Crónica 17: del 12 al 24 de junio, 2008 (2ª)

Irán






Regresamos hasta Qazvin. No nos detenemos. Fredrik lee en su guía lo que ofrece la ciudad. Nos ponemos de acuerdo, seguiremos hasta Rasht, la ciudad más poblada de la zona del Caspio. La carretera es peligrosa. Tres vías. Muchos camiones. El trazado es serpenteante, buen piso, muchas curvas. Algunos conductores no guardan la distancia de seguridad, conducen igual que en ciudad, adelantan sin visibilidad, ignorando si va a aparecer un coche de frente, por la misma tercera vía que están utilizando, saltándose la línea continua. Llegamos a Rasht antes de que anochezca. Encuentro un parking céntrico. Nos alojamos en un hotel barato que no está mal. Una vez instalados, salimos a la calle en busca de un centro Internet. Fredrik necesita conectarse. Está esperando un e-mail. Tendrá que dejarlo para mañana, han cerrado unos minutos antes, a las ocho en punto. Nos sorprende la masa de gente que hay en las calles. Rasht tiene el índice más elevado de densidad demográfica de Irán. Su altitud es diez metros bajo el nivel del mar. Supongo que durante el día hace mucho calor, el grado de humedad es elevado. A esta hora la temperatura es agradable. Muchas chica jóvenes medio cubren su cabello con pañuelos floreados o de colores, muy maquilladas, vistiendo ese cubre polvo o gabardina hasta las rodillas que sustituye al habitual chador. Son ellas, las mujeres, las que más se exponen a recibir multas y amonestaciones por no vestir de forma adecuada. En el “Iran Daily”, del día 18 de Junio, he leído, que la policía ha cerrado 32 boutiques que vendían trajes para mujer que violaban el código islámico. Asimismo han clausurado varias peluquerías para hombre que efectuaban cortes “occidentales”. Es imparable. Muchos jóvenes están hartos de tantas prohibiciones. La demanda es alta. Cierran unos locales, abren otros.

Después de cenar, Fredrik ha seguido buscando la forma de conectarse a Internet. Yo, por mi parte, he sentido la imperiosa necesidad de comer un helado rico, no de máquina. Cuando he descubierto a un chico que comía uno, le he preguntado dónde los vendían. Se ha esforzado en indicarme el camino, pero las explicaciones en farsi, para mí, son incomprensibles. Al final he encontrado lo que buscaba, un cucurucho con tres bolas de fresa. Mientras lo saboreaba, vagando por calles, sin rumbo fijo, he aparecido en un mercado al aire libre de fruta. He comprado, melocotones, albaricoques y cerezas. Mañana queremos ir a visitar un castillo y un pueblo. La fruta nos vendrá bien. Por la noche, antes de dormir, conecto a un enchufe la pastillita mata mosquitos. Dormimos ocho horas de un tirón.
Después de desayunar, salimos dirección a Massuleh, un pueblo de montaña a 57 kms de Rasht. La zona entre el Caspio y la cordillera Elburz está ocupada por extensos arrozales. Massuleh se encuentra a 1.050 metros de altitud. Rodeado de bosques que cubren las laderas de las montañas circundantes. La carretera sigue el curso de un río. Pasamos por lugares, inequívocamente destinados a aquellos que gustan pasar un día en el campo. El pic-nic es el principal entretenimiento nacional. La particularidad de Massuleh es que prácticamente no hay calles, sólo escaleras. Los bares, los restaurantes, las tiendas, están sobre los techos de las casas. Otra peculiaridad es que un cementerio está en el centro del pueblo, las lápidas, frente a la mezquita, se encuentran en una zona de paso. Muchas flores en balcones y ventanas. La subida hasta la zona alta exige esfuerzo. Fredrik se va por un lado y yo por otro. Es un pueblo para perderse por sus distintos niveles. La gente es amable. Terminamos encontrándonos en un restaurante. Para variar, kebab y yogurt. Ah, Mirinda y Té.

Llegar al castillo de Rudkhan, nos obliga a regresar por la misma carretera, hasta Fuman. Mucha animación junto al gran mercado callejero. Tenemos que preguntar tres veces, antes de encontrar el camino adecuado. Esa particular forma de indicar una dirección, “Por allí”, más que ayudar, desorienta. Un joven, que habla inglés, nos dibuja un plano, con plazas y calles, que nos sitúa en el camino correcto para salir de Fuman. Los cerca de 40 kms, hasta Q’ala Rudkhan, transcurren por una carretera estrecha, entre árboles, con varios desvíos.
Llegamos a un aparcamiento con unos treinta vehículos. La zona, entre montañas, es boscosa. Un torrente sigue su curso entre árboles y rocas. Varios grupos familiares se han instalado junto al agua. Es la hora de comer. Las mujeres preparan kebabs, mientras algunos hombres conversan y los niños corren, saltando entre las piedras.

Seguimos la senda de cemento y cantos, que nos conducirá hasta el castillo. Al principio es cómoda. Suaves rampas de subida, algunos escalones, un par de puentes, tramos llanos. Luego, se inicia el ascenso, escalones muy altos que exigen esfuerzo. Ayer el castillo de Alamut, esta mañana las escaleras de Masuleh, ahora mas peldaños. Empiezo a sudar copiosamente. Me voy deteniendo de vez en cuando para recuperar el aliento y bajar las pulsaciones. Veo a niños que suben corriendo, otros abandonan las escaleras y ascienden por trochas entre los árboles, acortando camino, a cambio de enfrentarse a una mayor pendiente. Claro que, de vez en cuando, resbalan, caen rodando, sin poder detenerse y se pegan buenos leñazos. Hay quien baja con gran cuidado, apoyándose en ramas o bastones, procurando no patinar o caerse. No miro hacia arriba, intentando saber cuánto me falta, ya llegaré. Se tarda más o menos, pero se llega. El frondoso bosque oculta las murallas, que aparecen de repente frente a mí. Al descubrirlas, me olvido del cansancio. Unos últimos escalones y traspaso la puerta de entrada. Nunca había visto un castillo parecido. Es estrecho y alargado, sobre la cima. Sus murallas y torres suben y bajan, siguiendo la ondulación de la colina. Lo más impresionante es que está totalmente rodeado de bosque, entre altas montañas. Está en proceso de restauración. No llego hasta los extremos. Es agotador. Los desniveles son pronunciados. Sobre la torre más alta, un equipo de televisión está grabando la actuación de un cantante. En un rincón escondido, me topo con una pareja besándose, me disculpo. Se tranquilizan al ver que soy extranjero. Me piden que les haga una foto con su cámara. Cerca de la entrada, sobre una terraza, el mejor punto de vista, el guarda me ofrece un vaso de té. Acepto y le pregunto cuánto vale. Contesta que es una invitación. Tengo que insistir tres veces (es lo habitual en el país), hasta que acepta el billete de 2.000 riales (13 céntimos de euro) que le tiendo. Su amplia sonrisa confirma que he respondido como esperaba.
La bajada, por supuesto, es fácil, pero voy con cuidado. Dos padres transportan a sus hijos con torcedura de tobillo. Cerca ya del aparcamiento, al lado de la senda, un bar con sillas bajo los árboles. Si regreso aquí, alguna vez, acompañando a alguien, le esperaré, tomando un refresco, leyendo un libro. Es un lugar muy agradable. Yo ya he visto el castillo. Una vez me basta.



En Rasht, dejo a Fredrik en la central de autobuses. Justo va a salir uno hacia Isfahán. Llegará por la mañana. Yo dispongo de tiempo, estoy dejando pasar los días, a la espera del visado de la India, pero a Fredrik le quedan sólo dos semanas en Irán, ha permanecido siete días en Teherán. Es hora de que se dirija a los lugares más interesantes del país, Shiraz, Persépolis, Naqsh-e Rustam, Yazd e Isfahán. Después de despedirnos, dudo. ¿A dónde voy? Tengo la tentación de quedarme en un buen hotel en Rasht. Ha sido un día duro. Estoy algo cansado. Una buena ducha de agua caliente, cena, cama confortable. No. Seguiré hasta el primer pueblo que encuentre en la costa del Mar Caspio. Hay mucho tráfico. Cargo gasoil. No me gustan los pueblos que atravieso. Empieza a anochecer. Tengo que cambiar el aceite del motor. Veo varios talleres dedicados a esa labor, pero no encuentro el aceite recomendado por Toyota. Al final, aparco en una gasolinera. Dormiré en el coche. Mañana será otro día. El empleado de la estación de servicio, me ofrece té. Compartimos galletas que saco de la despensa.

Emprendo la marcha a las nueve de la mañana. No tengo agujetas. Al contrario, han desaparecido pequeñas molestias que sufría en un tobillo. ¿Tendré que visitar un castillo al día?. Aunque estoy siguiendo la carretera paralela a la costa, apenas veo el mar. Fábricas, casas, hoteles llegan hasta la orilla. No hay playas bonitas. No vale la pena detenerse. Encuentro por fin un lugar en el que tienen aceite, alemán, apropiado para el Toyota. Mientras trabajan, saco las cerezas que me quedan y las comparto con ellos. El dueño prepara te. Arranca ocho naranjas del árbol que tiene en el patio de atrás y las deja sobre el asiento de mi coche. “Para el camino”. Comprueban niveles, la presión de los neumáticos, limpian el filtro del aire y me cobran 35 euros por tres latas de cuatro litros y el trabajo. Padre e hijo salen a despedirme, deseándome un buen viaje.
Abandono la carretera del Caspio, para dirigirme hacia Teherán. Paso entre montañas, carretera de un solo carril en cada dirección en muchos tramos. No quiero imaginar los atascos que se deben producir los fines de semana, cuando los habitantes de la capital, huyendo del calor, se dirijan a las playas más cercanas. De 10 metros bajo el nivel del mar se sube hasta 2.500. Cuestas, curvas y, al final, túneles y un pantano. A poco de iniciar el descenso, me detengo en uno de los numerosos restaurantes que hay a ambos lados de la vía. Cuando entro en Teherán, enciendo el GPS. Menos mal que marqué las coordenadas del hotel. Llego hasta la puerta sin mayor problema. Encuentro a Salva que acaba de llegar. Ayer superó, con la bicicleta, el puerto que he subido esta mañana. Durmió en la tienda, cerca de un torrente.



E
l visado de la India se demora. En Teherán, cierran las embajadas viernes y sábado. En España, sábado y domingo. El horario para tramitar visados es de 9 a 11,30. La diferencia horaria, entre los dos países, es de dos horas y media. Se pierde otro día. En fin, seis visitas. El teléfono que me dieron no deja de comunicar. Cuando contesta alguien, me dejan a la espera, escuchando el tema musical de la película “El Golpe”. Después de diez minutos, una voz me indica que llame mas tarde. La única forma de enterarme si se ha autorizado mi visado es personándome en la embajada. Para preguntar hay que hacer cola. Paciencia. En esas situaciones, siempre recuerdo al conductor que encontré hace años, en una zona del desierto argelino, junto a su camión averiado. Estaba en mitad de la nada. Una línea en el horizonte. Ningún punto de referencia, nada. Una llanura uniforme. Suelo duro, sin baches ni ondulación. Arena y pequeñas piedrecitas. Si quería mirar algo, se alejaba un poco y veía el camión. Tenía agua y comida. Su vehículo le proporcionaba sombra. Le pregunté cuanto tiempo tenía que esperar la pieza que se había roto. “No lo sé. Una vez estuve tres meses en el Tchad.” Tres meses. Las dos primeras veces, he ido a la embajada en taxi. Las siguientes en metro. Es rápido, limpio, con aire acondicionado. Sólo tiene tres líneas, 44 estaciones. El billete de ida y vuelta cuesta 30 céntimos de euro.

En el hotel aparecen viajeros de distintos países. Se intercambia información. Como he estado varios días, he conocido diversos clientes. Desde el enigmático chino, biólogo, que se dirige a Irak, en “viaje turístico”, después de esperar durante ocho meses su visado, al simpático grupo madrileño, formado por Paloma, Montse, Tere y Salva. También a Carlos, argentino españolizado. Reside en Madrid actualmente, habiendo trabajado con anterioridad en EEUU y Brasil. Se ha tomado unos meses de vacaciones. Inició su viaje, en bicicleta, en Estambul. Su contacto con la carretera le asustó. Estuvo a punto de abandonar, regresando a Madrid. Se dio una segunda oportunidad. Se fue hacia el este de Turquía en tren. Ha entrado en Irán por Azerbaiyán. Se dirige a Turkmenistán. Otro pendiente de visados. Uno de los días, llamaron a mi puerta tres jóvenes alemanes, buscaban información sobre el visado de la India. El gerente, que conoce mis cuitas, me había recomendado como “experto”. Me sorprendieron. Pertenecen a ese grupo de gente que va feliz por la vida, esperando que todos sus problemas se solucionen en el último momento. Quieren ir a la India y quedarse hasta Navidad. No tienen dinero, porque que se les ha acabado el efectivo. En Irán, debido a las sanciones por su proyecto nuclear, no pueden cambiarse los cheques de viaje ni se puede sacar dinero de un cajero automático. Por el mismo motivo, no creo que Western Union esté operativo para recibir dinero de sus familias. El visado de Irán, les caduca dentro de tres días. El mismo día en el que tienen la reserva para volar a Dheli. El visado de la India, tarda como mínimo una semana. “¿Qué podemos hacer?”. “Podemos volar el viernes, nos darán uno en el aeropuerto de llegada”. Ingenua inconsciencia juvenil. Aprenderán. Les he ayudado a establecer un orden de prioridades y el camino lógico para solucionar sus dificultades.
Por fin, figura en mi pasaporte el visado de la India, entradas múltiples, seis meses de duración…… a contar desde el día que me lo han entregado. Debo salir del país antes del 24 de Diciembre. Eso altera mis planes. Bueno, tengo tiempo para pensar que haré. Por lo pronto, mañana temprano saldré hacia Isfahán. Siempre querré volver a Isfahán.


Enviado desde Teherán el 24 de Junio, 2008
Kilómetros recorridos 29.997


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