Crónica 28: del 13 al 18 de octubre 2008 (1ª)

India





 

En general, las carreteras de Rajastán tienen buen firme, están bien señalizadas y no circulan por ellas demasiados camiones. Hay excepciones, por supuesto. Ignoro por qué razón, y en qué momento, perdemos la ruta principal que une Udaipur a Ranakpur. Seguimos las indicaciones de los carteles, pero los 90 kms que indican los mapas se convierten en 200. Tal vez nos hemos despistado al pasar un tramo en construcción. No lo sé. No es preocupante. Disponemos de tiempo. Estamos siguiendo otra ruta. Tardaremos más, pero llegaremos. En ningún momento, los campesinos a quienes preguntamos, nos dicen que volvamos atrás. Nos indican que sigamos, en la misma dirección que llevamos. Ranakpur se encuentra en un valle alejado de cualquier otra población. Estamos atravesando una gran llanura, desértica, con tramos arenosos. En la lejanía, enfrente de nosotros, unas montañas rompen la línea del horizonte. Debe ser por allí. Nos detenemos para desayunar. Hemos salido temprano, intentado evitar, en lo posible, el estresante tráfico de la gran ciudad, en horario laboral. Nos sirven te. No hay nada más que elegir. Completamos con galletas y mermelada de higos, que saco del arcón de supervivencia. El camino se estrecha. El asfalto desaparece, en ocasiones. El entorno es agradable. Únicamente nos cruzamos con una mujer que transporta una vasija con agua, sobre su cabeza, y con un par de labriegos con los azadones sobre sus hombros. Finalmente llegamos a un cruce, con una carretera más ancha, en donde se indica la dirección a Ranakpur. Buscamos y encontramos un hotel con precio más ajustado a nuestro presupuesto que los lujosos hoteles que frecuentan habitualmente los grupos turísticos. Hemos llegado a la hora de comer.

Tenemos tiempo de visitar los templos jaimistas, principal motivo de nuestro desplazamiento hasta Ranakpur. El recinto está bien acondicionado. Zona de aparcamiento, algo alejada del templo principal. Siguiendo un paseo, flanqueado por altos árboles, se llega hasta el templo de “Chaumuk”, construido en el siglo XV. Hay que detenerse, prepararse ante la sorprendente maravilla que se esconde en su interior. El exterior de sus muros, torres y cúpulas, simbolizan la sencillez que debe expresar el ser humano, guardando en su interior lo mejor de su ser. La puerta del templo, a la que se llega por una escalinata, ya muestra el fino trabajo de los artesanos. Mármol esculpido delicadamente. El interior resulta impactante. 1.444 columnas, todas distintas, talladas laboriosamente, logrando un conjunto equilibrado, armonioso,… perfecto. El tiempo no se detiene, aunque uno tenga la sensación de haberse liberado de él. Salimos para ver otros dos templos cercanos, antes de que cierren. Llegamos al hotel cuando ya está anocheciendo. Desde la hora del desayuno, no hemos comido nada. Estamos hambrientos. La oferta del restaurante, desangelado, con poca luz, es muy limitada. Salimos en busca de otro lugar donde cenar. A pocos kms., un cartel anunciando un hotel, con piscina y restaurante. Eso puede estar bien. Seguimos una senda, no iluminada, que nos conduce hasta un edificio, rodeado de unas pequeñas cabañas. Una única bombilla es la prueba de que el lugar no está abandonado. Abrimos puertas, saludamos. Nadie contesta. Encontramos un comedor en el que un empleado nos pregunta si somos del grupo. ¿Qué grupo?. Si no se avisa antes, no hay comida. Nos permiten compartir cena, con un grupo de extranjeros. Junto a la piscina, a la que se llega por una escalera de piedra, al aire libre, totalmente a oscuras. Al llegar arriba, la piscina se intuye. La única iluminación es la que proporciona un candil. La temperatura es agradable. El cielo está cubierto de estrellas. Vamos a comer, por fin. ¿Qué más se puede pedir? El grupo, unas doce personas, está formado por franceses e ingleses. Sigue un itinerario establecido, por distintos lugares de peregrinación. Terminará, con unos días de meditación, en un “ashram”, especie de convento, que sigue la particular filosofía de un “gurú”, guía espiritual. Una francesa nos cuenta que varios del grupo son vegetarianos. Siempre comen lo mismo, para no correr riesgo de intoxicación. Está harta, pero aguantará las dos semanas que le restan para regresar a casa. No sé muy bien lo que comemos, pero como apenas hay luz y tenemos hambre, nos sabe a gloria. Caldo, lentejas, maíz, creo…por supuesto, sin picante.


Nuestro próximo destino es Mont Abu. Un lugar especial porque se encuentra a 1.200 metros de altitud. Es la única ciudad de Rajastán en terreno montañoso. Gracias a sus boques, inexistentes en la gran llanura desértica y a su temperatura más baja, es unos de los enclaves preferidos por el turismo interior. Los extranjeros acudimos para visitar los templos jaimistas de Dilwara, cerca de la ciudad. Ya comenté lo que me pareció Mont Abu en el relato 22. Pues bien, lo mismo, pero sin lluvia.

Los templos de Dilwara son algo aparte. Sólo por contemplar esa joya escultórica se justificaría un viaje a la India. Para entrar, hay que guardar cola. Se evita la acumulación de visitantes. Zapatos, cámaras fotográficas y teléfonos móviles hay que depositarlos en una consigna. Venimos de Ranakpur, todavía impresionados por el templo de Chaumuk, grandioso, armónico, equilibrado. Pero este templo de Vimal Vasahi, del siglo XI, guarda en su interior, perfectamente conservado, el conjunto de mármol tallado más perfecto que he visto en mi vida. Algunas de las piezas esculpidas son casi transparentes, tan delicadamente elaboradas que asemejan encajes. En el patio de entrada, 48 columnas. A la derecha, antes de entrar en el templo, la “Casa de los elefantes”, varias estatuas de esos animales, marchando en procesión, en dirección al templo. Alrededor del santuario, en el centro, una galería con 52 capillas, idénticas. No así la decoración que rodea cada una. Es una pena que haya tenido que dejar la cámara al entrar y que el tiempo de permanencia en el interior sea limitado. Un segundo templo, Luna Vasahi, del siglo XIII, empleó a 2.500 artesanos, durante 15 años, para lograr otra obra de arte única. Una fotografía exterior, para recordar los templos de Dilwara.


Abandonamos la montaña, dirección a Jodhpur. Hoy cubrimos la mayor distancia recorrida en Rajastán, 390 kms. Cuando llegamos a la ciudad, después de encontrar hotel, nos acercamos a la torre del reloj, en el centro del mercado principal. Es tal la aglomeración de personas y motos, que escapamos rápidamente en busca de un restaurante donde se sirva cerveza fría. Un premio al finalizar la larga jornada.

La fortaleza-palacio Meherangarh se levanta sobre una elevación rocosa de 125 metros de altura. Sus murallas siguen el contorno de la colina. El acceso al interior del castillo es por una pronunciada rampa que va cruzando varias puertas. Impresiona mirar hacia arriba. Sobre las altas paredes de piedra, sobresale la fachada del palacio. Una vez en el interior, se inicia un largo deambular por pasillos, salas, escaleras, que conducen a distintos palacios. Todos distintos, ricamente ornamentados, en excelente estado de conservación. El gran patio, Holi Chowk, se convertía en un lugar muy especial durante la festividad de Holi, deidad local, protectora de las mujeres. En el reproductor de audio-guía, puede escucharse a la madre del actual marajá, recordando su llegada al palacio y las normas, hoy olvidadas, que debían seguir las mujeres. Las celosías de piedra, que pueden verse en las fachadas de los palacios, servían para que pudieran ver, sin ser vistas. Supongo que ese hábito de esconder a las mujeres, de mantenerlas apartadas, fue incorporado a la sociedad rajputa, después de la invasión de los mongoles.

Los distintos “Mahales”, palacios, ofrecen, en su interior, decoración y muebles, que permiten imaginar cómo transcurría la vida dentro de la fortaleza. Salas de placer, reunión o descanso. Se han habilitado algunos salones para mostrar adornos, armas, objetos decorativos, pinturas… En el Jhanki Mahal, se encuentra una interesante colección de cunas. En otro recinto, se exponen diversos palanquines y adornos para cubrir los elefantes, durante las grandes celebraciones. Mientras descendíamos por la gran rampa, en busca de la salida, he encontrado a una mujer, sentada en el suelo, a la sombra, cubierta con un velo rosa. Me ha atraído ese llamativo color, destacando entre las blancas paredes de la muralla. La he fotografiado. No me he escondido. Al comprobar que no le importunaba, me he acercado, rogándole que me mostrara su cara. Durante unos segundos se ha levantado el velo.

 

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