Crónica 29: del 19 al 29 de octubre 2008 (1ª)

India





 

Otra de las grandes ciudades de Rajastan es Bikaner. No es tan visitada por los turistas, como Jaisalmer o Jodhpur, pero ofrece suficientes puntos de interés para permanecer un par de días, si se dispone de tiempo suficiente, que es nuestro caso. Siempre que podemos, ateniéndonos a nuestro ajustado presupuesto, buscamos hoteles “distintos”. Acertamos plenamente al alojarnos en el Bhairon Vilas, antigua residencia de un alto funcionario. Como tenía tres esposas, en el amurallado recinto, se levantan, bien diferenciados, cuatro edificios. No es un hotel al uso. Las habitaciones, a las que se accede por escaleras exteriores, son espaciosas. Están decoradas con objetos y fotografías de la familia. Sirven alcohol, el coche está continuamente vigilado por un guarda uniformado, que saluda militarmente, cada vez que nos abre la cancela de entrada y , aunque dispone de restaurante y bar interiores, desayunamos y cenamos en un cuidado jardín, en el que por las noches se ofrece un espectáculo de música y danza. En las ciudades, utilizamos el servicio de los motorickshaws para desplazarnos. Es rápido, barato y evitamos la conducción agotadora por calles estrechas que no conocemos.

Iniciamos la visita acercándonos al templo janista de Bhanda Shaha, del siglo XV, totalmente distinto a los que hemos visto días pasados. A la entrada, un cartel indica que las piedras para construirlo fueron traídas desde Jaisalmer y que en su construcción, el agua se sustituyó por mantequilla líquida. Figuras policromadas decoran las columnas. Las paredes están totalmente recubiertas de frescos. El templo está dedicado a Sumtinath Ji, quinto Tirthankar de los jaimistas. La azotea, a la que se llega por una empinada escalera, es un mirador privilegiado para ver las azules viviendas del barrio más antiguo. Saliendo de ese enclave, encontramos, en unas calles desiertas, algunos de havelis más destacados de Bikaner. Grandes edificios profusamente decorados. Son muy distintos a los que veremos dentro de unos días en la región de Shekhawati. Aquí, fachadas, columnas, balcones, celosías, de piedra rojiza, muestran el laborioso trabajo de artesanos, expertos en tallar la piedra. Antes de regresar al hotel, un último templo, por hoy. Laxminath Ji, del siglo XVI, dedicado a la deidad del estado de Bikaner. No se permite la entrada a los no hindúes, así que hemos tenido que conformarnos con verlo por fuera.


El fuerte-palacio de Bikaner, Junagarh, no se alza sobre sobre un cerro, como las habituales fortalezas de Rajastán. La ciudad se estableció en el siglo XV, en una de las principales rutas comerciales de la época. Se amuralló la población. La fortaleza, alejada del centro, con altos muros, protegidos por 37 torres, foso y dos únicas entradas, guarda en su interior varios palacios. Se accede por su puerta principal, la Puerta del Sol, a un patio. Ahí nos encontramos con un grupo numeroso de visitantes locales. Sigue a un guía que explica detalladamente todos los objetos que se muestran en las salas. Nosotros contamos con un reproductor digital, que nos permite detenernos, saltarnos el orden establecido o interrumpir la visita, por unos minutos, para beber algún refresco, en un bar bien emplazado, con oferta limitada a agua, té y bebidas no alcohólicas. Después de esa primera pausa, al regresar al patio, el grupo ha desaparecido, estamos solos. Podemos disfrutar plenamente de todo aquello que se exhibe en las cuidadas salas a las se permite la entrada. Incluso, en un momento que fisgoneo junto a la puerta, cerrada, de uno de los palacios, el guarda, viendo que no formo parte de un grupo numeroso, me permite el acceso. El recorrido por el interior de la fortaleza, es entretenido, variado. Puede comprobarse que el marajá mantenía buenas relaciones comerciales con los portugueses, gracias a los azulejos decorados, que ornamentan una de las ventanas. En distintos pasajes, se cruzan largos pasillos de la zona destinada a las mujeres. Las celosías, en piedra, únicamente se encuentran en esos espacios. En una gran sala, destinada antaño, a audiencias públicas, se expone una completa gama de armas, en perfecto estado, que fueron utilizadas por los guerreros de Bikaner. El anterior marajá obtuvo el grado de general del ejército británico, al combatir, junto a las fuerzas del imperio, aportando gran número de soldados que participaron en distintas guerras, entre ellas, las dos confrontaciones mundiales. Se exhiben automóviles, palanquines, sillas para elefantes e incluso un avión de combate de la primera guerra mundial, que pilotó el marajá.

A 30 kms. de Bikaner se encuentra, en Deshnok, el templo, único, de Karni Mata. Es especial porque en su interior se pasean felices, contentas, bien alimentadas, cientos de ratas. Hasta aquí llegan numerosos peregrinos que portan, como ofrenda, elaborados platos alimenticios, que pueden adquirirse en los puestos callejeros, que se levantan en el exterior del templo. Para explicar por qué, en ese templo, impar en la India, las ratas vagan a sus anchas, hay que echar mano de una leyenda. Karni Mata, encarnación de Durga, furiosa destructora, rogó al dios de la muerte, Yama, que resucitase al hijo de un apenado cuenta cuentos. Yama se negó. Entonces Karni Mata reencarnó a todos los cuenta cuentos fallecidos en ratas, quitando a Yama muchas almas humanas. Una vez ya sabemos por qué esas ratas de Deshok son sagradas, nos disponemos a entrar en el recinto del templo. Su fachada está brillantemente decorada con delicadas esculturas en mármol. Sus puertas, laboriosamente cinceladas, recogen representaciones de los singulares inquilinos del templo. Cómo en todos los lugares sagrados, hay que descalzarse, antes de entrar. El patio está protegido por una fina red, que impide la entrada de aves, que miran desesperadamente la cantidad de alimentos a los que no pueden acceder. Si existe un paraíso para las ratas, está aquí. Comen, duermen y se reproducen. Pueden elegir qué “platillo” les apetece, no han de defenderse ni huir de peligrosos enemigos. Corretean tranquilas, seguras, entre las personas, por todo el recinto. Inmaculada me comenta que jamás hubiera podido imaginar que fuera capaz de entrar en un lugar así. La verdad es que el entorno y sus circunstancias modifican las sensaciones. Las ratas no son grandes, se apartan de tu camino, cuando te acercas. A mí, particularmente, que me he paseado descalzo, sobre la arena, donde las ratas parecen sentirse más a gusto, no me ha parecido una experiencia desagradable. Hay que recordar que son cuenta cuentos reencarnados. Tienen toda mi simpatía.

Siguiendo camino hacia Shekhawati, alcanzamos Nagaur, otra población, escasamente visitada. Su único atractivo es el enorme fuerte-palacio de Ahhichatragarh, fortaleza de la Cobra. No parece, en principio, muy interesante. Un guarda nos ruega que le sigamos. Atravesamos un extenso espacio, por un sendero, entre los matojos que crecen sin control. Destacan unas grandes tiendas que, según nos explica nuestro espontáneo guía, se utilizan en ocasiones para albergar a alguno de los escasos grupos que se detienen en Nagaur. El guarda nos explica el elaborado diseño creado para aprovechar y reciclar hasta la última gota de agua, un preciado bien en este desértico territorio. Nuestra primera impresión se va transformando, a medida que entramos en el espacio de las mujeres. Frescos, con representación de las tres esposas del marajá. Escenas en la que se las ve jugando, bañándose, recogiendo fruta de algún árbol, columpiándose, acompañadas por sus sirvientes. El edificio, como siempre, se identifica por las celosías que protegen de miradas indiscretas. Patios, kioscos, estanques, secos actualmente. El palacio donde residía el marajá está en proceso de restauración. Materiales empleados en su construcción, decoración y frescos en sus paredes, permiten imaginar el lujo que, en su tiempo, pudo disfrutarse en el palacio de Ahhichatragarh.

 

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