Crónica 19: del 8 al 15 de julio, 2008 (1ª)

Irán, Paquistán







Naoki apareció, puntual, en la casa de té en la que habíamos quedado. Escuchamos un par de canciones, antes de ir al hotel, comprar agua y ponernos en marcha hacia Paquistán.
Hemos decidido dormir en Bam, a 200 kms. y pasar la frontera al día siguiente. Como disponemos de tiempo, nos detenemos en Mahan, a unos 40 kms. de Kermán. Un gran cartel nos anuncia el desvío a los jardines Bagh-e Shahzade. Se distinguen fácilmente. Una gran mancha verde entre el marrón uniforme del paisaje desértico que estamos atravesando. Es un día laborable, pero varias familias han preparado sus alfombrillas y enseres, bajo los árboles, junto a un canal de agua, para preparar su comida campestre. Los jardines se encuentran dentro de un gran recinto amurallado, en la ladera de una montaña. En la parte más alta, un edificio, con restaurante, desde el que se goza del mejor punto de vista. Pueden verse los distintos estanques escalonados por los que circula el agua. Entre las murallas, jardines. Junto a los muros, casas uniformes, bien adaptadas al conjunto. Supongo que se alquilan. He visto un par de ellas que tenían la puerta abierta. Salas espaciosas, alfombradas, estanterías de obra, cojines, lámparas, cuadros… Un buen lugar. Refrescante sonido del agua, corriendo entre árboles y flores. Dentro del recinto, dos parejas. Hay que pagar por entrar, 25 céntimos de euro.
Otro de los lugares que hemos visitado, en Mahan, ha sido la tumba de Shah Nemetollah-e Valí, un sufí, sirio, del siglo XIV, que tas vivir en La Meca y Samarcanda, decidió pasar los últimos años de su vida en este lugar. El mausoleo, en el centro del pueblo, es del siglo XV.


Cuando llegamos a Bam, me dejo guiar por Naoki quien ejerce de eficaz copiloto, siguiendo las indicaciones de una hoja, en japonés, fotocopiada. La ciudad muestra los efectos del terremoto que sufrió hace cinco años. Edificios en proceso de reconstrucción, entre ruinas. Un 60% no aguantó el temblor de magnitud 6,3, según la escala de Richter. Fallecieron más de 40.000 personas. Escaso tránsito de vehículos por sus desiertas calles. Antes de buscar el hotel recomendado, nos acercamos hasta lo que queda de la antigua Bam. Debió ser una maravilla. Una ciudad con 2000 años de antigüedad, construida con adobe. Tres kms de muralla almenada, veintiocho torres de defensa, una sola puerta de entrada. La ciudadela se alzaba en la parte más alta de la ciudad, con tres líneas defensivas. Aquí se refugió el líder de los ismailitas, antes de huir, definitivamente, hasta el actual Paquistán. La ciudad antigua de Bam era una de las joyas turísticas de Irán. Afortunados los que la visitaron antes del terremoto. No creo que, a pesar de los esfuerzos para reconstruirla, se recupere su antigua vistosidad.
Cuando bajamos del Toyota, en el que disfrutamos de una suave temperatura, gracias al aire acondicionado, nos envuelve brutalmente el aire caliente del desierto del mes de julio. A los pocos segundos, chorreamos sudor. Somos los únicos visitantes. No cobran entrada. Unas fotografías, junto a la entrada de la ciudad, nos muestran la gran diferencia que separan unos segundos de temblor sísmico.

Hay un camino señalizado para visitar los restos de la antigua Bam. Se han apuntalado algunas paredes. Algunos trabajadores siguen desescombrando. Las autoridades iraníes se han comprometido a la total reconstrucción. Es un buen deseo, difícil de cumplir. La principal dificultad es que no existen mapas detallados de cómo era Bam. Un año después de la catástrofe, recuerdo haber leído que se rogaba a todos aquellos turistas que tuvieran en su poder fotografías de la vieja ciudad que las enviaran a un determinado centro de recuperación.
El paseo es corto. Muchas zonas están cerradas. Hay riesgo de derrumbes. Cuando regresamos al coche, nos bebemos el agua que nos quedaba. Me lavo las manos con agua del depósito que llevo en la baca. Abrasa.

Nos cuesta encontrar el “hotel”. Indicaciones contradictorias. Dificultad para comprender largas explicaciones en farsi. Un taxista se ofrece a indicarnos el camino correcto, va en esa dirección. Calles entre ruinas y nuevos edificios. Llegamos al lugar. El propietario es un profesor de inglés jubilado. Está reconstruyendo su casa, junto al pequeño local que se ofrece como albergue. Nos cuenta que su familia tuvo que vivir un tiempo, en tiendas de campaña, bajo unas palmeras cercanas. Debió ser duro, el invierno es muy frío. Nos ofrece agua fresca. Tiene un dormitorio comunal y una habitación con dos camas. Muy básico. Caro. Elijo dormir en el coche, pagaré cinco dólares por usar el servicio y aparcar junto al albergue. Naoki se alojará en el dormitorio junto a Hiro, un japonés que viaja en moto. Ha recorrido Sudamérica. Ha llegado hasta aquí, después de transitar por Europa, seguirá hacia la India, después de acercarse al norte de Paquistán. Somos los únicos huéspedes. Nos ponemos de acuerdo. Seguiremos juntos hasta Quetta. Nos haremos compañía en la travesía menos segura de esta zona. Para celebrar el pacto, preparo comida que saco de la despensa. Mesa, sillas, platos, cubiertos, vasos van saliendo del Toyota, ante la mirada complacida de mis nuevos compañeros.

El menú es limitado, pero bien acogido, no hemos comido nada desde la hora del desayuno. Garbanzos, atún, aceite de oliva virgen extra, pan tostado, queso en porciones, te Lipton. Hiro contribuye con una botella grande de Coca Cola local. Durante la sobremesa, hace su aparición un holandés que viaja en un gran camión. En la parte trasera, leo la dirección de su Web, www.80questions.net Tiene aspecto de estar muy agotado. Mientras el hijo del dueño del “hotel” va en busca de un bocadillo y un refresco, a una tienda cercana, nos cuenta que se encuentra en camino de regreso hacia Holanda. Ha dejado a sus dos compañeros en Bombay, desde donde han volado hasta Ámsterdam. El tiene visados de tránsito. Eso significa atravesar Paquistán en una semana e Irán en el mismo plazo de tiempo. Le queda un largo recorrido. Necesita dormir. Habla con pausas. Nos cuenta su trayecto por Paquistán. Los lugares donde ha dormido. El paso de controles y acompañamiento policial. Lo peor, el tramo que va de la frontera a Zahedán, 90 kms. Controles y coches de acompañamiento le han ralentizado. Cuatro horas para cubrir la distancia. Nos interrumpe un grupo de policías, enseñamos documentación, escribimos datos en un libro. Si queremos, nos pondrán “acompañamiento”. El dueño del hotel nos aconseja que no lo hagamos. “La carretera es buena. Actualmente no hay peligro. Si queréis protección retrasaréis la salida y llegaréis tarde a Zahedán. La zona de riesgo es a partir de ese punto. No os preocupéis. Antes de llegar a la ciudad, la policía os localizará y os acompañará”. Nos convence. Saldremos después de amanecer, a las seis y media.

He tardado en dormirme. En el interior del coche, el termómetro marcaba 38 grados. He podido conciliar el sueño cuando se ha levantado una ligera brisa que ha refrescado mi cara, junto a la ventana abierta. Me ha despertado el canto de un gallo. Vuelvo al horario natural, el que marca el sol.
Antes de partir, mientras tomamos un té, nos despedimos del holandés, hoy con mejor aspecto, después de haber dormido. Nos deseamos buen viaje. La carretera, como la mayoría de las del país, excelente. Transcurre por una zona desértica, con montañas en la lejanía. Nos cruzamos de vez en cuando con camiones y coches. No tenemos sensación de peligro. Una patrulla militar, en mitad de la vía, nos indica que nos detengamos detrás de dos camiones. En unos momentos se forma una cola. Hablan por radio. Tienen emplazadas un par de ametralladoras pesadas. Se protegen la cara del polvo del desierto con un pañuelo. Tras un cuarto de hora de espera, nos permiten continuar. Hiro, sobre la moto, abre la marcha. Hemos decidido que el más lento vaya delante. Mantiene una velocidad constante de 90 kms. hora. A unos 100 kms de Zahedán, una estación de servicio. Aprovechamos para rellenar depósitos. El dependiente me dice que sólo puede suministrarme 20 litros, pero hace la vista gorda hasta llegar a los 50, justo lo que necesitaba. A las diez de la mañana, llegamos a la entrada de Zahedán. Desde hace unos kms, nos sigue un coche. Cuando nos detenemos para consultar el mapa, el conductor se acerca nosotros, es policía. Le explico que tengo que devolver las placas de matrícula. Pone cara de extrañeza, pero dice que le sigamos. Ahí empieza una búsqueda del departamento de policía de tráfico. Nuestros acompañantes se turnan. Nos abandona el coche y debemos seguir a un motorista, luego a otro coche, al final, el primero que nos encontramos. Logro devolver las placas. No habría sido necesario, nadie me ha pedido luego el comprobante sellado de devolución.

El trámite nos has demorado tres horas. Hemos dado varias vueltas por las calles de la ciudad. Por fin, regresamos a la carretera, camino de la frontera. Seguimos el coche de policía. Marcha a 60 kms por hora. Nos vamos a eternizar. Adelanto a Hiro, me pongo a la altura del coche protector y le indico que acelere. Me hace una seña con la mano, indicándome que le adelantemos. Aceleramos. Hiro vuelve a ponerse en cabeza. El coche policial se pierde en la lejanía. A mitad de camino, control. Bajamos del coche. Esperamos no sabemos qué. Calor horroroso. Compadezco a los pobres soldados que han de permanecer en esos pequeños barracones en mitad de la nada. Nos ofrecen te. Un soldado se sube al coche y nos hace seña de continuar. A unos tres kms. nos indica que nos dirijamos a un edificio cercado con alambradas. Hiro no se ha percatado y ha continuado en solitario hacia la frontera. Nueva espera. Hemos de ir en busca de Hiro y regresar. Una vez estamos juntos, escribimos nuestros datos en un libro y seguimos hasta la frontera sin detenernos en ningún otro control. Trámites de aduana y policía iraní sin mayor contratiempo. Al pasar la última valla, un oficial paquistaní nos invita a seguirle a un barracón donde comprueban visados y nos sellan el pasaporte. La oficina de aduanas esta en el pueblo, a unos dos kms. Nos acompaña un oficial, con nuestros pasaportes en su mano. En un gran recinto vallado, con numerosos camiones aparcados, se levantan unos pequeños edificios. Uno de ellos, con zona de estacionamiento, alberga la oficina donde deben sellarnos los “Pasajes de Aduana”. Cruzas una valla y entras en otro mundo. Para empezar, en Paquistán se circula por la izquierda. Cuidado. Los primeros días exigen mayor concentración, no olvidarlo. Hay que controlar los reflejos condicionados.

Las oficinas con aire acondicionado, espaciosas, agua potable fresca, sillas limpias de espera, se convierten en recintos con ventiladores, sofás destartalados, oficiales a los que hay que esperar más de media hora y a los que, escribir siete datos en un libro, siempre los mismos, les puede llevar diez minutos por documento. Al comprobar los visados, nos fotografían con una pequeña cámara Web que el funcionario controla desde el ordenador donde coteja datos. Aprovechamos la espera para cambiar algo de dinero. Cuando pregunto a cuánto está el cambio, me dicen que a 50 rupias por dólar. El holandés nos había proporcionado el cambio correcto, 69 por dólar. Cuando el cambista comprueba que conozco la cantidad exacta, sonriendo, me dice que él tiene que ganar algo. Asiento con la cabeza. Todos hemos de ganarnos la vida. 67 es un cambio aceptable para los dos. Solo hay dos hoteles abiertos en Taftan. Cochambrosos. Mis dos compañeros dormirán en el hotel. Yo usaré una vez más mi confortable, aunque caluroso, habitáculo del Toyota. Les propongo aparcar frente a la oficina de aduanas, lugar protegido para moto y coche. Les acerco hasta el hotel, regreso, ceno mi dieta de garbanzos, atún y pan tostado. Lo acompaño con pistachos y Fanta local. Antes de dormirme, mi cara, junto a la ventana abierta, repaso la jornada. En ningún momento he tenido sensación de estar corriendo algún riesgo. No estoy cansado, los 430 kms. desde Bam, con aire acondicionado, han sido cubiertos sin ningún esfuerzo. Incluso los trámites de devolución de matrículas y paso de fronteras, han resultado menos pesados de lo que esperaba. Lo que había leído a otros viajeros, e incluso lo que nos había contado el holandés, me había predispuesto para soportar mayores contrariedades. Cada uno cuenta cómo le va. No me puedo quejar. Mañana será otro día.

A las seis y media en punto, hora en la que había quedado con Naoki y Hiro, los recojo en el hotel, cargamos la moto y emprendemos la marcha hacia Quetta. Sin escolta. Nos han asegurado que no existe ningún riesgo. Es curioso, porque todos los viajeros de los que teníamos noticia aseguraban haber tenido que circular protegidos, incluso, algunos, hasta Lahore, cerca de la India. Tampoco acabo de entender por qué a mí sólo me concedieron un visado de una semana, cuando lo habitual es que el visado turístico sea de un mes. En fin, las cosas son como son. A veces olvido que nunca he de preguntar por qué.
Cuando emprendemos la marcha, Naoki me cuenta que han pasado una noche muy calurosa. Se han duchado vestidos para intentar dormir, volviéndose a duchar cuando se secaban, pero cómo me ocurrió a mí, hace años en Argelia, con temperaturas semejantes, a determinada hora, han cortado el agua. Yo lo sobrellevé durmiendo sobre una mesa de ping pong que encontré en un jardín. Se han reído mientras se lo contaba, tienen buen carácter.

Los primeros 300 kilómetros transcurren por un buen asfalto. La vía sigue en paralelo con la línea férrea. Algunos controles policiales en donde escribimos nuestros datos. Siempre nos ofrecen té. Reviso el libro de anotaciones. En el último año, han pasado trescientos extranjeros. Supongamos que un treinta y tres por ciento sean viajeros solitarios. Eso significaría que sólo han seguido esta ruta unos 200 vehículos. Cuando llegamos a Dalvandin, preguntamos a Hiro que tal se encuentra. Se siente bien. Propone comer algo y continuar. Conducir por la carretera no es pesado ni peligroso si nos adaptamos a la conducción habitual por estos países. Ceder el paso a los camiones, continuando nosotros por el arcén, prever que hará el vehículo que llevamos delante, ¿se detendrá súbitamente? ¿girará a derecha o izquierda, sin indicarlo con anterioridad? Los camiones, espectaculares en su ornamentación no circulan a gran velocidad, son antiguos y van muy cargados. Nada que ver con los Mercedes y Volvos que transitan por Irán. El único problema es que desvían su dirección ante cualquier pequeño bache o deformación del asfalto. También hay preverlo. Lo mejor, adelantarlos en el menor tiempo posible. No han sorprendernos los ciclistas, motoristas, carros, coches o camiones que vienen en contra dirección, cuando hay una separación entre los dos sentidos de marcha, intentan acortar su recorrido. En la carretera es fácil, cuando te acostumbras, pero… en los pueblos, y no digamos en las ciudades, todo se complica. Además de los vehículos habituales, están los peatones, los niños, los motocarros o rickshaws motorizados. Cada uno intenta pasar, metiendo el morro. Paciencia. Es un buen entrenamiento preparatorio antes de entrar en la India. Allí la circulación se complica algo más, debido a las vacas. Algunas se sientan en mitad de la calzada. Paciencia. Nadie me ha pedido que venga hasta aquí. El paquete se compra completo, con todas las ventajas y desventajas. Disfrutemos. Estoy donde quiero estar, haciendo lo que quiero hacer.

Comemos en el restaurante de un hotel, en Dalvandin. El menú es corto. Ensalada y Dhal, lentejas. Renuncio a la ensalada, a partir de ahora, procuraré cuidarme al máximo, no ingiriendo alimentos no cocinados, hielo, o agua no embotellada. Las lentejas están riquísimas, algo picantes, con cebolla muy frita. El pan, recién hecho, calentito, una bendición. Después de meses de arroz, sin sabor, yogures y kebabs, las lentejas, sabrosas, me animan. Mientras comemos, comentamos que, desde que hemos entrado en Paquistán, no hemos visto todavía una mujer.
La buena carretera ha desparecido. Asfalto parcheado, baches, tramos de pista, vía estrecha. Cuando llegamos a Nushki, quinientos kms en la jornada, Hiro pide detenernos. Pasaremos la noche aquí. Buscamos hotel. Encontramos uno, mugriento, en el que no han cambiado las sábanas, ¿sábanas?, las telas que hay sobre los colchones, desde que inauguraron. Nos acercamos al cuartel de policía. Debemos registrar nuestra llegada. Nos dicen, que la ciudad es de riesgo, porque se encuentra muy cerca de la frontera con Afganistán. Que durmamos en el cuartel. Recinto cerrado. Ya me he acostumbrado. Me gustaría ducharme, pero esperaré mejor oportunidad. Salimos a dar una vuelta. Compramos agua y cola local. Es época de mangos. Compro tres, enormes, dos kilos. Naoki se encapricha con un melón. Hago tiempo, ordenando fotografías. Nos comemos medio melón. El mango exquisito, distinto, nada fibroso, jugoso, blanco en su interior, algo ácido en la pulpa más cercana a su hueso. De los mejores mangos que recuerdo. Calor. Mucho calor. Un gato puñetero, me da un susto, despertándome, al meterse en el coche por la ventana abierta. Cuando le pregunto por qué ha entrado, me mira durante un momento y vuelve salir parsimoniosamente.

 

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