Crónica 32: del 07 al 13 de enero de 2009 (1ª)

Tailandia




 

Inicio una etapa del viaje que me motiva especialmente. Espero que sea larga y placentera. Salgo de Kuala Lumpur por la autopista que conduce al norte. Me esperan Tailandia, Camboya y Laos. Creo que continúa vigente la prohibición de entrar, con coche, en Nyanmar y Vietnam. Ya veremos. Me gustaría volver a algunos lugares que visité hace unos años, viajando en autobús. Dispongo de seis meses. A finales de Junio, regresaré, por avión, a Barcelona. Me encanta el verano en España, y ya he sufrido los monzones de verano en la India. A finales de Agosto, quiero regresar al sudeste asiático para embarcar el coche, con destino Australia. Me gustaría llegar a Valparaíso a finales de Diciembre, la mejor época para recorrer el sur de Chile y Argentina. Me sorprendo a mí mismo, planeando el futuro lejano. Yo, que puedo cambiar, de la noche a la mañana, todas mis previsiones.
Esta autopista permite una conducción más relajada que las carreteras, buenas o malas, de la India. La velocidad máxima permitida es de 110 kms. por hora. Desde luego no la sobrepaso. En determinado momento, un control policial. Un guardia comprueba, en un papel, que sostiene con la mano, que no figura mi número de matrícula. Me da paso. Ha obligado a detenerse a cinco conductores que me habían adelantado bastantes kilómetros antes. Supongo que le comunican, por teléfono, los coches que exceden la velocidad límite. Que tranquilidad. En los cruces, al paso por pueblos, semáforos, con reloj luminoso de cuenta atrás, que se respetan. Las motos circulan por el ancho arcén. Voy cubriendo la distancia que me separa de Penang, contemplando las grandes extensiones de palmeras del aceite. Malasia es el principal exportador mundial. La zona idónea para que ese desarrolle ese árbol, se encuentra entre los paralelos 20º, sur y norte del ecuador. Entre Malasia e Indonesia cubren el 85% de la producción total. Un dato para comprender la importancia del aceite de palma. En el 2007, la producción mundial llegó a 38 millones, trescientas mil toneladas. Ese mismo año, el aceite de oliva, superó, por poco, los 3 millones.

Regreso a la autopista. Un gran cartel, me indica que tengo que salir, para cruzar el puente más largo del sudeste asiático, 13 kilómetros y medio. Aunque está en obras, parece que lo están ensanchando, no hay grandes retenciones. Para agilizar el paso, únicamente se cobra peaje al ir hacía la isla, no al regresar. Sigo la vía principal, dirección Georgetown, la capital de Penang. Dejo atrás altos edificios, acercándome al centro de la vieja ciudad. Encuentro el hotel que busco, sin mayor complicación. Otra vez el maldito aire acondicionado a temperatura muy baja. No hay forma de cortarlo, en la habitación. Abro la ventana para que entre el calor exterior. Por la noche, tres mantas. Mientras me siento ante el ordenador (wifi gratuito), me protejo con una cazadora. Me explican que con ese frío no entran los insectos. Vaya Vd. a saber. Junto a la puerta de los ascensores, un cartel, inequívoco, prohibiendo la entrada de “durians” en el hotel. ¿Qué es el durian? Una fruta tropical que, como el boxeo o las corridas de toros, no te deja indiferente. O sí, o no. Frente a los que afirman que es la fruta de los dioses, se encuentran los que se niegan a probar tan exótico manjar. Lo malo del durian es el olor. Huele muy mal. Por eso se prohíbe su entrada en hoteles, autobuses y aviones. ¿Cómo es? Grande, parecido al fruto del árbol del pan. Con una corteza más dura que una piña, con puntas. ¿A qué sabe? Pues a durian, naturalmente. Hay que probarlo para conocer su sabor. Anthony Burguess, el autor de La Naranja Mecánica, aseguraba que probar un durian es como "comer flan de vainilla en una letrina". Únicamente lo he catado una vez, en Londres, donde puedes encontrar fruta de todo el mundo. No me pareció tan repugnante de olor, ni tan grato al paladar, como para proclamarlo el “Rey de las frutas”. Necesito comerlo varias veces más. Buscaré el mejor. Tendré que esperar hasta el mes de Abril, cuando se inicia su temporada.

Georgetown no ofrece muchos lugares destacados que ver. Tal vez un paseo por el barrio chino. Pse. Al final de la calle donde se encuentra el hotel, hay una zona peatonal, con bares y restaurantes. Terracitas con mesas, grandes pantallas de televisión, ofreciendo partidos de fútbol de la liga inglesa y cerveza de varias marcas. Globalización. Ese tramo de calle podría encontrarse en Mallorca. La diferencia, todavía hoy, en Mallorca, es que los camareros-as, no tienen los ojos rasgados.
Visto lo visto, dejo para el último día, mi recorrido por el Georgetown colonial. Una calle cualquiera, dirección a las montañas. No resulta fácil. Numerosos cruces, direcciones únicas. Logro salir de Georgetown, dirigiéndome hacia el aeropuerto. Barrios, pueblos, zonas industriales… urbanizaciones de chalets adosados… todo muy bien conectado por estupendas carreteras, bien señalizadas… en malayo. Doy con el museo de la guerra de Penang. En una colina. Una zona defensiva construida por los británicos en 1930. Fue usada como prisión y campo de tortura por los japoneses, durante los cuatro años que duró su permanencia en la isla. Se ha restaurado, conservando almacenes, estructuras de cemento, usadas para alojar a la tropa, ingleses, indios y malayos, algunos emplazamientos de defensa antiaérea, bunkers, casamatas de observación, centro de comunicaciones, sala de planificación… todo ello conectado por túneles subterráneos de hormigón. Un itinerario, bien señalizado, permite el acceso a todos los lugares. Algunas fotos antiguas, viejos utensilios, cajón de castigo, utilizado por los nipones, un maniquí de espaldas, en una celda con literas, recordando los abusos sufridos por algunas mujeres, durante esa época… carteles que recuerdan las prohibición de salirse del itinerario marcado, para no alterar la vida de los animales que pueden encontrarse entre los árboles, serpientes y arañas, por ejemplo… Siempre que visito un lugar semejante, intento imaginar cómo debió ser en plena actividad. Es difícil. No me he cruzado con nadie durante mi visita. Un lugar tan tranquilo… los árboles que ocultan el mar, no estarían. En unas fotos se muestra al general japonés Tamayuki Yamashita, durante el juicio sumarísimo militar al que se enfrentó, en Manila. La sentencia, pena de muerte, por ahorcamiento. (Al llegar al hotel, he buscado en Internet su nombre y artículos sobre la invasión de Malasia, durante la segunda guerra mundial).Todos cerraron ojos, boca y oídos. Dos de los jueces se negaron a firmar la sentencia, añadiendo que era totalmente injusta. Un linchamiento del más prestigioso militar de Japón. Era conocido como “El Tigre de Malasia”. Gran estratega, arrolló al poderoso ejército británico, estacionado en la península malaya, en dos meses. Derrotando a un enemigo, bien armado, siete veces superior en número. Parece ser que la decisión de ejecutarlo la tomó personalmente el general Mac Arthur, vengándose así de no poder derrotarle en las Islas Filipinas. Sólo depuso las armas y se entregó, después de que se firmara el fin de la guerra.
La zona del exterior del museo, se utiliza ahora, como campo para practicar enfrentamientos de comandos, aficionados, armados con lanzadoras de bolas de pintura. Un atractivo turístico más que añadir a la Isla de Penang.



Siguiendo una carretera interior, he llegado al templo de budista Kek Lok Si. El más grande de Malasia. Un conjunto de templos, en lo alto de otra colina. Su construcción se inició en 1890, siguiendo la iniciativa de un inmigrante chino. Los fondos llegaron de las aportaciones de las familias chinas más acomodadas. He superado una empinada cuesta hasta llegar al aparcamiento situado en el nivel más alto, desde el que se goza de un privilegiado punto de vista sobre la ciudad de Georgetown. Ese último nivel, con terrazas, jardín, kiosco, estanque, rodeado de flores, está coronado por la gran estatua, en bronce, 36 metros y medio de alta, de la diosa Kuan Yin. La figura se encuentra rodeada por un andamiaje de mecano-tubo. Cuando esté terminado el monumento, 16 altas columnas, también de bronce, la rodearán. Además, añadirán 1000 estatuas más de la diosa, de dos metros de alto, por la zona. Una pasada. Todo muy chino. Lo primero que llama la atención es un gran busto de Kuan Yin, que sobresale de un edificio. Los peregrinos y fieles, gracias a un funicular, pueden salvar el desnivel existente, entre los templos que se levantan en el nivel inferior. Entre estos últimos se alza Ban Po Thar, una torre de 30 metros de alto. El estilo arquitectónico es una curiosa mezcla. Chino en la base, tailandés en el centro y birmano en la cúpula. Me he paseado, prácticamente sólo por templos, patios y jardines. Acompañado por la salmodia de unas monjas budistas.

Antes de volver al hotel, siguiendo la carretera de la costa, he llegado hasta Batu Ferringhi, una zona de playas, grandes hoteles, anticuarios, joyerías, bares y restaurantes. Un paseo agradable, sin posibilidad de perderme. La vía que transcurre paralela a la costa pasa por delante del hotel clásico, totalmente renovado, Eastern&Oriental. Conozco la zona, a 500 metros del hotel donde me alojo. En realidad estoy retrasando el momento de llegar, para no enfrentarme al frío pelón que voy a encontrar en mi habitación. Llegar, aparcar, subir, dejar mi mochilita y salir rápidamente en busca de un restaurante para cenar. No es fácil. Hay muchos, pero en algunos, al abrir la puerta, el aire gélido del interior me frena en seco. En otros, al aire libre, no tienen menú en inglés. Los europeizados no me atraen, me quedo mirando el partido de fútbol. No puedo dejar de mirar una pantalla, si la tengo delante. Encuentro uno con una temperatura soportable. En la carta recomiendan algunos platos, avalados por un chef de Hong Kong. Elijo uno, “Las flores de mi jardín”, que está bastante bien, como segundo, para no fallar, “Gambas con guindillas”. Riquísimas. Después de la India y estos últimos días en Kuala Lumpur, puedo comer, con placer, comida muy picante. He de mantener el tono, me espera Tailandia.


Mi último día en Georgetown lo dedico a un paseo por la parte de la ciudad en donde se encuentran los edificios coloniales de la ocupación británica. Vías tranquilas, sin apenas tráfico. Desayuno en la calle. Un par de mesas que atiende un vendedor callejero, con carro transportable. Día soleado, buena temperatura. Hojeo un periódico, en inglés, que he comprado unos metros antes. Miro el mapa y establezco itinerario. Atravieso el barrio chino, pasando por delante de algunos templos. Encuentro uno, con muchas personas entrando y saliendo. La gente dedica unos minutos a orar ante diversos altares. Coloca sus palitos de incienso y sale, para continuar su quehacer diario. Encuentro la mansión de Cheong Fatt Tze, impresionante. Su fachada azul destaca en la calle donde se encuentra. Fue construida en 1880 por un comerciante chino, que llegó a ser conocido como el “Rockefeller del Este”. El edificio, rodeado de un jardín, tiene 38 habitaciones y 220 ventanas. En la fachada, destacan sus puertas y la decoración de porcelana. Hoy en día, es un museo. Lamentablemente no se puede fotografiar el interior. El guarda, muy amablemente, me aconseja que vuelva otro día. Cierran dentro de media hora y se necesitan dos horas como mínimo para poder verla. Será en otra ocasión. Mañana me marcho.
El primer hito de mi trayecto por el barrio colonial se inicia en la torre del reloj, construido con los fondos donados por un millonario chino, en honor de la reina Victoria. Delante, el enclave más antiguo, el fuerte de Cornwallis. Aquí llegó Francis Light y alzo la bandera de Gran Bretaña, en 1786. Unas tiendas de campaña que con el tiempo se convirtieron en un fuerte amurallado, con cañones en sus torres de defensa. A finales del siglo XVIII, todos los habitantes de la isla no llegaban a 10.000. Actualmente, la población estimada supera el millón y medio, siendo el estado de mayor densidad demográfica de Malasia. Un inciso. Adjunto una fotografía en la que pueden verse algunos edificios, usados como viviendas. Altas torres de apartamentos, chalets adosados, algunas casas bajas. En general, todo lo que he visto hasta el momento, muestra viviendas dignas, ninguna chabola. Continúo. El fuerte ha sido remozado y reconstruido. La humedad, la cercanía del mar y la temperatura, constituían el hábitat idóneo para que plantas parasitas y hongos destruyeran las paredes construidas con ladrillos. En realidad el fuerte nunca llegó a usarse militarmente. Se convirtió en un centro administrativo. Jardín, un bar, unas salas, con fotografías y mapas antiguos, con textos que explican la historia de la ocupación inglesa. Nada excepcional, pero lugar agradable. Además, en las salas, con la puerta abierta, el aire acondicionado es un estímulo para interesarse por la azarosa vida del capitán Francis Lihgt. Bajo un árbol, en un bucólico rincón, un acuarelista dibuja pacientemente. Cerca, se alquilan uniformes y vestidos de encaje, en perfecto estado, impecables, para aquellos que quieran perpetuar su visita al fuerte, con una fotografía al lado del cañón principal, ataviados con trajes de época. Al salir del fuerte, encuentro la gran explanada, el “Padang”, apto para la práctica del cricket y excelente lugar de encuentro, en una fiesta determinada, para los jóvenes que desean encontrar pareja. A esa gran plaza, dan las fachadas de dos destacados edificios, el Ayuntamiento y el Tribunal Supremo. Junto al mar, un monumento a los caídos en diferentes guerras. Jardines, la catedral de la Asunción y el museo de Penang, muy interesante. Es una pena pero tampoco dejan fotografiar en el interior. En diversas salas y galerías, historia, representación de los diversos grupos étnicos que conviven en la isla, con vestidos, muebles, adornos, instrumentos musicales… unas extraordinarias camas para fumar opio, en madera tallada. Fotografías del antiguo Georgetown, documentos, postales, mostrando la fotografía del anverso y las notas escritas en el reverso, mención de los años que duró la ocupación japonesa… Un museo cómodo de visitar, enriquecedor.

 

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