Crónica 22: del 1 al 14 de agosto, 2008 (1ª)

India






Estoy realizando una gran inversión. He pasado unos días tan horrorosos, que la compensación, que sin duda llegará, será memorable.

No quiero aburriros relatando una y otra vez las largas horas que paso conduciendo por carreteras infernales. Hace años, en África, un experimentado viajero, me dijo que ya estaba preparado para enfrentarme a cualquier tipo de ruta. “Puede que, en algún país, encuentres carreteras tan malas como éstas, pero peor es imposible”. Tenía razón, sabia de lo que hablaba. Pero hay que puntualizar que, en África, muchas vías son simplemente pistas, grandes baches, arena, barro, piedras, socavones, asfalto destrozado, hendiduras difíciles de superar, “tôle ondulée”, desniveles a los que hay que enfrentarse con mucho cuidado para no volcar, vadear ríos, pasar sobre troncos que no permiten el mínimo margen de error… son realmente malas, pero… apenas hay tráfico. En India, todavía no he circulado por ninguna pista de tierra. Siempre he seguido calzadas asfaltadas, salvo en los tramos que están en construcción. Lo malo es que, en contadas ocasiones, he podido circular sin la presión que produce tener que adelantar camiones continuamente. Camiones que pueden variar su trayectoria por cualquier causa, un bache, un parche en el asfalto, una vaca, un transeúnte, una bicicleta, otro camión aparcado en el arcén, un moto rickshaw. Tienen espacio, pero se desplazan dos o tres metros. Si en ese momento, estás adelantando, te cierran el paso. Hablo de carretera despejada. Los atascos son impresionantes, ante cualquier estrechamiento, por obras o por averías de vehículos, muy frecuentes, dado el estado lastimoso que presentan muchos camiones, principal método de transporte en el país. Todas estas circunstancias se agravan cuando llueve. Pues bien, estos últimos días, no ha parado de llover, en ocasiones, torrencialmente.

De Udaipur me dirigí a Mount Abu, el principal destino turístico de los habitantes de Rajastan y Gujarat. 1.200 metros de altitud. Tal vez esté bien. No lo sé. Vi muy poco. Cuando esté terminada, la carretera será estupenda, una autovía que salvará hondonadas entre colinas. Lo malo es que están construyendo los puentes. Cada, como mucho, dos kilómetros, has de dejar la nueva carretera y seguir por la antigua, totalmente descuidada. ¿Para qué gastar dinero en una calzada antigua cuando se está terminando la nueva? Cuando inicié la subida a Mount Abu, treinta kilómetros de curvas, dejó de llover. Cielo encapotado. Monos que cruzan la vía a gran velocidad. Hay muchos hoteles, la mayoría horribles. Encontré uno limpio, cerca del centro del pueblo. La mayor diversión consiste en navegar por un lago, en unas barcas con forma de cisne. Tiendas, más tiendas, restaurantes baratos, mas tiendas. Lluvia. Charcos. Motos que ensordecen los oídos y aceleran el corazón. Un horror. Hay unos templos jainistas muy interesantes a 15 kms. No los visité. Al día siguiente amaneció lloviendo intensamente.
El día seis llega Baldo, un amigo de El Cairo. Estaremos juntos hasta finales de Agosto. Llega a Bombay. Me quedan unos días por cubrir. Decido acercarme a Palitana, en el sur de Gujarat. Muy cerca, se encuentra Shatrunjaya, 863 templos jaimistas, en una meseta. Para superar los 600 metros de diferencia de altitud, dos kilómetros y 3.572 escalones. Durante la ascensión no se puede transportar ni comida ni bebida. En un principio, había desechado la visita, pero unos españoles que encontré en Chittorgarh, me dijeron que habían ido hace veinte años. No recordaban haber sufrido durante la subida, pero si conservaban, en su memoria, la impresión que les causaron los templos. Es más, iban a regresar en los próximos días. Eso me decidió.

De Mount Abu a Palitana, una paliza. 455 kms. Preguntando continuamente. El último tramo, pueblos, carretera estrecha, camiones y moto rickshaws, bajo una lluvia torrencial. Horrible. Palitana me pareció un lugar siniestro, tal vez por las condiciones en que llegué. Diez horas sin bajar del Toyota. Sin comer nada. Escasa oferta de hoteles. Dormí en el coche, en una gasolinera. No paró de llover. Amaneció diluviando. 3.572 escalones. Lo mejor, salir huyendo. Otra carretera, con menos tránsito, pero cruzando numerosos pueblos. Lluvia. Por suerte, los puentes que cruzaban ríos, eran transitables. Cuando pensaba que mis dificultades se suavizarían, al incorporarme a la “autopista” que llega a Bombay, me encontré con un atasco brutal de camiones. Dos horas atrapado, avanzando lentamente. Tuve suerte, seguí un todo terreno que se saltó la larga cola, avanzando por un arcén embarrado. Aprendí. Pasar por donde se pueda. Fui sorteando vehículos, dejándolos atrás. Derecha, izquierda, frenazo. Lluvia. Quince kilómetros. Llegue hasta Daman, a 185 kms, de Bombay.


Damán, en la costa, fue una colonia portuguesa hasta 1961. Es destino turístico, local, aunque sus playas y el mar no son sus principales alicientes. Es un área en la que se elabora alcohol. Se exporta. Está prohibido sacarlo de los 56 kms cuadrados sobre los que se extiende la zona. La ciudad está dividida en dos, partida por el río Daman Ganga. En el sur, Moti Damán, Gran ciudadela, amurallada, de 30 kms cuadrados. En el norte, Nani Daman, ciudad activa, bulliciosa, donde se encuentran todos los hoteles. Los más nuevos, a lo largo de una nueva vía. Me alojo en uno clásico, Hotel Marina, en una antigua mansión colonial. Limpio, barato, cuidado, en el centro. No para de llover. Chispea. Súbitamente arrecia. Hoy he conducido durante 12 horas, 515 kms. Bueno, lo peor ya lo he pasado, pienso. Estoy cerca de Bombay. Lo celebro bebiéndome una cerveza local, 600 cc. Foster, patente australiana. No es buena, pero está fría. Recuerdo los accidentes de tráfico que he presenciado estos días pasados. Tras camiones volcados, dos motoristas yacentes en el suelo, rodeados de multitud de personas, tres rickshaws tumbados en el arcén, una anciana con la cara cubierta de sangre. Por fuerza, el número de víctimas, por accidentes de tráfico, tiene que ser muy alto. La moto es el vehículo familiar de la mayoría de la sociedad india. Es habitual ver padre, conduciendo, niño delante, niña-o detrás, entre padre y madre, ésta última con un bebé en los brazos, sentada de lado, ninguno con casco. Rickshaws sobrecargados, poca estabilidad, capacidad de frenar mermada por el sobrepeso.

Lo primero que hago, al día siguiente, es comprar un paraguas. Deja de llover. Veo todo lo que hay por ver. Exteriores del Templo jaimista cerrado. Fuerte de San Jerónimo, en donde me encuentro a los dos únicos turistas extranjeros con que me cruzo. Una pareja portuguesa que está recorriendo las antiguas colonias. Los dos hablan perfectamente español. -¿Por qué hay mas portugueses que hablen español que españoles que hablen portugués? ¿Será por la misma razón por la que hay mas españoles que hablen francés que franceses español?-. De Daman irán a Goa, donde piensan quedarse tres semanas. Cerca del Fuerte, los pescadores preparan sus barcos, fuera del agua. Las calles de Nani Daman me brindan algunas particularidades, además de la habitual imagen de una vaca sentada en mitad de un cruce. Una oronda sirena, como reclamo publicitario de un restaurante de “fast food”. Niños corriendo – “A ver quien llega antes”-, después de lavar los platos en los que han comido. Oferta en los escaparates de bebidas alcohólicas. Restaurantes vegetarianos en los que se sirve whisky. Cruzo el puente, sobre el río Daman Ganga, para llegar hasta Moti Daman. Dentro de sus murallas, antiguas casas coloniales portuguesas, convertidas en edificios de la Administración. Dos iglesias, los restos de un convento. Colegios. Grandes zonas verdes, maleza. Salvo la calle principal, estradas vacías, sin bares, restaurantes u hoteles. Un pequeño jardín, con un monumento a los caídos portugueses defendiendo “los intereses” de su patria, convertido en el parque “Pérgola”, que nadie visita. A decir verdad, está tan solitario como el lugar en el que se levanta la placa conmemorativa que recuerda la fecha en que el ejército indio reconquistó Daman.

Creía que llegar a Bombay no me llevaría más de tres horas. Autopista. En algunos peajes pago y en otros me permiten continuar sin abonar el importe del peaje. Continúa lloviendo. Cuatro horas. Cuatro horas para encontrarme en una gran avenida, rodeado de coches –han desaparecido los rickshaws-, con algunos rascacielos a mi izquierda. Debo estar en Bombay, pero, según mi cuentakilómetros, todavía me faltan 30. Como siempre, puentes y desvíos a izquierda y derecha. Sólo busco dos nombres, Bombay o Mumbay y Colaba, el barrio al que me dirijo. Muchos carteles indicadores, pero en ninguno aparece la palabra que busco. Como siempre, llegarás –me digo-. Vengo del norte. Colaba está en el sur. A mi derecha, aunque no lo veo, debe estar el mar. He de cruzar la ciudad. Cruzo todos los pasos elevados. Diluvia. Paso una salida, indicando el aeropuerto. Ahí tendré que ir mañana, a recoger a Baldo. Un cartel señala salida con dirección a la Puerta de la India. Esta cerca de Colaba. Me estoy acercando. He de empezar a preguntar a taxistas. Me indican que siga recto. Unos, que tuerza a la izquierda, al llegar al segundo semáforo, otros, que lo haga en el quinto. Sigo preguntando. Encuentro quien amplía la información, diciéndome que estoy a diez kilómetros. Encuentro la dichosa calle que busco, dos horas después de haber entrado en la ciudad. Llueve torrencialmente. Se que muchos no me envidiaríais en este momento. Puede ser peor. El hotel está lleno. Empiezo a buscar por la zona. He aparcado en un hueco. Un vigilante quiere que le pague. Me pide cien rupias (dos dólares y medio). Le digo que ya le pagaré cuando me marche. Buena inversión las zapatillas impermeables de goretex, mantengo los pies secos. La calle es un gran charco. Todos los hoteles están llenos. Entro en un par de los que salgo corriendo, infames. Olor, humedad, sucios, una sola cama, sin ventanas. Tres horas más, bajo la lluvia, hasta que encuentro uno, con dos camas, limpio, digamos que… pasable. Un robo. 3000 rupias, mas cuatrocientas por aparcar el coche (52 euros, sin desayuno). Oferta y demanda. Intentaré salir corriendo de esta locura. Mañana, a primera hora, iré a Toyota para efectuar una revisión seria, cambio de aceite, filtros, ajuste de válvulas, chequeo de los 50.000 kms. Recogeré a Baldo en el aeropuerto. Después Toyota y, al día siguiente, huiremos camino de Aurangabad.

Me conecto a Internet, en un cibercafé que, como la mayoría de establecimientos, mantiene el aire acondicionado a unos 16 o 17 grados de temperatura. Entrar, mojado, de la calle y encontrarte, de repente con ese frío es mortal. Para recuperarme, opto por cenar algo, no he comido nada en todo el día, desde la hora del desayuno. Empiezo a caminar, sin encontrar un restaurante. Pregunto a un guardia y me dice que el único lugar cercano es un hotel, el “Presidente”. Tres restaurantes, Tailandés, italiano y cafetería. Un hotel cinco estrellas. Elijo tailandés. Unas treinta mesas de las que están ocupadas tres. La recepcionista intenta que me siente a la barra, alegando que todas las mesas están reservadas. Me niego. Ya que voy a pagar, no poco, qué menos que sentarme en una mesa. Me acerco al restaurante italiano. Más animado. Me siento y elijo un T-bone, dos acompañamientos incluidos y salsa a elegir. Para beber, una cerveza de importación. Me recuerda EEUU. Salsas que matan los sabores. Es igual la que selecciones, todas son parecidas. La clientela, extranjeros e indios muy “posh”. Los precios mínimos son elevados. Una pizza cuesta 600 rupias y el T-bone 750, la diferencia debería ser mayor. Mañana será otro día.

 

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