gente amable que se esfuerza en que te encuentres a gusto. Su gerente, Mousavi, que está detrás del mostrador desde la ocho de la mañana hasta las diez de la noche, soluciona los pequeños problemas que se les plantean a todos los viajeros que llegan hasta aquí. Llama por teléfono, escribe direcciones en farsi, indica horarios de medios de transporte, aconseja rutas, confía en que los huéspedes vayan anotando las horas que utilizan Internet o los tés que se tomen, para pagarlos cuando dejen el hotel. Es lugar de encuentro de viajeros solitarios. He conocido a Salva, Álvaro y Stephen. Dos españoles y un inglés. Viajan en bicicleta, se encontraron en Tabriz.
Salva, 34 años, maestro, con plaza en Cazorla, pidió excedencia el día que en que se dio cuenta que la vida que llevaba, cómoda pero rutinaria, seguiría transcurriendo sin mayores alicientes. Había probado anteriormente la peligrosa fruta de la aventura, un sabor que crea adicción a casi todos aquellos que lo han disfrutado alguna vez. Había rodado, en compañía de un amigo, por las estepas de Mongolia, y los desiertos del Yemen. Se decidió. Empezó un largo viaje de vuelta al mundo. Empezó por África. Bajó por Marruecos, la Costa de Guinea, Angola, Namibia, Sudáfrica. Desde Ciudad del Cabo, siguió su viaje por Mozambique, Malawi, Tanzania, Kenia, Etiopía, Sudán, Egipto, Jordania, Siria, Turquía e Irán. Dos años y medio de libertad y grandes satisfacciones. Los malos momentos, deben haber sido muchos, los recuerda anecdóticamente. Sigue ilusionado su viaje hacia el este.
Álvaro, 40 años, abogado y payaso. Trabajaba en una notaría en Madrid. Hace cuatro años, vendió su coche, buscó ayudas, creó un proyecto plasmado en su Web www.biciclown.com También ha recorrido África, continua hacia Oriente.

Stephen no es tan decidido. Le ilusiona viajar en bicicleta pero sólo por periodos de dos o tres meses. Regresa a Londres, descansa un par de meses y reanuda el viaje donde lo interrumpió.
Los tres están tramitando los visados de los países que cruzarán. Todos esperamos. Teherán no es el mejor lugar para pasar los días. Se visita algún museo, pero terminas por huir en busca de nuevos lugares menos agobiantes, que estén relativamente cerca.
Yo he elegido los jardines y museos del palacio Golestan. Está cerca del hotel. He podido ir andando. Las últimas modificaciones se efectuaron en el siglo XIX. Hay varios edificios en un gran jardín. Algunos están cerrados al público. Todos son distintos, interesantes, esculturas, bronces, cuadros, espejos. En la que fue sala de audiencias, se levanta un trono de alabastro sostenido por esculturas. Las paredes exteriores están decoradas con azulejos, sobre los que destacan diversos motivos. Está prohibido el uso de la cámara fotográfica en los interiores. Yo disparo sin flash. No me escondo. Los guardas ven que preparo la cámara. En ocasiones me permiten que fotografíe las salas y en otras no.

Cruzar la calzada entraña más riesgo que atravesar Pakistán, atestiguado por datos estadísticos. Entre 20 y 25.000 muertos al año, por accidentes de tráfico. Ignoro el número de heridos graves. Deberían hacerles comprender que respetar las normas de tráfico de puro sentido común sería más conveniente que confiar en que Allah les proteja. Peatones y motoristas juegan a diario al “sálvese quien pueda”. Sólo unos pocos motoristas utilizan casco, desde luego inútiles en caso de accidente, son como los que se usan en las obras de construcción. Los coches y autobuses suelen respetar los semáforos. Algunos motoristas y peatones ni los miran. Los policías de tráfico observan el espectáculo. Si eres de los que esperas para cruzar a que se encienda la luz verde para los peatones, ten cuidado. Para agilizar el tránsito, los vehículos pueden girar aunque tengan luz roja para cruzar. No se detienen, te sortean. Las motos son peligrosísimas, los coches les limitan la visión. No frenan nunca, te esquivan. Estoy acostumbrado, por mi experiencia cairota, a cruzar las calles entre coches, pero esa mezcla al 50 por ciento de coches y motos es explosiva. No puedes confiarte ni en la aceras. No se te ocurra cambiar de dirección bruscamente sin comprobar que tienes detrás. En las calles de dirección única los motoristas circulan, rápidos, por las aceras, en dirección contraria, para acortar trayecto. Recuerda. No frenan, te esquivan.

E
s fácil comprender que con estas condiciones no apetezca pasear por las calles de Teherán. Otro inconveniente, en el centro sobre todo, es la escasa oferta de bares y restaurantes donde sentarse para descansar un rato. Salvo en los hoteles, lo habitual son pequeños locales de comida rápida, nada acogedores.
Mi otra “escapada” del hotel ha sido para acercarme al Museo Nacional de Irán. Lamento decir que me ha decepcionado. Esperaba más. Por supuesto muestra objetos, de indudable valor, prehistóricos y persas.

Todos escapamos de Teherán. Hay muchos lugares interesantes en la capital. Palacios, museos, bazar, colección imperial de joyas, con el mayor diamante rosa del mundo, 182 quilates, jardines, parques…. Pero la gran ciudad nos agobia. Si hay que esperar unos días para recoger los visados, mejor pasarlos en Isfahán. Yo me voy hacia el norte. Por supuesto que regresaré a Isfahán, pero cuando ya tenga el visado de la India e inicie camino hacia la frontera de Pakistán.
Leo en el periódico, que miembros de la “Armada de Dios” han asaltado una comisaría en Beluchistán, raptando a 17 policías iraníes. Han huido hacia Paquistán con los rehenes. Intentan canjearlos por su líder que está encarcelado. Menos mal que eso ha ocurrido después de haber entregado toda la documentación necesaria para tramitar el visado de la India. Esa noticia alarmante, que confirma la peligrosidad de la zona, motivará, sin lugar a dudas, un mayor despliegue policial y del ejercito en todo el área. Los grupos incontrolados se mantendrán ocultos, por lo menos durante un tiempo. Espero que sea el suficiente para que pueda atravesar la zona conflictiva sin mayores sobresaltos. Me acompañará, en ese trayecto, unos tres días, Naoki, un joven japonés, nacido y residente en Milán, que he conocido en el hotel. Tiene doble nacionalidad. Para viajar por Asia, utiliza el pasaporte japonés, le agiliza los trámites. Ha pedido el visado de la India por la mañana y me lo ha mostrado por la tarde,

E
n el viaje hacia el Mar Caspio, me acompaña Fredrik, 23 años, sueco, estudiante. Viajar conmigo le facilita el acceso a los lugares que queremos ver. Entre ciudades y pueblos siempre hay autobuses de línea regular, pero llegar a lugares aislados obliga a utilizar taxis. El presupuesto de viaje de un estudiante, aunque sea sueco, no permite tales dispendios. Nuestro primer objetivo es Alamut, allí se encuentra uno de los castillos en los que se refugiaron los ismailies, los seguidores de Hassan Sabah (mi nota sobre esa secta puede verse en lo que escribí el 31 de Marzo, cuando visité el castillo de Muysaf, en Siria), conocido en Europa, como el “Viejo de la Montaña”. Construyeron sus castillos en zonas aisladas, de difícil acceso. Existe una ruta, el valle de los asesinos, que llega hasta ellos. Para emprenderla se necesita guía, porteadores, estar en buena condición física y disponer de tiempo, una semana. Fredrik y yo nos reunimos las condiciones previas, así que nos limitamos a ver el de Alamut, el más accesible. Lo mejor de ese lugar es “ir hacia él”. Dejamos la autopista que une Teherán a Tabriz, para tomar una carretera secundaria, estrecha, 80 kms, que atraviesa tres valles, no siguiendo un río, sino subiendo y bajando montañas, superando fuertes pendientes y peligrosos descensos, con curvas muy cerradas. El paisaje es impresionante. Rodeados de montañas, con algo de nieve en sus cumbres. Paredes rocosas, escarpadas, áridas. Sólo se ven árboles y campos labrados cerca del cauce del río. Es fácil seguir la ruta. Hay carteles indicadores que conducen hasta la base de un promontorio rocoso sobre el que se conservan las ruinas, en proceso de restauración, del castillo de Hassan. Todas las fortalezas fueron tomadas por los mongoles en el siglo XIII. Los ismailies tuvieron que refugiarse en el actual Paquistán. Sus seguidores buscaron nuevos lugares. Algunos se instalaron en Yemen. En Mombasa, Kenia, hay una rica comunidad ismailí, dedicada al comercio. Su líder es el Agha Kan.
Se ha facilitado el ascenso hasta las ruinas del castillo con unos escalones de piedra. El último tramo se supera gracias a unas escaleras de mecano tubo. Una vez arriba, se goza de un punto de observación extraordinario. Las ruinas en si no son interesantes. Hay poco que ver. Pero el camino, el ascenso, el paisaje, el gran peñasco sobre el que se alza el castillo, el sabor de las cerezas que nos han regalado unos recolectores, el fresco zumo natural, de melón, que ha calmado nuestra sed, nos han compensado ampliamente el esfuerzo realizado, Ha sido una buena mañana. Además, ¿hay casualidades?. Llega poca gente hasta aquí. No hay autobús regular. Cuando bajábamos, nos hemos encontrado, en la zona intermedia, en unos bancos, en un cobertizo que protege del fuerte sol, un grupo de cuatro mujeres. Tres ellas, jóvenes, iraníes, residentes en EEUU. La otra vive en Zahedán, la ciudad peligrosa, cercana a la frontera de Paquistán, por la que tengo que pasar. “Si tiene algún problema, llámeme. Intentaré ayudarle”. He guardado dirección y teléfono. Ojalá no necesite usarlo. Qué casualidad. No hay nadie, y de repente, aparece a una persona que vive a 1.800 kms, que tal vez pueda llegar a necesitar.



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