Crónica 3: del 1 al 11 de diciembre, 2007 (1ª)

Libia y Egipto







1 DE DICIEMBRE 2007

Me aseo en los servicios de una gasolinera cercana. Voy adaptándome a las condiciones del viaje, la verdad es que dentro del coche duermo muy bien. Al afeitarme ensayo ante el espejo la sonrisa más encantadora, es mi maquillaje matinal, ante el paso de una frontera.

Primera sorpresa agradable del día, me devuelven 100 Dinares al entregar las placas de matricula libia. Sin mayores dificultades salgo del país. El oficial de aduanas me ruega que abra el armarito y cofre traseros, se excusa diciéndome que su trabajo consiste en comprobar que no transporto algo prohibido, armas,explosivos, antguedades….mi sonrisa y buena disposición en mostrarle todo, le satisface, finaliza la inspección.

Al acercarme al lado egipcio, me cruzo con una larga fila de camiones estacionados que tardaran horas en solucionar los tramites. El primer oficial que me encuentro, me pregunta si llevo pollos en el interior del Toyota. Niego con la cabeza, mi sonrisa me impide soltar una carcajada. Ha comprobado mi visado de turista, ¿tengo aspecto de traficante de pollos libios?. Aparece el que lo resuelve todo, el intermediario. Me lleva de un lado para otro. Va soltando billetes para saltarse todas las colas. Un caos de aduana, a mi no me miran nada. A los pobres cargados de fardos, colchones, maletas (¿esconderán pollos en su interior?) los tratan muy mal. Les gritan, les dicen que esperen. Ni tan siquiera se apartan para facilitar el paso de unos cargados de colchones. Ignoro por que conceptos he pagado. Me dan recibos de todo, en árabe, claro. Estampan el sello en el “Pasaje de Aduanas”, tengo un seguro del coche para seis meses –vale igual que para dos-, me entregan dos placas de matricula egipcia, un carnet plastificado que me autoriza a conducir durante el mes de Diciembre – tendré que ampliarlo, al igual que el visado, en El Cairo- y me repiten, una y otra vez, “Welcome to Egipt”. En total han “volado” 180 euros, incluida la comisión del intermediario. Podría haber sido peor. En el último control descubren un error en mi carnet de circulación, se ha expedido el 31 de Noviembre. No puede ser, ese día no existe. Vuelta a los mismos lugares, media hora mas para imprimir un nuevo carnet con la fecha correcta.

Superar la frontera ya es pasado. Circulo por una excelente carretera, dos carriles en ambas direcciones, con separación intermedia, dirigiéndome a Marsa Matruh, ciudad costera a 220 kms. Temperatura agradable, cielo despejado. Ya estoy en Egipto. No se cuantos pueblos dejo atrás, ¿cuatro?¿cinco?. Conducción sin sobresaltos, poco trafico. Escucho relajadamente canciones que me recuerdan el pasado. Cada una de ellas me va abriendo archivos ocultos en la memoria. Relaciono fácilmente canción-época, algunas me llevan a principios de los cincuenta. Esta bien recordar el pasado mientras se conduce por una carretera que te lleva al futuro. No hay nostalgia, solo visión fragmentada de cómo ha transcurrido mi vida. A la vez intento decidir que hare mañana. Tengo dos opciones, ir a al Alamein –mas de 80.000 soldados murieron en la gran batalla en la que los ingleses detuvieron el avance alemán hacia el Canal de Suez- y continuar hasta Alejandría o internarme en el desierto, en busca del oasis de Siwa, alrededores muy interesantes, y seguir hacia el Desierto Blanco, cerca del oasis de Farafra. Me apetece mas esta segunda.

Cuando llego a Marsa Matruh, que tiene gran animación en verano, pero que en esta época discurre a bajas revoluciones, lo primero que hago es comprar un numero de teléfono egipcio, así mi móvil esta operativo. Después, me acerco a un local Internet y compruebo que la web ya se abre, no esta al 100 por 100, pero ya se abre la pagina dedicada al Toyota. Hablo por teléfono, gracias a Skype con familia y amigos.

Busco un restaurante para cenar, tarea difícil, no es verano. Los habitantes de la ciudad cenan en casa. Paseo por las calles centrales repletas de tiendas y puestos callejeros en los que puedes encontrar de todo lo que no necesitas. Numerosos puestos de venta de pescado, muy fresco, que cocinan a tu gusto, pero….. sin mesas ni sillas en las que sentarse. Cafés con sishas, muchos, bares llenos de hombres viendo la televisión, mientras sorben un te. Encuentro un restaurante que no esta mal, mesas en el interior, sin televisión ni suras coránicas recitadas por un Iman. Después, busco un lugar tranquilo para pasar la noche, me doy una vuelta por la Corniche, primera línea de playa con los buenos hoteles y edificios de pisos para el verano. Muy limpio, pero solitario. Me decido por una calle tranquila junto a un hotel. Me instalo, preparo la cama y paso a configurar el envío de fotos y diario que cubrirán la segunda entrega.


2 DE DICIEMBRE 2007

Tomo un te en el bar de un hotel con vistas al mar. Está muy limpio, aprovecho para visitar los servicios. Impolutos, pero… dado que sus clientes son egipcios, no hay papel en el retrete. Ellos se limpian habitualmente con agua, mucho mas higiénico, por supuesto, pero mas incomodo.
El agua ofrece distinta coloración según el fondo, del verde claro hasta el azul intenso, aunque las mejores playas están algo alejadas de la ciudad. Paso por una gasolinera para dejar los depósitos llenos. Aquí parece que no existe problema alguno con la distribución pero no me gusta ver la señal de reserva.
Vuelvo a Internet, hablo por Skype. La web va tomando forma, haremos algunos cambios para que ofrezca mas información y sea mas atractiva. Me entretengo, salgo de Marsa Matruh a las dos y media de la tarde.
300 kms de excelente asfalto, largas rectas y poco transito me permiten llegar a Siwa con la puesta de sol.


Enseguida me sitúo en la ciudad, ¿ciudad? ¿pueblo?. Recuerdo las calles centrales con tiendas, bares, agencias que ofrecen excursiones al desierto.
La carretera que une Marsa Matruh a Siwa se finalizo en 1980. Hasta entonces el oasis había permanecido totalmente desconectado del mundo exterior. Se encuentra en una depresión, 12 metros bajo el nivel del mar, de 80 kms de largo y una anchura de 9 a 28 kms. Dispone de suficiente agua para mantener grandes explotaciones agrícolas, 300.000 palmeras, 70.000 olivos. Sus habitantes, bereberes han mantenido durante siglos sus normas de vida sin recibir ninguna influencia exterior, el mar de dunas que lo rodean configuraban un escudo protector. Las mujeres están en el interior de las casas y si salen a la calle lo hacen totalmente cubiertas, la cara oculta bajo un velo negro.

El antiguo mercado de frutas y verduras que vi hace cinco años, cuando vine la primera vez, ha desaparecido, su espacio lo ocupa una plaza ajardinada. El método tradicional de transporte es un carrito pequeño tirado por burro, ahora se mezclan con los todo terrenos de las agencias turísticas. Al sur de Siwa comienza uno de los mares de arena más grandes del mundo, 72.000 kms cuadrados, con una duna de mas de 140 kms de largo, uno de los últimos rincones inexplorados del mundo.

He quedado con unos amigos de El Cairo en encontrarnos dentro de cinco días en el oasis de Bahariya. Daré vueltas por los alrededores de Siwa para ver algunos pueblos y templos que no tuve ocasión de visitar la primera vez que vine, hace cuatro años.

Para ir a Bahariya necesito un permiso para circular por la pista, creo que debe haber unos 400 kms. No es especialmente difícil, pero conviene salir temprano para aprovechar la luz diurna. Se pierde bastante tiempo en los puestos militares que controlan la ruta. Llamo a Khaled, guía con un par de toyotas que contrate en numerosas ocasiones para que todos aquellos que me visitaron pudieran disfrutar con la sorprendente belleza del Desierto Blanco, cercano al oasis de Farafra. “Que pena, hoy estaba en Siwa. Mañana salgo con un grupo de turistas, pero no te preocupes, llamo ahora mismo a un amigo que te arreglara lo del permiso”. Dicho y hecho, una hora después, Amura se presenta en el restaurante en el que he cenado. Mezclamos árabe e ingles, me conseguirá el salvoconducto cuando regrese de un tour con turistas que empieza mañana. Las excursiones en esta zona suelen ser cortas, dos o tres días como máximo.
Las calles han quedado vacías, dormiré al lado de la mezquita.



3 DE DICIEMBRE 2007

Busco los lugares “interesantes” de Siwa. Preguntando, preguntando, encuentro el camino, que cruza el palmeral, para llegar al pueblecito de Aghurmi, donde se encuentra el templo del Oráculo, sobre un promontorio. Parece ser que se construyo durante la 21 dinastía. Llego a ser uno de los seis más importantes oráculos del antiguo Mediterráneo. Su fama dio origen a leyendas como la que nos llego gracias a Herodoto, El Rey persa Cambises envió un ejército de 50.000 hombres para destruirlo. A los sacerdotes del templo no les debió gustar lo que se les venia encima y profetizaron un trágico destino para dicho ejercito, se perdió entre las dunas del mar de arena y nunca se hallaron sus restos. Esta leyenda aumento la fama del Oráculo. Alejandro Magno empleo ocho días en atravesar el desierto y consultar su futuro, salió convencido que era hijo de Zeus y que como nuevo Faraón de Egipto era también hijo de Amon.

Hoy en día, solo quedan dos salas, entre cuatro muros. En peor situación se encuentran los restos del Templo de Amon, solo un fragmento de relieves, entre piedras amontonadas. Cerca, siguiendo los caminos que cruzan el palmeral, se encuentra “El baño de Cleopatra”, uno de los incontables aljibes, que se encuentran diseminados por todo el área. La diferencia reside en que este tiene nombre, “El baño del Cleopatra”, los locales lo conocen como la fuente de Juba. Hace poco han levantado junto al estanque un bar-restaurante. La situación es buena, el lugar agradable y se puede llegar en bicicleta o en taxi de Siwa, carrito y burro.

Quiero ver mas. Sigo preguntando, cruzo Siwa para alcanzar Fatnas, Isla Fantasía. Hace años que el lugar entro en decadencia. Era una islita en un gran lago, unida a la orilla por una pista de tierra de unos 200 metros. Más allá, han construido una carretera de una fábrica. El talud que soporta la vía impide que el agua llegue hasta las palmeras de Isla Fantasía, ha perdido su encanto. Me tomo un te, conversando un cuarto de hora, con un policía, un campesino y el guardián del lugar. Eso si, continúa siendo un emplazamiento tranquilo. Decido ascender una colina de piedra que ofrece buenas perspectivas. En cuanto me ven, se acercan a mí un grupo de niños que estaba jugando en el patio de una mezquita. Me acompañan entre las ruinas de antiguas viviendas, me indican el camino para llegar a lo más alto. Lastima que este nublado.
Se acerca un hombre joven, no más de veinticinco años, que les pega cuatro gritos. Se ofrece para acompañarme a un camping beduino, junto a las dunas. Le advierto que no le voy a pagar nada. Asiente. Sigo el camino que me indica, zonas arenosas que supero conectando la tracción a las cuatro ruedas. Al fin veo una jaima casposa. Paro. Le digo que no me gusta el lugar y doy media vuelta. Le dejo en la puerta de su casa y regreso al “Baño de Cleopatra”. Canciones de Bob Marley, volumen de altavoces bajo.

Escribo durante un rato, clasifico fotografías. Cae la noche, me dejan solo con el guarda que se calienta con el fuego de una hoguera. Las moscas, incansables durante todo el día, desparecen. Vuelvo a Siwa. Ceno en uno de los varios restaurantes que se han abierto últimamente. Converso con una pareja de ingleses, grandes viajeros. Se han conocido aquí, Irene, unos cincuenta años, viene de India, Pakistán y Turquía. John, unos sesenta, de Australia y el Norte de Pakistán. Quedamos en vernos al día siguiente para desayunar juntos.



4 DE DICIEMBRE 2007

¿Quién dice que viajar solo es aburrido, que no hay con quien hablar? No tengo descanso. Mientras desayunamos, se acerca un francés con una niña de tres años, esta buscando medio de transporte para ir a Bahariyya. Como a las tres he quedado con Amura, amigo de Khaled, para entregarle el pasaporte, necesario para conseguir el salvoconducto, le digo que podemos encontrarnos todos a esa hora e intentar solventar el problema. “Luego nos vemos en tu bar”, le digo al dueño del restaurante que esta junto al “Baño de Cleopatra”. Somos como viejos amigos, Walid me conto su vida. Esta casado con una inglesa que no volverá hasta pasadas fiestas. El tiene 28 años, una granja con productos ecológicos y el bar. Es de Alejandría, cree que invertir en Siwa, cada vez vienen mas turistas, es un buen negocio. El restaurante se llama “Tanta w’aa”, que en lengua local significa ¿Qué es esto?. Tanto se lo preguntaban mientas lo levantaba, que decidió que ese seria el nombre.

Una de sus grandes atracciones de Siwa es Al Shali, los restos de la ciudad antigua. Sobre las laderas de un promontorio rocoso se amontonaban las casas, construidas con una mezcla de arcilla, sal y piedras. Los techos se mantenían sobre troncos de palmera. En 1926 llovió durante tres días, se quedaron sin ciudad. La impresión que causa es semejante a la que pueden ofrecer ciudades destruidas por un terremoto o un bombardeo. Solo queda en pie el minarete de la mezquita.


Siwa cambia a toda velocidad. Los italianos presentaron un proyecto, tres millones de dólares, que ignoro si se ha detenido indefinidamente, desde luego no se ha terminado, ni se ven obreros trabajando. El palmeral tiene un rastro de farolas en los márgenes de sus caminos, algunas colocadas otras apiñadas, tal vez esperan la instalación eléctrica. En Al Shali, si ha llegado a feliz termino el proyecto, al igual que en otras colinas que se levantan sobre el palmeral. Han desparecido postes y cables eléctricos o de teléfono, hay focos estratégicamente situados para iluminar las ruinas. Junto a la plaza, debajo de Al Shali, se muestra como era en 1900. De noche, muros y casas forman un conjunto espectacular.

 

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