Crónica 31: del 20 de diciembre al 07 de enero 2009 (1ª)

Malasia





 

Después de 18 años, he vuelto a Kuala Lumpur. Aunque recordaba una ciudad en donde se mezclaban las atiborradas calles de Chinatown y Litle India, con modernos edificios, en nuevos barrios, bien comunicados por anchas avenidas, por las que se conducía sin agobios, mi primera impresión, llegando de la caótica ciudad india de Chennai, ha sido la misma que puede experimentar un limeño que llegue a la T-4, de Madrid. Un gran aeropuerto, limpio, bien señalizado, preparado para recibir aviones procedentes de cualquier parte del mundo. Trámites de inmigración y aduanas rápidos. Conexión hasta el centro de la ciudad en taxis de prepago, autobuses o en tren, “KLIA Ekspres”, salida cada 15 minutos, siendo el transporte más rápido, media hora, para llegar a “KL Sentral” , corazón de la ciudad, desde el que salen las principales arterias de comunicación a los distintos barrios de la capital, autobuses, taxis, trenes elevados o subterráneos. Debido a la diferencia horaria, mi llegada a Kuala Lumpur coincide con el amanecer. Un taxi me lleva desde “KL Sentral” a un hotel recomendado, cerca de Chinatown. Lleno. Las fiestas cercanas de Navidad, convierten la búsqueda de hotel en una aventura, que me obliga a “descubrir” una nueva Kuala Lumpur, no aquella que guardaba en la memoria. Es lógico, han pasado 18 años. Encuentro un hotel cercano. No me gusta el lugar. Se levanta sobre una central de autobuses de largo recorrido. Ya buscaré otro alojamiento, después de ducharme y librarme de acarrear bolsa y ordenador. Calor, humedad. Como algo de fruta, mangostanes y mangos. Me tumbo sobre la cama y me duermo profundamente. Me despiertan los altavoces de una actuación en directo de un grupo “heavy metal”, malayo, que está actuando en un parque cercano, al aire libre. Aprovecho para escribir crónicas atrasadas.

Al día siguiente, mapa en la mano, salgo en búsqueda de un hotel que se adapte a mis necesidades. Voy a tener que pasar más días de los previstos, por diversos motivos. He de esperar que llegue el barco que transporta el Toyota desde Chennai; tengo que conseguir un seguro para el coche; he de reparar el ordenador que, poco antes de Fin de Año, ha vuelto a decirme que no encuentra el sistema operativo; vienen dos amigas de Barcelona para despedir el año conmigo. Hotel, por hotel, hay muchos. Estoy dispuesto a pagar hasta 30 euros por noche. Todos llenos hasta después de Navidad. Busco en el “Golden Triangle”, pulmón comercial, con varios edificios ocupados por innumerables tiendas en las que puede encontrarse de todo. Calle principal, con restaurantes, casas de cambio, masajes, hoteles, bares, cibercafés. Mucha gente. Compras. Turistas. No es un buen lugar. ¿Dónde dejaré descansando el coche cuando llegue? Aparcamientos de pago. No va ser fácil. Hay un área, más tranquila, con muchos restaurantes, para locales, y otros, más sofisticados, para extranjeros y malayos adinerados. Empiezo a “peinar” la zona. Primero los hoteles más grandes, luego los pequeños, con buen aspecto. Llenos. Cuando estoy empezando a pensar que tendré que cambiar de barrio, descubro uno, nuevo, rodeado de viviendas con ropa tendida, pero próximo a las calles más atractivas, en donde me ofrecen habitación limpia, amplia, cómoda cama de matrimonio, televisión, aire acondicionado y espacio para dejar el coche, junto a la puerta de entrada, por 14 euros, sin desayuno. No hay bar ni restaurante. Ni teléfono en la habitación. Ducha con agua caliente. Perfecto. Es un hotel musulmán. Después de cinco días, me bajan el precio a 12 euros.

Uso Internet para comunicarme con la agencia que tramita el desembarco del Toyota. Encuentro la dirección del Automóvil Club de Malasia, en donde tal vez puedan facilitarme un seguro obligatorio para el coche. Muchos cibercafés, a 60 céntimos de euro la hora. Muchos… pero lentos. Antes de estropearse el ordenador, me conecto, con wifi, en algunos cafés y restaurantes que ofrecen ese servicio, lentos también. La diferencia de precios es abismal, entre bares y restaurantes con clientes locales y aquellos, más pulcros y distinguidos. Un té, por el que se paga 20 céntimos de euro en los primeros, pasa a costar ocho veces más en los otros. Con la comida pasa lo mismo. En los restaurantes más populares no se pagan impuestos ni servicio. La cerveza, donde la hay, es cara. Voy alternando. Es una ciudad incómoda para el peatón, en cuanto se aleja de las zonas comerciales o barrios más frecuentados. Grandes distancias, con amplias vías rápidas para los vehículos a motor. Los taxistas, salvo algunas excepciones, se niegan a utilizar el taxímetro, cuando el cliente es extranjero. Pero aún en esa circunstancia es barato. He usado en varias ocasiones el tren monorraíl. Rápido y barato. He caminado mucho. He disfrutado de terrazas de cafés, en lugares tranquilos, habituales en nuestros lares, olvidadas durante mi estancia en la India. En las zonas por las que me he movido, hay dos buenas referencias: la Torre de Telecomunicaciones, la cuarta más alta del mundo, y las Torres Petronas, inauguradas hace diez años. Algo más de 450 metros de altura. Petronas porque en ese edificio se encuentran las oficinas centrales de la Compañía Nacional de Gas y Petróleo, “Petroliam Nasional BHD”. Las torres son espectaculares. Día y noche. Su acero refleja los rayos del sol y su iluminación nocturna destaca en la noche de Kuala Lumpur. Para llegar hasta ellas, lo más cerca posible, he ido caminando. He llegado hasta el gran parque desde el que se disfruta del mejor punto de vista. Sol, calor, humedad. La zona arbolada, entre la que discurre un camino, entre césped, por el que me he cruzado con algunas personas corriendo, crea un entorno muy agradable. Me he sentado en uno de los abundantes bancos, contemplando el conjunto arquitectónico. El puente que une las dos torres, el Skybridge, se encuentra a 170 metros de altura.


Para llegar a Port Klang, lugar en el que recogeré el coche, utilizo un autobús. He quedado a las diez de la mañana. Desde la estación de autobuses, a la que llego a las nueve y media, tomo un taxi. La oficina se encuentra en un barrio comercial, alejado del puerto que no he llegado a ver. Las mareas alcanzan aquí los cuatro metros. Esto es diferente a la India. Carreteras, calzadas despejadas, semáforos que se respetan, cruces sin atascos, poca gente en las calles, limpias, apenas se oyen bocinas. El cartel de la agencia destaca en una fachada. Una oficina amplia, con aire acondicionado. Me hacen pagar impuestos y grúa de descarga. Cuando les digo que me gustaría ir a buscar el coche, se sorprenden. Me dicen que vuelva a las dos de la tarde. ¿Para qué me han hecho ir a las diez de la mañana? Paso el tiempo dando una vuelta por el barrio. Los restaurantes están siempre llenos de gente comiendo. Comen a todas horas. Lo más corriente, nasi goreng, arroz con verduras y un huevo frito. 1 euro. A las dos de la tarde, aparece un joven que se va a ocupar de que yo pueda salir de Port Klang con el coche. Se sorprende de mi pretensión de resolver todo en un día. Como mínimo se necesitan dos, para conseguir firmas, sellos y permisos. Vamos a distintos edificios, en zonas diferentes. Papeles, formularios… No para de hablar por el móvil, mientras conduce, a gran velocidad. ¿He dicho hablar? Grita. Tengo que dejarle pasaporte, Carnet de Paso de Aduanas, recibos de las Agencias de Chennai y Port Klang. Mañana será otro día. A la misma hora, las diez de la mañana. Vuelta a Kuala Lumpur. Es hora de regreso. La autopista con mucho tráfico. Procuro recordar el camino de regreso, mañana con suerte, tendré que seguir el mismo itinerario. Veo varios lugares donde podré lavar el Toyota.

En el barrio comercial cercano al hotel, varios edificios, conectados entre si, con multitud de tiendas. En uno de ellos, una oficina del Automóvil Club de Malasia. Por 25 euros, consigo el seguro obligatorio a terceros, para un año. Me siento en la terraza de un bar cercano, viendo pasar la gente, mientras tomo un té y fumo una “sisha”, muy bien preparada, con tabaco sabor manzana, importado de Egipto. El encargado del bar vende helados, repartiendo sonrisas, cantando, golpeando una campana, cada vez que introduce una bola de helado en un cucurucho y siempre, al entregar el helado, con un rápido giro de muñeca, simula que se le va a caer. Gesto de sobresalto, que se transforma en sonrisa, en la cara del comprador-a. Buen ambiente. Me acerco al “Berjaya Times Square”, según la guía, el centro comercial más grande del sudeste asiático. Gigantesco. Incluso alberga en su interior un parque de atracciones, con una montaña rusa escalofriante.
Nueva excursión a Port Klang. Por fin puedo ver como se abre el contenedor, donde introduje el Toyota en Chennai. Lo liberan de ataduras y tacos de madera que lo inmovilizaban. Arranca, como siempre, a la primera. Salgo. Compruebo que no ha sufrido ningún desperfecto. Puedo marcharme. Sin pasar por la aduana. El joven malayo se ha ocupado de todo. Eso tiene un precio. 250 euros. Me explica los diferentes conceptos. Transporte del lugar de desembarco hasta el almacén donde hemos encontrado el contenedor, pago por guardarlo, impuesto de tránsito, pago a aduanas por la inspección (que no se ha realizado), sus honorarios…. Vale, vale. Factura y hasta la próxima. Ya en la carretera, que seguiré para llegar a Kuala Lumpur, me detengo, a lavar el coche, en uno de los sitios que vi ayer. Mientras espero turno, el propietario se interesa por mi viaje. Hace unos meses, estuvo en la India y se horrorizó ante la singular interpretación del código de circulación por los conductores indios. Se asegura de que sus empleados dejen mi coche limpio y reluciente. Sufrido Toyota. La última vez que lo lave a fondo fue en Turquía, a finales de abril, hace ocho meses. No por falta de ganas, sino porque hasta este momento no he encontrado jabón, agua a presión… En varios sitios lo han lavado, bien tirando cubos de agua, bien pasando un trapo húmedo. Cuando llego al hotel, encuentro aparcamiento. Ahí se va a quedar, hasta que abandone Kuala Lumpur.


Silvia y Pilar llegan puntuales. He ido a esperarlas al aeropuerto, utilizando el KLIA Ekspres. La vuelta la hacemos en taxi, mejor precio y servicio puerta a puerta, evitando arrastrar equipaje. Silvia, desde hace tiempo, tenía el capricho de pasar un fin de año, junto a las Petronas. Se alojan en el hotel más cercano y exclusivo, el “Mandarín Oriental”. Área VIP, piso 30. Han llegado unas horas antes de la celebración. El hall del hotel está lleno de gente. Hace dos días, me había acercado para comprar los billetes para la cena. La oferta era variada. Varios restaurantes, bares, interior y exterior. Imposible obtenerlos para cenar junto a la piscina, desde la que se ofrece una situación inmejorable para contemplar los fuegos artificiales con el que se recibirá el 2009, aforo completo. He adquirido otros, en un jardín, desde el que me han asegurado que pueden verse los fuegos perfectamente… siempre que no llueva, porque en ese caso se suspenden. He ido a mi hotel, a unos doce minutos, andando. He metido en una bolsa mi vestuario de gala. Silvia y Pilar se han duchado, sonríen e intentan olvidarse de que acaban de pegarse una buena paliza. Barcelona-Kuala Lumpur, con escala en Ámsterdam. Me han dado una de sus tarjetas, codificadas, imprescindible para que pueda utilizar el ascensor. Para llegar más arriba del piso 20, se exige introducir la tarjeta en la ranura correspondiente. Cuando llega el momento de encontrar nuestra mesa, un “pequeño” problema, no localizan mi nombre. Nos llevan de un restaurante a otro, hasta que se descubre que la reserva está hecha a nombre de “Josea”. Vale. Como he dicho antes, había varios restaurantes, interiores y exteriores. El director del hotel, que debe tener gran experiencia en celebraciones similares, y conoce perfectamente los posibles cambios climatológicos, imposibles de predecir, en Kuala Lumpur, ha eliminado las cenas en el exterior. Al final todo ha venido a ser lo mismo. Bufet variadísimo, con ensaladas, mariscos, carne, pescado, cocina malaya, tailandesa, china, japonesa e india. Gran oferta, con un camarero por mesa, cambiando cubiertos, llenando vasos y sobre todo, cumpliendo a rajatabla una orden recibida, doblar la servilleta correctamente, cada vez que nos hemos levantado de la mesa. El hotel, con gran control de seguridad, ha preparado una zona con pista de baile, luces variables, sonido a gran volumen, del que hay que huir rápidamente. Después de cenar, salimos a la zona abierta del parque cercano a las Petronas. En la gran plaza, frente al centro comercial, multitud de personas. Actuación en directo de grupos musicales, entre luces y fuentes de agua. La noche es esplendida. Temperatura agradable, hay nubes pero parece que no va a llover. Junto a las altas torres, otro edificio, con un gran reloj luminoso electrónico. Empieza la cuenta atrás. Y nosotros sin uvas. El nuevo año es recibido por los fuegos artificiales. Se abren las palmeras de fuego y color que impulsan los cohetes. Muy bonito, pero corto. Siete minutos. Se acabó. Ya estamos en el 2009. No hay buenos augurios económicos, será un año de recesión. Espero que ese desastre no nos altere vitalmente.

Al día siguiente, visita a los lugares más significativos de la ciudad. Paseo por la zona comercial, que se alarga hasta Chinatown. Este barrio se anima, sobre todo, al anochecer. La calle Petaling el eje central del mercado. Al entrar a la zona peatonal, pasando la puerta de entrada, la calzada es ancha, las tiendas están en los edificios laterales, pero más adelante, multitud de vendedores ambulantes ocupan casi todo el espacio, dejando unos pequeños pasillos para los peatones. Ropa, relojes, bolsos, discos,… un mercadillo. Bares, restaurantes, puestos de fruta y cocinas ambulantes. En una esquina, un local distinto. Sólo puede tomarse una especie de jalea de te. Amarga. Se sirve en un cuenco. Se acompaña con una mezcla de miel y agua, servida en una tetera. Se ingiere a cucharadas. No está mal. Los supermercados tienen las puertas abiertas. Ignoro a que temperatura está programado el aire acondicionado, pero supongo que a no más de 17 grados. Una corriente de aire frío se escapa de los edificios, creando una zona intermedia, que muchos paseantes aprovechan para detenerse unos minutos, refrescándose

 

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