Crónica 34: del 30 de enero al 25 de febrero 2009 (1ª)

Tailandia, Laos





 

Alina siempre se había sentido atraída por el sudeste asiático, seguir el curso del Mekong. Disponía de dos meses libres. Le comenté que podía incorporarse al viaje, cuando Nieves regresará a Madrid. No lo dudó. “Ya tengo el billete. El 30 de enero aterrizo en Bangkok”. El plan propuesto es dirigirnos hacia el norte de Tailandia, pasar a Laos, recorrer ese país, entrar en Camboya, llegando a las principales zonas arqueológicas con restos del imperio Khmer, y regresar a Bangkok. Dos meses. Puede parecer mucho tiempo, todo es relativo, creo que será suficiente.
Iniciamos el itinerario que hemos establecido, dirigiéndonos a Sukhotai, la primera capital de Tailandia. Alcanzó su apogeo en los siglos XIII y XIV. Intentaremos, siempre que sea posible, no pasar demasiadas horas en la carretera. Nos detenemos en Kamphaeng Phet, a algo menos de 100 kms. de Sukhotai. Hemos decidido no pasar por alto ningún punto interesante, que no se encuentre demasiado alejado de la ruta prevista. Se conservan restos de murallas, templos y palacios. El parque histórico de Kamphaeng Phet, no está incluido en los circuitos habituales del turismo internacional. Pasear entre las ruinas, en esta época del año, estación seca, no muy calurosa, bajo la sombra de árboles con grandes flores, de llamativos colores, en soledad, nos hace sentirnos privilegiados. Ni tan siquiera hay vendedores ocasionales, Unicamente, a la entrada del parque, se pueden adquirir refrescos y fruta. La pelan y cortan, cubriendo las manos con una bolsa de plástico y la entregan en las habituales bandejas, protegidas por una fina lámina. Otra alternativa, de los locales, para conseguir algo de dinero es vender pajaritos, encerrados en pequeñas jaulas. Por muy poco dinero, puedes lograr que vuelvan a ser libres. Ignoro si están educados para que vuelvan a casa, donde pueden tener comida asegurada. Se establecería así una relación, en cadena, satisfactoria, entre ofertante, pájaro y liberador. Tan sólo nos hemos encontrado a unos estudiantes que, aprovechando la oportunidad, hacen sus deberes de práctica de inglés. Llevan preguntas escritas en una cuartilla. Rellenan los espacios en blanco, escribiendo nuestras respuestas. Luego… silencio, roto únicamente por el sonido de nuestras pisadas sobre las hojas secas que cubren la yerba.


Regresar a Sukhotai, ha sido para mí, un reencuentro con el pasado. No reconozco el entorno, sí algunas imágenes de Buda, inolvidables, y las tres torres, de estilo Khmer, del siglo XIII, de Wat Si Sawai. Hoy en día, el parque histórico, 45 kms. cuadrados, se ha convertido en uno de los lugares más visitados de Tailandia. Especialmente el recinto central, intramuros. El emplazamiento estaba defendido por tres murallas y dos fosos, con puentes, que permitían el acceso por cuatro entradas. Cuando vine, la primera vez, en 1.980, se llegaba a los restos de templos y monasterios, por unos caminos de tierra, sin carteles indicadores. Es más, se aconsejaba avisar a la policía local, si se visitaban algunos puntos más alejados, en los que se habían producido algunos asaltos. En aquel entonces, los cuatro que llegamos hasta aquí, lo hicimos montados en un tuc-tuc. El conductor conocía bien todos los enclaves destacados. Ahora, los grupos utilizan autobús y los que viajan a su aire bicicletas alquiladas. El parque está muy bien conservado. Carteles indicadores y asfalto. Flores en los estanques. Intentando evitar un rodeo, he cruzado un seto, de un metro de altura, en el Wat Si Sawai, siguiendo una senda. Me he sobresaltado al ver una serpiente, de la que no me había percatado, saltando de las ramas al suelo, escapando con gran rapidez. A partir de ese momento, voy con más cuidado. El jardín bien mantenido, el asfalto y los carteles, han sido, sin duda, el motivo por el que he olvidado dónde estoy. Aquí hay serpientes, aunque no se vean habitualmente. Afortunadamente ha huido. Es una pena que no pueda usar la cámara fotográfica que estaba usando hasta que me caí al río en Angkor. Me había habituado a ella. Ligera, 18 aumentos ópticos, objetivo Leica… Tendré que comprarme una, último modelo, cuando pase por Singapur. Había olvidado ya lo engorroso que resulta tener que cambiar de objetivos. En Wat Si Chum, un edificio alto, cuadrado, se encuentra, encajonada, una imagen de Buda, de ladrillo y estuco, 15 metros de altura. Numerosas pegatinas de pan de oro en sus uñas. Impactante. Para poder imaginar sus dimensiones, sirve una referencia de Alina, frente a la mano derecha. Con el mapa que nos han proporcionado, al comprar los billetes de entrada al parque histórico, no tenemos ningún problema en llegar a todos los templos señalados. En cuanto nos alejamos de la parte central, volvemos a encontrarnos solos.
Nuestra siguiente parada es en la zona arqueológica de Si Sachanalay, también declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. Se encuentra a unos 50 kms. de Sukhotai, camino de Lampang, en donde pernoctaremos. Otro hallazgo no esperado. En la zona se encuentran los restos de dos antiguas ciudades, una del siglo XI, Chaliang, y otra del XIII-XIV, Si Sachanalay. La zona es extensa, 720 hectáreas, con calzadas asfaltadas que conducen a los distintos wats. En el centro de la antigua ciudad, rodeada por un foso de 12 metros de ancho, destaca el Wat Chang Lom, del siglo XIII. Una vez más, como en Kamphaeng Phet, el principal atractivo continúa siendo el entorno. Estos destacados, bien conservados, restos de una antigua civilización se levantan entre árboles, con grandes espacios abiertos. Hojas secas, entre las que destacan, las flores rojas que caen de las ramas, girando sobre si mismas. Alina me dice, que ha leído en un cartel, que cerca del curso del río cercano, se conservan antiguos hornos de alfarería. Vamos. En su momento, llegaron a utilizarse más de 200. Las piezas, muy apreciadas, se exportaban, principalmente a China. Subimos a dos colinas cercanas, por una larga escalera de peldaños de piedra desiguales. En una, la más elevada, una stupa, sobre plataformas, escalonadas. En otra cercana, un gran Buda sedente que contempla, desde el elevado promontorio, el espacio que antaño ocupaba Si Sachanalay.


Hemos decidido no acercarnos a Chiang Mai. Lo que fuera antaño corazón del triangulo del opio, cercano a las fronteras con Laos y Nyanmar, con interesantes templos y aldeas de diferentes sociedades tribales, es, actualmente, otro los puntos más visitados por el turismo internacional. Por supuesto que en nuestro recorrido llegaremos ineludiblemente a lugares semejantes e incluso nos satisfará disfrutar del confort que ofrecen nuevos hoteles, que hace años no existían, pero todavía estamos envueltos por la invisible capa del aislamiento, que nos ha rodeado en Kamphaeng Phet y Si Sachanalay. Encaminaremos nuestros pasos hacia Lampang y de allí a Chiang Rai, la ciudad más norteña de Tailandia. Es más tranquila que Chiang Mai. Se encuentra cerca del puesto fronterizo de Chiang Khong, junto al Mekong. En la orilla opuesta, Laos.
Seguimos la carretera, según las indicaciones de las personas que nos vamos encontrando. Hemos salido de la principal que lleva a Chiang Mai. Pasamos por arrozales y aldeas. Alcanzamos la autovía. Son las cuatro de la tarde. Todavía tenemos tiempo. Podemos llegar a Wat Phra That Lampang Luan, según las guías, el templo de estilo Lanna, de madera, más hermoso del norte de Tailandia, a 18 kms de Lampang. Cuando vemos el recinto, es casi la hora de cierre. Los grupos, llegados en autobús, están saliendo. Podemos pasearnos a nuestras anchas, aunque nos hubiera gustado disfrutar de una visita menos apresurada. Destacan los tejados de madera, de tres alturas, superpuestos, que se apoyan en recios pilares. Grandes murales, pintados sobre madera, decoran la parte superior del templo. Nos hemos entretenido. Cuando queremos salir, la puerta de acceso está cerrada. Un monje nos indica el camino para llegar a una pequeña puerta que se mantiene abierta. Logramos encontrar hotel en Lampang, antes de que caiga la noche, aunque pasamos algunos apuros, al atravesar ciertas callejuelas, obstaculizadas por motos dejadas en mitad de la calzada, que tengo que apartar. Paseando por las tranquilas calles de esta ciudad contemplamos las casas tradicionales construidas con teca. A finales del siglo XIX los ingleses desarrollaron el comercio de esta madera que abundaba en los alrededores. Visitamos una, abierta al público. La ciudad se levanta a ambas orillas del Mae Wang. La zona norte, residencial, con sombreadas vías. La zona sur, con gran actividad, tiendas y mercados. Al caer la noche, algunas calles se convierten en peatonales. Los vendedores callejeros ofrecen su mercancía, alumbrada por candiles.
Nos quedamos un par de días en Chiang Rai. La ciudad es interesante. Barrios donde reina la calma, zona de restaurantes y hotelitos para extranjeros, calles principales con muchas tiendas, mercados callejeros y bajo techado, puestos ambulantes, donde se cocina al instante la oferta de carne y pescado, fruta deliciosa, diversos templo y, por la noche, un mercado, muy animado, con actuaciones de bailarines y cantantes locales. Llegamos a todos los sitios caminando. Unicamente nos servimos de los tuc-tuc para regresar por la noche al hotel, que está algo alejado del centro. Es cansado, hace calor, pero callejear permite encontrarse con lo inesperado, como un bar, en el que nos hemos detenido, para tomar un refresco, donde la oferta es total, de principio a fin. Lo mismo te sirven, un plato de arroz con gambas o una cerveza muy fría, que un ataúd. Abandonamos Chiang Rai. Llegamos a Chiang Khon, puesto fronterizo. Al comprar el billete para el transbordador, intentan cobrarnos más de lo habitual. Lo supongo, porque me piden 2000 baths (unos 40 euros). Les exijo recibo. Ponen mala cara, pero el precio se queda en la cuarta parte. Alina está feliz, por fin se encuentra con su río, el Mekong.



La primera dificultad con la que nos enfrentamos, al llegar a Laos, es localizar la aduana, para sellar el Carnet de Pasaje, del coche. Cuando por fin damos con la oficina, los agentes miran extrañados el Carnet. Les indico lo que tienen que hacer. Sellar, firmar y fechar la entrada. Cortar un tercio de la hoja y quedársela. Lo que hagan con ella no es de mi incumbencia. Todo con sonrisas. No inspeccionan el interior, pero comprueban el número del chasis. En el hotel descubrimos el servicio 24 horas, el recepcionista tiene detrás del mostrador su cama, protegida con una mosquitera. Tomo nota, anti mosquitos por la noche. En nuestro deambular por el pueblo, nos topamos con un nutrido grupo. Familiares y amigos acompañan a un contrayente que se dirige a casa de su novia. Un familiar le protege del sol con una sombrilla. De Huay Xai, parten los barcos con destino a Luang Prabang. Hay dos posibilidades. El rápido, seis horas y el lento, dos días. Este último es el más solicitado por viajeros independientes. Es incómodo, pero ofrece, como todo el país, en general, la posibilidad de regresar al pasado. Vivir la aventura, siguiendo el curso del Mekong. Nosotros también iremos a Luang Prabang, pero dentro de unos días. Primero nos internaremos en las montañas del norte, en busca del principal atractivo de Laos, la sencilla vida de sus gentes, en un entorno rural básico. La provincia de Luang Nam Tha es la más cercana a China. Escarpadas montañas, cubiertas de vegetación impenetrable, ríos que riegan grandes valles, con cultivados campos. En ese entorno, un área protegida, 2224 kilómetros cuadrados, con tigres, leopardos y elefantes. Imagino cómo debía ser hace diez años. Todo cambia, hasta Laos. Los japoneses han invertido mucho dinero en mejorar la vieja carretera, que cruza Laos, de norte a sur, conectada con otra que llega a Vietnam. Hay que vender coches. Y los han vendido. Casi la totalidad del parque automovilístico en Laos es japonés. La marca, con mayores ventas, Toyota. Fuera de ese eje, poco asfalto. Pistas mejor o peor entretenidas, según la utilidad que presten.
No vamos a adentrarnos en el parque. De momento -eso es bueno-, la única posibilidad de internarse en la jungla es a pié. Guías especializados acompañan a los interesados. Senderos que llegan hasta aldeas de minorías étnicas. Ya decidí en el sur de Tailandia, que mis caminatas por la selva, subiendo, bajando, pasando por encima de árboles que cortan el paso, vadeando torrentes, se habían terminado, por lo menos durante un tiempo. Nos instalamos en Luang Nam Tha, que fue virtualmente destruida durante la segunda guerra de Indochina (1.964-1.973). Desde aquí nos desplazamos por los alrededores, llegando hasta el puesto fronterizo con China, cercano a Muang Sing, que, desde que se marcharon los franceses, en 1.954, hasta 1.975, fue centro de espías e intrigas internacionales entre los agentes de China, Vietnam, Laos y EE.UU. Una vez en el pueblo, nos preguntamos dónde se encontrarían los espías para reunirse en secreto. Aquí todos se deben conocer, es un pueblo pequeño. En los días que hemos pasado en la región, hemos comprobado la aportación de todos los miembros de la familia en busca de subsistencia diaria. Niños cortando y golpeando unos tallos que nos tenían intrigados. ¿Para qué servirán? No parecen comestibles. Nos lo aclararon. Escobas. De esa zona provienen las mejores escobas de Laos. Los hombres también cuidan y portan a los bebés. Las mujeres cargan leña, alimentan el ganado y elaboran papel de arroz. En una de nuestras vueltas, por poblados, cascadas, campos y ríos, llegamos a una stupa, en lo alto de una colina, That Phum Phuk. Carpas montadas, preparativos para una gran festividad anual, Bun Khao Chi, luna llena. No dejamos pasar la ocasión. Nos levantamos a las cuatro de la madrugada. Nos han advertido que la celebración finaliza al salir el sol. Suerte que conocemos el camino. Llovizna, nos rodea la niebla, dificultando la visibilidad. Hace frío. Subimos la larga escalinata y comprobamos que hemos llegado en el momento oportuno. Empiezan a encenderse luces. Cuando todavía es noche cerrada, algunas mujeres oran, arrodilladas ante pequeños templetes, en las cuatro esquinas de la plataforma en la que se alza la stupa. Encienden velas. Espero a que haya algo de luz diurna para tomar las primeras fotografías. Somos los únicos extranjeros. Todos son muy amables con nosotros, no quiero perturbarles. Renuncio a usar el flash. Con la llegada de numerosos fieles, se forman colas que van recorriendo el entorno de la stupa, en la dirección opuesta a las agujas del reloj. Depositan, en unos cuencos, arroz, en los altares, flores y dinero. Los monjes anudan unas pulseritas de algodón en las muñecas de quienes se acercan para obtenerlas. Todos tienen que aportar sus ofrendas. Somos testigos de la reprimenda de una mujer a su esposo, que ha llegado sin flores ni arroz. Lo soluciona metiéndose la mano en el bolsillo y dándole un fajo de billetes. La mujer coge el dinero, para entregarlo a los monjes, pero no deja de recriminarle su olvido. Algunos grupos han elaborado unos ingeniosos soportes de flores, dinero y velas, que portan entre varias personas. No sólo hay que llegar y depositar las ofrendas, hay que mostrarlas, para que todos puedan verlas.




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