Crónica 3o: del 09 al 19 de diciembre 2008 (2ª)

India






 

Con la ayuda del guarda del hotel, bajo las dos ruedas de recambio de la baca. Desmonto la sujeción de los dos bidones de gasoil. Regalo el conjunto al vigilante. Se sorprende y me obsequia con una sonrisa espontánea de agradecimiento. En todas las ocasiones que he pasado por delante de él, al traspasar la puerta de entrada, se ha puesto en pie, saludándome militarmente. No necesito los bidones, son un estorbo. Menos altura. En varias ocasiones he tenido que pasar bajo puentes o túneles en los que casi rozaba el techo. Con los dos depósitos de combustible llenos, puedo recorrer 1.200 kms. En mi itinerario previsto, no voy a enfrentarme distancias tan largas sin posibilidad de encontrar gasoil. Estoy cerca de un inmenso centro comercial, ubicado en una de las arterias principales de la ciudad, Anna Salai, muy cerca de un lujoso hotel de la cadena Taj. El semáforo que permite cruzar a los peatones da preferencia a los vehículos. Hay que estar preparado, tenso, como si se fuera a dar la salida a una carrera de cien metros. Verde. Ya. A buen paso. Las motos, impacientes, esperando que cambie el color del semáforo, no pueden contenerse. Salen disparadas, antes de que los últimos peatones hayan terminado de cruzar. Los guardias, comprensivos, no hacen nada por detenerles. Tal vez, también ellos se desplacen en motocicleta. El centro comercial es inmenso. Tres edificios comunicados interiormente. Seis pisos de altura. Cientos de tiendas, en los que se puede encontrar de todo, siempre que se sepa cuál de ellas ofrece, lo que se está buscando. Doy una vuelta, me siento en un bar de zumos naturales. Compro 3 cookies recién hechas, calentitas, por las que pago lo mismo que cobra un trabajador del campo por una jornada. Compruebo que el cambio que ofrecen en distintas oficinas es similar. Cambio cheques de viaje. Busco la central de las líneas aéreas de Malasia y compro un billete para el viernes por la noche. El avión sale a las once, pero me recalcan que tengo que llegar al aeropuerto tres horas antes, por medidas de seguridad. Se han incrementado después de la matanza de Bombay.

Paseo, sin rumbo fijo, por las callejuelas del barrio, huyendo de las calles principales que lo atraviesan. Es como abrir una puerta y descubrir un nuevo espacio. Un pueblo sin apenas tráfico, sin bocinas ni puestos de venta callejera en las aceras. Algunos carretones, tirados a mano, con frutas y verduras, que los vendedores ofrecen a pie de casa. La vida está en la calle. Mejor coser en el exterior que en una habitación mal iluminada, sin corriente de aire. La calle sirve también de almacén, para un tapicero que no dispone de espacio suficiente para guardar sofás y sillones. Mujeres que aprovechan las bombas de agua para lavarse el pelo, fregar platos, lavar ropa o a sus hijos pequeños. Ciertas personas con las que me cruzo me saludan. Algunas incluso me preguntan si soy musulmán, de dónde soy, qué hago, si me gusta la India, cuántos hijos tengo… lo habitual. Encuentro un camión del que están descargando ladrillos. Corta totalmente el paso de una callejuela. Nadie protesta, ni toca la bocina, exigiendo rapidez. Parece que el entorno del interior del barrio crea un ambiente sosegado que desaparece súbitamente al salir de nuevo a la calle comercial, con tiendas de recambios de automóviles, de ropa, zapaterías, hoteluchos y chiringuitos de comida rápida. De nuevo el incesante sonido de bocinas, sortear charcos, hacerse a un lado, para permitir que pasen coches y motos, rodear montones de basura y … toparse con un cuervo dispuesto a darse un festín con la rata muerta que ha encontrado.



El día en que se introduce el coche en un container se me hace largo. Tiempos muertos, esperando a distintos funcionarios que no se encuentran en sus despachos. Antes de llegar, con puntualidad inglesa, a la Aduana, lleno los depósitos de gasoil. Ignoro cuánto valdrá en Malasia, pero tengo dinero de sobra. He gastado poco en los últimos días. Estoy citado a las diez y media. Atasco brutal, motivado por un mitin político, cerca del edificio en el que tengo que entrar. Me topo con unas vallas, que impiden el acceso. Un policía de tráfico me indica que siga, que no me detenga. No por favor, tengo que entrar. Un oficial de aduanas habla con el policía y logra que retire la barrera, permitiéndome pasar. Cuatro horas y media para lograr que se estampen todos los sellos, firmas, escriban en libros y se consiga el permiso para embarcar el Toyota. El oficial que tiene que inspeccionar el interior del coche, para comprobar que no transporto, armas, drogas, antigüedades, dinero indio en cantidad o los mil artículos prohibidos que no deben salir del país, al ver los arcones, candados, ruedas, ocupando el espacio libre y … mi encantadora sonrisa, apoyando mi declaración oral de que no llevo nada oculto que no pueda mostrar, se da por satisfecho y firma, dando el coche por revisado. Hemos tenido que esperar a que transcurriera la hora de la comida. La mayoría de las personas que trabajan en ese edificio, comen en sus despachos. Sólo disponen de una hora, que puede alargarse. No hay comedor. Camareros, sin uniforme, de restaurantes cercanos, les llevan la comida preparada en tarteras de aluminio. Una guarrería, las cucarachas están encantadas. Nosotros no hemos comido. Reparto caramelos de lima y menta que nos entretienen. A las tres de la tarde nos vamos hasta un área de containers que se encuentra a 25 kms. de Chennai. Tres horas más para introducir el coche, inmovilizarlo, para evitar que se golpee con las paredes, cerrar y sellarlo. Siempre que he embarcado un coche, en esas condiciones, se me encoge un poco el corazón. Aguanta, compañero. Estaré esperándote. Curioso mundo el de los containers. Grandes cajas metálicas cerradas que encajan perfectamente unas con otras. En el exterior, una placa en la que se indica el fabricante, el propietario, medidas, peso y carga máxima. Algunos se han construido en China, India, Singapur o EEUU y pertenecen a una compañía con dirección en las Bahamas, Nueva Jersey, Londres o Panamá.
El último día en Chennai me acerco a la playa de la Marina, un lugar muy concurrido, por todos aquellos que huyen del agobiante entorno ciudadano. Un largo paseo por la arena, hasta la orilla del mar, entre tenderetes que ofrecen camisetas, telas, bisutería, hena para pintar las manos, pescado frito, zumos, refrescos, mil chucherías para los numerosos visitantes que disfrutan de la brisa marina en esta tarde cálida de Diciembre. Un quiromante, sentado en la arena, ayudándose de cartas, figuras de deidades, conchas marinas y lupa para ver mejor las rayas de la mano, aconseja a un joven que le escucha atentamente. Detrás, a bastante distancia, fotografías, sobre delgadas planchas de madera, de personajes famosos de la sociedad india, actrices, actores, presentadores de TV, deportistas. Entretenimiento actual, que parece observar, burlonamente, las antiguas costumbres.
Por la noche, una última carrera hasta el aeropuerto, en un taxi nuevo, con un conductor que ha debido formarse en una reputada escuela de kamikazes. 35 minutos de adelantamientos a gran velocidad, cambiando de carril, con uso continuado de la bocina, exigiendo paso, entre motos y coches, que apenas dejan espacio.
Las medidas de seguridad extremas, revisión meticulosa a pasajeros y equipaje de mano, provocan una larga cola. Ignoro por qué. Los controles no difieren en nada a los que se realizan en otros aeropuertos. Entre los objetos prohibidos se encuentran cerillas y encendedores. Debe ser difícil detectarlos porque en la sala habilitada para fumadores, varios pasajeros, sonreían al mostrarlos y ofrecer fuego a quienes nos habíamos desprendido de ellos.


Desde el aire observo las luces de Chennai. A los pocos minutos desparecen. Volamos sobre el mar. La India queda atrás. En total, he permanecido en el país unos tres meses y medio, en los que he recorrido algo más de 17.000 kms. ¿Qué puedo decir sobre esa gran extensión geográfica, en la que cabrían los países que formaban la antigua Europa de los quince? Nada. No quiero generalizar ni recurrir a los tópicos. Lamentablemente, a pesar de que la gente, en general, se ha portado amablemente conmigo, he de confesar que me he sentido más atraído por su pasado que por su presente. Tardaré en volver… si es que lo hago algún día. La India queda atrás. Estoy volando hacia Malasia.

Kilómetros recorridos 52.055
Enviado desde Kuala Lumpur el 24 de Diciembre, 2008

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