Crónica 4: febrero y marzo 2008 (1ª)

Egipto y Jordania







2 DE MARZO 2008:

Domingo, sol, buena temperatura. Estoy en Aqqaba, Jordania. He encontrado un lugar agradable, “Bedouine Garden Village”, con habitaciones, simples pero limpias, ducha, tv con numerosos canales de la zona y CNN y BBC, a precio razonable, 16 euros. Desde donde escribo estas líneas, veo el mar, Taba ciudad egipcia, Aqqaba, jordana y Elliat, israelita. En pocos kms, el golfo de Aqqaba, flanqueado por Egipto y Arabia, permite que Jordania tenga un puerto y que Israel tenga salida al Mar Rojo.
Han pasado 28 años desde mi primera visita a Aqqaba. Por supuesto ha cambiado mucho, pero continua siendo un buen lugar para descansar. Sus arrecifes coralíferos, aguas cristalinas, fondos espectaculares, 230 especies de coral y casi mil especies de peces, forman su principal atractivo. Esta cerca de Petra, joya turística del país, 120 kms. Wadi Rum, desierto con sorprendentes formaciones rocosas, se encuentra a 65 kms. Todo perfecto pero…. las mejores playas pertenecen a los hoteles, los precios se han disparado, la oferta culinaria es muy limitada.
El turismo se ha incrementado en los últimos años. Se han tomado medidas para frenar, en lo posible, la degradación del medio ambiente. Ya no se puede ir al Wadi Rum sin guía o coche 4x4 alquilado. Se paga por día en el área restringida. Lo entiendo, pero que pena. Se acabo la aventura. Vamos al parque temático. Intentare disfrutar durante mi estancia en Jordania de todo aquello que ofrece, adaptándome a las condiciones actuales.

Durante dos meses y medio, después de llegar a El Cairo, no he escrito nada sobre mi viaje. Hay que comprender que para mi ha sido como volver a casa, una interrupción del viaje. El Cairo fue mi ciudad durante tres años, reencontré amigos y lugares. Visite oasis que mantienen una forma de vida poco contaminada por el turismo. Vino una amiga que no conocía Egipto. Durante cuatro semanas recorrimos 4.500 kms, siguiendo un itinerario que pasaba por los principales puntos de interés del país, la ruta de los oasis, Siwa, Bahariya, Farafra, Dakhla, Kharga, el Nilo, monumentos del antiguo Egipto, Edfu, Aswan, Abu Simbel, Aswan, Komombo, Esna, Luxor, Hurgada, Alejandría y por supuesto El Cairo y alrededores, Saqqara, Dahshur. No dio tiempo de llegar al Sinai. Quedo encantada, maravillada, sorprendida. Egipto no defrauda. Pero no nos engañemos, no todo es ideal. Con el tiempo he aprendido a no formular una pregunta tan simple como ¿por qué…?. Las cosas son como son, al igual que las personas. Hay que comprar el paquete completo.

Un inciso. Tengo que aclarar que todo aquello que cuento lo hago siempre bajo una visión muy personal, huyendo de lo políticamente correcto, no tengo obligaciones con nadie, solo con mis amigos y con aquellos que visitan mi web. Pueden tener opiniones diferentes a las mías, pero yo no soy la verdad, solo ofrezco mi versión de lo que veo. Una visión muy personal, que no tiene por que ser objetiva, viene condicionada por mi forma de ver la vida, mis experiencias anteriores, mis sensaciones puntuales, mis filias y fobias....
Mi viaje me servirá, espero, además de conocer nuevos países, gentes y lugares, para modificar, aunque sea levemente, mejorándola, mi escala de valores. En tiempos pasados el viajero describía todo aquello que en su país era desconocido, investigaba y aportaba conocimiento. Hoy en día, se conoce ya casi todo, Con Google Earth, se pueden ver todos los rincones del planeta, en Google esta disponible toda la información, solo hay que buscarla, con un poco de paciencia y practica se encuentra casi todo.

Ya no hay mundos perdidos, ya no quedan paraísos por descubrir, es difícil llegar a un lugar interesante que no sea ofrecido por alguna agencia de viajes. Llegaran pocos, porque no hay infraestructura hotelera o de acceso, pero no es imposible. Sintetizando, lo que cuento es mi visión personal, una perspectiva que tal vez sirva a alguien. Este inciso es para justificar los párrafos que escribo a continuación, experiencias de mi paso por Egipto.

Mi estancia en El Cairo coincidió con la gran fiesta del cordero, “Aid Al Kibir”, la gran celebración en la que se sacrifican corderos en todos los barrios. Según la leyenda, Allah ordenó al profeta Abraham suplir su hijo por un cordero cuando se disponía a sacrificarlo en ofrenda. Es un gran festejo que traumatizaría a cualquier niño no habituado a la matanza. Se degüella los animales, dejando que se desangren. La sangre forma grandes charcos. En pocos minutos los cuerpos penden de ganchos, después de desollarlos. Los matarifes extraen vísceras y cuartean. Todo se produce entre una gran excitación. En las casas se reúnen familias y amigos para compartir el festín. El precio de los corderos aumenta esos días y las familias hacen un gran esfuerzo económico para poder sacrificar “su” cordero.

La burocracia en Egipto es desesperante y pone a prueba la paciencia de quien no tiene más remedio que sufrirla. Ya conté en su momento la entrada en el país. En el Cairo tuve que ampliar mi visado de turista y el permiso de circulación del coche. Lo primero, como ya conocía el proceso, fue sencillo. Me acerque al Mogamma, edificio en la plaza Tahrir, corazón de El Cairo. Allí se gestionan, permisos de residencia y visados. Fui a primera hora, me dirigí a la ventanilla pertinente (no perdí tiempo buscando piso, pasillo, ventanilla, ni en hacerme fotos que ya traía desde España. No hay un solo cartel que no este escrito en árabe. Sabia donde conseguir el formulario que hay que adjuntar al pasaporte, asimismo sabia donde comprar los sellos necesarios para el visado). Espere pacientemente, durante doce minutos, con mi mejor sonrisa, a que una funcionaria, velada, muy maquillada, con grumos de rímel en sus pestañas, le contara a una compañera algo muy importante –por el tiempo que empleó-
Después escribió en el formulario rápidamente y sonriéndome me dijo en ingles que podía pasar a recogerlo dos horas mas tarde.

El visado de turismo, valido por un mes, cuesta al entrar en el país 15 dólares. La ampliación por seis meses no llega a un euro. Si se tiene intención de salir de Egipto y volver a entrar hay que añadir otro sello de múltiples entradas, si no el visado quedara invalidado. Me fui a dar una vuelta para hacer tiempo. Cuando regrese al Mogamma, los pasillos estaban abarrotados de gente de distintas nacionalidades. Una fila de cuatro en fondo me cerraba el paso a la ventanilla de entrega de pasaportes. Un grupo de sudaneses, metro noventa de altura, formaban una muralla infranqueable, yo mido metro sesenta y siete. La funcionaria leía el nombre del pasaporte que tenia en la mano, totalmente inaudible entre el vocerío de todos lo que esperaban. Como nadie la oía, lo dejaba y cogía otro A grandes males, grandes remedios. Levante un poco la voz, pedí perdón, aparte a los armarios que tenia delante, llegue frente a la mujer. Con mi árabe se supervivencia, le rogué “Por favor, mi pasaporte. España, granate”. Me miro sorprendida, lo distinguió entre el montón de pasaportes que estaban listos para entregar. Mientras intentaba salir, una inglesa me dijo “Eso que has hecho no esta bien”. Afirme con la cabeza, puse cara de circunstancias y guarde mi pasaporte en el bolsillo. Había logrado el nuevo visado. Fue fácil.

La ampliación del permiso de circulación del coche fue algo más laboriosa. Tres mañanas, 1.200 libras (150 euros). Gracias a Juan José, un español afincado en el oasis de Dakhla, que me facilito la dirección, me acerque al “Egyptian Gulf Automobile”, que se encarga de resolver esos tramites. Las oficinas se encuentran en el centro de El Cairo. Me dieron fecha y hora para iniciar el proceso. “En una mañana lo arreglamos”. Les advertí que soy muy puntual. Los egipcios gozan de merecida fama de impuntualidad. Sus “cinco minutos” equivalen al “ahorita mismo” mejicano.
El día “D” estaba a las nueve en punto delante de su portal, tal como habíamos acordado. En esa calle no se puede aparcar, así que empecé a dar vueltas a la manzana esperando al empleado que tenia que acompañarme para ampliar el permiso. A las nueve y veinte, comencé a llamar por teléfono a su jefe. No contestaba nadie. Insistí hasta que diez minutos después me respondió con voz soñolienta que no me preocupara que en “cinco minutos” aparecería el empleado. Eso ocurrió a las diez menos cuarto. Entretanto el policía que impedía que nadie aparcase se compadeció de mi y me permitió estacionar, sin abandonar el coche por supuesto, en una zona reservada. Para no alargarlo, el segundo día, tuve que esperar un cuarto de hora –el policía ya era como un amigo, hasta me invito a un te-, el tercero fue puntual, supongo que temía otra bronca.
Los lugares en donde se encontraban las oficinas del permiso estaban junto al aeropuerto, pero algunas firmas tenían que conseguirse en la Jefatura de Trafico, en El Cairo. Ir de un lado a otro por esas calles abarrotadas de coches circulando temerariamente –luego hablare de ello- retrasan el trámite. Las oficinas cierran a mediodía. “Mañana continuaremos”.

Las colas de la Jefatura de Trafico en España, por lo menos en Madrid y Barcelona, que siempre me han parecido horrorosas, se convertían de repente en algo ideal, organizado. En El Cairo todos se conocen, apenas hay colas. Se besan, se saludan, hablan un ratito, comparten información con otros agentes que, cargados de papeles, desarrollan su trabajo. Los que tienen mas confianza entran en los despachos, toman te, esperan sentados mientras un funcionario les pone un sello. El que iba conmigo perdió veinte minutos discutiendo con un policía, guardia de una puerta de acceso, que le pedía dinero. Los sueldos son tan bajos que todos tienen que buscarse la manera de sobrevivir. Mi agente era generoso –pagaba yo-, sonreía, pasaba billetes a funcionarios que escribían en un libro. Luego, corriendo a otro edificio. Un despacho con un oficial hablando por teléfono. No entendía lo que decía, pero estaba claro que era una llamada personal. Así cinco minutos, sonriendo. De repente, te miraba con cara seria, dejaba de hablar por teléfono, preguntaba que querías, resoplaba, estampaba una firma, recibía un billetito de 20 libras (dos euros y medio) y continuaba su conversación telefónica con tono bajo y su sonrisa mas cautivadora. Tres días. Tres mañanas de despacho en despacho, del Aeropuerto a la Jefatura de Trafico. Vuelta al aeropuerto, cambio de matriculas. Una prueba de fuego que superas, porque sabes que el esfuerzo será ampliamente compensado, el país vale la pena.

El Cairo
Desierto Blanco
El Qasr
Necropolis Al Bagawat
Templo de Philae
Deir Al Medina

Tráfico, cómo conducen los egipcios. Para empezar, hay muchos que han obtenido el carnet sin pasar por una escuela. Desde luego no hay ITV, hay taxis con más de cuarenta años. Los semáforos, pasos cebra, carteles de limitación de velocidad o de dirección prohibida son adornos, algunos con lucecitas. Los coches, cuando se detienen porque un policía de tráfico les obliga, lo hacen sobre el paso de peatones. Estos no se inmutan, continúan pasando entre los coches parados o en circulación sin que el policía les diga nada.


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