Crónica 38: del 11 al 24 de mayo 2009

Tailandia, Malasia



 

Salgo del hotel a las cuatro de madrugada. La tormenta ha cesado. Sigue lloviendo. No me gustaría conducir bajo estas condiciones los mil kilómetros que me separan de la frontera. La ventaja de salir a esta hora es que las calles están desiertas. El inconveniente, dar con el camino de salida sin nadie a quien preguntar. Autopistas y puentes, con carteles indicadores que no me aclaran nada. Sigo la ruta que me parece mejor, según el mapa esquemático que tengo de la ciudad. Pregunto a algún taxista cuando tengo la suerte de encontrarlo. Los de noche solo hablan tai. Quieren orientarme bien y me largan explicaciones que no comprendo. Me quedo con lo básico. He de seguir recto, torcer a la derecha o izquierda, o tengo que volver por donde he venido. Deja de llover. A las cinco, después de recorrer 54 kms. veo el cartel con el número de la carretera que me llevará hacia el sur. Se acabó el problema. Empieza a despertar Bangkok. Gran autovía iluminada en algunos tramos. Tres carriles en cada dirección. Todavía es noche cerrada. Cuando transito por zonas sin iluminar, sigo, a una distancia prudencial, algún vehículo que circule a la velocidad adecuada para mí, a 100 por hora. Una parada, para llenar depósitos y tomar té. A las tres de la tarde, once horas después de haber salido, he cubierto 1.025 kms. Estoy en la frontera. No se me ha hecho pesado el viaje. Sol con algunas nubes. Autovía con una zanja arbolada de separación entre las dos direcciones, en mayor parte del trayecto. Unos pocos semáforos al cruzar ciudades, adelantamientos sin riesgo de los pocos camiones y autobuses que he encontrado. El paso de fronteras es rápido. Visado gratuito de Malasia, por tres meses. El único desembolso, antes de sellar el Pasaje de Aduanas del coche, pago de peaje, porque la entrada al país es por una autopista. ¿A dónde voy? Subí por la costa oeste, así que, en esta ocasión, descenderé por la costa este. Llegaré en temporada alta. De noviembre a finales de febrero sufre lluvias intensas. Es la zona con las mejores playas e islas de Malasia, excepción hecha de Pulau Langkawi, isla cercana al sudoeste de Tailandia. No me hago muchas ilusiones. Visto lo visto, los mejores lugares deben estar reservados para un turismo de alto presupuesto, que no es mi caso.
Hace veinte años recorrí parte de esa costa, en coche. No guardo un recuerdo especial. Sé que me quedé con las ganas de llegar a Teman Negara, el parque natural más importantes del país. Montañas, ríos, jungla impenetrable, con una antigüedad de 130 millones de años, parece ser que es la más longeva de nuestro planeta. Elefantes, rinocerontes, tigres, leopardos, tapires, lagartos, monos, infinidad de pájaros… pero ya te avisan que es difícil verlos. Estoy seguro, eso sí, que deben rodearte nubes de insectos. Es fácil ver serpientes de todo tipo, de pitones a víboras. Largas y agotadoras caminatas por la selva. No me seduce la idea de visitar ese lugar “tan natural”. Ya veremos. En cualquier caso, hoy ha sido una larga jornada. Tengo tiempo por delante. Pasaré la noche en Alor Setar. Mañana será otro día. Pasar de una costa a la otra, en el norte del país, es un camino largo. La ciudad, en la que me detengo, se encuentra a 60 kms. de la frontera. Encuentro el hotel que busco. Básico, limpio, suficiente. Pocos extranjeros deben pararse aquí. Ceno en un restaurante lo mismo que todos los comensales, arroz, verduras fritas y pollo agridulce. Intento conectarme a Internet, pero el único cibercafé está a punto de cerrar. Son las nueve menos diez de la noche. Todo cierra muy temprano. Si te retrasas, no cenas.
Al día siguiente me doy una vuelta por el Padang, la gran plaza en la que se encuentra todo lo que hay que ver en la ciudad. Unos edificios coloniales, una torre con un reloj, una gran mezquita, la más grande y bella de Malasia, según afirman, y una torre, octogonal, de planta y dos pisos, coronada por una cúpula. El edificio se utiliza, en contadas ocasiones, como escenario de la orquesta real, compuesta por instrumentos de percusión. Con las fotos que envío, os hacéis una idea de cómo es el Padang de Alor Setar. Me da pereza iniciar la ruta a la costa este. Además tengo que cambiar dinero. Sigo hasta Sungai Petani. No utilizo la autopista de peaje. Voy por la carretera nacional. La diferencia entre una y otra, en este caso, recorrido corto de 70 kilómetros, es mínima. Para distancias más largas es mejor la autopista que evita el paso por pueblos y ciudades y tiene menos tránsito. Cuando estoy llegando a mi destino, veo una espectacular urbanización, con un gran centro comercial. Podría ser Pozuelo de Alarcón. Aparco, busco un lugar para cambiar. Grandes tiendas de marcas internacionales, restaurantes, de todo… menos cambio. Aquí nadie necesita cambiar. Bancos y cajeros automáticos, pero para cambiar tengo que ir a la ciudad. Hace mucho calor, estoy empapado. Me siento en un bar de diseño en el que pago, por lo que tomo, lo mismo que pagaría en España. Ignoro los datos macroeconómicos, no hago el menor esfuerzo por encontrarlos, pero a simple vista Malasia está por delante de Tailandia. Una sociedad emprendedora, con gas, petróleo e inversiones extranjeras, impulsada por la reconocida actividad comercial de chinos e indios, afincados en el país desde hace mucho tiempo, es una máquina que funciona. Sungai Petani también tiene torre con reloj. Aquí, una ciudad que se precie ha de tenerla. La calle principal, paralela a la vía del tren. Una casa de cambio, regentada por indios. Ciudad moderna, sin encanto para el viajero, pero cómoda para quienes residen en ella. Limpia. Para los golosos, pastelerías bien surtidas. Encuentro un hotel, caro, 30 euros, pero me parece bien pasar una par de noches con baño, aire acondicionado y conexión a Internet. Quiero copiar todo lo que tengo en el disco duro del ordenador a los discos externos. Hay que prevenir los desastres. Me fastidiaría perder todos los datos almacenados, fotos incluidas, por negligencia. El hotel es cómodo, está bien. Me dicen que hasta dentro de una hora la habitación no estará disponible. Aprovecho para ir a cambiar. Cuando regreso, el empleado de recepción me dice que el hotel está lleno. Llego sudoroso, sediento. Mantengo la calma. Lo siente, pero está lleno. Pido que salga el director. Espero un cuarto de hora, hojeando periódicos. Se acerca una joven que me dice que la acompañe. Me muestra una habitación. Se han dado cuenta de que había una libre. Vale. Tengo aire acondicionado y ducha. Cuando ya estoy instalado, aparece el director, joven, simpático. Como a veces se interrumpe la conexión con Internet, por wi-fi, me ofrece que conecte el cable al ordenador en un despacho aparte. Un encanto.


Pasar de una costa a la otra obliga a cruzar varias cadenas de montañas. Las carreteras no son autovías, como en Tailandia, pero el firme es bueno, hay menos tránsito y en las subidas dos carriles, para facilitar los adelantamientos. Es zona tropical. Grandes bosques cubren las laderas. Aunque ahora empieza la temporada alta, puede llover en cualquier momento. Negros nubarrones que cubren el cielo dejan caer algo de lluvia, a lo largo de la mañana. Enlazo con la carretera principal que va de norte a sur. Veo en el mapa que hay otra que transcurre paralela a la costa. Entro en un desvío, sin cartel indicador, buscando el mar. Calzada estrecha, entre árboles. Agradable. A algún sitio llegaré. Mantengo dirección oeste. Alcanzo Kuala Besut, el pueblo costero, más al norte del estado de Terengganu, “joya” –según reza la publicidad- de la Costa Este. La única razón para detenerse aquí es coger un barco para llegar a las islas Perhentian, a 20 kms. de la costa. Aguas cristalinas, arena blanca, extraordinarios fondos marinos para practicar buceo. Medito, mientras tomo un refresco de soja, cerca del puerto de donde salen los barcos. En estos pueblecitos costeros, de pescadores, el tiempo transcurre a otro ritmo muy alejado del que se ha impuesto en las ciudades, industrializadas. Aquí reina el ventilador, no el aire acondicionado. Caminar, lo indispensable. Mejor tumbarse, bajo una sombra o sorber lentamente un té con hielo, en la terraza, bajo techado, de un bar. Leer un libro y levantar la vista, de vez en cuando, para observar el lento desplazamiento de un barco lejano, sobre la línea del horizonte. No han desaparecido las nubes negras. He visto ya muchos pececitos de colores, entre arrecifes de coral. Las Perhentian son dos islas. Una pequeña y una grande. La primera frecuentada por mochileros, la segunda con mejores hoteles. Los precios son asequibles. ¿Quiero ir?... No. Tal vez me decida a ver una, más al sur, que se puede visitar en un día, sin tener que pernoctar. Iré bajando por la costa, lentamente.
Siguiendo la carretera que me llevará hasta Kuala Tarangganu, aprovecho los desvíos que permiten el acceso a las playas. Un chapuzón rápido para refrescarme. No hay duchas, chiringuitos, hamacas, ni bañistas. Arena, calor sofocante y algunos cangrejos que huyen despavoridos, buscando refugio en sus agujeros, al acercarme. Al llegar a la ciudad, paseo por el barrio chino. Se encuentra cerca del hotel en el que me alojo. En las ciudades malayas, suelen ser los barrios más interesantes. Conservan casas tradicionales. Aceras porticadas para eludir sol y lluvia. Doy una vuelta con el coche, las distancias son largas. Barrios modernos, centros comerciales, zona industrial, puerto… Nada especialmente atractivo. En esta costa hay complejos hoteleros de lujo para los más pudientes y zonas de ocio, entre árboles, con parques infantiles, bares, restaurantes, plataformas techadas, espacios para preparar la comida que se ha traído desde casa. Me recuerda Irán. Los niños juegan, las mujeres, veladas, hablan entre ellas, preparan el almuerzo, mientras los hombres reposan o cuidan de sus hijos. Vida familiar. Me paseo por uno de estos parques, cercano a la “Mezquita flotante”. La Masjid Tengku Tengah Zaharah está rodeada por un lago artificial. Sencilla, blanca, reflejándose en el agua, creando la ilusión de que flota. Un camino de cemento, rodeando el lago permite fotografiarla desde diversos ángulos.


He de dejar pasar los días. Me queda un mes para volar a España, en el supuesto de que consiga el visado de tres meses de Tailandia. En ese tiempo tengo que encontrar una compañía naviera que me ofrezca el mejor precio y fechas, para embarcar el Toyota hasta Australia, desde Singapur. Si no logro el visado, podría dejar el coche en Malasia, volando desde Kuala Lumpur. De todas formas tengo que regresar a Bangkok para recoger las piezas del coche que solicité, y pagué, en un concesionario. El primero de junio tengo encuentro programado con Álvaro Neil, con quien me crucé en Teherán. 41 años, abogado y payaso. Trabajaba en una notaría en Madrid. Hace cinco años, vendió su coche, buscó ayudas, creó un proyecto plasmado en su web www.biciclown.com recorre el mundo en bicicleta. Os recomiendo la web y los libros que ha escrito. Compradlos. Le ayudareis a cambio de recibir un soplo de aire puro e ilusión, dos bienes escasos, extraños hoy en día.
A unos 60 kms de Kuala Terengganu se encuentra un parque muy popular entre los locales, “Sekayu falls”. Vamos a verlo. Un torrente, descendiendo por una ladera, entre rocas, ofrece unos estanques naturales que son bien aprovechados por todos los que llegan hasta aquí para darse un baño. Supongo que en época de lluvias los saltos de agua pueden ser espectaculares. El camino, empedrado, con escaleras, desaparece en determinado momento, convirtiéndose en un sendero, que conduce hasta los saltos mayores. La proximidad del agua y la frondosa vegetación que obstaculiza el paso del sol no impide que transpire abundantemente. En ningún momento tengo la mínima tentación de sumergirme en el agua. Numerosos carteles advierten no dejar nada sin vigilancia que pueda ser sustraído por avispados descuideros. El área ofrece alojamiento en algunos apartamentos. Todos ocupados. Se construyen más. Entre las obras, grupos preparando pollos y cordero a la brasa. Si no hubiera venido, tal vez creería haberme perdido algo interesante.



Siguiendo hacia el sur, encuentro inesperadamente el lugar adecuado para detenerme. Necesitaba tiempo para clasificar las fotos tomadas desde mediados de enero. Me he acercado a una playa, a pocos kilómetros al norte de Dungun. Hay varios complejos de bungalows en Rantau Abang. La vía principal sigue en paralelo, la línea de la costa. Me ha costado dar con uno que no estuviera lleno. La zona, hace muchos años, tal vez más de diez, vivió una época de esplendor, gracias a las grandes tortugas marinas. Estas playas eran uno de los enclaves preferidos para depositar sus huevos. Sólo unas pocas se acercan ya en el mes de agosto. Las cabañas, sencillas, básicas, acogen en su mayoría a jóvenes estudiantes, acompañados por profesores, que permanecen un par de días. Me he quedado una semana. La brisa proveniente del mar refresca el ambiente. Me he sentido bien acogido. He compartido charlas y té con los empleados. Incluso los mosquitos se comportan. No transfieren enfermedades, malaria o dengue. Tampoco son agresivos. Por la noche protejo mi aposento con espirales. En el exterior, en el que permanezco hasta las dos de la madrugada, una o dos picaduras. El escozor desaparece en media hora. La encargada, Noor, me cuida. Se acerca hasta mi mesa ofreciéndome te o pastelitos de arroz y “mee” (fideos), cuando la cocina está operativa, gracias a los grupos. Con su vieja máquina de coser me ha reparado un par de desperfectos en unos pantalones. La mezquita situada a unos trescientos metros me recuerda cuatro veces al día (la quinta no la oigo porque estoy profundamente dormido) que me encuentro en un país islámico. La llamada a la oración suena cercana, aunque no he visto a ninguno de los empleados arrodillarse cara a la Meca. Cuando tienen tiempo libre, echan una cabezadita en alguna de las múltiples hamacas que penden entre los árboles. Uno de los grupos que ha llegado está formado por chicas jóvenes. Cubiertas con chador, que ocultan sus curvas. Únicamente muestran sus ojos. Pertenecen a una madrasa. Escucho sus repetitivas salmodias de El Corán, de ocho a nueve de la noche. Se acuestan temprano, porque a las cinco de la mañana están de nuevo reunidas en una gran sala cercana a mi cabaña. Me recuerdan los habituales, ya lejanos, en España, “retiros espirituales”. No todas son así. Tengo una amiga de quince años, Shakira, que habla muy bien inglés (su madre es profesora de ese idioma). Ha venido en dos ocasiones. Es lista. Quiere ser diplomática. Ha estado en California. Su curiosidad es insaciable. Encadena las preguntas, sobre la vida en distintos países que conozco. A cambio me instruye sobre la historia y política de Malasia y Singapur.
Resumiendo, mi estancia en De'Teratai Beach Resort me ha reconciliado con la costa este de Malasia. Ojalá los próximos días sean tan placenteros como los que he pasado aquí.




Antes de seguir camino, Noor se empeña en que almuerce un plato de arroz con pescado. Una de sus especialidades. Algo parecido al atún, con salsa picante, sabroso. La distancia que me separa de Kuantán, 150 kms, transcurre por una carretera cercana a la playa. Me acerco a Cherating un popular enclave para quienes buscan playa, sol, tranquilidad. Limpio. Varios hoteles, cabañas, restaurantes y bares. Poca gente. Algunos plantan sus tiendas bajo los árboles. Donde mejor les parece. Privilegio de la acampada libre, hoy prohibida en España. Comprendo las razones esgrimidas, en nuestro país, para regular el uso del espacio público y privado, pero nuestra autoridades también podían haber sido más rigurosas, en el cumplimiento de las leyes, para evitar el deterioro de costas y bosques, permitiendo la construcción salvaje que ha mermado nuestro patrimonio natural. Me gusta la acampada libre, me gusta bañarme desnudo en una playa solitaria, pero huyo de campings y zonas acotadas, destinadas al nudismo. Es un contrasentido. Naturaleza y todos apiñados. Lo siento, perdonad el inciso. Cherating, larga playa de arena blanca, solitaria. La miro y acuden a mí mil imágenes de las playas mediterráneas, abarrotadas, donde encontrar un pequeño hueco donde tender la toalla puede exigir paciencia, en los meses de julio y agosto. Probablemente esas aguas azules que estoy contemplando están infestadas de medusas, alimento preferido de las numerosas tortugas marinas que llegan hasta aquí. Sigo hasta llegar a Kuantán. Hay poco que ver. Encuentro hotel en el barrio antiguo, cerca del Padang, donde se levanta la Masjid Negeri, la mezquita del estado. Dando una vuelta, rodeándola, estoy a punto de pisar una gran mariposa. Hay muchas. Creía que eran hojas secas de un árbol. He vuelto a verlas en la terraza del hotel.
Siguen encadenándose problemas con el ordenador. Ahora, no funciona el transformador de alimentación, el adaptador externo de corriente. La búsqueda de uno nuevo me lleva hasta dos grandes centros comerciales. En cada uno de ellos, una sola tienda de ordenadores. Infinitas dedicadas a telefonía móvil, pero limitada oferta de ordenadores y accesorios. “No. Esto no lo encontrará aquí. Tiene que ir a Kuala Lumpur. Solo tenemos HP”. De acuerdo, pero me resisto a abandonar la búsqueda. Mi constancia tiene premio. En una pequeña tienda, oculta, propiedad de un chino, encuentro milagrosamente un artefacto que resuelve mi problema. Conector adecuado, voltaje y amperaje acordes con las exigencias de mi ordenador. Lo celebro con un zumo natural de mango. A pocos kms de la ciudad, playas recomendadas. Me gusta ver el mar. Con sol o nublado, sin oleaje como en un estanque o agitado por el temporal. Me equivoco en determinado momento y entro en una urbanización cercana. Puedo constatar, gracias a los chalets ajardinados y los coches aparcados, que en Malasia existe una clase media alta boyante. Signos externos de riqueza que se aprecian en todas las ciudades. Teluk Chempedak está preparado para cubrir las necesidades gastronómicas de los que quieren pasar un día de playa. Incluso hay un hotel de la cadena Hyatt. La mayoría de los restaurantes están cerrados, tal vez por ser viernes. Eso sí, dos conocidas franquicias de comida rápida, hamburguesas o pollo frito, abiertas. Incluso se puede hacer el pedido, pagarlo y recibirlo sin bajar del coche. Larga playa, árboles, tiendas de acampada…un grupo de niñas juega, sobre la arena, con unos grandes dados, siguiendo las indicaciones de sus profesores. Nada de bañarse. Sol, velo y dados. A unos 500 metros hay otra plata solitaria. Para llegar a ella se rodea un montículo arbolado. Se facilita el paso con largas pasarelas de madera, sobre las rocas. En el trayecto, algunos kioscos para disfrutar del paisaje, protegiéndose del sol. También escalinatas que se internan en el bosque, conduciendo hasta lo alto de la colina. Muchos rincones solitarios. Esta mañana, mientras desayunaba, he leído en el periódico local que hay grupos de jóvenes que buscan entre las rocas, pequeñas calas y bosque, a parejas que disfrutan de un momento de intimidad, para fotografiarlas con el teléfono móvil. ¿Será por eso que hay tantas tiendas de móviles en Kuantán?




Enviado desde Kuantán el 24 de Mayo, 2009
Kilómetros recorridos 69.769


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