Crónica 20: del 16 al 22 de julio, 2008 (1ª)

India






El día ha empezado con muy malos augurios. Por la madrugada, un borracho, como en la canción “Y nos dieron las diez..”, la ha emprendido a pedradas con los cristales del hotel. Este personaje ha tenido más suerte que el protagonista de la historia que popularizó Joaquín Sabina. Cuando han llegado los municipales, ya se había largado. El caso es que cuando he intentado conectarme a internet, para enviar mi relato sobre la travesía de Paquistán, el suelo estaba cubierto de fragmentos de cristal y un gran adoquín. Para colmo de males, el servidor se ha negado a facilitarme la conexión. Ya lo enviaré desde otro lugar.

Salir de Amristar me ha costado una hora. Voy hacia el norte, en dirección al valle de Ladakh. La carretera está destrozada. Piedras y socavones. Hay que cruzar la vía del tren en varias ocasiones. Pasos con barrera. Para que nadie se los salte, un empleado cierra un candado, que imposibilita levantar la barrera. Los conductores son impacientes. En vez de guardar cola, cubren todo el ancho de la calzada, por uno y otro lado de las barreras. Después de pasar el tren, quitan los candados, entre un un sonido infernal de bocinas, se libera el paso. De locos. En uno de esos atascos, un autobús, con conductor agresivo, intenta pasar sin espacio. Mi puerta derecha sufre las consecuencias. Primera herida del Toyota en acto de servicio. Algún planchista, en algún lugar, reparará el desaguisado. Por supuesto, ni bajo del coche. ¿Para qué? Por suerte, no se ha roto el retrovisor. Vuelvo a situarlo en posición correcta. Podía haber sido mucho peor. Para recorrer 110 kms. he empleado dos horas y media. La red de carreteras es insuficiente, está saturada, mal conservada, numerosas obras, infinidad de desvíos, hay que pasar por el centro de pueblos y ciudades, muchos tramos sólo tienen un carril en cada dirección. Además llueve. Este año los monzones se han adelantado, ha finalizado la sequía que duraba cinco años. Lluvias torrenciales, en ciertas zonas, han inundado algunos campos de cultivo.

Cuando parece que disminuye el tráfico, veo un cartel en el arcén que indica que la carretera está cortada porque están reparando un puente. Preguntando, preguntando, me entero que hay una vía alternativa. Una gran vuelta. Me acercare hasta Shimla, una ciudad en las montañas, a 2.205 metros de altitud, que formaba parte del reino de Nepal. Desde allí, intentaré llegar a Leh. El paso por la ciudad de Chandigarh, capital del Punjab, un millón de habitantes, a la hora de salida del trabajo, ha sido laboriosa. La ciudad fue planificada por Le Corbusier, en 1950. No puedo opinar sobre esa gran obra que tanta polémica levantó. Puedo decir que me he visto circulando por una gran avenida, de tres carriles por lado. Un río de vehículos apresurados. Yo intentaba leer los grandes carteles elevados que indican sectores y direcciones. Sólo buscaba una palabra, Shimla. He preguntado, cada vez que me detenía ante un semáforo en rojo, intentando confirmar que seguía la dirección correcta. Equivocarme hubiera significado una gran pérdida de tiempo.
Cuando he salido del área de Chandigarh, me he encontrado con una carretera de montaña, con piso asfaltado regular, un solo carril en cada dirección, intenso tráfico de camiones, furgonetas y autobuses. Sigue lloviendo. Empieza a anochecer. No he bajado del coche en todo el día. He cubierto 426 kms en diez horas y media. Todos los pueblos que voy pasando parecen preparados para recibir turistas. Veo pequeños hoteles y restaurantes. Seguiré mañana. Hoy ha sido algo pesado. El último tramo, curva tras curva, entre pinares. Adelantar por la derecha, con el volante a la izquierda, exige mucha atención.

Me quedan unos ochenta kms hasta Shimla. Amanece lloviendo. Empiezo a dudar. Tal vez no es la mejor época para visitar esta región. El gerente del hotel, en el que me he hospedado esta noche, me ha indicado sobre el mapa el trayecto que debería seguir hasta Leh, cómo continuar hasta Srinagar, y cómo seguir hasta Delhi. Dos semanas, por carreteras difíciles, con altos puertos de montaña. Numerosos templos tibetanos, paisajes espectaculares, pero con riesgo de encontrarme pistas cortadas por desprendimientos. No sé. Consultaré en Shimla. A medida que sigo ascendiendo, encuentro nuevas dificultades. Las nubes envuelven parte de la montaña. La visibilidad, en algunos tramos, se limita a treinta metros. Sigue lloviendo. Voy a renunciar. Lo más prudente será regresar en Octubre. Hoy me quedaré en un hotel. Enviaré el relato que no pude mandar ayer. Veré lo que pueda de esta ciudad y mañana desandaré el camino, siguiendo hacia el sur, intentando huir de la lluvia. Consigo un plano de Shimla en una oficina de turismo. El mapa engaña. Las distancias son grandes. Los edificios se extienden sobre 12 kms de la cordillera. La carretera serpentea por una cota más alta que la vía del tren y por debajo de la calle principal, El Mall, cerrada al tráfico de vehículos. Los ingleses convirtieron Shimla en una de sus residencias veraniegas. Salvo esa calle peatonal, con tiendas, restaurantes, edificios de la época de la colonia y monumentos, la ciudad está colgada en la ladera de la montaña, con grandes desniveles, que se superan por empinadas escaleras, senderos empedrados y caminos de tierra. Hay numerosos hoteles, es un enclave privilegiado de turismo interior. Mi visita al Holiday Home, recomendado por la Oficina de Turismo, termina con la decisión de abandonar y desparecer del lugar. No me gusta. Sigue lloviendo. Niebla. Me voy. Inicio el descenso. No he hecho una sola fotografía. ¿Existen las casualidades? Antes de dejar Shimla, me detengo en uno de los pocos márgenes de la carretera en donde puedo estacionar el coche, disfrutando de un buen punto de vista sobre montañas, rodeadas de nubes. Por lo menos, que me quede un recuerdo de este mal día.

Desde que he entrado en el país, salvo la visita al Templo Dorado, de Amristar, no he visto nada. Únicamente he conducido por carreteras agobiantes. Al asomarme al muro de piedra, veo un hotel que no tiene mal aspecto. Me acerco a recepción, me gusta el ambiente. Pregunto precio. El mismo que en el Holiday Home. Me incluirán el desayuno. En los hoteles indios, el desayuno se paga aparte. El lugar, el personal y las habitaciones –me enseñan tres, con suelo de madera, alfombrado-, me deciden a quedarme. No tienen servicio de Internet, pero me ofrecen que use el ordenador de la oficina que sí tiene acceso a la red. Declino el ofrecimiento. Iré hasta el Mall, veré algo de la ciudad, buscaré un centro de Internet, comeré en un buen restaurante. Cuando se sufre un bajón de moral, como me ha ocurrido a mí estos dos últimos días, hay que buscar un punto de ruptura. Un buen hotel, un baño relajante, una comida sabrosa y abundante, ayudan a cambiar el estado de ánimo.
Salgo de nuevo a la carretera, iré caminando hasta el centro de la ciudad. Vuelvo a sentirme afortunado. No me importa ya la fina lluvia que empieza a calarme, ni la subida, ni los coches y autobuses que pasan cerca de mí. Los monos saltan de los árboles a las casas. Recorro dos kilómetros y medio en esas condiciones, antes de llegar a una nueva oficina de turismo en la que puedo disponer de un ordenador conectado a la red. Envío mi relato. Leo el correo, contesto algunos emails, me paseo por el centro, fotografío y almuerzo en el mejor restaurante. Mi chaquetilla de algodón se ha secado. Ha dejado de llover. La niebla ha desaparecido. Regreso al hotel, hojeo el “Indian Express”, me baño –que placer- y finalizo la jornada con una sesión de TV india.


Cuando me levanto, a las ocho en punto, salgo a la terraza de la habitación. En la época adecuada, se debe gozar de un paisaje espectacular. Hoy, solo contemplo una cortina de agua, niebla, alguna montaña rodeada de nubes. Que pesadez. No pienso ponerme en marcha, si continúa lloviendo. Desayuno, mientras hojeo los periódicos del día. Leo noticias alarmantes, terroristas maoístas atacan a policías, matando a 17 de ellos. Tropas paquistaníes hieren a soldados indios, cerca de la frontera con ese país. Detienen a un hombre que violó a una estudiante. Un hombre se suicida por no encontrar trabajo, necesario para alimentar a su familia. Derrumbamientos, provocados por las fuertes lluvias, sepultan un autobús, falleciendo varios pasajeros. Dos coches chocan de frente, en las cercanías de Delhi, muriendo sus siete ocupantes. Un turista fallece y otros siete resultan heridos, víctimas de un ataque a una patrulla militar cercana, que sufre seis bajas. El atentado tiene lugar en la conflictiva zona de Cachemira. Aumenta la inflación. La carretera, por la que tuve que desviarme ayer, ha quedado cortada al prohibirse la utilización de otro puente. Las mafias de Bombay roban gasoil, vendiéndolo luego a bajo precio. No hay que asustarse. Todo es relativo.

Hablamos de la India, un país con una superficie de seis veces España, 1.100 millones de habitantes –según el censo de 2005-, 24 veces la población de nuestro país. Se calcula que en el 2.030, será el país con mayor número de habitantes, superando a China. Son escasas las buenas noticias que pueden leerse en la prensa. Por ejemplo, que este año se espera una gran cosecha, gracias al aumento de pluviosidad. Aunque lo que es bueno para unos, es malo para otros. Los campos de algodón sufrirán inundaciones, mermando la cosecha. En la previsión meteorológica, se anuncian fuertes lluvias ininterrumpidas, en las próximas 48 horas, en la zona norte del país, o sea donde me encuentro. Paciencia, ya amainará. A las once y media, deja de llover. Aprovecho para arrancar, camino del sur. Un par de tramos con niebla, luego, a medida que desciendo, desaparece. Antes de salir, he sacado del armario una cazadora impermeable, mejor tenerla a mano. Obviamente, ahora que estoy preparado para afrontar un chubasco, no volverá a llover. Los pueblos que cruzo están literalmente colgados en las laderas. Impresionantes. Llego a Chandigarh a las dos y media de la tarde. La media de kilómetros recorridos por hora, sigue siendo la misma, 40. El sol hace acto de presencia. Tengo que cerrar las ventanas y poner en marcha el aire acondicionado. Al dejar las montañas, ha aumentado la temperatura, 36º. La humedad es elevada, 80 %. Tengo un mapa simplificado de la ciudad. Me acercaré hasta el “Jardín Nek Chand”, intentaré darme una vuelta por el centro, transitaré por las calles de la zona residencial más elitista. Esas son mis intenciones. Es una ciudad nueva, ha crecido siguiendo el diseño establecido. Avenidas espaciosas, delimitando sectores. Rectángulos, con calles intermedias. Plazas y cruces con semáforos, que indican los segundos que faltan para que cambie de color. Me hago un lío con los sectores. Grandes espacios cubiertos de árboles. Lo que me parecía sencillo se complica.

Las distancias son enormes. Opto por preguntar a los conductores de rickshaws. Todos conocen el jardín Nek Chand. Siguiendo sus indicaciones, llego hasta el curioso parque que creó un ex inspector de carreteras. Está cerca del lago artificial que diseñó Corbusier. El lago debe ser importante al diseñar una nueva ciudad. También Brasilia cuenta con un lago artificial. Supongo que su fin no es únicamente ornamental. Deduzco que es aconsejable contar con una gran reserva de agua cercana, que cubra las necesidades del nuevo asentamiento.
Chandigarh es una ciudad única, en la India. Sus calles están despejadas, sin aglomeraciones. Ignoro si es cómodo vivir en ella. Es imprescindible disponer de un vehículo para desplazarse. Las tiendas, edificios oficiales, colegios, bancos, restaurantes, lugares de ocio, galerías de arte, museos, deben estar ubicados en sus sectores correspondientes. Repito. Grandes espacios arbolados, sin edificar, entre sectores.

El Jardín Nek Chand es un lugar…”curioso”. Utilizando material reciclado, enchufes, fragmentos de loza, piedras, guijarros, restos de collares, sacos de cemento, su creador diseñó un espacio para pasear, siguiendo un itinerario establecido, entre pasadizos, cañones, junto a cascadas, entre extrañas figuras humanas y animales. Ignoro por qué diseñó las puertas tan bajas, obligando a inclinarse a todo aquel que quiera traspasarlas. Pequeñas casas a escala, adornos geométricos, árboles, raíces, gradas adornadas con fragmentos de cerámica, grandes caballos blancos, sobre una alta balaustrada, en un gran espacio abierto, completan este parque diferente.

Sigo por la mejor carretera del país, dirección a Delhi. Es una autovía, con buen piso, en los tramos que no están en obras. Antes de que anochezca, me detengo en un área de servicios con restaurante, bar y tiendas. Mesas sobre césped. El lugar está muy animado. Muchos conductores se detienen para cenar. Suena música, a un volumen adecuado, que llega de una tienda que vende videos y cd’s. La carta es muy extensa. Comida india para carnívoros y vegetarianos, cocina china e internacional. Especiada, picante y sin picante. Hay donde elegir. No se sirve alcohol. Zumos de frutas, refrescos, lassi, té. Duermo en el coche. Estoy totalmente empapado de sudor. La ropa, pantalón, camiseta, chaleco multibolsillos, mojada. ¿No suspirabas por el calor? Toma calor.

Salgo a las siete de la mañana. Me desvío hacia Kurukshetra, para visitar un museo dedicado a Krishna, una reencarnación de Visnú. Llego demasiado pronto. No abren hasta las diez. Me siento en un bar callejero, a la sombra de un gran árbol. Delante de mí, un peluquero ha montado su saloncito y atiende a varios clientes. El museo es interesante, con numerosas esculturas, cuadros, tapices y grabados, representando a Krishna. Lamentablemente está prohibido el uso de cámara fotográfica o de vídeo, en su interior.
Llego a Delhi a la una del mediodía. Atasco monumental. No quiero entrar en la ciudad, sigo camino a Agra. Mi intención es rodear la capital, utilizando un cinturón de ronda. Ignoro cómo, pero logro, después de dos horas, superar la prueba, sin haberme desviado del camino correcto. Desvíos, puentes… Los puentes siempre son inquietantes. Hay que acertar con la salida correcta. He preguntado cada vez que me detenía. Dos horas es mucho tiempo. Me he tranquilizado cuando he visto por primera vez un cartel indicando la distancia a la que se encuentra Agra. Buena carretera, autovía. Como ya es habitual, paso por pueblos y ciudades, con calles llenas de gente. En el camino dos sobresaltos causados por vacas. Las ves pastando en el arcén. Vas a 90 kms por hora. De repente, dejan de pastar y cruzan al otro lado. Ni te miran.

Inspecciono varios hoteles antes de decidirme por uno. Mientras me acerco a la zona donde se encuentran la mayoría de servicios para los turistas, veo a lo lejos el Taj Mahal y el Fuerte Rojo. Han pasado más de veinte años, desde la última vez que estuve aquí. No recuerdo nada de la ciudad. Termino por aceptar la ayuda de un intermediario. Su oferta es la mejor, visto lo visto. Un bungalow, en un conjunto hotelero con un gran jardín. Cuando salgo a cenar, acoso de vendedores y conductores de rickshaws.

 

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