Crónica 24: del 23 agosto al 14 de septiembre, 2008 (1ª)

India







Definitivamente, el ordenador no funciona. He logrado trabajar con el, durante dos días, gracias a que me cambiaron en Pune, la pieza que se había roto, interruptor de encendido. Ahora, al arrancar, me dice que no encuentra el sistema operativo. Supongo que se habrá desconectado algo interiormente. No podré comprobarlo hasta que no llegue a Delhi. Por todas las ciudades que he pasado, hay servicio oficial de LG, pero no para ordenadores.

Buenas noticias de última hora. Este párrafo lo escribo en Delhi. Ordenador reparado. El servicio de LG ha respondido eficazmente. Incorporo, al relato 24, las fotografías que corresponden. Lamentablemente, he perdido las que tomé desde que salí de Pune hasta mi llegada a Katmandú.

Dejamos Mamallapuram, dirigiéndonos hacia el interior. Huimos de la populosa Madrás. Yo volveré más adelante. Es desde donde quiero embarcar el Toyota, con destino Kuala Lumpur. Logramos encontrar la autovía que nos libera de entrar en la ciudad.

Llegamos a Tirupati, donde no hay nada especial que ver, aunque es la mejor opción para encontrar un hotel. Estamos cerca de Tirumala, donde se encuentra, en lo alto de una montaña, el templo de Venkateshwara, una encarnación de Visnú. Leo que recibe más peregrinos que Roma, La Meca y Jerusalén. Hay que ir a verlo. Para tener acceso a la carretera de 18 kms, debemos pasar antes por unos pasillos donde se controla que, en el interior de los coches, no se transporte material peligroso. El oficial que nos inspecciona, decide quedarse con el paquete de cigarrillos que encuentra, alegando que esta prohibido fumar en Tirumala.

La mayoría de los peregrinos que acuden a Tirumala confían en el extraordinario poder de Venkateshwara, que puede conceder cualquier deseo que se le pida, siempre que se solicite ante su imagen de este templo. Es fácil comprender por qué la montaña sagrada es tan visitada. Grandes espacios arbolados, jardines, mansiones, casa de huéspedes, centros comerciales, restaurantes, bares, coches de alquiler, puntual servicio de autobuses, vendedores callejeros, todo lo que puedan necesitar los peregrinos, pero sin un interés especial para quien no acumule en su mochila una gran carga de fe. Para que os podáis imaginar como es el lugar, un dato: el templo, que controla todo, cuenta con mas de 18.000 empleados. Baldo y yo, no confiamos demasiado en que Venkateshwara nos otorgue lo que mas deseamos, así que no nos inscribimos en el libro, primer paso imprescindible, que permite acceder a la cola, cuatro o cinco horas, entre pasillos enrejados, seguir por un pasadizo, con incienso y música, que conduce al santuario, en el que debe formularse el deseo. Tampoco nos rapamos la cabeza, como gran numero de fieles que donan su cabello en simbólico gesto de renuncia al ego. Bajamos de la montaña para continuar, dirección norte, hacia Hyderabad.


El día anterior, había leído, en el periódico local, que gobierno y distribuidores de carburante habían llegado a un acuerdo económico, para que las estaciones de servicio estuvieran abastecidas. Las que nos encontramos por la zona que transitamos no han recibido todavía la visita de los camiones cisterna. En una gasolinera nos ofrecen llenar nuestros depósitos con gasoil del mercado negro. Me niego. Bajan el precio. Sigo sin aceptar. No puedo comprobar que extraña mezcla me van a vender. No estamos tan apurados. Todavía podemos recorrer 200 o 300 kms. Encontramos una gasolinera en la que acceden a venderme 50 litros. Suficiente. Es una larga jornada. Cuando estamos a unos 100 kms de nuestro destino, pido relevo de conducción a Baldo. Cae la noche. Se doctora en circulación nocturna india. Carreteras en construcción, vehículos que sólo utilizan la luz larga, camiones sin luces de posición traseras. A medida que nos vamos acercando a la gran ciudad, las condiciones empeoran. Aparecen los rickshaws y bicicletas sin luces, personas caminando junto al arcén. En un determinado instante, Baldo tiene que salirse de la carretera y frenar, para dejar pasar a un camión, con las luces largas, cegadoras, que viene de frente, adelantando, invadiendo la vía por la que circulamos. Yo ejerzo de copiloto, indicándole cuándo puede adelantar. El Toyota, adquirido en España, tiene el volante a la izquierda, Baldo tiene menos visibilidad que yo. Si llego a ir solo, hubiera parado y dormido en el interior del coche.

Llegamos a Hyderabad, después de completar 510 kms. Para relajarnos, mientras buscamos la zona de hoteles, nos encontramos de repente en medio de un atasco brutal. Son la nueve de la noche, sábado, en la quinta ciudad mas poblada del país, 5.000.000 de habitantes. Un impaciente conductor de autobús se ha cruzado en una plazoleta en la que confluyen cinco calles. Todos tienen prisa para llegar a no se dónde. Camiones, coches, motos, motorickshaws, ciclistas, peatones, avanzado lentamente, ganando centímetros, entre un ruido ensordecedor de bocinas, bajo una fina lluvia. Delante de nuestro coche, una moto, con un matrimonio y su hija, de unos cinco años de edad. En su mano izquierda aguanta un cucurucho con helado, con la mano derecha se agarra a la chaqueta de su padre. Su cara refleja el miedo que está pasando. Baldo, al igual que todo el mundo, avanza lentamente. Se acerca tanto a un coche cruzado ante nosotros que no pueden pasar personas ni bicicletas. El conductor del coche que tenemos detrás se baja, se acerca a la ventanilla de Baldo y le dice que siga hacia delante. Baldo le contesta que es imposible. Está a punto de saltarle a la yugular, cuando, después del día que llevamos, el otro conductor le dice “Vd. no sabe conducir en ciudad”. Aconsejo a Baldo que se lo tome con calma. Yo ya he pasado por esas situaciones, en muchas ocasiones, anteriormente. –“Espera. Para el motor. En algún momento esto se despejara”. Efectivamente. Al cabo de un rato, no se cuanto, tal vez un cuarto de hora, aparecen unos espontáneos, ejerciendo de policías de tráfico, que logran que podamos salir del atolladero. Como siempre, encontramos hotel, después de recorrer unos cuantos, llenos. Esa noche termina bien. Cerveza fría y cena china, en el restaurante del hotel, al que hemos accedido cuando ya estaban a punto de cerrar.

Al día siguiente, después de buscar, infructuosamente, un bar que sirviera café en condiciones, lleno depósitos, en una gasolinera cercana. Dejamos el coche en el aparcamiento del hotel y nos disponemos a ver todo lo interesante que ofrece Hyderabad. Nuestra primera visita, el fuerte de Golkonda, sobre una colina de granito, a ciento veinte metros de altura. Los atacantes, antes de llegar ante las murallas de la fortaleza, tenían que salvar dos murallas almenadas, la más cercana al fuerte de once kms. de perímetro. Las puertas se protegían de las cargas de los elefantes con grandes púas metálicas. Desde la terraza más alta, en el corazón del castillo, se disfruta de un privilegiado punto de vista sobre Hyderabad. En general, todo el conjunto está mal conservado. Estucos destrozados, maleza entre los restos de los edificios y murallas. Se conservan paredes y techos. Nos paseamos, siguiendo todos los caminos posibles. Entramos en lo que debieron ser grandes cuadras. Altas paredes, recias columnas que soportan arcos. Apenas entra luz del exterior. Nos acercamos a unas salas de las que proviene ruido de aleteo. Hago fotos, utilizando el flash. Podemos ver entonces, techos llenos de murciélagos y paredes cubiertas de cucarachas.


Al salir de la fortaleza, nos dirigimos, caminando, a través de un barrio musulmán, hasta los jardines en lo que se levantan los mausoleos de los reyes Qutb Shafi, dinastía del 1.517 al 1.587. El recinto encierra un conjunto impresionante. Nos llevamos una gran sorpresa. Las cúpulas sobresalen entre los árboles. Cualquiera de esos edificios merece ser destacado, pero todos juntos potencian su valor. El entorno, árboles, jardines, fuentes, un antiguo hammam, muy bien conservado, ayudan a constituir un conjunto equilibrado. El parque es utilizado como zona de ocio por familias que preparan el almuerzo, mientras los niños juegan, en un lugar tranquilo, seguro. Varias parejas encuentran, en mausoleos y bajo los árboles, la intimidad que andan buscando. Algunos jóvenes encuentran, en patios, el espacio para practicar su deporte favorito, el cricket.

Hace mucho calor. Baldo y yo, compartimos una pepsi, muy fría de medio litro, sentados en un bordillo, junto a la salida del parque, protegiéndonos del abrasador sol de mediodía bajo la sombra de unos árboles. Se detiene ante nosotros, una moto familiar, matrimonio y tres hijos. Los niños, curiosos, se acercan a nosotros, mientras la madre sonríe y el padre va a comprar unos helados.


 

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