Crónica 37: del 22 abril al 10 de mayo 2009

Laos, Tailandia



 

Después de estar dos semanas en Vientiane, he reemprendido viaje. Una vez más he de abandonar un lugar, romper con los hábitos establecidos, dejar de saludar a gente conocida. En los kms. que me separan de Vang Vieng, un tramo anteriormente recorrido, conducción relajada, vuelvo a tener la sensación de que estoy viviendo una segunda vida. Voy a intentar explicarme. Dar una vuelta al mundo, en solitario, es una forma de vida muy distinta a la habitual, eso es obvio. Pero he salido solo y probablemente, regresaré al final del camino, a mi punto de partida, Barcelona, solo. Las puertas de entrada y salida a la vida, se cruzan siempre sin ningún acompañante. Dos vidas, A y B. En esta segunda, al igual que en la otra, vivo en diferentes lugares, conozco gente, convivo con otras personas, siento, aprendo, descubro nuevas formas de vida y países distintos. Como en la primera, se suceden y alternan los buenos y malos momentos. Pero… los tiempos se acortan. Todo acontece a gran velocidad. Esta segunda vida es muy intensa. Soy afortunado, porque mantengo varios puntos de unión entre A y B. Una tercera parte del tiempo transcurrido hasta ahora, he estado acompañado por amigos que se han incorporado al trayecto, aprovechando tiempo libre de sus vacaciones. Además, -dichosa era de la comunicación-, puedo conectarme, vía internet (e-mails, web, skype, cámara web), con todas aquellas personas que quiero y aprecio, sin las cuales mi vida A serían capítulos cerrados del libro de mi existencia.
La carretera ofrece en todo momento imágenes de un documental en directo. Escenas de la vida cotidiana de los laosianos, en su mayor parte campesinos. No he observado carestía alimenticia, la dieta es variada y rica. Aprovechan cualquier espacio disponible para sembrar. Los ríos, poco contaminados, son hábilmente explotados. Peces y plantas acuáticas están siempre presentes en los menús. Comer, dormir y… amar. Tres necesidades del ser humano que tienen ampliamente cubiertas. Todo momento es bueno para satisfacer cualquiera de las tres. El país está lleno de niños. Parecería un mundo ideal, pero ya sabemos que todo no es posible. Las condiciones son duras. Trabajo, falta de recursos y dinero para adquirir lo que falta. Es habitual ver niños desnudos (hace mucho calor), descalzos, jugando junto a la calzada. Niños con niños, niñas con niñas. Sus actividades son distintas, aunque muchas veces las comparten. Los jóvenes, en las horas de ocio, armados con tiradores o arpones, cazan y pescan. Sus presas son almacenadas en unos cestitos, que cuelgan del cinturón, en la espalda.
Vang Vieng, sin sorpresas. Turismo internacional, con preponderancia de jóvenes australianos. Durante el día, senderismo, escalada, descenso por el río sobre cámaras de neumáticos o en piraguas. Por la noche, algunos descalzos, todos descamisados. Grandes bebedores de cerveza, mientras contemplan partidos de futbol, o series de éxito de TV. Se concentran en dos calles repletas de tiendas, hoteles, restaurantes, bares, cibercafés y agencias de turismo. Saliendo de esa zona, es fácil encontrar lugares muy agradables. Vuelvo a un bar, junto a la orilla, para contemplar, una vez más, la puesta de sol. Han pasado nueve semanas desde que estuve sentado en la misma mesa. Lo mismo, pero diferente. Siempre bello.
Antes de llegar a Luang Prabang, me acerco a unas “cascadas”, que no vi la primera vez. Pista hasta un embarcadero, donde unas lanchas con motor esperan a ocasionales visitantes. Trayecto por un río que transcurre entre laderas boscosas. Al llegar a la zona de cascadas (pequeños saltos de agua) puedo presenciar un entrenamiento de elefantes. Tat Sae se ha convertido en un parque que atrae a numerosos visitantes los fines de semana. Además de los estanques naturales, donde es posible bañarse, caminos por el bosque que conducen a una cueva y a otros saltos de agua. Restaurante, bar y… paseos a lomos de elefantes. Es miércoles, cuatro de la tarde. Nadie. Buena hora para enseñar a comportarse a los pacientes paquidermos. Inicio un paseo por el área. Pasarelas elevadas de bambú entre terreno desigual, encharcado. En principio está bien, cómodo. Luego sigo un camino, intentando llegar a la cueva que se anuncia en la entrada. Hace calor. Subida. Hojas sobre precarios escalones. Cruces de senderos sin carteles. Los árboles me impiden ver dónde puede hallarse la dichosa cueva. ¿Qué trocha sigo? La de vuelta. Desciendo con cuidado. Uno de los inconvenientes de viajar solo es que, si resbalo y me tuerzo un tobillo, tendré que valerme por mi mismo, nadie va a ayudarme.
Luang Praban sigue pareciéndome un lugar encantador, a pesar de los numerosos turistas que se encuentran en la ciudad antigua, península entre dos ríos. Saliendo de la calle principal, pasajes entre cuidadas casas coloniales, árboles florecidos. Templos, conventos budistas, oasis de paz, tranquilidad. ¿O tal vez, ese entorno tan agradable se mantiene excelentemente conservado gracias al turismo? No sé cómo era tiempo atrás. Probablemente menos confortable. Ojalá se mantenga el equilibrio actual. Sigo la carretera asfaltada que, dando una gran vuelta, me lleva a Huay Xai, único puesto fronterizo, entre Laos y Tailandia, en el norte del país. Sin coche, es posible acortar, sirviéndose de autobús, hasta determinado punto, y continuar en barco por el Mekong. No tengo opción. Ruta poco transitada, entre montañas. Recuerdo las curvas. En 340 kms., pocas rectas de más de doscientos metros. Muchos tramos en obras. En otros el asfalto ha desparecido, huecos y pedruscos. Paisaje espectacular. En Luang Nam Tha, después de dejar la bolsa de aseo y ropa, en la misma habitación que ocupé la primera vez, me dirijo a la stupa That Phum Phuk, la que visitamos en la festividad de la Luna Llena. Fuimos antes de que amaneciera. Hacía frío. Hoy, cuando llego, no hay nadie. Sol, pocas nubes. He subido hasta lo alto con el coche, por una empinada pista, evitando el esfuerzo que requiere ascender por la escalera. Me paseo por las dos stupas. La nueva y los restos de la antigua, destrozada por una bomba, durante la segunda guerra de Indochina. Al día siguiente, cubro la distancia que me separa de Huay Xai. La carretera, salvo algunas zonas, excelente. Es la ruta principal de Tailandia a China. Hace años, durante la época de lluvias, solía cortarse por los desprendimientos de arboles y rocas. Ese problema ha sido resuelto, acondicionando las laderas, para impedir deslizamientos de tierra. Únicamente les falta construir el puente sobre el Mekong, para que el tránsito de vehículos sea fluido. Distintas crisis económicas han motivado que el proyecto se retrase.



Sufro las consecuencias de que el puente no esté construido. Es domingo. Todo cambia. Logro sellar pasaporte y Carnet de Pasaje de Aduanas del coche. Es complicado, pero logro finalizar los trámites a las nueve de la mañana. Hasta las cuatro de la tarde espero pacientemente a que el transbordador funcione. No logro enterarme de la hora de salida. Unos me dicen que a la once, luego que a las dos, más tarde, a las tres. Veo embarcar a un grupo numeroso de mochileros, en uno de los barcos que realiza el trayecto de Huay Xai a Luang Prabang. Tardarán dos días. Bancos de madera, sin cojines. Un escocés que viaja con un chino se interesa por mi viaje. Mientras hablamos, esperando el momento de embarcar, su acompañante toma varias fotografías. En todos los viajes que he hecho en coche, he sido retratado en múltiples ocasiones. Incluso yendo a pie, en el Camino de Santiago. Dos alemanas, que viajaban en autobús, quisieron fotografiarse conmigo. Para complacerlas, completé la puesta en escena, colgándome una concha de vieira, con la cruz del peregrino, que guardaba en la mochila. No cuesta nada ser complaciente. Veo alejarse el barco río abajo. Quedo solo en el embarcadero. Llovizna. Me siento en el Toyota. Aprovecho para leer “Ébano”, de Kapuscinsky. Recuerdo momentos difíciles pasados en África. Qué fácil es viajar por el sudeste asiático. Por fin aparece el piloto y el cobrador. Es domingo, día especial. Tengo que pagar 2.000 baths, una burrada, pero no me dan opción. Suelto el dinero, algo mosqueado. Exijo recibo, que me entregan. Cuando ya iniciamos el trayecto, encuentro a un chino con el que conversé el día anterior. Me dice que 2.000 baths es mucho. Interrumpe nuestra charla el cobrador que le presenta el recibo a mi circunstancial informador. Le cambia el gesto cuando comprueba que también él ha de pagar 2.000 baths. Habla laosiano y tai. Discute. Termina pagando. Es festivo. También en el lado tailandés. 100 baths por el trámite del visado “gratuito”. No quiero alargarme. De Aduanas a la oficina de Aduanas, a 2 kilómetros. Hay que encontrarla. No se halla en el mismo lugar al que fui la vez anterior. Calles desiertas. Cuando encuentro a alguien y pregunto, habla tai, lógico. Por fin, papel. Vuelta a Aduanas para que sellen el Carnet. Se me ha hecho tarde. Quería visitar el Museo del Opio, en una carretera alternativa a Chiang Rai, siguiendo el curso del Mekong. Curvas, zona montañosa. Cuando paso por delante del museo empieza a anochecer. Otra vez será. Llego al hotel de noche.
Al día siguiente, de Chiang Rai a Chiang Mai. La única vez que estuve aquí, anteriormente, fue hace 28 años. No recuerdo la ciudad. Un templo en la montaña, niebla. Una larga escalera de acceso, flanqueada por dos grandes nagas o dragones. Una larga caminata por una zona embarrada hasta llegar a un pueblo hmong, nada interesante. El primer día lo dedico a pasearme por la ciudad antigua, rodeada por un foso lleno de agua, que han adornado con árboles, luces, fuentes y surtidores. Quedan algunos restos de la antigua muralla. Hace mucho calor. Como estoy dispuesto a ver todo lo interesante que ofrece Chiang Mai, el largo recorrido, a pie, por las calles del centro, resulta agotador. Alterno los descansos, entre bares, donde tomo zumos de fruta, y bancos a la sombra, en los wats. Paso por delante de la cárcel de mujeres. Altos muros blancos. En el ala que da a una calle principal, la pared ha sido decorada con murales y zona ajardinada. Delante, una tienda que vende diversos objetos hechos por las reclusas. También ofertan masajes. En el Wat Chedi Luang, se ha restaurado parcialmente la gran stupa. No se ha terminado porque se desconoce qué forma tenía la parte superior. Estos grandes templos ocupan gran espacio. Varios edificios entre zona arbolada y jardines. Residencias de los monjes, capillas, tumbas y stupas menores. En Wat Phra Singh, encuentro gran actividad. Visita obligada para turistas y locales que se acercan a orar. Mercadillo para monjes y estudiantes budistas. Zona de descanso, bajo árboles, donde unos comen y otros juegan. En uno de los templos, la figura de un lama, ante la que se postran respetuosamente tres jóvenes. Me impresiona. ¿Es real? ¿De carne y hueso? He entrado tres veces, en una hora. No se ha movido. ¿Respira?


Chiang Mai ha explotado al máximo sus posibilidades turísticas. Los templos no bastan. Para aquellos que buscan otro tipo de sensaciones, se ofrecen viajes aventura. Senderismo, descenso de cañones, salto al vacío, sujeto por una cuerda elástica, “volar” de árbol a árbol, a gran altura, sirviéndose de cables, plataformas y puentes que han diseñado ingenieros neozelandeses y especialistas austríacos. Se han habilitado caminos para llegar a cascadas. Se oferta la estadía en poblados, en el interior de la jungla, que mantienen su forma de vida tradicional. ¿Qué más? Hamburguesas, patatas fritas, comida mejicana, francesa, italiana, cerveza… ¿Algo más? Si. Los “safaris” en el Parque Nacional Doi Suthep. Leones, orangutanes, leopardos, rinocerontes blancos, tigres, cocodrilos, osos negros asiáticos, monos, jirafas… de todo. Libres, en zonas acotadas por grandes fosos que los separan de los visitantes. ¿Más excitante? Se puede ir por la noche. No he visto nada de lo que comento, excepción hecha de los restaurantes. Me limito a resumir las ofertas de las numerosas agencias cercanas a la zona hotelera. ¡Oh, Laos!. Qué cerca y qué lejos estás.
Al día siguiente, me acerco a los tres templos más interesantes que se encuentran fuera de la ciudad. El primero, Wat U Mong, se encuentra en un bosque. Es del siglo XIV. Posteriormente, desaparecieron los monjes, el convento fue abandonado y la maleza invadió la zona. A finales de 1.940, un príncipe de Chiang Mai aportó los fondos necesarios para restaurarlo y abrir sus puertas a los fieles. Veinte años después volvió a albergar a una comunidad monástica, entre la que se encuentran varios extranjeros. Es un lugar curioso, distinto. Los grupos no se acercan, soy el único foráneo. Sobre una elevación del terreno, una gran stupa. Se puede acceder a la plataforma en la que se asienta por unas escaleras o por unos túneles iluminados, con varios altares e imágenes de Buda. He visto que el proyecto de restauración incluye decorar los techos, en un futuro, con frescos, semejantes a los que existían, cuando se construyeron. Uno de los edificios, de una planta, es un museo, con unos muros de un metro de altura que forman corredores. Paredes pintadas por los monjes. Mezcla de estilos y temas. Cerca, un lago artificial, al que dan algunas viviendas de los residentes. En el centro, una pequeña isla a la que se accede por una pasarela. Flores, árboles, mesas y palomas. Un entorno tranquilo, equilibrado, que, supongo, ayuda a facilitar la meditación. El segundo conjunto de templos es Wat Phra That Doi Suthep, en lo alto de una montaña. Dieciséis kilómetros de subida y curvas lo separan de la ciudad. Este era el templo que recordaba. Ahí está la escalera, flanqueada por dos grandes nagas. 306 peldaños. Hay un funicular. ¿Existía, o es reciente? No lo sé, pero lo utilizo. Lleno de gente, algunos extranjeros. Lo recordaba vacío, misterioso, envuelto en la niebla. Hoy unas niñas bailan delicadamente, ante las cámaras de los turistas, para conseguir algo de dinero. El tercer Wat del día me reconcilia con Chiang Mai. Tal vez porque también estoy solo durante mi visita. Únicamente me he cruzado con un monje. Se construyo en el siglo XV, para conmemorar el octavo concilio budista mundial. Se conservan algunos de los estucos originales que adornaban los muros de ladrillo.


De nuevo en Bangkok. En esta ocasión llego al hotel por el camino más corto. Ya reconozco barrios y algunas calles. No me he equivocado, tomando una salida errónea, en las autopistas de entrada. Consulto el mapa. No necesito preguntar. Al día siguiente ceno con Ethel y Álvaro, amigos de El Cairo, que han pasado unos días en las playas del sur. Nuestros caminos se cruzaron en Egipto. Hoy nos hemos vuelto a encontrar. En esa intrincada, laberíntica, red de senderos que seguimos todos, en ocasiones marchamos juntos, en compañía, durante un tiempo, dirigiéndonos hacia un punto en la lejanía, en otras simplemente se producen encuentros circunstanciales con otros caminantes, al hacer un alto en nuestra marcha, una pausa temporal, intentando decidir qué sendero –no importa la dificultad- nos llevará hasta el punto más lejano y alto. Son tan abundantes las encrucijadas, que es normal que los caminantes se separen y sigan rutas distintas. Tal vez, más adelante, vuelvan a encontrarse. También aquellos que se conocieron en un área de reposo. Los reencuentros los decide el azar o la voluntad. En el caso de Ethel y Álvaro coinciden las dos causas. Es la primera vez que vienen a Tailandia. Dos noches y dos días. Itinerario turístico que conozco, a fuerza de repetirlo. Primera noche -están cansados, se han levantado temprano, avión…-, paseo por Sukhumvit, metro, cena en el mercado nocturno de Suan Lum, copas en un antro de Pat Pong. Intentan “clavarnos” 4.800 baths ( 105 euros) por tres cervezas. Antes de tomarlas nos habían asegurado que costaban 100 baths ( dos euros veinte) cada una. Nos negamos, “conversamos”, sin dejarnos intimidar por el encargado. Terminamos pagando los 300 baths, precio que nos habían dicho al entrar.
Al día siguiente, sky tren, barco por el río, Buda Esmeralda, Gran Palacio. Ethel renuncia a entrar porque intentan obligarla a que se cubra pantorrillas y brazos con unas prendas que facilitan, previo pago, después de guardar una larga cola. Mientras Álvaro visita el complejo, nos acercamos al mercado de amuletos. Después les dejo en la puerta de Wat Pho, para que contemplen el gran Buda yaciente. Mercado de Khao San. Lleno de extranjeros, en su mayor parte mochileros. Hoteles baratos, comida en los puestos callejeros y cerveza a buen precio. Les acompaño hasta la casa de teca, de masajes, que descubrimos Nieves y yo. Mientras, me dedico a pasear por el barrio. Es entretenido. Pasa junto a mí un tenderete que, como un fantasma, se mueve a gran velocidad. El vendedor ha puesto en marcha la moto, que se oculta bajo globos y copias de DVD, dirigiéndose a otra esquina con más posibles compradores. Hay teléfonos a distintas alturas, así nadie tiene que agacharse o estirarse. Por la noche, cena en un restaurante vietnamita al que nos llevan unos amigos, periodistas, de Ethel. Después copas en diversos bares de la “marchosa” noche de Bangkok. El segundo, ultimo, día, lancha por el canal, cercano al hotel, hasta la casa-museo de Jim Thompson. Sky tren hasta el mercado del fin de semana en Chatuchak. Llegamos a las tres de la tarde. Calor, multitud de gente. A las dos horas renuncio. No encuentro los pantalones que busco, las camisetas “distintas”, con temas de cine, que eran graciosas. El mercado es una locura. Vuelvo al hotel. Ethel y Álvaro, derrengados, aparecen con el tiempo justo para hacer maletas, llenándolas con las últimas compras. Se van. ¿Volveremos a vernos? Ojala.
Me siento atrapado en Bangkok. Quiero pasar revisión a fondo del Toyota, pedir las tres piezas rotas que he de reponer, solventar el tema del visado de tres meses, necesario para poder ir a España los meses de julio y agosto, comprar dos neumático nuevos. El trasero de la derecha tiene un pequeño corte que se produjo en Camboya. Prefiero que las cuatro ruedas calcen neumáticos iguales, en buenas condiciones. La semana tiene dos días festivos extras, martes y viernes. El miércoles entra el coche en el concesionario de Toyota. Me lo devuelven, haciendo un esfuerzo, el jueves a las siete y media de la tarde. Puente. Todo el que puede huye de la capital. Para cubrir los cuatro kilómetros y medio que me separan del hotel, empleo dos horas y media. Horror. El sábado compruebo que mi visado caduca el domingo. Tengo que salir del país. Mil kilómetros hasta la frontera con Malasia. Ignoro si está abierta las 24 horas. La carretera es excelente. Debo, puedo y quiero. Me acuesto a las ocho de la noche. Siete horas de descanso son suficientes. Podría salir a las cuatro de la madrugada. El parte meteorológico de la CNN anuncia tormentas y lluvia en Corea, Vietnam y Tailandia. Las primeras gotas empiezan a caer cuando intento conciliar el sueño. A medianoche me despiertan los truenos. Tormenta tropical descargando trombas de agua. Vuelvo a dormirme con la esperanza de que dure poco.



Enviado desde Bangkok el 10 de Mayo, 2009
Kilómetros recorridos 67.862

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