Crónica 18: del 25 de junio al 7 de julio, 2008 (1ª)

Irán








Por fin puedo salir de Teherán, con el visado de la India en mi pasaporte. Confiaba en que los seis meses empezaran a contar en el momento en que entrara en el país, pero no es así. Es a partir de la fecha de entrega, o sea que antes del 24 de Diciembre debo abandonar la India. No podré pasar las fiestas de Navidad en Barcelona, estaré en Kuala Lumpur, esperando que llegue el barco que transportará el Toyota. Creo que lo mejor será ir a Barcelona en Noviembre, regresar a la India a primeros de Diciembre, buscar puerto y condiciones de embarque.
Necesito llegar a Isfahán para olvidarme de las incomodidades de Teherán. La carretera es excelente, autopista, por lo que la distancia que separa ambas ciudades, 414 kms, la cubro en unas cuatro horas. Conozco la vía de entrada, el parking, donde dejaré el coche el tiempo que permanezca en Isfahán, el hotel, bien situado, donde me alojé anteriormente… todo fácil, buenas sensaciones.
Los días que me he quedado en la ciudad, han transcurrido placenteramente, disfrutando de todo aquello que conocí hace ya tres semanas, cuando llegué por primera vez. He repetido visita a algunos lugares. He aumentado mi archivo fotográfico. He charlado con conocidos. Hay poco turismo extranjero. Un vendedor de la plaza del Imam, con el que estuve charlando largo rato, me contaba sus dificultades. “Hay muy pocos grupos europeos. Sólo coreanos, chinos, japoneses. No compran nada. Los europeos son los mejores turistas, tienen dinero, compran. ¿Cómo van a venir aquí? Se van a otros países donde puedan beber cerveza fría, las mujeres no tengan que llevar el cabello cubierto y puedan vestir como quieran.” Tal vez, debido a los pocos turistas extranjeros que visitan el país, fui reconocido en casas de te, restaurantes, centros de internet, tiendas y kioscos, en todos aquellos lugares en los que había estado con anterioridad. Es agradable, es como sentirte en casa.

A finales de Junio la temperatura es alta. La plaza del Imam está desierta hasta que el sol inicia su camino descendente. La escasez de agua, ha obligado a cortar el cauce del río Zayadeh. Los puentes han perdido la razón de su existencia, el agua. El paisaje ha cambiado totalmente. Qué suerte haberlo visto cuando todavía el agua corría bajo los arcos de los puentes.
Paseando por un parque cercano al hotel, en el que se encuentra el palacio Hasht Behesht- Ocho Paraísos, me he sorprendido al comprobar que habían finalizado las obras de restauración que impedía la visita al interior del palacio. Los parques de Isfahán son una bendición, sobre todo ahora, en verano. Zonas sombreadas donde se reúnen grupos familiares, o estudiantes o simplemente, un buen lugar donde dormir una siesta. En Teherán no está permitido pisar el césped.

Tenía tantas ganas de llegar a Isfahan, que no me acerque a Kashán, que se encuentra en el camino. No importa, tengo tiempo. Regreso sobre mis pasos hasta llegar a esta ciudad, enclavada en la orilla occidental del gran desierto Kevir. Es una de las ciudades más antiguas del actual Irán. En sus cercanías, se halla un yacimiento arqueológico con 7.000 años de antigüedad. A mi, lo que me atrae principalmente, son sus antiguas residencias de ricos mercaderes. Kashán tiene fama mundial por sus alfombras. En el siglo XIX, se construyeron varios palacetes de distintos personajes que se enriquecieron gracias a la delicada artesanía de la ciudad, especialmente alfombras, junto a cerámicas y sedas.
Llego a mediodía. Las calles están desiertas. Logro encontrar el hotel, una casa antigua restaurada, que me recomendaron en Isfahán. Casi todas estas ciudades, antiguos oasis, cercanas al desierto, son similares. Plazas y calles principales, vías rápidas para transitar los vehículos y callejuelas estrechas, laberínticas, encerradas entre las calles principales.

Mi primera visita, una vez instalado, es a la mezquita Agha Bozorg, cercana al hotel. No es una mezquita espectacular. Pero es distinta a todas las demás. Es la única en Irán, que se levanta sobre la madrasa. Al entrar, desde la calle, se está al mismo nivel que la mezquita, que se ve enfrente. Entre la puerta de entrada al recinto y la mezquita, a un nivel inferior, un patio arbolado al que dan las clases de la madrasa. Encuentro a Dieter, belga, 30 años, tres meses de vacaciones que aprovecha para viajar por Turquía, Georgia, Azerbaiyán, Irán, Turkmenistán. Vamos juntos hasta una zona del barrio antiguo en el que se encuentran varias casas restauradas. Todo está muy bien indicado, con carteles de color marrón. Antes de despedirnos, ya que es mejor que cada uno vaya a su aire, perdiéndose por las distintas estancias de las casas, quedamos para ir al día siguiente a un pueblo que se encuentra a 70 kms.

Visito tres casas y unos baños. Casa Abbasi, Casa Tabatabael, Casa Borujerdi y los Baños Sultán Amir Ahmad. Viéndolas es fácil imaginar cómo podían llegar a ser las fiestas que en ellas se celebraban. Están vacías, no tienen muebles, cuadros, alfombras, cortinajes ni lámparas. Sólo paredes, frescos, estuco, cristales de colores, patios, árboles y estanques. Suelen tener una distribución bien definida. Dos o tres plantas y una o dos más, bajo el nivel del suelo. Terrazas y torres de aireación. Un gran patio, con habitaciones y salas, es la zona para festejos y recibir invitados. Una zona con habitaciones del dueño de la casa. Una zona para los hijos, otra para las hijas, ambas con habitaciones individuales, un área, con patio más pequeño, para el servicio, un establo, tres puertas de entrada, una para la familia, otra para los invitados y otra para los caballos. Las plantas del subsuelo se mantienen frescas gracias a las torres de aireación. En los niveles más profundos, agua y despensas para mejor conservación de los alimentos. El paraíso en la tierra. Lo mismo que buscaba el Sr. Azzem, el Pachá que construyo sus palacios en Ama y Damasco, en el siglo XVIII. El Paraíso. Uno de sus símbolos es el pavo real. Ahí lo encontré, en estuco, en el patio principal de la casa Tabatabael.

La casa, la familia. El núcleo básico, primero, en el que se apoya la sociedad iraní. Cuando he preguntado por qué hay pocos bares –poquísimos fuera de los hoteles- donde uno pueda sentarse a leer el periódico, mientras saborea una taza de café o té, me han respondido que el periódico hay que leerlo en casa, con la familia. Por la misma razón los restaurantes ofrecen una carta tan limitada. “La familia come en casa. Hombre o mujer preparan platos tradicionales que nunca encontrará en un restaurante”. ¿Qué puedo hacer? Sin casa ni familia. Resistir, aguantar hasta que llegue a un país en el que pueda comer algo más que yogurt, arroz y kebab. No hay mal que por bien no venga. He recuperado peso y talla de años atrás. El ejercicio lo tengo asegurado con los castillos que visito. Siempre en lo alto de un montículo y con largas e interminables escaleras para acceder a lo alto de las torres. Para terminar estas líneas dedicadas al estado físico, un último apunte. He dejado de fumar definitivamente. Esta vez va en serio. Tuve un sobresalto cuando creí que me quedaba poco dinero en efectivo. En Irán las tarjetas de crédito no están operativas, bloqueo internacional, y los cheques de viaje, por el mismo motivo, no pueden cambiarse. Quedarse sin dinero es un grave problema ya que todavía tengo que salir de Irán y entrar en Pakistán, ignoro cuánto dinero en efectivo voy a necesitar. Si tuviera que recibir una transferencia desde Europa, debería volver a Teherán y buscar alguna alternativa, fuera de las habituales transferencias bancarias. O sea problemón. ¿Solución? No gastar, salvo lo imprescindible para comer. Agua potable, fresca, gratis. Gasoil casi regalado. El coche está preparado para dormir en el interior. Se puede comer por muy poco dinero, 2 euros al día. No voy a gastar dinero en algo que se quema, se acabo el fumar. La verdad es que se puede vivir con muy poco dinero. Me estoy reblandeciendo. Caigo fácilmente en la tentación de alojarme en hoteles con aire acondicionado, agua caliente en la ducha y sábanas limpias. Como en restaurantes, disfruto de los zumos de fruta y helados. Podría reducir drásticamente mis gastos, pero ….. para qué. Ya lo haré cuando sea realmente necesario. El problema ha dejado de existir. He encontrado dinero en efectivo, suficiente, en el cajón secreto para emergencias. Tengo suficiente para llegar a la India. Espero que allí si pueda cambiar por fin mis cheques de viaje. Desde luego, no volveré a comprarlos nunca más.

Mi hotelito en Kashán, en una casa antigua, no está nada mal. No tiene las paredes decoradas con estuco o frescos, pero si dispone de torre de aireación y patio. Regateando, he conseguido buen precio, 10 euros. El único inconveniente es el aparcar. Hay poco espacio entre las callejuelas. El último día me he encontrado que la salida a la calle principal, que había usado para entrar, estaba cortada por obras. Marcha atrás hasta encontrar un lugar en el que estacionar el coche y buscar, caminando, una salida con anchura suficiente para el Toyota. Al final la he encontrado. Retrovisores plegados y un margen de dos centímetros por lado.
En Kashán, además de las casas antiguas, los baños, las mezquitas, los mausoleos, hay un jardín “especial”, a unos siete kms del centro. El jardín, Bagh-e-Fin, está rodeado por un gran muro. En su interior hay un palacio, un kiosco y una casa de baños. Es un lugar muy agradable, tranquilo, con numerosos árboles que proporcionan sombra protectora ante el terrible sol de mediodía de finales de junio. Lo que contribuye, sobre todo, a lograr ese ambiente equilibrado, “fresco”, es el sonido del agua, corriendo por los canales que llegan a todas las zonas del jardín. El agua llega de un manantial, distribuyéndose en las cuatro direcciones.


Me he ido con Dieter, el belga, hasta Abianeh, un pueblo recomendado por las guías. Los primeros kms. transcurren por la antigua carretera a Isfahán, luego, tomando un desvío, nos hemos internado entre montañas. El pueblo se encuentra en una ladera, a 2500 metros de altitud. En invierno, la nieve debe cubrir todo el paisaje que estoy contemplando. En Kashán, que esta a 1000 metros de altitud, el invierno pasado, los termómetros han llegado a marcar 20 grados bajo cero. ¿A cuánto habrán llegado aquí? Hasta hace poco, la carretera no debe tener muchos años, esta zona quedaba aislada varios meses al año.

Aparcamos junto a unas fuentes. Área de pic-nic con varios grupos. Nos saludan, ofreciéndonos te. Se nota que el pueblo se ha convertido en un reclamo turístico. Hotel a la entrada, calzada interior nueva, losas con desagües. Las calles son muy estrechas, no permiten el paso de coches. Hay varios niveles, según la zona de la ladera en la que se asientan las casas. Son sencillas, adobe y madera. Destacan puertas y balcones. En el centro, una mezquita, con balconada, desde la que se disfruta del paisaje, montañas en la lejanía. A un kilómetro, las murallas de una fortaleza. Hace mucho calor, Dieter y yo nos miramos, no llegamos a hablar. Bastan unos gestos con la cabeza. Nos ponemos de acuerdo. No iremos hasta las murallas. Regresamos hasta donde habíamos dejado el coche. Lavamos cerezas y albaricoques que he comprado a primera hora. Ese será nuestro almuerzo. Cuando regresemos a Kashán será el momento de tomar una merienda-cena.
En Kashán se han esforzado en recuperar, mantener y adecentar los restos de su pasado. La ciudad estaba protegida por una gran muralla de adobe. Los mongoles la destruyeron. Hoy podemos contemplar lo que permanece de sus grandes muros.



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