Crónica 23: del 15 al 22 de agosto, 2008 (2ª)

India







Volveremos a ver el mar en Pondicherry. Por el camino vemos las primeras chozas, con techo de paja, paredes de adobe, que me he encontrado en el país. En la cuenca de un río, mujeres lavando y hombres cargando arena en un carro, tirado por bueyes. Antes de llegar, nos acercamos al servicio oficial de LG, marca de mi ordenador. Hemos tenido suerte, porque esta cerca de la carretera por la que entramos en la ciudad. Nos atienden amablemente. Dicen que volvamos dentro de una hora. Nos indican dónde podemos encontrar un bar en el que se expenda cerveza. Nos encontramos en un barrio agradable, residencial, con casas bajas y jardines. El bar es siniestro. En general, los bares en los que se sirve alcohol, exceptuando restaurantes y hoteles, tienen mal aspecto. Algunos hombres, nunca una mujer, ingiriendo licores locales. Algunos borrachos. Mesas y sillas sucias. La cerveza está bien, fría. Es barata. 600 cc., medio euro. Eso sí, nos hacen pagar, antes de servírnosla. Supongo que se debe a un hábito y no a nuestra facha que, a decir verdad, no desentona en el lugar. Cuando regresamos a buscar el ordenador, nos lo entregan, diciéndonos que debemos cambiar una pieza rota. No tienen el recambio, aunque han logrado que el portátil funcione.
Pondy fue colonia francesa desde principios del siglo XVIII hasta hace poco más de 50 años. Atravesando la ciudad, llegamos hasta un gran paseo marítimo. En las calles cercanas al mar, se encuentran la mayoría de hoteles. Es una zona inusual en la India. Calles bien adoquinadas, limpias, sin apenas tráfico. Parece que continúe siendo una colonia gala. Carteles de las calles, librería, colegios, tiendas, anticuarios, restaurantes, bares, en francés. La policía local se cubre con kepis rojos.
Desechamos alojarnos en el Park Guest House, buen precio, balcón con vistas al mar, jardines, porque pertenece a la comunidad de Sri Aurobindo, quien creó un ashram, en 1926, que sintetiza yoga y ciencia. Hay normas. Se cierra a las diez y media de la noche, a partir de ese momento, silencio absoluto. Baldo y yo preferimos dormir en otro lugar que no nos imponga limitaciones. Pasear por las calles cercanas al mar es una delicia. Cenamos en un restaurante con una extensa carta de pescado y marisco. Servicio profesional eficiente. Temperatura agradable. Lujo. No llueve. Hay días para olvidar y otros para recordar. Hoy ha sido de estos últimos. Nos sentimos afortunados. Brindamos con cerveza. El vino francés, importado, es caro, del nacional no nos fiamos.
Baldo está habituado a desayunar con café. Ha leído en la guía que en determinado lugar del centro de la ciudad sirven un excelente expreso. Nos pegamos una caminata, saliendo del tranquilo barrio en el que nos alojamos, en busca del bar recomendado. Una vez más, convertimos en deporte de riesgo el cruzar calles, sorteando motocicletas y rickshaws. A pesar de todo, Pondy no es caótica, como la mayoría de ciudades indias. Está bien urbanizada. Con parques, plazas, la policía logra que se respeten los semáforos.
El bar no nos gusta, el café agua teñida. Buscamos otro. Pasamos por la iglesia de la Concepción, del siglo XVIII. Nos damos una vuelta por el mercado de pescado. Numerosos puestos, ofreciendo, a muy buen precio, las capturas del día. En unos se vende el pescado, en otros se limpia. Comentamos que, por lo que hemos visto hasta ahora, Pondy es un buen lugar para vivir una temporada. Se asemeja a una ciudad mediterránea, con gente amable, paciente, no acelerada. Encontramos otro bar, limpio, moderno, con buen café. Delante de muchas entradas de casas, pueden verse, en el suelo, unos dibujos, los “kolams”, con harina de arroz. He preguntado a varias personas. Cada una me ha dado su versión. Resumo. Hay 122 modelos. Se dibujan al amanecer. Primero se marcan unos puntos, simétricos, que luego se unen, siguiendo el modelo, en su mayoría floral. Traen buena suerte. Protegen el interior de la vivienda. Son símbolo de bienvenida a los visitantes. En enero y febrero, se dibujan con mucho colorido, en honor a Visnú.


De Trichy a Mamallapuram, hay apenas 100 kms. Carretera bien señalizada, con arcenes, no excesivo tráfico. Llegamos a primera hora de la tarde. Una ciudad pequeña, 16.000 habitantes, a la orilla del mar, puerto pesquero, figura en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Hace 27 años la visité por primera vez. Mis recuerdos se limitan a unas rocas esculpidas, en las que, según me dijeron, se representa el nacimiento del rio Ganges, y a un almuerzo, en un restaurante de playa, viendo el mar. Supongo que, en aquel entonces, disponíamos de poco tiempo. Después de lo que he visto, en este viaje, guardaré unos días para volver, en Diciembre, antes de embarcar el coche en Chennay, con destino a Kuala Lumpur.
Encontrar hotel es sencillo. Hay varios, muy cerca unos de otros. Es un destino turístico. Playa, restaurantes, bares, tiendas de artesanía local, barato y… monumentos espectaculares, sin grandes grupos de personas que te agobien. Hay un restaurante con nombre hispano, “Siesta”. Lo abrió un español que ofrecía tortillas de patata. Lo traspaso, hace un tiempo. Hemos cenado langosta y langostinos en una terraza, desde la que dominábamos la calle. Muchas parejas de turistas extranjeros paseando, deteniéndose ante las tiendas. La noche de Mamallapuram termina a las once. A esa hora, todo el mundo en casa. Nosotros también. A esa hora nos han echado del café internet en el que leíamos el correo recibido. Dos horas antes, había empezado un mitin político, a unos 400 metros de donde nos encontrábamos. Altavoces a toda potencia. En vez de aplicar elaboradas técnicas, de resultados comprobados, para convencer a las personas que escuchaban, gritaban todo el tiempo. Todavía no han desarrollado en la India el marketing político. Los grandes carteles publicitarios, en los que aparecen los candidatos de los diferentes partidos, muestran a unos personajes con aspecto patibulario o mafioso. Parecen fotografiados por sus contrincantes. Lo divertido es que ha pasado cerca el cortejo de una boda. Los recién casados sobre un carromato, adornado con luces, tirado por bueyes. Abriendo paso, una banda de tambores que ha logrado mayor numero de decibelios que los altavoces. Como siempre, cada uno a lo suyo. Gritos del político y redobles de los tambores.
En Mamallapuram hay muchos escultores. Cincelan la piedra, sirviendo pedidos para los templos hindúes que se levantan en cualquier punto del mundo. Hay varias paredes rocosas talladas en las cercanías, así como templos, decorados con tallas de dioses. Su antigüedad data de los siglos VII y VIII. Un conjunto de templos, que se asemejan a carros, estuvieron cubiertos por la arena, hasta que hace doscientos años los descubrieron los ingleses. El Templo de la Orilla, dedicado a Siva, se levanta en una zona aislada, muy cerca del mar, protegida por verjas metálicas. Para su mejor conservación, grandes bloques de piedra impiden que las olas puedan llegar hasta él. “La Penitencia de Arjuna”, es lo que yo recordaba como “El Nacimiento del Ganges”. Una pared rocosa de 30 metros por 12 de alto, con una hendidura en el centro, por la que antiguamente fluía agua. Siva contempla, a su lado, al pobre Arjuna, en equilibrio, sobre su pierna izquierda, en señal de penitencia. Motos y rickshaws no molestan demasiado, tal vez porque las distancias a cubrir son cortas, se puede ir andando a todos los lugares interesantes. Varios caminos, entre árboles, conducen a los templos, unos en espacios abiertos, otros en lo alto de promontorios, algunos ocultos entre vegetación. Hay muchos lugares tranquilos donde reposar, disfrutando del entorno. Muchas mujeres, especialmente las jóvenes, adornan su cabello con flores.



Enviado desde Mamallapuram el 22 de Agosto, 2008
Kilómetros recorridos 40.992

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