Crónica 31: del 20 de diciembre al 07 de enero 2009 (2ª)

Malasia




 

Silvia y Pilar disponen de pocos días. Quieren ver cuanto más mejor. Dejamos Chinatown para acercarnos a Merdaka, una gran plaza con varios edificios coloniales ingleses. En 1.957 se proclamó la independencia de Malasia. Para recordar ese día se izó una gran bandera, en un mástil de 100 metros de altura. Silvia me comenta que siempre le ha llamado la atención, que cuando acuden miembros de familias reales a España, con motivo de alguna celebración especial, se mencionan los nombres, por ejemplo “Los reyes de Tailandia, Bhumibol y Sirikit”, pero no recuerda haber leído nunca los nombres de los reyes de Malasia. Hay que tener en cuenta, en este caso concreto, que Bhumibol ocupa el trono desde 1946. Los reyes de Malasia cambian cada cinco años. Es un país “diferente”. Es una Monarquía Constitucional Federal. 13 estados y dos territorios federales. Nueve estados son sultanatos hereditarios. Entre ellos, cada cinco años se elige un monarca. En la gran plaza, un extenso campo para practicar uno de los deportes nacionales, el cricket. El mejor lugar para contemplar un encuentro, la terraza del Real Club Selangor, donde se reunía la alta sociedad británica, a finales del siglo XIX. Todavía hoy, sigue siendo centro de reunión de la clase social más elitista.
Las apacibles calles de Merdeka quedan atrás. Pasamos un puente para introducirnos en el barrio indio, “The Little India”. Gente en bares, restaurantes, tiendas, gente. Parece que hayamos cambiado de país. En Malasia conviven, desde hace siglos, descendientes de comerciantes y trabajadores que llegaron de otros países. Cerca de 25 millones de habitantes. El 58% son malayos, el 27 % chinos y el 10% indios. De esos 25 millones de personas, casi la mitad vive en ciudades y la otra mitad en áreas rurales. Pero eso no quiere decir que la mitad de la población se dedique a la agricultura, sólo un 12% trabaja la tierra. Por sectores económicos, 10 millones viven de la industria y casi 12 millones de los servicios. De ahí la importancia, en la economía malaya, del turismo. Aunque ese gran desarrollo que ha experimentado el país, en las últimas décadas, no habría sido posible sin la inversión extranjera y, sobre todo, sin sus yacimientos de petróleo y gas.

Almuerzo en un restaurante, “El Cerdo”, que ofrece en su menú, desde jamón español hasta salchichas alemanas, pasando por cochinillo y lechazo, al estilo segoviano. Pueden estar muy bien, pero prefiero reservarme para cuando regrese a Barcelona. Opto por salchichas de Frankfurt y ensalada de patata alemana. A última hora de la tarde, después de la paliza que nos hemos dado durante toda la jornada, caminando, con ligeros reposos, las acompaño a un centro de masaje, que había descubierto hacía unos días, cerca de mi hotel. Un lugar muy agradable, limpio, todo madera, música ambiental relajante. Masaje de pies, almohadilla caliente bajo la nuca, sillón-tumbona, una hora. Diez euros. Al salir, paso por unos estanques por donde se desplazan, a gran velocidad, unos pececitos pequeños. Es un “fish spa”. Hay unos pececitos, esos que estoy mirando, originarios de Turquía y China, que se alimentan de pieles muertas. No se les da comida. Cuando llega un cliente, introduce los pies, después de habérselos lavado. Los pececitos se encargan de eliminar todas las pieles muertas. También puede ser todo el cuerpo. Recomendado para los que sufren soriasis. Me produce cierto rechazo. Además he observado que, cuando uno de los pececillos se queda quieto, otros le atacan. Si sigue moviéndose ágilmente, le dejan en paz, en caso de que le cueste desplazarse, se lo comen en un santiamén.


Antes de que Pilar y Silvia se marchen tres días a Langkawi, isla cercana a Tailandia, a disfrutar de sol y playa, en uno de los mejores hoteles de Malasia, nos hemos acercado a Malaca. Autobús cómodo, con aire acondicionado, que ha recorridos los 180 kms que la separan de la capital, en dos horas. Hace dieciocho años que visité Malaca. Entonces me pareció una ciudad detenida en el tiempo. Poco tráfico en las calles, escasos turistas. Hoy al llegar a la central de autobuses, a media hora de taxi del centro, he comprobado el gran cambio que ha experimentado la población. Podría estar en California. La plaza de la ciudad, donde se levanta la Iglesia de Cristo, que construida en el siglo XVIII, con ladrillos transportados desde Holanda, es el centro del antiguo asentamiento. El color rojizo de las paredes de la residencia del gobernador, del siglo XVII, igual al de la iglesia de Cristo, identifican Malaca. Si queda alguna duda, un molino frente a la plaza, recuerda que los holandeses se mantuvieron en ese enclave algo más de 160 años. En la plaza, junto a la iglesia se levantan varias tiendas de artesanía local y ropa. Pilar ha comprado unas camisetas, después de una larga charla con la propietaria, que ha venido a España recientemente, de vacaciones. La ciudad ha mejorado, creando nuevos puesto de trabajo. Pero algunos añoran tiempos pasados. Los jóvenes (he escuchado lo mismo en varios países) no quieren trabajar. Venden las casas que levantaron sus abuelos. Son rápidamente ocupadas por tiendas, hoteles, restaurantes, bares… Los precios se han disparado. Se acabaron los tranquilos paseos junto al río. Unas pocas horas son suficientes para darse una vuelta por lo que queda de la antigua Malaca. Hay que reconocer que todo está en perfecto estado de conservación. Subiendo la colina, se encuentran las ruinas de la antigua iglesia de San Pedro, construida por los portugueses. Escaleras limpias, con barandillas, permiten el descenso hacia el palacio del Sultán. Se ha construido, siguiendo una antigua descripción, a semejanza del palacio del siglo XV. Rodeado de un extenso jardín, el edificio, construido todo con madera, sin un solo clavo, es hoy en día un museo en el que se muestran trajes, muebles, armas, instrumentos musicales y distintos utensilios. Se explica la historia de Malaca. Se representan a algunos de los que llegaron, con el paso de los siglos, hasta aquí, en busca de establecer uniones comerciales o asegurar un puerto de abastecimiento, necesario en largas travesías. Indios, chinos, indonesios, portugueses, holandeses, ingleses. Es curioso, divertido, que los maniquíes chinos, no tienen los ojos rasgados. A decir verdad, todos se parecen, si los imaginamos sin traje. En la gran sala de audiencias públicas, se ha representado una, con el sultán escuchando y tomando decisiones.

En todo el recorrido, en la calzada por la que puede rodearse el conjunto pétreo en el que se levanta la iglesia de San Pedro, unos rickshaws, profusamente adornados con flores, con música actual, a gran volumen, transportan turistas, foráneos y locales, pasando por delante de restaurantes de comida rápida. El paseo por el antiguo barrio chino, en el que algunas antiguas casas de comerciantes están abiertas al público, es incómodo. Coches y motos obligan a detenerse o a apartarse. Como nos hemos entretenido comiendo, nos quedamos sin poder ver la casa museo más destacada. Son las cuatro y veinticinco de la tarde y cierran a las cuatro y media. No ha estado mal. En la plaza de la ciudad, unos carteles indican las distancias a ciudades lejanas. Pekín, Londres, La Meca, Valparaíso… Ahí quiero llegar el próximo, lejano, mes de Diciembre. Las mujeres policía cubren su cabello. Me llama la atención porque, aunque la mayoría de la población es musulmana, he podido comprobar que, en Kuala Lumpur, no existe ningún impedimento para que las mujeres vistan como mejor les parezca. Los mini pantalones son habituales. Ah, algo más. Quieren imponer a los musulmanes, una prueba de VIH antes del matrimonio. En caso de dar positivo, alguno de los dos, no se permitirá la unión. En los periódicos, distintas personas de sexo, credo y status diferente dan su opinión. A favor o en contra. Lo que más les sorprende a todos es que sólo sea obligatorio para los musulmanes. Extraño país Malasia. Una democracia donde los parlamentarios son electos por voto directo y secreto.


Hace días que el ordenador me dice, al encenderse, que no encuentra el sistema operativo. Lo mismo que me ocurrió en las cuevas de Ajanta, en la India. En una tienda del centro comercial dedicado a ordenadores, teléfonos y cámaras fotográficas, me proporcionan el teléfono y dirección de las oficinas centrales de LG, la marca de mi ordenador. Imposible comunicarme telefónicamente. Líneas ocupadas, “inténtelo de nuevo dentro de un rato”.
Después de pegarme una paliza, metro elevado, otro y taxi, he llegado a las oficinas de LG, en un barrio precioso, residencial, con jardines, grandes espacios... a unos 30 kms. del centro de Kuala Lumpur. Cierran los sábados, a pesar de que en la web dicen que abren por la mañana. Hoy es sábado. He encontrado a un joven que estaba trabajando. Se ha apiadado de mí y me ha abierto la puerta. Cuando se ha enterado que era un problema de ordenador, me ha dicho que el único sitio donde pueden arreglarlo es... en Singapur. Otro taxi, tren, metro y búsqueda de una solución. Está lloviendo. He encontrado a una persona estupenda, eficaz, comprensiva, en los almacenes en los que me han facilitado la dirección de LG. Un “manitas”. Ha abierto el ordenador y ha solucionado el problema. Mala conexión del disco duro. Ha dejado lo que estaba haciendo y se ha puesto manos a la obra. Una hora. Se ha asegurado de que funcione. No ha podido arreglar el interruptor de encendido por falta de recambio. Buena gente. He visto como desmontarlo. Me ha cobrado 10 euros. Iba a marcharme, abandonar Kuala Lumpur, una ciudad en la me siento “atrapado”, pero mañana regresan Silvia y Pilar. Cenaré con ellas. Me instalo en un café moderno, cercano al hotel, con wifi. Ceno mientras recibo y escribo e-mails y se actualiza el antivirus.
Para entretenerme, el último día, regreso al parque cercano a las Petronas. Lagos y fuentes que no había visto anteriormente. El complejo comercial parece pequeño, al lado de las altas torres. En el interior, sorprende por sus grandes espacios. Es un centro comercial semejante a los que vi hace años en Singapur. Podría estar en cualquier país del mundo globalizado. Marcas y nombres comunes en todos los grandes centros comerciales. Zara en uno de los mejores lugares. Lo único que es diferente es la planta dedicada a restaurantes populares. Muy baratos, para estar ubicados en un lugar semejante. Comida tradicional malaya, china e india. Una zona con restaurantes selectos, ofreciendo comida coreana, italiana, japonesa.

Por la noche, cena en un restaurante argentino. Despedida de Pilar y Silvia, que tan bien se han portado conmigo. Para ellas, mañana será un largo día. Del aeropuerto directamente a trabajar. Para mí, una autopista excelente que me conducirá a Georgetown. Inicio mi trayecto dirección norte. Camino de Tailandia.

Dejo Kuala Lumpur con la sensación de que voy cerrando libros, que leí hace tiempo y que he vuelto a abrir para hojearlos. Los recoloco en la estantería mas inaccesible, no creo que vuelva a necesitarlos.


Enviado desde Phang Nga, Tailandia, el 11 de enero, 2009
Kilómetros recorridos 52.055

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