Crónica 3o: del 09 al 19 de diciembre 2008 (1ª)

India





 

Actualmente mi vida transcurre en dos mundos, muy diferentes. Después de pasar cinco semanas en España, he vuelto a Delhi, para continuar viaje. Gracias a Internet, no me desconecto de familia y amigos. He cargado pilas, estoy animado, en parte, porque en esta segunda etapa me dirijo hacia una de mis áreas preferidas, el sudeste asiático.
El coche ha arrancado como todos los días, sin esfuerzo. Tengo un largo camino ante mí, antes de llegar a Chennai, la antigua Madrás, en donde embarcaré el Toyota, con destino a Kuala Lumpur, en Malasia. Más de 2.200 kms. que debo cubrir en cuatro días, como máximo. La agencia naviera con la que he contactado –gracias a los holandeses que encontré en Gorakhpur- me ha informado que hay un barco, todos los viernes, que cubre la ruta Chennai-Kuala Lumpur. Los trámites tienen que iniciarse el lunes anterior a la salida. Quiero pasar la Navidad en la capital de Malasia. Únicamente dispongo de un día en Delhi, para adaptarme al nuevo horario y reordenar el interior del vehículo. Cuando salí hacia España, el termómetro marcaba 31 grados. A mi vuelta, encuentro una ciudad envuelta por la bruma, con temperatura matinal de 13 grados. Estos días, en esta latitud, la luz diurna se mantiene unas once horas. Amanece a las seis y cuarto y anochece a las cinco y cuarto. Es muy poco. No quiero conducir de noche. La experiencia adquirida durante los meses que he conducido por el país, me ha enseñado que la media, por rápido que se conduzca, oscila entre 40 y 50 kms. por hora. No debería conducir bajo presión, pero no puedo perder tiempo. Desayuno de madrugada. En la urbanización cerrada donde se encuentra el hotel, las calles están desiertas. Las únicas personas que se ven son los encargados de pasear los perros de los adinerados propietarios de las lujosas mansiones ubicadas en la zona. Guantes y bufanda para los sirvientes, mantitas coloreadas, bien ajustadas, para algunos foxterriers, yorkshires o galgos.

Conozco la salida de Delhi, dirección Agra. Es la tercera vez que la sigo. La ciudad empieza a despertar. Todavía no se producen los temidos atascos, habituales en el horario laboral. Logro cruzar el cinturón industrial que rodea la capital en poco más de una hora. La autovía permite circular a buena velocidad, todavía no se ven vacas pastando. Podría incluso, de seguir así, detenerme unas horas para visitar Gwalior, su impresionante fortaleza, en lo alto de un promontorio , el palacio de Man Singh, dos interesantes templos del siglo X y las espectaculares esculturas jaimistas del siglo XV, esculpidas en la roca , en el largo camino de ascenso al fuerte. Buenas intenciones, nada más. Había olvidado que cruzar pueblos, ciudades, vías de tren, hace perder mucho tiempo. Me enfrento a la dura realidad del tráfico en este país, dulcemente olvidado durante mis semanas en España, al atravesar Agra, en plena actividad, -motos, ciclistas, rickshaws, autobuses, pasos a nivel con barreras- . Encontrar la carretera dirección Gwalior, siguiendo indicaciones contradictorias de las personas a quienes pregunto, aumenta mi retraso. Insisto. Al llegar a Gwalior, busco la entrada a la fortaleza. Atravieso el barrio antiguo, buscando la puerta en la que se inicia el ascenso. Paso a centímetros de gente sentada en el suelo que no se aparta. Es una locura. Miro a lo alto. Apenas distingo, entre la bruma, que no desparece, las altas murallas. No puede ser. Renuncio. Hay que elegir. Gwalior o llegar a Chennai el domingo por la tarde. Seguiré, sin detenerme en ningún otro lugar, mientras haya luz diurna. Pararé, cuando caiga la noche y dormiré en el coche. Cuando llega ese momento, veo que este primer día he cubierto 436 kms. Lleno depósitos, aparco en la gasolinera. Doy una vuelta por los alrededores. Paso por un mercado. Me siento en el banco de un restaurante, cenando unas samosas vegetales, que me sirven envueltas en papel de periódico. Restaurante. Me veo obligado a explicar que una palabra no basta para definir un lugar. Sólo quienes hayan estado en un pueblo, no turístico, de la India, pueden hacerse idea a qué me refiero cuando escribo “restaurante”. Un barracón, con suelo de tierra, un par de mesas destartaladas de madera o plástico resquebrajado, con fogones, cazuelas, sobre hornillos de gas –bombonas a la vista-, bandejas con arroz, fritos diversos, queso, pollo, samosas, calendarios o carteles de algún dios, ladeados, sobre las paredes, una bombilla, de baja intensidad, colgando de unos cables eléctricos, insectos merodeando, un par de cubos de agua. En el mejor de los casos, una nevera casi vacía, con unas cuantas botellas, no muy frías, de algún refresco. Ahora sí. Eso se parece más al “restaurante” en que he cenado.

El segundo día la carretera, con poco tráfico de camiones y calzada en general en buen estado transcurre por zonas de bosque y extensas llanuras. Únicamente me detengo para comer unas manzanas que he comprado la noche anterior. El esfuerzo ha valido la pena, he cubierto 556 kms., aunque todavía no he logrado llegar a la mitad de mi trayecto hasta Chennai. Mañana será decisivo. Tendría que llegar a Hyderabad. Si lo logro, estoy seguro de que el cuarto día cumpliré mi objetivo, ya que recuerdo que esas carreteras me parecieron buenas, en general, cundo las recorrí, en Agosto, con Baldo. El último tramo es una autovía que une Bangalore, una de las ciudades más desarrolladas, con Chennai, uno de los puertos más importantes de la India.

Para alcanzar Hyderabad, tengo que cruzar Nagpur, centro geográfico del país, importante por su gran producción de cítricos. Encuentro una excelente autovía que me permite circular a gran velocidad. En las buenas carreteras, el tráfico de camiones, aunque sea intenso, no retrasa la marcha. Es fácil adelantarlos… cuando se ha adquirido experiencia. A veces circulan por el carril de la izquierda, más lento, a veces por la derecha, sin que eso signifique que vayan a más de 40 kms. Por hora. En el carril de la izquierda pueden encontrarse carros, motorickshaws o ciclistas. Eligen el carril rápido y se mantienen en él, así no han de maniobrar. Al adelantarlos, por la izquierda, hay que prever que pueden desviarse y cortarte el paso. Para que no te aburras y te entre somnolencia, la autovía a Nagpur ofrece un plus de entretenimiento, está en construcción. Hay que ir alternando, por obras, la calzada. Ahora por la derecha, ahora por la izquierda. En ocasiones, las dos calzadas están en uso, pero no puedes relajarte, se circula en ambas direcciones por las dos. Es habitual encontrar camiones de frente… o carros, tirados por bueyes. Cuando una de las calzadas está en obras, los carros transitan por ella, pero si están las dos en uso, eligen la que les acorta el trayecto. He fotografiado algunos de los carteles, con señales de tráfico, que se repiten continuamente. Tampoco hay que hacerles mucho caso. Alguno indica obras que ya han finalizado. Lo mejor es estar atento a lo que tienes por delante y pasar por donde puedas.
Atravesar Nagpur no me ha demorado demasiado, en parte a la vía preferencial que cruza la ciudad con puentes elevados, en parte a que ante un gran atasco he optado por no hacer cola –“allá donde fueres, haz lo que vieres”- , adelantando un kilómetro de camiones detenidos. Un camión, que había partido su eje delantero, cortaba una de las dos vías. No lo han apartado, estaban reparándolo allí mismo. Afortunadamente había policía controlando el paso por el embudo que se había creado. Al verme, han hecho parar, dejándome vía libre. El número de coches, autobuses y camiones ha ido aumentando al acercarme a Hyderabad. Recuerdo con horror la entrada en la ciudad, conduciendo Baldo. Era sábado noche. Igual que hoy. Todavía queda algo de luz. Intentaré atravesar el casco urbano, detenerme en una estación de servicio, llenar depósitos y salir temprano por la mañana, para cubrir el último tramo que me falta para llegar a Chennai. Podría acercarme al hotel en el que estuvimos. Tengo marcada su posición en GPS, pero perdería mucho tiempo. Pregunto la dirección al conductor de un camión militar que se detiene a mi lado, ante un semáforo. No habla inglés pero una joven que le acompaña me dice que me detenga más adelante. Desciende del camión e intenta explicarme cual es el camino correcto, que resulta ser algo complicado. Se acerca un señor mayor, muy amable, que después de hablar con la chica, me escribe en mi bloc de notas los nombres de todos los cruces que he de atravesar, y distancias entre ellos, para llegar a la “express road” que me llevará a Chennai. La joven se apiada de mí. Seguiré el camión militar que me guiará hasta la carretera de salida. Mientras les sigo, paso por la plazoleta en la que nos vimos atrapados en un atasco monumental que ni Baldo ni yo olvidaremos. Llegando a determinado cruce me indican la dirección a seguir. Me despido agradeciéndoles su ayuda. No es tan fácil como suponía. Sábado noche, inmerso en el caos circulatorio de la gran urbe. Masas de personas mezclándose con motos y coches. Plazas que tengo que rodear, cortando el paso a un río de ciclistas y motorickshaws, con la dificultad añadida de tener el volante a la izquierda y no llevar copiloto. No veo bien lo que me viene por la derecha , cuando estoy girando. Pregunto a gente apresurada que no se detiene. Me faltan ocho kms. para llegar al primer cruce indicado en mi bloc. Llegaré, se que llegaré, pero tengo que conducir con cuidado. Las motos me adelantan casi rozándome. Luces de frente. Ciclistas por delante sin reflectantes. Poco a poco voy alejándome del centro. Sigo las indicaciones que tengo anotadas, preguntando a conductores detenidos ante los semáforos. Carretera en obras, la recuerdo. Es por donde entramos en Hayderabad. La ciudad queda atrás. Es hora de detenerse. Mañana será otro día. Miro el cuentakilómetros. 623. Más o menos, lo mismo que me falta para llegar a destino. Ceno en un “restaurante” cercano. Cerveza fría que expenden en una tienda de licores cercana. Duermo profundamente en la gasolinera en la que he aparcado, después de llenar el depósito.

La “express road” no resulta ser tan express. Es estrecha, con pasos de nivel con barreras, ganado en la calzada, pero hay pocos agujeros en el asfalto. Paso por varios pueblos, rodeo un gran embalse, con central hidroeléctrica, y alcanzo, por fin, la autovía que une Bangalore a Chennai. Rápida pero peligrosa, porque atraviesa varios pueblos. Motos y personas pueden cruzar de repente sin ceder el paso. Llego a Chennai a las cuatro de la tarde. Otra gran ciudad. Otra paciente búsqueda de hotel que finalmente encuentro con menos problemas de los esperados. Me ducho, me cambio, ceno en un restaurante con terraza. Comparto mesa con dos francesas, de Normandía, que disponen, como yo, de tiempo libre. Están a punto de finalizar una larga estancia de tres meses en la India. La mayor parte de este tiempo lo han pasado en Fort Cochi y Pondycherry. Les queda una semana. Les recomiendo Mamallapuram, a 30 kms. de Chennai. Espectacular, junto al mar, tranquilo, barato, buena comida. Les parece bien. Después regresarán a casa para pasar las fiestas de Navidad y año nuevo. Luego, ¿quién sabe?. Alguna escapada para huir del frío y la lluvia
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Chennai, más de siete millones de habitantes, capital del estado Tamil Nadu, en el golfo de Bengala, es unos principales puertos de la India. La ciudad ha ido asimilando pequeños pueblos que se han convertido en barrios, densamente poblados, conectados por dos grandes vías. Una, Anna Salai, la cuza en diagonal de norte a sur, desde el mar hacia el interior, la otra, Kamarajar Salai, transcurre paralela a la orilla del mar. Utilizando estos dos ejes me he desplazado del barrio en el que se encuentra el hotel donde me alojo al barrio, más al norte, en donde se halla la oficina de la agencia que tramitara el embarque del coche hasta Kuala Lumpur.

El lunes, a las diez de la mañana, hora en que se inicia la jornada laboral en la mayoría de comercios y oficinas, me he acercado hasta el barrio de George Town, en donde debo encontrarme con la persona que va a gestionar el envío del Toyota. Un motorickshaw me ha dejado en la calle en la que se ubica la agencia. Números de edificios antiguos y modernos. Numerosas empresas navieras. Grandes carteles en los que no figura el nombre que busco. Me indican que posiblemente se encuentre hacia el final. A medida que avanzo, la calle se estrecha. Los grandes edificios se convierten en casas con fachadas cochambrosas. Es incomodo caminar por la falta de aceras, montones de basura, apresuradas motos, carros tirados por bueyes, coches aparcados, vendedores callejeros con tenderetes, improvisados “restaurantes” básicos, para los más pobres, que en su mayoría van descalzos. Localizo el número que busco. Sobre la puerta, el cartel de la agencia, que se halla en el primer piso. La escalera, sucia, llena de trastos. La oficina, pequeña pero bien aprovechada. Limpia. Una joven me ofrece asiento. Aún no ha llegado la persona con la que tengo la cita. Uno de los empleados, haciendo sonar ininterrumpidamente una campanita, va encendiendo palitos de sándalo, depositándolos frente a figuras de distintas deidades hindúes, ante las que se detiene, brevemente, con actitud de ruego. Parece seguir una rutina diaria. Al finalizar, los cinco empleados, se ponen en pie, con las palmas de las manos juntas, frente al pecho, inclinan la cabeza y parecen musitar una oración. Unos diez segundos. Empieza la jornada. A los pocos minutos llega la persona que estoy esperando. Aparenta 35 años. Simpático. Me ofrece un té. Enciende el ordenador. Paga unos recibos que le presentan. Firma unos documentos que le ponen sobre la mesa. Da unas cuantas órdenes. Es el jefe. Me indica los pasos necesarios que debo seguir para iniciar los trámites. Mañana por la mañana, a la misma hora, entregarle pasaporte, carnet de pasaje de aduanas, billete de avión cerrado a Kuala Lumpur y 780 $ USA. No importa que le pague en rupias, siempre que presente una hoja de cambio oficial, por esa cantidad. El coche será introducido en un container el miércoles, después de pasar por Aduana. Me da las medidas máximas que admite el container. Busca en su ordenador un coche igual al mío. No hay ningún problema, pero tengo que quitar las ruedas y los dos bidones de gasoil que llevo en la baca. La altura se reducirá a 2,25 mtrs. La altura máxima de la puerta del container es de 2,28 mtrs.

Cuando salgo, como dispongo de tiempo, me doy una vuelta por el barrio. Calles estrechas, tiendas que ofrecen toda clase mercancías. Desde ordenadores a hierro, en tubo, barra o placa. Mujeres sentadas en las aceras confeccionando collares de flores. Un conductor de rickshaw echando una cabezadita en su vehículo. Hace calor y la humedad es alta. Estamos en Diciembre. En Agosto debe ser asfixiante. Los coches aparcan donde pueden, igual que los carros. Los bueyes comparten espacio con las motos. Parecen estatuas.
Para no tener que buscar el lugar, cuando pasado mañana tenga que acercarme hasta la Aduana, busco el emplazamiento y lo marco en el GPS. Cuando regrese al hotel, lo activare. Así podré volver por el mismo camino que siga el rickshaw . Una de los medios de transporte rápidos y baratos de Chennai es el tren que circula paralelo a la costa. Tiene su salida en Chennai Beach, en el barrio que me encuentro. En su trayecto se detiene en otras seis estaciones. Doy con el bazar en el que expenden, sobre todo, películas y teléfonos móviles. Supongo que en su mayoría, son copias piratas, en DVD, de cintas de acción o cine indio. En Chennai se encuentran los estudios de cine que hacen la competencia al Bollywood de Bombay.


 

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